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por Mijail Gorbachev /
publicado en La Vanguardia
Prevalece
hoy día la idea de que el ataque estadounidense contra Iraq ya ha sido decidido y que la única incógnita se refiere sólo al cuándo y al cómo. Y es posible que de verdad sea así. Y sin embargo la inmensa mayoría de los observadores, analistas y jefes de Estado considera que Iraq no representa una amenaza real para Estados Unidos, ni que el peligro del terrorismo nazca en su territorio.
La Administración norteamericana sostiene lo contrario, pero hasta la fecha no ha presentado las pruebas necesarias ni al Consejo de Seguridad de la ONU ni al Congreso norteamericano. Y el hecho de que los líderes de EE.UU. no tengan en consideración alguna la misión de los inspectores, ejercitando una presión sin precedentes sobre los miembros del Consejo de Seguridad para obtener de ellos una resolución que dé luz verde a la guerra, suscita en muchos la sospecha de que estas pruebas no existen.
La Casa Blanca da a entender que está dispuesta a actuar sola. Pero en este caso deberá asumirse toda la responsabilidad, gravísima, de las consecuencias que comportaría. Bush es consciente de ello y, por esta razón, trata de obtener una nueva resolución del Consejo de Seguridad que equivalga a una cobertura jurídica para "una guerra preventiva".
Lo que se necesita en este momento es una posición firme para prevenir cualquier acto contra Iraq sin el mandato del Consejo de Seguridad, y para que vuelvan a Iraq los inspectores de la ONU de modo que se haga luz sobre las acusaciones que se le hacen.
La posición francesa es clara, y también la rusa: primero es necesario agotar las soluciones político-diplomáticas y brindar a los inspectores la posibilidad de verificar sobre el terreno la disposición expresada por el régimen iraquí, es decir, la de permitir inspecciones sin condiciones previas ni limitaciones de ningún tipo. De hecho, la posición de China también es parecida, y se trata de otro miembro permanente del Consejo de Seguridad. En estas circunstancias la negativa a enviar los inspectores carece simplemente de fundamento.
Parece, en cambio, que la Administración de EE.UU. tema que el resultado de las inspecciones contradirá excesivamente las acusaciones norteamericanas. En ese caso, un ataque sería totalmente inaceptable. Washington intenta lograr una nueva resolución, tratando por todos los medios de convencer a los miembros del Consejo de Seguridad. Si esto llevase a una resolución que permitiese a cada uno interpretarla a su propio gusto -Estados Unidos para justificar el ataque, los otros miembros del Consejo de Seguridad para sustraerse a las presiones y a los chantajes de Washington-, las consecuencias serían peligrosas. Se iría a la guerra con un mundo dividido y en medio de polémicas feroces. Además de los muertos, la primera víctima será la ONU.
Muchos comentaristas sostienen que Estados Unidos ya no puede echarse atrás porque sería un golpe para su prestigio. La superpotencia, que carga sobre sus espaldas la enorme responsabilidad sobre el estado de las cosas en el mundo en lo que se refiere a la estabilidad y seguridad, puede usar su propia posición especial y escuchar las inquietudes de los demás, y actuar plenamente en el marco del Consejo de Seguridad sobre la base del derecho internacional. De lo contrario, quiérase o no, será un golpe para el prestigio e influencia de que disfruta en el mundo.
Pero yo, como muchos analistas, me pregunto siempre más a menudo: ¿y si esta idea de un ataque fulminante y decisivo contra Iraq no estuviera ligada al peligro que representa para EE.UU. y el mundo (al contrario de lo manifestado por Bush en su declaración del 7 de octubre)? No es posible dejar de considerar otra hipótesis distinta: que uno de los motivos de la guerra, y de la prisa de Washington por imponerla al propio país y a todo el mundo, sea el estado precario de la economía norteamericana. Está muy difundida la idea de que se quiere librar esta guerra para tomar el control directo de los 115.000 millones de barriles de petróleo que yacen en el subsuelo iraquí. Actualmente el obstáculo a este control lo representa el régimen de Saddam Hussein. Y EE.UU. no esconde el deseo de derrocarlo. El régimen que nacería después de la derrota de Iraq sería más acomodaticio con EE.UU. y le permitiría controlar uno de los mayores yacimientos de petróleo e influir, por medio del precio del crudo, sobre la economía mundial.
Si esta hipótesis fuese acertada, quisiera preguntar a los autores de esta estrategia: ¿no sería más sensato adoptar un nuevo modelo de desarrollo que contribuya a modificar esta situación anómala en virtud de la cual EE.UU. consume un 40% de la energía eléctrica del planeta? ¿No está tal vez aquí la raíz de las recientes doctrinas militares norteamericanas que incluso han llegado a dividir en dos a sus aliados?
También en relación con Rusia se plantean cuestiones difíciles. Rusia ha elegido la amistad con Occidente y de forma especial con Estados Unidos. Pero es evidente que esta guerra no puede comportarle ningún resultado positivo. Al contrario, golpearía profundamente intereses económicos, políticos y estratégicos de Rusia. No es una buena táctica la de perjudicar a los aliados, haciendo que se muestren desconfiados e inquietos. Rusia y Europa se enfrentan hoy a una difícil disyuntiva: están interesados en cooperar con EE.UU., pero no pueden renunciar tampoco a defender la paz y la legalidad internacionales, máxime cuando coinciden por otra parte con sus intereses nacionales y con los de la comunidad mundial. Someter a una y otra a este dilema es un error que Estados Unidos no debe cometer.
Mijail Gorbachev, ex presidente de la ex Unión Soviética; preside la Fundación Gorbachev para el Análisis Socioeconómico y Político.
Traducción: Albert Escala
© "La Stampa"
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