Más de 6 millones de argentinos vadean el 'corralito' con su sistema de intercambio.
Las ideas simples tienen futuro. Carlos Alberto De Sanzo fundó, junto a Roberto Ravero y Horacio Covas, el primer club del trueque de Argentina como si fuera un juego de tablero. La regla: todos participan en igualdad de condiciones, todos ganan. Hoy seis millones de argentinos --o sea, uno de cada siete-- sobreviven al corralito por este sistema. Y sigue creciendo.
¿Cómo empezó todo?
Hace 15 años fundamos el Programa de Autosuficiencia Regional, una organización de ecología aplicada al aprovechamiento de los recursos despreciados. Recuerdo que dimos un curso de cómo criar lombrices californianas para reciclar basuras domésticas. Un día nos preguntamos: "¿Por qué no aplicar conceptos ecológicos a la economía?"
¿Y?
Por entonces yo trabajaba como asesor de una empresa de juegos para adultos...
No me dirá que...
Sí. Organizamos una nueva economía sobre la base de que todos participaran en un juego con igualdad de oportunidades. El Monopoly me inspiró el primer club de trueque. Una tabla rasa, vales de trueque y 12 reglas que acabaron en tres.
Repasemos las tres.
Primero, no excluir a nadie del juego, aun si hace trampas. Segundo, que la moneda social se distribuya equitativamente (50 créditos por socio y año sin interés). Y tercero, está prohibido cambiar la moneda social por la formal.
¿Qué compras con 50 créditos?
El valor de un crédito es equivalente al de un peso. Pero es indicativo, porque el crédito es una moneda sometida a la aceptación de la gente y a la disponibilidad de los bienes.
¿Quién imprime los créditos?
Su emisión depende hoy de 15 redes. La nuestra, que se fundó el 1 de mayo de 1995, es la mayor. Controla el 80% del mercado. Pero nosotros creamos un sistema para que cupieran otras redes, de modo que no fuera un monopolio. Al lanzar el sistema, le imprimimos un código genético que lo preservara aun de nosotros mismos. Nadie puede apropiarse del invento.
¿Cómo era aquel primer club?
(Ríe) Convocamos a nuestros alumnos de los talleres de ecología, a familiares y amigos en el garaje de 30 metros cuadrados de mi casa. Éramos 23. Cada uno trajo algo. Luego se fueron sumando planchadoras, jardineros, informáticos, médicos...
¿En qué momento vieron que se les escapaba de las manos?
A los seis meses de fundar el primer club salimos en la prensa y ya no paramos. Cada año el fenómeno se duplicaba. Y a partir del corralito se multiplicó por 10. Hoy, según los sondeos, incluso el 30% de la clase alta está considerando ingresar en el trueque. Somos la segunda intención de voto en muchas provincias...
¿En serio?
Sí. Pero sólo queremos promover una plataforma programática para ofrecerla a los partidos. No somos políticos. Somos como Bill Gates al crear el DOS. Nosotros creamos un sistema operativo y lo instalamos en el ordenador argentino...
Un sistema antisistema.
Al contrario. Esto es como Alcohólicos Anónimos, como un grupo de autoayuda. Lo concebimos para superar la dificultad de participar en el mercado a través de un sistema de reciprocidad. Pero, como la oferta es tan abundante, el trueque se ha convertido en algo multirrecíproco.
Póngame un ejemplo.
Se juntan dos desocupados y hacen pan. Luego se suman más y compran un horno. Adquieren un molino y acaban creando una pyme del trueque. Les falta márketing, y entonces entran los profesionales, que cobran precios simbólicos...
No está mal.
Es como ir en el crucero del amor. Trabajas ocho horas como marinero, pero luego tienes derecho a la sauna, al tiro al plato, al baile... Éste no es un sistema marginal dispuesto a competir con el mercado. Es como un dique seco. La gente repara su nave --la autoestima-- para luego volver al mar del mercado formal.
¿Qué opina el Estado?
Nos autofinanciamos, no aceptamos apoyo económico externo y, por lo tanto, ahorramos al Estado miles de millones de dólares en ayuda social. Cuando el desocupado llega al club de trueque, su inserción es inmediata... Y movemos 10.000 millones de créditos en Argentina.
Algo debe fallar, ¿no?
Hay casos de especulación, de sobreprecio, de avidez política. Pero, desde una visión ecológica, en vez de combatirlo, lo aceptamos.
¿El trueque es el futuro?
Sí. Hay un mercado de 3.000 millones de pobres que podrían producir y consumir. Creemos que si hay pan para todos, hay paz para todos.
Opina sobre este artículo
Arriba