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Visiones Alternativas
El neoliberalismo se olvidó de los destinos nacionales
por Fabián Bosoer
/ publicado en
Clarín
Desencantos y nuevas efervescencias. La ideología de la globalización prometió democracia y libremercado pero vació de toda mística colectiva la razón de ser de la política, que fue, es y seguirá siendo proponer sentidos para la vida en común, que vayan más allá de la lucha por el bienestar económico, la supervivencia individual o simplemente el evitar la anarquía.
Es lo que plantea el ensayista uruguayo Fernando López-Alves, doctor en Ciencia Política de la Universidad de California y Director de Posgrado de la Universidad Abierta Interamericana. López-Alves acaba de publicar "Sociedades sin destino. ¿América latina tiene lo que se merece?", de editorial Taurus.
La crisis de las promesas de los años 90 trajo una mezcla de desengaños y planteos contestatarios que muchos creían superados, que muy pocos anticiparon y que aparecen actualmente con fuerza en la política latinoamericana. ¿Qué interpretaciones podemos dar a estos fenómenos?
Se observa un mismo sentimiento, en nuestros países, acerca de la orientación que han venido llevando los procesos políticos y económicos; fundamentalmente, una sustracción de los horizontes de certidumbre que toda sociedad precisa tener. Eso produce una sensación de vacío, una vacancia de futuro ligada a aspectos quizá menos racionales pero igualmente importantes de la vida social que fueron desatendidos por las dirigencias políticas. La sensación popular de que estamos a la deriva, que el barco no tiene destino, que no se sabe para dónde se va, existe. Y sin embargo, si uno analiza las encuestas que se hacen en la Argentina, Uruguay y Chile, ante preguntas como "¿Usted siente que su futuro está emparentado con el de su país?", un altísimo porcentaje responde que sí, y que para favorecer una estrategia para edificar un futuro mejor para el país elegiría una basada en el esfuerzo colectivo y la participación, por encima de otros valores estimados, como una mejor política económica y una administración política honesta. La gente no sabe muy bien cómo hacerlo, pero sabe qué es lo que quiere. Y lo que quiere es sentirse incluida en la construcción de un proyecto de país.
¿Y hacia dónde o hacia quiénes se dirige esa demanda insatisfecha?
Es una actitud que puede parecer contradictoria respecto del Estado, al menos de su cara visible y de quienes lo representan, porque por un lado hay un rechazo a todo lo que suponga darle más poder a administraciones estatales que se ven como ineficaces o corruptas. Pero por otro lado se reconoce que es desde un Estado, organizado en todo caso de otra manera, dotado de una nueva legitimidad, que debe trazarse un futuro expresado en algo más que categorías económicas. Lo que la gente quiere es un poco más de mística, lo que no tiene nada que ver con volver a engañarse sino con que hay una búsqueda genuina de las utopías perdidas, de aquella invitación a involucrarse en un sacrificio que sirva para algo.
Tal vez esa necesidad de recuperar un destino que se considera perdido obedezca más concretamente a la falta de crecimiento económico, de oportunidades de empleo, al subdesarrollo.
Pienso que la desazón e incertidumbre que ha creado el pesimismo neoliberal hicieron de esta pérdida y de esta búsqueda una realidad global. En Japón, por ejemplo, la gente está diciendo hoy que su país ha perdido status internacional y regional, y que por lo tanto no tiene un destino. Piensan que su relación con los Estados Unidos se ha deteriorado, así como sus ventajas en el mercado internacional. Y se preguntan: "¿es nuestro destino ser mediadores de Estados Unidos con Asia? ¿Y qué más?" Se lo plantean también China y Rusia, que están redefiniendo y decidiendo su papel en el mundo, su incidencia en los mercados de Asia y Africa y el acceso a recursos estratégicos vitales como el petróleo, mientras sus dirigentes deben lidiar con el fundamentalismo religioso y los movimientos de fondo que se están produciendo en sus sociedades. Ni qué hablar de los países europeos, con la construcción de la UE ampliada mientras crecen los regionalismos y el debate sobre las identidades culturales. Y ocurre también en los Estados Unidos, tal vez como en ningún otro país. El tan mentado "destino manifiesto" es eso: la necesidad de ver en los diferentes aspectos de su vida política los ecos de una cultura que siempre cree que el país va en una dirección. Hay, es cierto, visiones encontradas del contenido de ese "american dream" en la práctica; de la misión en el mundo que se ha autoasignado, y un fuerte componente de misión religiosa que se traslada a la política exterior. Esto también está en discusión más o menos abierta, más aún desde el 11 de setiembre. ¿Puede ser esa misión combatir el terrorismo y punto, defenderse y desentenderse del resto del mundo y de otras cuestiones vitales para la humanidad? Mucha gente en Estados Unidos piensa que eso va a llevar a que su país pierda el rol de ordenador del mundo en un sentido más democrático, con un cierto planteo de moralidad internacional.
¿Estaríamos viendo una reaparición de las naciones como un efecto más de la globalización, que afecta a todos los países?
Un rasgo no bien evaluado de la globalización, diferente del que observaron Francis Fukuyama y Samuel Huntington cuando creyeron ver en él el fin de las ideologías o su reemplazo por encarnizadas luchas entre civilizaciones. El principio de una era de la incertidumbre en la cual se mezcla la búsqueda de valores trascendentes y de cambios importantes en los gobiernos, las instituciones, las economías y la sociedad.
Resulta curioso que las corrientes de la modernidad que encontraron en la democracia liberal y el capitalismo la culminación de un proceso hacia la racionalidad y la secularización hayan empezado a toparse con esta proliferación de cuestionamientos que surgen de su propio seno. ¿Se estaría dando una reversión de estos procesos en los que se asoció Estado y política, secularización y mercado?
Podríamos decirlo de ese modo. El proceso de globalización no contemplaba proyectos de sociedad que incluyeran el aspecto tan central del destino nacional y los destinos colectivos. Y sobre todo, una cerrada visión del liberalismo económico, en su pasión por erradicar lo ideológico y toda dimensión emocional del discurso público, le sacó la mística a cualquier planteo político para la sociedad y pretendió que había llegado con ello a la idea de progreso realizada, de una sociedad sin política, a eliminar esas "externalidades" de ineficiencia y corrupción que eran las luchas políticas, y seguir adelante en un modelo donde los mercados iban a proveer el destino de esta sociedad. El neoliberalismo se olvidó de los destinos nacionales y de este modo ha cavado su propia tumba como ideología de la globalización. Porque después de todo, el neoliberalismo no es, o no fue, solamente la teoría económica, sino que pretendió ser también la doctrina y la ideología de la globalización. Se propagaron la libertad de los mercados y las democracias pero faltó un ámbito de referencia, el destino nacional.
¿Es algo que le faltó al neoliberalismo? ¿O era precisamente su supuesto la superación de las políticas nacionales, y en tal caso, no es que haya fracasado sino que lo que tenemos a nuestros ojos son los resultados previsibles de su realización?
Esa pregunta es el origen de la perplejidad que actualmente existe, particularmente en la Argentina, que está en un centro de la tormenta. Según como se responda puede quedar uno colocado a un lado u otro del tablero político. Hay aquí románticos y realistas en ambos lados, en ambas visiones de lo que aconteció. Están quienes creen que el ideal neoliberal en realidad no se realizó sino que resultó desvirtuado, o fue mal aplicado, y quienes sostienen que se llegó a esto por haber aplicado y realizado ese conjunto de recetas que se inscribieron en aquello que se llamó el Consenso de Washington de manera dogmática.
Sin embargo, el caso argentino es singular en este contexto. En ningún otro sitio se fue tan a fondo con ese modelo de privatizaciones y apertura, pero tampoco exigían Washington, el FMI o el Banco Mundial que se hiciera de ese modo.
La singularidad argentina respecto de otros países de la región, a mi modo de ver, es la debilidad institucional; la dificultad, y en cierto modo el fracaso, en consolidar un sistema de partidos políticos en condiciones de acompañar las necesidades cambiantes de un país que ya no es el mismo que cuando estos partidos se instalaron con el advenimiento de la democracia. Comparado con otros casos cercanos, como Uruguay y Chile, es evidente que la mayor diferencia es ésa. Aunque aquí también hay visiones más románticas y más realistas.
¿Optimistas y pesimistas?
Hay quienes ven el caso argentino con cierta fascinación: el "que se vayan todos" como la posibilidad de gestar un proyecto nacional construido desde abajo. Fallaron los que están arriba, fracasa una clase dirigente, entonces aparecen formas espontáneas, no muy articuladas, un tanto deshilachadas y contradictorias de demostración popular; una gama de respuestas que provienen de diferentes sectores sociales: los "piqueteros", las asambleas, los vecinos saliendo a las calles, las agrupaciones de afectados como los ahorristas, las audiencias de los medios de comunicación. No se sabe bien hacia dónde van, pero hay algo en común que están evidenciando y es la incapacidad de las elites de formular un proyecto de país. Es un momento de grandes incógnitas porque no hay estructuras, partidos o sindicatos que canalicen esa efervescencia. Hay un vacío, una disponibilidad, pero no resulta fácil de anticipar cuál será su distintivo político, si es que llegara a tenerlo. Los "realistas" pesimistas advierten sobre los peligros que esto entraña, que el vacío sea llenado de manera autoritaria, aunque debe reconocerse que por allí circula una gran oportunidad de transformación. No debemos olvidar que en Argentina surgieron nuevas corrientes y movimientos de cambio social y político que tuvieron su influencia en el resto de la región.
Vayamos entonces a los rasgos comunes que permitirían hablar de un destino común latinoamericano
La región está transitando un período confuso en el que todo su andamiaje político está siendo cuestionado. Una de las cuestiones que se está viendo hoy en América latina es una necesidad de reinventar la democracia, de volver a dotarla de contenidos movilizadores a nivel social. Se tuvo una visión demasiado atada a los modelos de la democracia liberal americana, viendo cuánto camino faltaba para llegar a ellos y el resultado, paradójico, es que creyendo acercarnos nos alejamos más. La consecuencia es que empezamos a sumar estas "imperfecciones" y a medida que avanzaron los procesos democráticos, en lugar de corregirlas se fueron buscando y agregando adjetivaciones para calificar nuestras formas "defectuosas" de democracia: débiles, delegativas, "iliberales", etc. Grandes cajas conceptuales donde se metían experiencias y gobiernos muy distintos, con lo cual se dejó de explicar y entender la especificidad de los procesos políticos. Esta visión genérica y un tanto minusválida es la que conduce también al parcelamiento y el repliegue en las realidades nacionales: cada país es una realidad aparte que observa al vecino con cierta distancia o prevención y también hacia dentro, con el debilitamiento estatal, reaparecen situaciones propias del siglo XIX, de antes de la formación nacional. La idea de que el Estado latinoamericano en realidad, nunca terminó de formarse.
Empezamos esta conversación hablando sobre las utopías perdidas. ¿Sobre qué bases se pueden recrear hoy los destinos colectivos, los proyectos nacionales?
Tenemos algunos indicios, más o menos deseables. Hugo Chávez, en Venezuela, es uno de ellos, según creo, y lejos estoy de defender sus políticas, porque acertó en el diagnóstico y tuvo una propuesta efectiva y contundente: incorporar a los pobres y excluidos al destino colectivo venezolano. Por lo demás, hay demandas que dan contenido a esa mística pérdida que se quiere recuperar. La transparencia, en primer lugar, de los mecanismos de decisión. La gente quiere estar informada sobre la toma de decisiones y poder ejercer un control sobre ellas. Formas de democracia más directa, en segundo lugar, un acceso más directo al poder central y una comunicación permanente con quienes deciden. Una apuesta renovada por la acción colectiva de los ciudadanos y una desconfianza natural hacia cualquier fórmula que plantee soluciones rápidas, pero también hacia los discursos que sólo explican porqué no se puede hacer gran cosa. No hay que confundirse; las sociedades siempre tienen la posibilidad de forjarse un destino y seguirán luchando por ello .
COPYRIGHT CLARIN, 2002.
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