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Visiones Alternativas

Cada país tiene que revisar la forma en que se globalizó

por Oscar Raúl Cardoso   /   publicado en Clarín

La era de la decepción. La Argentina y toda América latina están padeciendo una globalización que parece depararles sólo insatisfacción y más inequidad. Quizá se sumaron demasiado tarde a un proceso dictado por los países centrales o quizá no supieron cómo combinar o ser selectivos frente a las distintas aperturas que aquéllos exigían. En medio de la crisis, se impone entonces repensar la inserción de cada uno.

Así lo cree Jeffrey Williamson, uno de los profesores más prestigiosos de la Escuela de Graduados de Economía de Harvard. Ex presidente de la Asociación Internacional de Historia Económica, estuvo en Buenos Aires para participar del XIII Congreso de la AIHE.

Globalización: debe haber pocas palabras cuyo significado real varíe tanto, dependiendo de quién y en qué contexto la pronuncie. ¿Es posible definir el término desde la perspectiva de la historia económica?
Como economista yo respondo desde la prisión de mi propia formación. La globalización tiene que ver con la integración de los mercados a un lado y otro de las fronteras. Y tiene tres rasgos básicos: el mercado de los materias primas, el comercio; el mercado del trabajo, con la migración; o el mercado de capitales, que tiene problemas en este momento en la Argentina. La cuestión no es tanto el volumen del comercio, la migración laboral o los flujos de capitales, sino cuán fácil es moverse uno mismo y mover capitales entre los lugares. Si no hay una intervención estatal o hay muy poca, si el costo para hacer esos movimientos es bajo, entonces decimos que están muy bien integrados, que hay vínculos globales entre países.

Globalización no es un término neutro. Se lo usa para justificar un sacrificio inevitable y para prometer un futuro mejor. Los tres elementos que menciona se dieron en la Argentina durante los 90. Sin embargo, el presente es malo. ¿Cómo se explica?
Usted se refiere a que las expectativas no fueron satisfechas.

Sí. Y la reflexión vale no sólo para la Argentina...
Sí, es cierto, y todos los economistas estamos preocupados. Hay dos cosas distintas. Había muchas expectativas en el caso de América latina, de la Argentina también. Y en ninguno de los dos casos fueron satisfechas por la globalización. La expectativa número uno era: si nos abrimos totalmente, obtendremos beneficios en el crecimiento. Y lo que sucedió, si sucedió, fue modesto, decepcionante. Segundo: la expectativa era que se compartiría en forma general. Y que se introducirían tendencias igualitarias al abrirse al mundo. Y eso tampoco pasó. Al contrario. ¿Cómo responde un economista quién fue responsable por las expectativas? Es difícil, pero creo que la respuesta es: primero, la historia cuenta. La Argentina, pero América latina toda llegó muy tarde, esperó demasiado tiempo y con buenas razones históricas para hacerlo. Pero esperó demasiado. Otras partes del mundo se abrieron mucho antes que América latina. Primero la OCDE, después, Asia, etcétera.

¿No es un problema entonces llegar a un lugar determinado, sino llegar a tiempo?
Exacto. Y el entorno mundial es importante. Cuando México se abrió con Salinas de Gortari, la economía mexicana era una economía de salarios altos, no tan altos como los de Occidente, pero una economía de salarios bastante altos.

¿Acaso México no está geográficamente en Occidente?
No, no es eso. Occidente es una convención para aludir a las economías desarrolladas. En cualquier caso, México competía entonces con muchas de las nuevas economías industriales que ya comandaban una competitividad industrial en los mercados mundiales, porque ya habían explorado la apertura como el Este asiático. Y México no compitió muy bien a ese nivel. Y hubo decepción. Luego llegó el NAFTA y una segunda vuelta con altas expectativas. Y el impacto fue más promisorio, pero no mucho.

En su ensayo Globalización e inequidad, de 1996, sugiere que el mundo podría retroceder de la globalización, abandonarla como ya lo hizo entre la Primera Guerra Mundial y la mitad del siglo pasado. La mayoría ve esa globalización como un proceso inevitable. ¿Duda usted que se complete?
Estoy seguro de que se va a completar. Pero, sí, puede ser un progreso muy desparejo y con retrocesos. Después de todo, tuvimos un retroceso de 50 años, de 1914 a 1950. Y tal vez haya motivos para ser pesimistas y pensar que esto puede volver a pasar. Pero si sucede vendrá del centro, no de la periferia. Vendrá del núcleo industrial, de la OCDE, de nuestros líderes. Vendrá de Estados Unidos si abandona su compromiso con su poderosa influencia sobre el mundo. O será Europa. Ya pasó antes. Es tan grande el movimiento de personas, el de materias primas, el de capitales que involucra a esas dos regiones. Su compromiso va a determinar lo que pase en el mundo. Lo vimos en el pasado. Y hay razones para preocuparse respecto del futuro, sólo que la fuerza divisoria que fue instrumental para determinar un retroceso de los compromisos en el pasado está hoy en cierto modo ausente: las migraciones masivas que tuvieron entonces un enorme impacto de desestabilización para las sociedades absorbentes. Ahora las migraciones masivas están mucho más controladas. No sé si continuaremos controlándolas. Y Estados Unidos está absorbiendo más que otros. Eso parece cambiar la dimensión del problema. Tenemos un desafío menor. Y segundo, la mayor parte de la OCDE tiene actualmente una red de seguridad muy fuerte. O sea que los individuos son mucho menos vulnerables a la destrucción de los cambios, pase lo que pase con la globalización.

Hay críticos que aseguran que no hay un problema con la globalización en sí misma, sino con el capitalismo globalizado. ¿Qué piensa de este enfoque?
Estoy en desacuerdo con la retórica, porque creo que el problema son los gobiernos y las instituciones y no el capitalismo. Pero aun así, admito que a los países les conviene pensar más de una vez si exponerse o no a la competencia global en esas tres dimensiones juntas —mercados de materia, de trabajo y de capitales—.

Pero ¿tienen realmente la alternativa de no hacerlo?
Si todavía no han desarrollado una estructura política e institucional sólida es evidente que existen prioridades que incluyen niveles de vida aceptables para todos, fuertes redes de seguridad, compromiso con la educación, con el derecho, con las tasas de mortalidad. Si no existen mecanismos que aseguren ese compromiso puede ser poco prudente exponerse a la competencia mundial hasta tener esas seguridades. No creo que el problema sea el capitalismo porque lo que llamamos capitalismo hoy es absolutamente distinto de lo que llamábamos capitalismo hace un siglo. Ahora tenemos estados grandes, regulaciones y controles para garantizar que todos actúen según las normas. Y para garantizar que aquellos que están en situación económica muy baja tengan ventajas que les permitan alcanzar el mínimo de los niveles de calidad de vida que requieren.

¿Es retórica la crítica al capitalismo como fuerza deletérea? Estados Unidos tiene instituciones fuertes, regulaciones sofisticadas y una justicia envidiable. ¿Y, acaso, no permite el estallido de la codicia destructiva en casos como los de Enron, WorldCom y otros?
No hace falta que exista el capitalismo para tener codicia. Hay otros sistemas en los que puede prosperar la codicia, como lo probó con su historia de abusos el comunismo.

Pero es en el capitalismo el único sistema en el que se representa la codicia como una virtud social...
Lo de las críticas genéricas son fáciles de pronunciar y difíciles de hacer en la realidad. La moraleja real de la historia de la globalización es que todo país que esté repensando su compromiso con la apertura debe hacerse antes preguntas del tipo: ¿Está nuestra casa en orden? ¿Tenemos las garantías que queremos antes de abrirnos para poder resistir un compromiso con cierto orden e instituciones y un estilo de política que defina la identidad nacional? Estando listos, si se abre se puede resistir. Pero hay muchos países que no lo resisten. Son avasallados por lo que denominan "americanismo".

¿Existe esa libertad en la realidad para países como la Argentina y Brasil o es sólo en la teoría?
En todo caso, no tienen por qué abrirse en las tres dimensiones juntas al mismo tiempo. Pueden ser totalmente abiertos en el comercio de materias primas —sin barreras, libre comercio absoluto—. Y cerrarse en los flujos financieros de capital. Pueden mantener una divisa. Pueden controlar las transacciones de divisas. Pueden limitar los flujos de capital sobre sus fronteras. Y controlarlos hasta estar listos para abrirse. Se ha hecho antes. Abrirse no significa abrirse para todo. No hay por qué abrir el mercado de capitales para obtener muchas de las ganancias del comercio abierto o de la migración laboral. De hecho, en los casos de algunos países puede ser apropiado controlar los flujos de capitales. China es un ejemplo de rendimiento fantástico en el crecimiento durante ya casi 25 años. Un 10% anual. No sé las cifras exactas, pero son enormes, y China salió de un primitivismo preindustrial y llegó a ser un importante actor en el rubro. El desarrollo chino es desigual porque se produce sobre todo en los límites costeros, en donde están los que ganan. Pero cuando uno pregunta qué política aparentemente abrió esto, la respuesta es: es muy desigual. No permiten el flujo de capitales ilimitados a través de sus fronteras; es muy limitado. Son mucho más liberales respecto de las tecnologías y las multinacionales para poder mejorar la tecnología y el comercio. No conozco India lo suficiente como para saber cómo son las cosas ahí, pero también el desarrollo es desparejo. De modo que hay una dimensión del debate que cada país, incluida la Argentina, debe mantener consigo mismo: cada país tiene que revisar la forma en que se globalizó. Por ejemplo, en el caso argentino: ¿hay que fortalecer el Mercosur y expandirlo? Me refiero a mantener barreras a su alrededor para que no implique absorber un capitalismo frenético, por lo menos en la forma "gringa", sino que más bien pueda manejar su forma latina y tratar de obtener los beneficios de la integración dentro de esa restricción antes de volver a intentar abrirse, cuando se sientan más confiados respecto de sus propias instituciones y gobiernos. Digo: antes de exponerse plenamente al estilo "gringo" de la globalización.

¿Cómo sería una "globalización selectiva" en el caso de la Argentina?
La Argentina no es lo suficientemente grande como para abandonar algunas cosas por sí sola. La intervención, el cierre y la retirada tienen que ser primero en los mercados financieros, no en los de materias primas. La Argentina tiene, creo, suficientes recursos como para financiar sus procesos en el futuro. No creo que ése sea el problema. En este momento su sistema financiero es un revoltijo. Puede resultar políticamente lógico y puede ser más factible institucionalmente que su propio sistema financiero trate de ponerse en orden, que resucite la confianza y recree actitudes para las que la acumulación de activos financieros es algo bueno. Eso puede llevar tiempo. No estamos hablando de semanas o meses, sino de una generación.

Cuesta ver cómo sería ese escenario. Aquí se piensa que hay que complacer al FMI y a los bancos, y que no hay solución fuera de ellos.
La Argentina lo ha hecho antes. Pero cuando lo hizo otros eran sus líderes y tenían mucho éxito, en un sentido económico. Probablemente lo más importante es que la Argentina fue apoyada por otros países que hicieron lo mismo. Ahora las cosas pueden ser totalmente distintas. Y por lo tanto la presión mundial puede ser inmensa. Puede resultar muy difícil en realidad responder a esa independencia que requiere tomar esa decisión. Pero una cosa es segura: el flujo de capitales es, sí, un problema para América latina. Y la cuestión no es simplemente decir: bueno, no vamos a recibir más flujos de capitales del resto del mundo. La cuestión es, en cambio, detener la hemorragia, para poder llevar las cosas adelante internamente. En cuanto al FMI, usted sabe que ya hay muchas voces que critican sus políticas.

Cualquiera sea la evolución de la crisis argentina, ¿cree usted que puede extenderse a otros países de la región?
Sinceramente no lo sé. La pregunta en todo caso es: ¿hay otros países que fueron receptores importantes de capitales extranjeros que parezcan estar al borde del mismo abismo en que estaba la Argentina antes de la crisis más reciente? Y la respuesta es sí. Y nos están poniendo nerviosos a todos.

COPYRIGHT CLARIN, 2002.

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