Vals
último
El
cantante respira como una maquinaria corroída. Suda copiosamente por el
esfuerzo mínimo de recoger la botella de agua, colocada en la tarima del
escenario. Derrama de los bolsillos el paquete de Lucky, las llaves,
algunas monedas....
Tres sorbos después, cierra los ojos y canta:
Tenía
nueve vidas, gasté siete
¿Cómo demonios se puede alcanzar el cielo? Pagué sesenta días de cárcel
Por el crimen de no tener un céntimo
Ahora regreso a las calles
Por el crimen de no tener dónde ir
Reserva
lo mejor para la despedida del concierto:
La
distancia no importa
Coma una cicatriz, la herida siempre está aquí
Rick Danko (56 años) acepta los aplausos del escaso público, apenas un
tercio del aforo de la sala Ark, en Ann Arbor-Michigan. Un mensaje final
por el micro:
- ¿Sabéis? Estoy aquí para vender mi nuevo CD. Se
titula "Live on Breeze Hill". Espero
que compréis una copia en el puesto de venta de la entrada... Pero si no
queréis, no pasa nada: subid aquí y vamos a hablar.
Tres días más tarde, en la noche del 10 de diciembre de 1999, Danko
murió de un ataque al corazón mientras dormía. La octava vida fue la
última vida.
La única Banda. El escenario final de Danko fue congruente: su casa
familiar, en el pueblo de Marbletown, en el estado de Nueva York. Nunca
necesitó ir a la ciudad para buscar explicaciones o sentidos. Nunca
babeó por las bruñidas luces de la noche urbana. Prefería las estrellas.
Había nacido (diciembre de 1942) en una granja de Simcoe, villa de la región
canadiense de Ontario, donde la tierra deja suturas. Sabía tocar desde los
cinco años toda cuerda capaz de hacer bailar (guitarra, contrabajo, violín).
A los siete escribía música. A los nueve tocaba polkas rurales en las
bodas. A los doce se enamoró del rock and roll. A los catorce fue a la
escuela por última vez. A los diecisiete se marchó de casa para secundar
a un viejo cantante que gruñía rockabilly negro, Ronnie Hawkins.
Con
Hawkins marcharon también otros tres adolescentes de Ontario, Garth
Hudson (1937), Richard Manuel (1943) y el medio indio mohawk Robbie
Robertson (1943). Al otro lado de la raya fronteriza reclutaron a Levon
Helm (1940), un baterista de Arkansas. Tocaron en garitos donde, según la
ley de los hombres (no la de la vida), eran demasiado jóvenes para entrar
como clientes.
El
resto es leyenda: entraron en contacto con Bob Dylan, al que apoyaron en
su sideral transición del folk al rock eléctrico (1965). Un
año más tarde, el cantautor, también nativo de las húmedas tierras
norteñas, fue víctima de un grave accidente de motocicleta. Las secuelas
no fueron únicamente físicas. Alquilaron por una renta de trescientos dólares
una casa de madera pintada de rosa -Big Pink- en Woodstock, y llevaron a término
la Gran Pastoral Americana.
Se trataba, según Danko, de aplicar el principio de “menos es más”.
Dylan y The Band, el nombre que Danko y sus colegas comenzaron a
utilizar a partir de entonces, grabaron cientos de canciones,
complicadas, peligrosas, vivas, que ni siquiera intentaron editar
(circularon profusamente en grabaciones pirata hasta que una
selección, "The Basement Tapes", fue publicada en 1975).
Son, según el gran crítico Greil Marcus, "la alquimia de un
país sin descubrir".
Mientras
los hijos de las flores apuraban al máximo el volumen de los
amplificadores Marshall y volaban sobre paisajes de gelatina,
Dylan y The Band mancharon las manos de fango, volvieron los ojos a
la realidad rural, llevaron el rock a terrenos donde resonaban William
Faulkner, Flannery O’Connor, Carson McCullers, los libros bíblicos,
Robert Johnson, el ragtime y los cantos de ciego con perro lazarillo.
Danko coescribió con Dylan una de las piezas maestras de esta epopeya,
"This wheel’s on fire":
Este neumático ardiendo
Rodando calle abajo
Es preferible que avise a mi familia
Este neumático explotará
La Gran Frontera. Cuando The Band emergió como entidad individual,
sobre todo con los dos primeros elepés, "Music from Big Pink"
(1968) y "The Band" (1969), el compositor devocional Robertson
preparó sagas sobre la gran frontera norteamericana para las voces de
Helm, Manuel y Danko, de timbres, respectivamente, rugoso, frágil y
conmovedor.
En dos discos establecieron una simbiosis total con los ciclos, con
frecuencia desalmados, de la naturaleza, con el escenario inmutable del
devenir errático de la raza humana. En piezas como "Long black veil",
"The shape I’m in", "Chest fever", "Stage
fright" –las cuatro cantadas por Danko-, "The weight",
"The nigth they drove Old Dixie down", "In a station"
o "King Harvest" había un
tono de serenata, no por matizado menos intenso, desconocido en el
rock.
The Band hablaba el idioma eterno de la desesperanza, con un matiz de sermón
y plegaria que abrió las puertas para una nueva derivación del pop,
reinventándolo. Después llegaron la admiración de todos, pasmados ante
aquel nuevo idioma (Eric Clapton, Van Morrison, Neil Young, Muddy Waters,
Joni Mitchel, Dr. John, Doug Sahm –otro cadáver, murió un mes antes
que Danko, también de un ataque cardíaco-), algunos discos erráticos y
el tierno hasta siempre, el concierto "The last waltz" (1976),
convertido por otro amigo, Martin Scorsese, en la mejor película de rock
and roll en directo de la historia.
Trataron de regresar, sin Robertson, pero fue trágico: Richard Manuel se
ahorcó en un motel de mala muerte en 1986. Robertson se dedicó al 'mainstream'.
Danko ya no podía subir octavas con la voz sepia de antaño, ni siquiera
tocaba el bajo sin trastes –prefería la guitarra acústica-. Se
enfrentó con problemas en 1997, acusado por un juez de Japón de traficar
con una cantidad infinitesimal de heroína, que utilizaba para calmar el
dolor infernal de espalda, constante desde 1968, cuando se había partido
la columna en un accidente de tráfico. Editó sus últimos discos
inspirados en 1978 ("Rick Danko") y 1991 (con los compositores
Eric Andersen y Jonas Fjeld)... Pero era feliz, vivía rodeado de arces y
bebía vino. En una postrera entrevista declaró: “Las cosas buenas
nunca se planean”.
