The Band, en el sótano de Big Pink. Desde la izquierda, RIchard Manuel, Robbie Robertson, Levon Helm, Garth Hudson y Rick Danko.

En la cocina

 

 Vals último     

     El cantante respira como una maquinaria corroída. Suda copiosamente por el esfuerzo mínimo de  recoger la botella de agua, colocada en la tarima del escenario. Derrama de los bolsillos el paquete de Lucky, las llaves, algunas monedas....

     Tres sorbos después, cierra los ojos y canta:

 Tenía nueve vidas, gasté siete
¿Cómo demonios se puede alcanzar el cielo? Pagué sesenta días de cárcel
Por el crimen de no tener un céntimo
Ahora regreso a las calles
Por el crimen de no tener dónde ir

   Reserva lo mejor para la despedida del concierto:

La distancia no importa
Coma una cicatriz, la herida siempre está aquí

     Rick Danko (56 años) acepta los aplausos del escaso público, apenas un tercio del aforo de la sala Ark, en Ann Arbor-Michigan. Un mensaje final por el micro:

     - ¿Sabéis? Estoy aquí  para vender mi nuevo CD. Se titula "Live on Breeze Hill". Espero que compréis una copia en el puesto de venta de la entrada... Pero si no queréis, no pasa nada: subid aquí y vamos a hablar.

     Tres días más tarde, en la noche del 10 de diciembre de 1999, Danko murió de un ataque al corazón mientras dormía. La octava vida fue la última vida.

     La única Banda. El escenario final de Danko fue congruente: su casa familiar, en el pueblo de Marbletown, en el estado de Nueva York. Nunca necesitó ir a la ciudad para buscar explicaciones o sentidos. Nunca babeó por las bruñidas luces de la noche urbana. Prefería las estrellas. Había nacido (diciembre de 1942) en una granja de Simcoe, villa de la región canadiense de Ontario, donde la tierra deja suturas. Sabía tocar desde los cinco años toda cuerda capaz de hacer bailar (guitarra, contrabajo, violín). A los siete escribía música. A los nueve tocaba polkas rurales en las bodas. A los doce se enamoró del rock and roll. A los catorce fue a la escuela por última vez. A los diecisiete se marchó de casa para secundar a un viejo  cantante que gruñía rockabilly negro, Ronnie Hawkins. 

     Con Hawkins marcharon también otros tres adolescentes de Ontario, Garth Hudson (1937), Richard Manuel (1943) y el medio indio mohawk Robbie Robertson (1943). Al otro lado de la raya fronteriza reclutaron a Levon Helm (1940), un baterista de Arkansas. Tocaron en garitos donde, según la ley de los hombres (no la de la vida), eran demasiado jóvenes para entrar como clientes.

     El resto es leyenda: entraron en contacto con Bob Dylan, al que apoyaron en su sideral transición del folk al rock eléctrico (1965).  Un año más tarde, el cantautor, también nativo de las húmedas tierras norteñas, fue víctima de un grave accidente de motocicleta. Las secuelas no fueron únicamente físicas. Alquilaron por una renta de trescientos dólares una casa de madera pintada de rosa -Big Pink- en Woodstock, y llevaron a término la Gran Pastoral Americana.

     Se trataba, según Danko, de aplicar el principio de “menos es más”. Dylan y The Band, el nombre que Danko y sus colegas comenzaron a utilizar a partir de entonces, grabaron cientos de canciones, complicadas, peligrosas, vivas, que ni siquiera intentaron editar (circularon profusamente en grabaciones pirata hasta que una selección, "The Basement Tapes", fue publicada en 1975). Son, según el gran crítico Greil Marcus, "la alquimia de un país sin descubrir".

     Mientras los hijos de las flores apuraban al máximo el volumen de los amplificadores Marshall y volaban sobre paisajes de gelatina,  Dylan y The Band mancharon las manos de fango, volvieron los ojos a la realidad rural, llevaron el rock a terrenos donde resonaban William Faulkner, Flannery O’Connor, Carson McCullers, los libros bíblicos, Robert Johnson, el ragtime y los cantos de ciego con perro lazarillo.

     Danko coescribió con Dylan una de las piezas maestras de esta epopeya, "This wheel’s on fire":

Este neumático ardiendo
Rodando calle abajo
Es preferible que avise a mi familia
Este neumático explotará

     La Gran Frontera. Cuando The Band emergió como entidad individual, sobre todo con los dos primeros elepés, "Music from Big Pink" (1968) y "The Band" (1969), el compositor devocional Robertson preparó sagas sobre la gran frontera norteamericana para las voces de Helm, Manuel y Danko, de timbres, respectivamente, rugoso, frágil y conmovedor.

     En dos discos establecieron una simbiosis total con los ciclos, con frecuencia desalmados, de la naturaleza, con el escenario inmutable del devenir errático de la raza humana. En piezas como "Long black veil", "The shape I’m in", "Chest fever", "Stage fright" –las cuatro cantadas por Danko-, "The weight", "The nigth they drove Old Dixie down", "In a station" o "King Harvest" había un  tono de serenata, no por matizado menos intenso, desconocido en el rock.

     The Band hablaba el idioma eterno de la desesperanza, con un matiz de sermón y plegaria que abrió las puertas para una nueva derivación del pop, reinventándolo. Después llegaron la admiración de todos, pasmados ante aquel nuevo idioma (Eric Clapton, Van Morrison, Neil Young, Muddy Waters, Joni Mitchel, Dr. John, Doug Sahm –otro cadáver, murió un mes antes que Danko, también de un ataque cardíaco-), algunos discos erráticos y el tierno hasta siempre, el concierto "The last waltz" (1976), convertido por otro amigo, Martin Scorsese, en la mejor película de rock and roll en directo de la historia.

     Trataron de regresar, sin Robertson, pero fue trágico: Richard Manuel se ahorcó en un motel de mala muerte en 1986. Robertson se dedicó al 'mainstream'. Danko ya no podía subir octavas con la voz sepia de antaño, ni siquiera tocaba el bajo sin trastes –prefería la guitarra acústica-. Se enfrentó con problemas en 1997, acusado por un juez de Japón de traficar con una cantidad infinitesimal de heroína, que utilizaba para calmar el dolor infernal de espalda, constante desde 1968, cuando se había partido la columna en un accidente de tráfico. Editó sus últimos discos inspirados en 1978 ("Rick Danko") y 1991 (con los compositores Eric Andersen y Jonas Fjeld)... Pero era feliz, vivía rodeado de arces y bebía vino. En una postrera entrevista declaró: “Las cosas buenas nunca se planean”.

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