She dances moody, mocosa

 


Öh Björk

 

Björk surca el mundo con sus canciones brillantes y evanescentes, En noviembre cantará en Barcelona con un sol de lava islandesa dibujado en su boca.

     En el jardín de la infancia la música rasca como una cuchilla sobre la cartulina. En el jardín de la infancia no conocen el dogma de las categorías. En el jardín de la infancia el absoluto es una charada y la vida un rompecabezas. En el jardín de la infancia el conocimiento es poder decir oh.

     Pagana como una oculista, rota como una botella tras la juerga, nueva como el despuntar de cada día, honda como los pozos de lava, sutil como la gasa azul de un compromiso, etcétera. Sobre todo, etcétera, porque esta tiza no copia frases hechas. Esta tiza corona los puntos suspensivos. Ella vive en el jardín de la infancia, donde todo es un gran etcétera naciente. Grande como un oh con diéresis. Björk, Öh.

     Björk recorre el mundo, ambulante en un vestido de cristal rojo cuyos pliegues son también parte del acorde –¿qué es la música excepto el murmullo oscilante de una marea cristalina?-. Recorre el mundo acompañada por un elenco de personajes de Andersen: dos tipos (Matmos) con el buen tino de considerar a los ordenadores meros cachivaches para prolongar las travesuras de la edad de las pústulas en las rodillas, una arpista celestial (Zeena Parkins), un coro de mujeres de la Madre Volcán Islandia y, en cada ciudad, la sinfónica del lugar, porque todo violín guarda el corazón de un pueblo. En noviembre estará en Barcelona.

     La ondina del pop lee vorazmente a e. e. Cummings, un poeta tan ferozmente individualista como para firmar en minúsculas. Es sabido que los versos y los lectores, como los amantes y los cuerpos celestes, no colisionan por simple azar. En su cuarto y último disco, el glorioso “Vespertine”, Björk pone música a un poema de cummings titulado, tampoco por albur, “Marea”. Propone “vivir con los ojos cerrados”, con el “desenfreno de las hijas del mar”. En otro verso, el poeta estadounidense parece hablar del efecto terapéutico sobre el oyente de la música de Björk: “en el mismo centro del fuego todo / el mundo se volvía brillante y un poco evanescente”.

     Hija de comuna hippie, ganadora infantil de concursos de ‘pequeñas estrellas’, trabajadora de una fábrica de conservas, punk hiperactiva, demoledora de todas las categorías en canciones que nadie puede emular, actriz anti mecanicista, artesana, expuesta, osada y clásica al tiempo, Björk permanece, he ahí la anormalidad, siempre íntegra, siempre asomada a la ventana, siempre en el patio de recreo, dispuesta a hacer música con chillidos de murciélagos, bullicio de cuartos de aseo, el sofoco de la piel, el futuro del pasado...

     Contemplo las hornacinas del mercado occidental, repletas de hijos exóticos de esta especie de paraíso en la tierra que la mercadotecnia etiqueta como mestizaje y muchos parecen no ya suscribir, sino incluso entender: africanías dolientes, antillanos lúbricos, derviches asiáticos... Todo simula que cuanto más lejana la prostituta, más ardiente el apareamiento. Creo, es mi humilde opinión, que se equivocan: no hay ninguna otra patria, ninguna, ni siquiera la patria sin fronteras, excepto el jardín de la infancia. Allí vive Björk. Con el sol dibujando en su boca un gran Öh..

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Vivir con los ojos cerrados, con el "desenfreno de las hijas del mar".


Publiqué esta columna bajo uno de mis antifaces en el portal de la empresa ya.com