Estira el cuello, cisne


Niña en el patio de recreo

 

Barcelona acaba de ser escenario de un aguacero de cisnes. Björk llenó el Liceo de plumones.

     No es música, es botánica, hidrología, geomancia. Inútil buscar una ciencia descriptiva en estas ramas de espectral iridiscencia, columnas de palacios en llamas. Sin objeto saber la formulación, el equilibrio de fuerzas, la dinámica de la galería subterránea de la que nace la voz rasguño, la voz caricia.

     Ciego de Björk. Estuvimos allí, en la noche en que Barcelona fue como el útero de brasas del Snaefellsjökull, el volcán de Islandia donde Julio Verne situó la entrada al centro de la Tierra. A partir de ahora, no queda alivio: este Peta Zeta estallando en el mesocardio es crónico.

     Como una mendiga que tira a la alcantarilla su última moneda, Björk sabe que todo es posible porque el futuro es una superstición y los corazones necesitan muletas y cada beso es un grito de auxilio y Venus e Isobel son cisnes enlazados y también es posible arroparse con algas. Su recado, nada ridículo en este tiempo de lápidas, es: All is full of love. El oleaje del corazón gana la partida al largo y enfermo duelo del tiempo.

     El del Liceo fue un concierto para comedores de loto, idólatras de la lluvia de plumones de aves palmípedas, sopladores de vidrio, para gente extraña con un peluche en el regazo y casacas con un panorama japonés cubriendo el pecho, para huérfanos descalzos y pícaros como niños perdidos, para quienes anhelan una navaja de luz degollando sus gargantas, un piercing combustible. Nunca antes de Björk tuvo tanto el pop de villancico de grillos, coro de hoguera, llanto de explorador, encuentro de cristales, canciones como argollas para la boca, oscura de tan blanca.

    Las proyecciones que sirven de cortina de fondo a la ceremonia de esta artista de trémula y firme suavidad, sugieren que la música ha de transmitir tranquilidad de anémonas y conchas, es decir, la concordia de las formas creadas en el más perturbado de los mundos, el mar. No hay mejor cámara de eco que un cofre calcáreo para la locura rotativa de Björk, su llanto como un río, su risa como una boda, sus pies descalzos, siempre pinceles, nunca mera sucesión de pinceladas. Ella sabe que después del silencio, el correr del agua es la música más bella.

     El retorno siempre es queja: ¿por qué no inventan el viaje interminable para quedarse aquí, donde todavía permanecemos, en el espacio grande de pestañear, con demonios anfibios naciendo en las articulaciones de los dedos de la niña llamando a su madre?, ¿por qué nunca cura la herida?

     Incluso la anacronía del tendido eléctrico es una vereda hacia el escondite, la calma desconocida, una hojarasca de sopor porque el futuro es una estúpida superstición y, shhh, todavía estamos allí. Estira el cuello otra vez, cisne. No interrumpamos a la niña en el patio de recreo.

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Un concierto para comedores de loto, gente extraña con un peluche en el regazo y casacas con un panorama japonés cubriendo el pecho


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