home

 

 

Raw power
Iggy Pop, 1973
Los pectorales más bellos del rock también son peligrosos. Iggy busca y destroye, rapaz carnívoro. Uno de los discos más violentamente liberadores de la historia. Un tajo en la piel con la botella rota del riesgo. (Abstenerse de la edición original, raspada y pulida por la melindrosa discográfica, y optar por la reedición textualmente salvaje dirigida por Iggy en 1997).

There’s a riot going on
Sly and The Family Stone, 1971
El afroamericano lisérgico anestesia el dolor con sedantes veterinarios –no es exageración: todo el disco destila los efectos del analgésico animal PCP, ‘polvo de ángel’-. Además de unos cuantos cacharritos visionarios (la primera caja de ritmos de la historia, por ejemplo), aquí está la idealista praxis del orgullo del gueto y el cemento negro que, décadas más tarde, fraguó en el hip hop. Interés añadido: Miles Davis toca la trompeta (de incógnito).

Manassas
Stephen Stills, 1975
El pobre Stephen Stills siempre tuvo sombras demasiado alargadas a su alrededor (David Crosby, Neil Young) y una tendencia compulsiva a la autodestrucción (por vía nasal). En este disco parece ajeno a cualquier abatimiento. Country, rock de guitarras (Hendrix consideraba a Stills el mejor intérprete de su época) y escapadas hacia terrenos mixtos. Pura fiesta.

Rock bottom
Robert Wyatt, 1974
El ego-trip británico de Pink Floyd y sus satélites quedó en entredicho con el atrevimiento desenfrenado de los músicos de Canterbury, educados, como Wyatt, en la libertad del jazz (Soft Machine). Tras el desgraciado episodio que lo llevó a una silla de ruedas, el comunista más heterodoxo explora la capacidad sugerente del canto y la (sólo) aparente contradicción entre minimalismo y fertilidad sonora. Para viajar (en cursiva).

Who’s next
The Who, 1971
Pete Towshend ha ganado, con merecimiento, el título de Ser Humano Más Intolerante del siglo XX. Sus arranques de vanidad, su fascismo visceral, su patético descaro, pueden olvidarse en esta entrega de rock de alto voltaje. Siempre estaban cabreados y se nota.

Exile on Main Street
The Rolling Stones, 1972
El único disco de los Stones que destila sinceridad –esa virtud que jamás cultivaron los miembros de este clan de payasetes pijos de talante burgués-. Tal vez la causa esté en el desapego provocado por la heroína, que Jagger y Richards consumían con fervor por la época. Tal vez en el nuevo horizonte estilístico: el country norteamericano. Deliciosamente sucio, denso como aceite usado.

Songs of love and hate
Leonard Cohen, 1970
El Libro de Proverbios del mejor poeta del rock –con permiso de San Bob-: existencialista, hundido, negro como un viejo abrigo. 

Madman across the water
Elton John, 1971
Antes de ser la Reina del Guateque, Elton era un soberbio compositor (ayudado por un no menos insigne letrista, Bernie Taupin). Sus cuatro primeros discos, y en especial éste, devolvieron el color al mortecino pop británico de entonces, colgado de la post-sicodelia de los dinosaurios. Imaginativo, sensible, doliente, moteado de sobrio sinfonismo, Thom Yorke debería escuchar “Madman...” de vez en cuando para calibrar la sutil frontera entre la grandilocuencia y el lirismo.

Bryter layter
Nick Drake, 1970
Habitaba en la bruma. Cantaba a ras de suelo canciones para escuchar en la misma postura, tendido. Cantaba con sueño, con sabor a sábana, a piel hinchada como arroz hervido. Tenía una altura como letrista que nadie de su generación alcanzó. Tomó demasiadas píldoras (tal vez a sabiendas) para seguir cantando, dormido.

London calling
The Clash, 1979
Eran, casi siempre, pura pose. Asqueaba su indumentaria de guerrilleros de boutique. Pero en este doble disco (a precio de sencillo: ¡ganaron la batalla a la CBS!) echan fuego como dragones anarquistas y, los milagros ocurren, parecen habitantes de un bidonville de Trenchtown. Muerte y gloria del mejor grupo punk.

Otis blue
Otis Redding, 1966
Los hippies, pese a sus conciencias ‘abiertas’ tan recelosos de lo negro, tan olvidadizos de la génesis, supieron de la llama del soul cuando Otis apareció en Monterey para ridiculizar a Hendrix, Joplin y todos los demás, meros aprendices todavía de la religión del canto. Unos meses más tarde, murió en un accidente de avioneta. En el cielo siguen cantando en el muelle de la bahía.

I never loved a man (the way I love you)
Aretha Franklin, 1967
Nadie como ella. Nadie. La reina, la dama, la hembra dominante. Un r-e-s-p-e-t-o.

Horses
Patti Smith, 1975.

Era flaca, feucha y escribía mala poesía. Cuando la vistió con cuatro acordes se convirtió en una mujer segregante (textual: en sus primeros conciertos se meaba en escena), una princesa con los pies descalzos. Tiene un genio catastrófico, pero sigue segregando. En este disco más que en ninguno, catártica, chamánica.

Cloud nine
The Temptations, 1969

¿Qué pasa cuando los mejores cantantes de Motown toman LSD? Esta es la respuesta: soul planeante. Enciende tus lámparas de lava, hippilla.

Love child
The Supremes, 1969

Hubo un tiempo en que las canciones no necesitaban envoltorio, cosmología, fotos firmadas por un seudo artista en la carpeta y postproducción multimillonaria en el clip. Hubo un tiempo en que las canciones eran sólo dos minutos y medio de pura felicidad. ¿Ejemplos? “Baby love”, “Stop! In the name of love” y otras cuantas.

Presenting the fabulous Ronettes
The Ronettes, 1964.

Vale el mismo argumento que con las Supremes, pero las Ronettes traían, a mayores, la locura wagneriana de Spector y, sobre todo, a Ronnie Bennett, que le gana de calle a Diana Ross en torridez.

Something else by The Kinks
The Kinks, 1967

Ray Davies es, como persona, un desastre: engreído, bobo y jodidamente inglés (es decir, “somos el centro del mundo, todavía, el resto hiede”). Sus crónicas agridulces sobre el pop de pasarela, sin embargo, son tan Dickens que uno termina por encariñarse con el trovador ácido y, por ende, solitario. Pobre niño inclusero.

Low
David Bowie, 1977

Es arduo elegir el mejor traje para el camaleón más extremo. Aunque casi todos se quedan con “Ziggy”, opto por la frialdad acerada de esta opereta centroeuropea, grisácea como las películas de Murnau gracias a la producción desestructurada del gran Brian Eno.

L.A. Woman
The Doors, 1971

Morrison empezaba a crecer. En todos los sentidos: físicamente estaba gordo, ya no era el Masturbador Jim de unos meses antes; intelectualmente también se desarrollaba: le cansaba la epistemología freudiana, el simbolismo facilón. Quería regresar a las bases del R&B, cantar historias, ser cronista y no filósofo. En “Riders on the storm” y “L.A. woman” lo consiguió. Por desgracia, por última vez. 

The Velvet Underground
The Velvet Underground, 1969

El tercero, el lo-fi. El primero no dirigido a la élite de aplauso fácil de las doradas catacumbas de viciosos millonarios de New York de la que habían sido ahijados favoritos. Lou Reed no volvió a cantar nunca igual de bien. Es decir, bajito.

Darkness on the edge of town
Bruce Springsteen, 1978

Hay una cierta manía que no termino de entender hacia este gran intérprete y mejor compositor. Me resulta difícil decidir entre “Nebraska” –ese bosquejo faulkneriano de la Mala América- y éste disco, su cuarto álbum. Opto por “Darkness...” –pese a la ampulosa sobreproducción- por el desgarrado ímpetu de las piezas, la fiereza del grito y la redención del amor solicitada en cada estrofa. Elvis estaría orgulloso.

Plastic Ono Band
John Lennon, 1970

John mezcla un extraño cóctel: rock y teorías gestalt sobre los beneficios del grito primario (estas cosas pasan cuando sales con japonesas artistas). La clase, la gran clase, del mejor beatle sale indemne: la candidez de un niño malo no puede ocultarse.

Fiyo on the bayou
The Meters, 1975

Louissiana es patria de música pastosa, jazz de big band para emborracharse en los entierros y terminar la noche con blues de ciénaga. Los Meters eran los supremos habitantes del pantano. Hasta los cocodrilos bailaban.

Pacific Ocean blue
Dennis Wilson, 1977

Dennis era el batería de los Beach Boys, el único surfista del grupo, el bala perdida más temido (y guapo) de Los Angeles, el amigo de Charles Manson... También un gran músico, de voz arenosa y alma nublada. En su único disco como solista trazó el corpus definitivo sobre la melancolía irreprimible de quienes llevan el océano en el pecho.

Heartattack and Vine
Tom Waits, 1980

El Señor de las Moscas del Rock, el Bukowski de los cuatro compases, el cantor de las tarantelas tocadas con martillos, firma su último disco con violines. Odia el rock, nunca ha escuchado a los Beatles, prefiere las canciones de cantina, el orfeón del botellón. Quiero esa ronquera en mi lecho de muerte.

Safe as milk
Captain Beefheart and his Magic Band, 1967

Blues de manicomio. Cada instrumento es un electro-choque. La voz de Don Van Vliet (Capitán, mi Capitán) es croar de rana, pisada de zorro, cagada de oso, legaña de águila... Esssstremécete.

Workingman’s dead
Grateful Dead, 1970

Han pasado a los anales por ser capaces de tocar durante horas sin cambiar de acorde, pero me gustan aquí, simplones, viajando por la densidad sonora del Midwest con el ánimo travieso del flower power. Una constatación: Jerry García tocaba la acústica mejor que la eléctrica.

III
Led Zeppelin, 1970

Sí, ya sé. Hay poca furia aquí, nada de magos satánicos, escaso fuzz y Robert Plant parece un jardinero cantándole a sus parterres... Comedidos y acústicos, tocando, por primera vez, como si en el auditorio estuviesen sus papás, mamás y hermanos pequeños. “Tangerine” es la canción más espléndida de toda su carrera.

Fear
John Cale, 1974.

“El miedo es el mejor amigo del hombre”. ¿Qué esperar cuando un galés con gesto de perturbado te dice eso? El resultado es paradójico. Cale, cansado de experimentar con el dodecafonismo, se pone la bata de artesano, toca como el virtuoso que es y canta como un crooner oscuro y sutil.

Unhalfbricking
Fairport Convention, 1969
Richard Thompson es el mejor guitarrista inglés y Sandy Denny (que estará haciendo dúos en el paraíso con Janis) era la voz más expresiva de las islas. Este es su gran disco, cuando se abrieron definitivamente al rock. Incluso enmiendan a Dylan mejor que Dylan (“Million dollar bash”).

Soon over Babaluma
Can, 1974

El kraut rock no ha dejado casi nada (excepto una que otra migraña), pero Czukay y compañía merecen salir de la etiqueta por su sano y sardónico eclecticismo. Sólo hay una forma de lacar una textura: dale que dale. Música repetitiva, le llaman los críticos. La diversión es fría, dicen Can.

Liquid acrobats as regards the air
The Incredible String Band, 1971

La troupe gitana acaba con las setas, otra vez. Nada de píldoras: la medicina crece bajo los árboles. 

Forever changes
Love, 1967

Si hubo un gran grupo de rock ácido, eran ellos, la gente de Arthur Lee, el guitarrista más exquisito de la Costa Oeste (Hendrix le tenía miedo y se negaba a compartir escenario con él para no quedar en entredicho). Un disco de muchos colores.

Everybody knows this is nowhere
Neil Young and Crazy Horse, 1969

Neil Young tiene menos discos buenos que discos insoportables, pero en este no hay duda: rock libre y abierto, desesperado y corpulento. Lástima que con el tiempo haya convertido estas enormes canciones en ejercicios de ruidismo industrial en sus abusivos directos.

John Barleycorn must die
Traffic, 1970
Stevie Winwood es un buen tipo y canta con sentimiento. Su propuesta con Traffic era arriesgada, combinar el espíritu volátil del jazz, las esencias ornamentales del country y el fondo de brocados del rock ácido. En “John Barleycorn...” prima lo campestre y la voz de Winwood tiene un timbre especialmente místico.

Naturally
J.J. Cale
, 1971
El laisser fare del gran pies descalzos abruma en su espectacular debut. Su forma de picotear la guitarra, copiada por tantos (bien por algunos, como Clapton; fatal por otros, como Knopfler), sentó cátedra. Las canciones suenan mejor en un vinilo rayado. Lo viejo sabe mejor.

Happy sad
Tim Buclkley, 1969
La tragedia por venir no se adivina en este ejercicio de voz angelical y arreglos floridos. Cuando Tim canta, las alturas callan.

Feat’s don’t fail me now
Little Feat
, 1974
El frondoso rock sureño –con todas sus incorrecciones políticas- dio frutos tan calientes como éste, un terreno para la exhibición del pasmoso Lowell George, un guitarrista siempre al rojo.

The Beatles 
The Beatles, 1968
No descubro nada nuevo si digo que sería un disco enorme si no fuesen dos discos. Junto a caprichitos impropios del mejor grupo de su tiempo –casi todas ‘made in MacCartney', aunque “Revolution 9”, de Lennon, también es estomagante-, hay media docena de canciones inolvidables: “Hapiness is a warm gun”, “I’m so tired”, “Julia”, “Glass onion”, “Helter skelter”, “Yer blues”. Un revuelto muy descriptivo.

regresa a kew & kew