Ella me miraba con sus ojos grandes, pidiendo auxilio como un faro. Vestía, ¿cómo pude retrasar hasta ahora la mención del dato fundamental?, una camiseta con el símbolo de tiro al blanco de los Who, que llegó a significar más, mucho más, que cualquier bandera: círculos concéntricos (azul, blanco, rojo, colores con los que un cineasta, tan polaco como pedante, haría años más tarde una trilogía de películas entendidas-como-somnífero). El relieve de sus pechos daba a la serigrafía de los Who una dimensión que nunca tuvo. Dejaba de ser plana, como el pasado, para hacerse abierta, como el mañana que tanto nos empeñábamos en negar, idiotas nihilistas.

     - Trátame como a una caja de cerillas, seré la hoja de diario envolviendo tu ración de fish and chips – insistí.

     Afuera había comenzado a llover. Me gusta la baja fidelidad de la lluvia. Toda la natureleza suena en monoaural. El oído de Dios tiene un solo canal. Lisboa pinta de yeso el alma (ven, mancharé tus rodillas, tus codos, cada bisagra, jugaremos a tocarnos con dedos blancos).

     - ¿Dónde nos escondemos? – preguntó ella cuando salimos a la calle empedrada de pasta de dientes.

     Yo también hice preguntas: ¿cuándo linchamos de una vez a George Martin y devolvemos a los Beatles la gloria de la gomina, la luz del rock and roll?, ¿quién es el eslabón perdido entre Bob y John?, ¿cómo es posible que seas tan hermosa y te traten como a un chicle?, ¿dónde esconderse cuando cada tecla de piano apaga una luz?, ¿por qué me das agua si me estoy ahogando?.

     Caminamos, aprendiendo a conocernos por la forma de pisar de nuestros cuatro zapatos –azules, una ofrenda a San Carl Perkins-, canturreando a Smokey Robinson, James Carr y Jimmy Cliff, porque la noche es de los esclavos negros. Propuse un taxi para bajar a la cama de agua del Tajo a cantar salmos frente al río, agotado de tanto anhelar la desemboadura en el cercano océano, pero ella me vendó la boca con la mano abierta.

     - Ojalá me hubieses conocido cuando estaba vivo –dije, terriblemente pedante.

     - Sé quien eres, te conozco desde el principio de los tiempos – contestó.

     Su obsesión, efervescente y mocosa, no encajaba con mi estado de ánimo de entonces. Yo no dejaba de pensar en perderlo todo, en una evacuación, una limpieza a fondo, un raspado de piel. Advertía signos crepusculares en las pecas de mis mejillas, el encorvamiento de la espalda, la forma compulsiva de fumar y el habla, siempre vacía pese a la abundancia de sátiras, citas y supuesto enciclopedismo. Jugar a saberlo todo siempre gana el primer premio en el Desfile de Carnaval.

     De camino hacia el río, entramos en otro bar, un establecimiento de paredes cansadas y clientela apropiada: una par de vendedores que se habían aflojado el nudo de las corbatas tres ginebras antes y un hombre casi harapiento de mirada llorosa. Creí reconocer el piano de Bill Evans en la música de ambiente y pregunté al camarero:

     - ¿Es Bill Evans?

     -  Radio –dijo laconicamente el empleado, mascando un palillo.

     Pedimos más ginebra con sifón, renunciando a solicitar lima en un local que no cumplía los dictados de la moda y, además, estaba atendido por un mondadientes pegado a un ser humano. Cada vez nos acercábamos más el uno al otro. A mi vista de miope, los círculos de los Who habían dejado de ser concéntricos para convertirse en un perfecto desenfoque. Su pecho parecía ahora la carpeta de un disco de Radiohead, Rem o uno cualquiera de esos grupitos de ahora, empeñados en mostrarnos su talento icónico mientras nos empujan al consumo masivo de analgésicos.

     A esas alturas, con la cabeza en un carrusel, decidí que había llegado el momento de terminar la charada. Me querrá por lo que soy, me salvará pese a mostrarme torpe y encorvado de espaldas, deduje, espoleado por la perversidad de la dudosa ginebra que servía el hombre del palillo.

     - No soy Elvis Costello, pero cantaré “Love for tender” solamente para ti – confesé.

     Ella no pareció sorprenderse. Al contrario, abrazó a los míos sus ojos de ceniza y algas:

     - Mientes, impostor. Eres Elvis, siempre lo fuiste. Te reconozco vestido de otro.

     Lisboa despertaba con un crujido de bocas (ven, quiero morir en tus dientes).

     Hace años me confundieron con Elvis Costello. Ahora están reeditando toda mi discografía.

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