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A
las siete cincuenta y dos de la mañana del pasado 11 de Marzo, Iñaki
Gabilondo interrumpió el normal desarrollo del programa que dirige en la SER
para anunciar que había habido una explosión en la estación de Atocha, en las
vías del AVE. Se desconocían otros detalles, pero enseguida las fuentes
indicaron que, por lo menos, algunas personas habían resultado heridas.
Millones de familias españolas se enteraron, así, a través de la radio de las
primeras noticias sobre el monstruoso atentado que costó la vida a casi dos
centenares de personas. La interrogante surgió muy pronto: ¿sería ETA o los
fundamentalistas islámicos quienes estaban detrás de semejante salvajada?.
La duda era lógica. La
organización terrorista vasca viene actuando en España desde hace más de tres
décadas, había amenazado con hacer algo sonado en Madrid antes de las
elecciones legislativas, previstas para el domingo día 14, y la policía había
desarticulado un par de comandos, con abundante material explosivo, que
planeaban atentar contra estaciones de ferrocarril o medios de transporte en
la capital. Por otra parte, AlQaeda, y Bin Laden en persona, habían señalado
ya públicamente a nuestro país como objetivo de su fanatismo terrorista, y la
extensión de la amenaza del integrismo islámico era conocida de todos gracias
a los constantes avisos de Washington y tras los crueles atentados de Bali y
Estambul.
Los ataques a la casa de
España en Casablanca eran, además, un indicio a añadir al hecho de que
nuestro país se encontraba entre los objetivos designados por AlQaeda. Al fin
y al cabo, gran parte de la conspiración previa a la agresión contra las
Torres Gemelas se había fraguado en España, de donde partieron algunos de los
pilotos suicidas del 11-S . En los últimos meses, los jueces y la policía
española habían desarticulado y encarcelado diversas células de apoyo a la
organización terrorista islámica y la coincidencia de fechas (11-S y 11-M),
que a muchos no pasó desapercibida, abonaba las sospechas de quienes se
inclinaban por atribuir la autoría al fundamentalismo.
A las ocho y media de la
mañana, informes oficiales hablaban de que podía haber quince o veinte
muertos y el lehendakari Ibarretxe citó para una conferencia de prensa, a las
nueve y treinta en punto. El jefe del gobierno vasco debía estar más
preocupado que otros por lo que había sucedido en Madrid. Durante la campaña
electoral, que tocaba a su fin, el Partido Popular se había empleado a fondo
contra el líder independentista catalán, Carod Rovira, por sus contactos con
la banda terrorista etarra a principios de año.
Después de esas
conversaciones, ETA había declarado unilateralmente una tregua para Cataluña,
con lo que la imagen encapuchada de dos etarras, haciendo una declaración al
respecto, inundó los medios de comunicación españoles y fue reiterada hasta
la saciedad en la televisión del Estado. El gobierno de Madrid veía en todo
aquello, sin duda, una ocasión para deslegitimar al recién creado gobierno
tripartito de Cataluña, del que forma parte Esquerra Republicana, el partido
de Carod. La ministra de Administraciones Públicas llegó a acusar de asesinos
a los seguidores de éste, aunque luego disculpó su calumnia como un lapsus.
Por si todo esto fuera poco, a la semana siguiente debía comenzar a discutir
el parlamento vasco el famoso plan Ibarretxe, que enfatiza las tendencias
independentistas del PNV y ha sido recurrido ante el Tribunal Constitucional
por el gobierno de Madrid. Era absolutamente previsible que un atentado de
las características del de Atocha haría crecer el climax anti-nacionalista y
la crispación que los hombres de Aznar se habían encargado de generar en
torno al caso, por lo que el lehendakari se apresuró a salir a la tribuna
–fue el primer gobernante en hacerlo- a fin de condenar sin tapujos el
atentado, que atribuyó inequívocamente a ETA.
Mientras Ibarretxe hablaba a
la opinión pública, en las redacciones de los periódicos se barajaba ya una
cifra cercana a los cien muertos como consecuencia de las bombas, y la gente
comenzó a comprender que nos hallábamos ante un atentado de características
nunca antes vistas en Europa. Si la responsable era ETA, no cabía duda de que
se trataba de un salto cualitativo en su estrategia, con una trascendencia
inimaginable. Pero el lehendakari no podía saber tampoco que, poco después de
terminada su intervención, una dotación policial iba a encontrar en Alcalá de
Henares una furgoneta robada, que mantenía sus placas originales, y en la que
se hallaban numerosos indicios de que el atentado no había sido cometido por
los etarras y sí, en cambio, podría ser responsabilidad de islamistas
fanáticos.
Pese a la inicial atribución
a ETA por parte del gobierno vasco, las interrogantes sobre quién o quienes
habían instalado las bombas comenzaron a crecer a lo largo de la mañana. Un
alto responsable de PRISA asistió a un desayuno de trabajo, que terminó hacia
las diez, en una importante institución financiera, y allí ya se analizó la
posible autoría islamista, más creíble a medida que se conocían detalles del
atentado y sus consecuencias. Antes de las doce del mediodía en la dirección
del grupo se recibieron llamados de un periódico de Beirut, de varios diarios
europeos y de una revista americana, y en todos se interesaban por idéntica
eventualidad. Nadie que tenga dos dedos de frente, para utilizar una
expresión empleada por Aznar, puede imaginar que en Moncloa y en el
Ministerio del Interior no se contemplaran estas hipótesis, cuando la gente
normal no hablaba de otra cosa, pero cabe admitir que la obsesión personal
del presidente, que no cesa de presentarse a sí mismo como un superviviente
del terrorismo etarra, le impidiera hacerlo.
También es probable que
algunos altos mandos de la policía y los servicios de inteligencia,
subsidiarios de ese enfoque unilateral de la amenaza terrorista, indujeran al
error. Sin embargo, en la sede del PP en la calle Génova, uno de los
consejeros electorales que ayudaba en su campaña a Mariano Rajoy, Pedro
Arriola, se hizo la misma pregunta: ¿Eta o AlQaeda?. Aunque no puede decirse
que Arriola sea un experto en la materia, se trata de un hombre de la
confianza personal de José María Aznar, hasta el punto de que negoció con la
banda terrorista en representación de su gobierno, cuando este creyó que una
tregua decretada unilateralmente por aquella podría acabar, al estilo
irlandés, con su rendición. ¿Eta o AlQaeda? ¿Y qué impacto electoral tendría
un hecho tan monstruoso en las elecciones del domingo siguiente? Arriola hizo
algunas llamadas telefónicas, comentó el caso con otros colegas, amigos y
miembros del partido. Las conclusiones de ellos eran fruto exclusivo del
sentido común: los atentados, en principio, supondrían una movilización del
voto cuando las encuestas anunciaban un empate técnico entre los dos grandes
partidos. Si era ETA la responsable, resultaba más que posible una concentración
de electores en torno al gobierno, cuando menos por instinto de seguridad de
los votantes, y quizás veríamos volcarse las urnas a favor del PP. Pero, si
era AlQaeda, los ciudadanos relacionarían las bombas con la participación de
España en la invasión de Irak, y las consecuencias electorales podrían ser
distintas, impredecibles en cualquier caso.
A media mañana, Arnaldo
Otegi, representante de la ilegal Herri Batasuna compareció ante la prensa
para negar que ETA tuviera relación con el atentado. Su mentís fue
despreciado por el gobierno, alegando que HB es una organización terrorista y
que sus palabras no merecían crédito. Todavía hoy nadie ha explicado por qué
gozaban de credibilidad para el ejecutivo los anuncios hechos por dos
encapuchados sobre la tregua en Cataluña y no, en cambio, las declaraciones
de alguien del mismo entorno que, cuando menos, daba la cara. La lógica hacía
sospechar que siendo Otegi un representante informal de ETA nunca se
atrevería a hacer una aseveración como la citada sin recabar antes
seguridades de que los terroristas no habrían de desdecirle.
El caso es que a la 1,30 de
la tarde el ministro del Interior compareció ante la prensa y dijo
enfáticamente: “Eta buscaba una masacre en España… en esta ocasión ha
conseguido su objetivo”. El ministro estuvo rotundo y, como San Pedro, negó
por tres veces la existencia de cualquier otra alternativa: “…las fuerzas y
cuerpos de seguridad del estado no tienen ninguna duda de que el responsable
es ETA. Estamos asistiendo a un proceso de intoxicación que ha iniciado el
señor Otegi de manera miserable para desviar la atención. No tenemos duda de
que es una estrategia miserable, como todo lo que hace Eta y quienes le
apoyan. No tenemos ninguna duda”. Sin embargo, alguien de entre los cuerpos y
fuerzas de seguridad del Estado debía albergar en su cerebro, siquiera, una
pequeña interrogante: al rato de hablar el ministro, la furgoneta Renault
Kangoo encontrada esa misma mañana fue transportada a dependencias
policiales.
Para entonces ya se habían
realizado dos inspecciones oculares del vehículo y, sobre las tres de la
tarde, se comprobó que tenía en su interior una cinta con versículos del
Corán, ropas diversas, restos de explosivos y un puñado de detonadores de
fabricación española. No se podía asegurar aún que la furgoneta tuviera
relación con el atentado, pero la policía sabía que nunca ETA había utilizado
detonadores de fabricación española, que nunca había dejado de cambiar las
matrículas de un automóvil robado y, sobre todo, que habitualmente los
etarras colocan bombas trampa en los coches que utilizan para borrar todo
rastro. De modo que es comprensible que, poco después de las doce del
mediodía, los policías que acompañaban a comisaría a un testigo que decía
haber visto a los ocupantes de la furgoneta, le comentaran que el atentado no
parecía obra de ETA. No obstante, a la una y cuarto, portavoces del
ministerio del Interior difundieron que el explosivo empleado era dinamita
Titadyne, el utilizado habitualmente por ETA. La agencia Efe transmitió un
cable en el mismo sentido.
Como algunas comprobaciones
finales sobre las pruebas encontradas no se obtuvieron hasta las tres y media
de la tarde, es posible que en el momento de su comparecencia el ministro del
Interior no hubiera recibido aún ninguna de dichas informaciones, pese a
haber transcurrido cuatro horas desde el hallazgo del vehículo. Este es un
punto que el ministro y sus colaboradores deberían aclarar, porque resulta
crucial para juzgar su eficacia al frente del departamento. Por lo que fuera,
Acebes no se cubrió en absoluto pese a que, en el momento de su primera rueda
de prensa, no tenía ni una sola prueba material de la autoría de ETA, contaba
por el contrario con un mentís de Otegi, y en alguna dependencia policial
comenzaban a acumularse pruebas indiciarias de la participación islámica. Su
declaración se basó en creencias o deducciones, pero descalificó además
cualquier otra lógica que no fuera la suya.
Al poco de salir el ministro
en televisión, compareció el presidente. En su alocución no citó textualmente
a ETA pero aludió repetidas veces a la banda, y convocó personalmente a una
manifestación gigantesca, para el viernes siguiente, en solidaridad con las
víctimas y en defensa de la Constitución. Esta parte del eslogan remitía inequívocamente
al conflicto vasco y desde luego, no tenía ningún sentido si se trataba de
protestar contra AlQaeda. Por lo demás, Arriola asegura que no habló con
Aznar durante la mañana del jueves, pero es improbable que no hubiera alguien
que informara al presidente de los análisis que expertos electorales habían
transmitido al partido.
El presidente, por su parte,
había ya telefoneado al rey y a los principales líderes de la oposición, a
los que comunicó su decisión autónoma de convocar la manifestación dejando al
margen a las fuerzas políticas. La pancarta, la hora y el itinerario de la
marcha fueron decididas unilateralmente por el gobierno que, junto a los
esfuerzos en la investigación del crimen, volcaba otros no pequeños en
organizar tamaña demostración. De todas maneras, parecía extraño que tras la
rotundidad de Acebes, el propio Aznar no hubiera mentado ni una sola vez a
ETA por su nombre, máxime cuando minutos antes de la aparición del ministro
del Interior, el presidente había telefoneado a los directores de los
principales periódicos: “Ha sido ETA con total seguridad”, dijo. Era la
primera vez en ocho años que José María Aznar daba personalmente, y de forma
espontánea, una noticia al director de EL PAIS. Después de tan firme
aseveración, se retrasó la edición especial del periódico cuyo titular rezaba
MATANZA TERRORISTA EN MADRID, para sustituirlo por otro: MATANZA DE ETA EN
MADRID. Ochenta mil ejemplares del diario de mayor circulación y más
influyente de España transmitieron así el mensaje equivocado. El presidente
del gobierno en persona se encargó de que eso sucediera, pese a no tener a
mano ninguna prueba de lo que decía. Funcionarios de la Moncloa se dedicaron
luego a hacer llamadas similares a los corresponsales extranjeros acreditados
en Madrid, y a varios se les aseguró de nuevo que el explosivo empleado en la
matanza era dinamita Titadyne.
Nadie, en ninguna parte,
tenía en su poder nada que pudiera atestiguar la veracidad de esa
información. [En nombre del presidente, el gobierno ha remitido a El PAIS y a
la cadena SER una insólita carta de rectificación, sugiriendo que en realidad
quien miente es el director de este periódico, cuando explica cómo y por qué
se cambiaron los titulares de primera página de la edición especial. Existen
decenas de personas y numerosas pruebas técnicas que pueden atestiguar en
contra de las nuevas aseveraciones oficiales, que arrojan mayores sospechas
sobre el proceder gubernamental durante la crisis].
HABLA EL REY
Doce horas después del
atentado, el gobierno había comparecido ante la opinión pública en dos
ocasiones: a la una y media de la tarde el ministro del Interior y, poco
después, el presidente Aznar. Pese a que no contaban con ninguna evidencia al
respecto, su mensaje era inequívoco: había sido ETA. El embajador español en
la ONU solicitó una reunión urgente del Consejo de Seguridad para aprobar una
resolución de condena que incluyera a la banda terrorista. Así sucedió. Sobre
las cinco de la tarde, la ministra de Asuntos Exteriores envió un telegrama a
todas las embajadas dando instrucciones para que insistieran en ello,
descartando otras hipótesis y argumentando que el explosivo empleado y modo
de operar eran los utilizados habitualmente por ETA.
La monstruosidad del
atentado había sobrecogido a la opinión pública mundial y las televisiones
transmitían desde Madrid, minuto a minuto, los acontecimientos. Poco después
de las ocho de la tarde, la CNN internacional interrumpió sus emisiones para
emitir un mensaje de don Juan Carlos. Efectivamente, salió el rey y pronunció
un parlamento, traducido al inglés de manera simultánea. Sin embargo, a esa
misma hora, quien aparecía en las televisiones españolas era, de nuevo, el
ministro Acebes. Ni rastro de la declaración del monarca. El responsable
máximo de la policía continuaba igual de rotundo (“…es dinamita. La habitual
de ETA”), pero reconocía que se había requisado un vehículo con una cinta
magnetofónica que contenía versículos del Corán. “La cinta no tiene ninguna
amenaza, se puede encontrar en distintos sitios… Ha habido muchos interesados
en tratar de generar confusión y decir que esto no había sido ETA… La línea
prioritaria sigue siendo la de la banda ETA, pero acabo de dar instrucciones
para que no se descarte ninguna y se abran todas las vías de investigación”.
Solo después de que el
ministro terminara apareció la imagen de don Juan Carlos en las televisiones
españolas, un cuarto de hora más tarde que en las del extranjero. Nadie ha
explicado oficialmente hasta ahora semejante irregularidad, pero se sabe que
el monarca pidió que, antes de su declaración, el gobierno compareciera en
público para dar a conocer que existían otras líneas de investigación
diferentes a las que se habían anunciado a mediodía. Mientras Acebes lo hacía
así, el ex rey Constantino de Grecia telefoneó a su cuñado para felicitarle
por lo bien que había estado en la CNN. Sorpresa general en la Zarzuela, ante
tanta anticipación por parte de la televisión americana.
A la hora de esta segunda
comparecencia del ministro, la tesis de la responsabilidad islámica se
extendía ya como un reguero por los medios de comunicación de todo el mundo.
A las diez y media de la noche un grupo radical islámico reivindicó el
atentado en un correo electrónico enviado a un diario árabe de Londres.
Expertos británicos dijeron que no les ofrecía mucha fiabilidad. Sin embargo,
a esa misma hora numerosos responsables policiales y de los servicios de
inteligencia, españoles y extranjeros, y también jueces que habían
inspeccionado el lugar de los hechos, transmitían su impresión de que nos
hallábamos ante un atentado de los fundamentalistas islámicos. Un magistrado
comentó, además, que en zonas vecinas al escenario de los hechos se habían
llevado a cabo, no hacía mucho, detenciones de presuntos sospechosos de
colaborar con AlQaeda. Otras fuentes policiales hablaron de la posibilidad de
la existencia de un terrorista suicida o de que a alguno le hubiera estallado
la bomba que llevaba.
La SER dio la noticia,
añadiendo que tanto el Ministerio del Interior como fuentes judiciales lo
negaban. Forenses israelíes, experimentados en ese tipo de hechos, ofrecieron
su colaboración para la identificación de los cuerpos, pero fue rechazada. EL
PAIS publicó en su edición del martes, día 16, que los forenses mantenían
esas sospechas cinco días después del atentado, ante la aparición entre los
restos humanos de una columna vertebral totalmente descarnada, lo que hacía
suponer una extrema proximidad al explosivo por parte de la persona afectada.
Esta historia del suicida, de quien un locutor de la radio episcopal llegó a
comentar que a lo mejor era un becario de la propia SER, ha servido más tarde
para tratar de desprestigiar, desde el gobierno y con la colaboración de
columnistas complacientes, a la cadena de radio del grupo Prisa. Fuera como
fuera, la identificación de los cuerpos era tan dificultosa o se hizo en
condiciones tan poco adecuadas que, dos semanas después de la masacre, fue
rebajado el número oficial de víctimas, habida cuenta de que muchos de los
despojos humanos con los que se trabajó pertenecían, quizás, a miembros
amputados de los heridos. Varias personas siguen desaparecidas, por lo que
quedan incógnitas todavía sin despejar.
A media noche del día de los
atentados, Batasuna había dicho que no había sido ETA, existía una reivindicación
islámica, la policía tenía un explosivo y unos detonadores de características
diferentes a los que la banda utiliza, le había enseñado al testigo que vio a
los ocupantes de la furgoneta fotografías de ciudadanos árabes, por si los
identificaba, y tenía en su poder una cinta magnetofónica con versos del
Corán. Por si fuera poco, a las 19,40 de la tarde habían encontrado una bomba
sin explotar, que podía aportar importante información sobre los autores de
la matanza. Nada de eso parecía suficiente para el gobierno, cuyo portavoz
declaró a las doce de la noche a Televisión Española que la pista principal
conducía a ETA, y cuya ministra de Asuntos Exteriores dijo a la BBC que la
responsabilidad más probable era la de ETA. Los representantes del PSOE que
habían atribuido la autoría a los etarras, los dirigentes del PNV, quienes se
dejaron arrastrar por la primera impresión del momento, reconocían mientras
tanto su error.
VIERNES,12
A las siete de la mañana del
día siguiente, viernes, doce de marzo, Iñaki Gabilondo informó en la SER
sobre la doble vía abierta en la investigación, lamentando que media España
“parece estar deseando que sea ETA y otra media AlQaeda”. Los comentarios de
todas las tertulias se referían a la eventual influencia del atentado en los
resultados electorales. La SER añadió que durante la madrugada se había
desactivado una bomba, encontrada en una bolsa de deportes entre los restos
de un vagón; la bolsa había sido llevada, junto con otros equipajes, a la
comisaría de Vallecas, donde fue descubierta por casualidad.
Los especialistas pudieron
confirmar que el explosivo del artefacto no era el que ETA utiliza
habitualmente y el detonador resultaba idéntico a los hallados en la
furgoneta, de fabricación española. A media mañana el presidente del gobierno
en persona dio cuenta de la reunión del consejo de ministros e informó sobre
el atentado. Rebatió las acusaciones procedentes del partido socialista en el
sentido de que el gobierno no estaba dando toda la información que tenía.
Insistió en que “no concede ni concederá ningún crédito a las declaraciones
de portavoces de organizaciones ilegales que exculpan o hablan en nombre de
una organización terrorista”, e hizo otra vez un llamamiento a los ciudadanos
para que acudieran masivamente a la manifestación.
Preguntado por los
periodistas sobre qué línea de investigación barajaba con mayor fuerza el
gobierno, de acuerdo con los datos en poder de las Fuerzas de Seguridad,
espetó: “¿Es que alguien piensa que un Gobierno con dos dedos de frente en
España, después de treinta años de terrorismo, ante un atentado como el de
ayer, no tiene que pensar lógicamente, razonablemente, que puede ser esa
banda su autora? Esa organización terrorista está hecha para matar y mata
todo lo que puede. Es lo que hace y a veces lo consigue…. Esa es una línea de
investigación que cualquier gobierno de España que no haya perdido la cabeza
tiene que seguir y que nosotros seguimos. Naturalmente si hay otras
hipótesis, también las vamos a seguir”. Y más tarde dijo: “No me pida usted,
por favor que yo juegue a las quinielas. No voy a jugar a las quinielas. Yo
no evalúo quién tiene posibilidad. Nosotros jugamos sobre hechos
determinados, sobre hechos constatados”. No existía en ese momento ningún
hecho constatado, ninguna prueba material, que apoyara la tesis de la autoría
etarra y sí muchas otras que indicaban lo contrario, pero el ministro del
Interior volvió a salir en la televisión a la una de la tarde para insistir
en que la principal vía de investigación seguía siendo ETA.
A media tarde, el ministro
repitió rueda de prensa, sobre las seis y media, en la que dio noticia de la
bomba hallada en Vallecas y dijo que todavía no se habían traducido los
versos del Corán contenidos en la cinta de la furgoneta. El día anterior, no
obstante, había asegurado que no había en ellos ningún tipo de amenaza. Dos
semanas después del atentado nadie ha hecho público el contenido de dichos
versos. Poco antes de esta comparecencia de Acebes, ETA había llamado al
diario Gara y a Euskal Telebista para rechazar cualquier responsabilidad
sobre el atentado. La policía autonómica vasca tardó poco tiempo en confirmar
la autenticidad del comunicado como procedente de un portavoz de la banda.
A las siete de la tarde
comenzó la manifestación de Madrid. En esta, como en la de Barcelona, el
presidente y los ministros fueron increpados por algunos ciudadanos que les
interrogaban, a veces airadamente, por la autoría de los hechos. En muchos
sectores cundía la sospecha de que el gobierno manipulaba la información,
igual que en una primera instancia parecía haberse querido apropiar de las
manifestaciones populares que había convocado.
Por la noche, la práctica
totalidad de los servicios de inteligencia europeos consideraban ya que la
única pista buena era la islámica. Pero el ejecutivo seguía insistiendo en
que, para él, la línea prioritaria era la de ETA. No contaba con un solo
indicio que pudiera avalarla.
SÁBADO,13
El sábado, víspera de las
elecciones y día de reflexión, en una entrevista publicada en la primera
página del diario El Mundo, cuarenta y ocho horas después de la aparición de
la furgoneta con los detonadores, la cinta en árabe y los restos de un
explosivo que no era el utilizado por los terroristas vascos, el candidato
del Partido Popular confesaba: “Tengo la convicción moral de que ha sido
ETA”. Nuevamente se trataba de deducciones, convicciones o corazonadas,
frente al rigor del trabajo policial y la sensatez del análisis político. EL
PAIS publicó también ese día el resumen de unas declaraciones de Rajoy. En la
jornada de reflexión está prohibido que los candidatos pidan el voto, por lo
que los dirigentes socialistas evaluaron la posibilidad de elevar una queja
por esta vulneración de las normas. Los periódicos podrían, sin embargo,
explicar que lo excepcional de las circunstancias justificaba la alteración
en las fechas de publicación de la entrevista con el candidato.
Por lo demás, a esa hora,
los últimos sondeos apuntaban ya a una mejora considerable del PSOE en las
elecciones, y les pareció superfluo hacer ruido por un tema así. A mediodía,
el ministro Acebes, cumpliendo con el deber de transparencia que el gobierno
se había impuesto a sí mismo, aseguró que ningún responsable de las fuerzas
de seguridad le había dicho aun que las investigaciones se estuvieran
centrando ya en AlQaeda. El ministro debía ser, entonces, el único al que no
se lo comunicaron porque, apenas hora y media más tarde de que pronunciara
estas palabras, se produjeron las primeras detenciones en relación con los
atentados: tres marroquíes y dos indios, algunos de ellos ya incursos en un
sumario abierto por el juez Garzón. Al mismo tiempo, Miguel Platón, director
de la agencia oficial Efe, ordenaba la transmisión de un telegrama noticioso:
“Las pistas apuntan a ETA y descartan a Al Qaeda”. Previamente, el telediario
de las tres de la tarde había sostenido la hipótesis etarra y centrado las
imágenes de las manifestaciones del viernes en las pancartas contra ETA. De
modo que, mientras sospechosos de colaborar con el fundamentalismo islámico
entraban en prisión, la televisión del gobierno, la agencia del gobierno y
los ministros del gobierno seguían asegurando que era ETA la responsable de
los atentados.
A las seis y media de la
tarde, la Cadena SER informó que cientos de ciudadanos, convocados a través
de teléfonos móviles y mensajes en Internet, se estaban manifestando, desde
tres cuartos de hora antes, frente a la sede del PP en Génova. La cadena
noticiosa de televisión CNN+ envió cámaras para cubrir el evento en directo.
Las imágenes fueron transmitidas también por CNN internacional y otras
televisiones europeas y americanas. La COPE informó igualmente de esas
manifestaciones, interrumpiendo su programación deportiva. A las siete de la
tarde, un ministro del gobierno telefoneó de forma institucional, y también
en nombre del candidato del Partido Popular, a un alto responsable del grupo
Prisa para protestar porque la SER y CNN+ estaban, a su juicio, “llenando las
calles de manifestantes”. Dijo además tener pruebas de que las concentraciones
ilegales se habían convocado desde teléfonos del PSOE.
Varias encuestas electorales
anunciaban ya una posible victoria socialista para el día siguiente, aunque
por estrecho margen, y en Prisa se atribuyó esa llamada al nerviosismo que
probablemente había hecho presa en las filas del Partido Popular. Este
reclamó una reunión de la Junta Electoral Central para que se pronunciara
sobre las manifestaciones, al tiempo que Rajoy comparecía en público, a fin
de denunciar la ilegalidad de las mismas y de advertir sobre las eventuales
consecuencias para aquellos que las hubieran instigado. Fue contestado de
inmediato por Pérez Rubalcaba, que pidió para los españoles “un gobierno que
no les mienta” e hizo uso del derecho de dúplica el ministro portavoz quien,
siempre ante las cámaras de televisión, rechazó las acusaciones hechas por el
dirigente socialista. En medio del guirigay generado, corrió el rumor de que
el gobierno se podría estar planteando un aplazamiento de las elecciones. No
existe ningún indicio fiable de que eso fuera así, pero al menos pudo estar
en la cabeza de alguien porque el propio diario El Mundo, en un editorial
publicado el mismo día de los comicios, dijo que “ante una crisis tan grave,
quizá por prudencia debería haberse aplazado la votación de hoy, si hubiera
habido margen legal para ello”. Por lo demás, el ministro del Interior,
pasada la media noche, y ya en jornada electoral, por lo tanto, confirmó que
habían encontrado un video en el que AlQaeda reivindicaba el atentado de Atocha.
Por fin, y por vez primera,
el gobierno parecía dar credibilidad a un comunicado procedente de los
terroristas y no argumentaba que la condición moral de sus firmantes impedía
concederles si quiera el beneficio de la duda. Esta fue, no obstante, la
única ocasión en que la comparecencia de Acebes no fue retransmitida en
directo por Televisión Española, que había cambiado su programación para
emitir, a esa hora, “Asesinato en Febrero”, una película sobre la muerte del
diputado socialista Fernando Buesa y su escolta, a manos de ETA.
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