Un Cuento Para Soñar

                                        

 Un rey tuvo una vez un sueño en el que veía cómo un angelito recién nacido correteaba por entre las nubes, queriendo saltar de una a otra, sin pensar que de pronto se podía colar por un huequito y resbalar hasta la tierra. Su risa era una música de cristal y en cada esquina los demás querubines miraban de reojo, complacidos, al pequeñín que apenas atinaba a tenerse sobre sus piernas, tambaleante y juguetón. El pobre rey sufría horrores, porque creía que ese pedacito de vida se le iba a deslizar entre los copos y quién sabe dónde iría a parar.

 De repente, sin saber cómo, el pequeñito hizo un esfuerzo sobrehumano, perdón, sobreangelical y saltó al vacío... El rey apenas pudo estirar sus brazos, contener un grito y caer desmayado en el acto. Los querubines corrieron a auxiliarlo y a tranquilizarlo. No era la primera vez que se le escapaba un angelito recién nacido. Sólo que esta vez, era tan hermoso!

  El angelito había nacido y tenía que buscar el hogar al que tenía que llegar, aunque tuviera algunas dificultades durante su viaje a la tierra. En efecto, ya había comenzado a tenerlas. Sus débiles alitas se doblaban con el viento y el instinto le impulsó a dejarse llevar por las tibias corrientes de aire; pero como nunca había volado, no sabía que con sólo extender los plumones, podía planear sin dificultad y disfrutar del viaje más maravilloso hasta encontrar el Paraíso. Por eso, dibujaba espirales, vueltas y volantines en medio de la corriente y, a pesar de sus esfuerzos,  no conseguía dominar su pequeño cuerpo. Con los ojos cerrados, sin embargo, no sentía el más mínimo temor. Desde la altura, la tierra le parecía un tapiz hecho de retazos y pensaba que, al llegar allá abajo, se zambulliría en un colchón de suaves plumas, en donde podría saltar con los otros angelitos (así de pequeños se imaginaba a los humanos ) y correr hacia las frescas corrientes del arroyo.

  Fue entonces cuando se cruzó con una bandada de blancas garzas que volaban en perfecta escuadra con sus alas desplegadas  siguiendo a su líder. El garzón mayor se movía seguro y orgulloso hacia las orillas de la laguna encantada. Tras él se deslizaban las delicadas garzas y los valientes polluelos que estaban aprendiendo a dominar el difícil arte de superar con agilidad y belleza la ley de la gravedad. El angelito abrió los ojos y se dio cuenta de que también el tenía un par de alas, pequeñas, pero iguales a las de las hermosas aves blancas que pasaban a su lado. Tímidamente imitó a la garza más pequeña que ocupaba el último lugar en la bandada. Extendió primero el ala derecha y, cosa maravillosa!, salió disparado hacia el lado izquierdo; extendió luego el ala izquierda y su pequeño y rellenito cuerpo se movió con titubeos hacia la derecha, hacia la izquierda, hacia abajo, hacia arriba, en picada, en ascenso casi vertical, hasta que, al fin, un fuerte brisa lo puso junto a la garza más pequeña quien reía divertida al ver al angelito aprendiendo a volar...

  El angelito, un poco torpe todavía, pero feliz, le sonrió a su amiguita y le preguntó que en dónde vivían los humanos...Tenía que encontrar el hogar que le estaba esperando, antes de que amaneciera el nuevo día.

  - Debajo de las nubes hay muchos de ellos, pero ninguno sabe volar, -dijo la garcita-. Por eso casi siempre miran hacia abajo y se olvidan de mirar hacia arriba, hacia las estrellas, hacia el sol que nos alumbra y nos calienta...

  - Pero, por qué? -replicó el angelito- es que ellos no saben que aquí arriba estamos todos los que vamos a nacer? No nos están esperando?

  - Bueno, yo creo que sí, angelito; -explicó el ave- lo que pasa es que las mamás son las que esperan a los recién nacidos, como tú. Los papás, a veces, no saben qué hacer; se ponen nerviosos, caminan, preguntan, en fin...ellos no son como las mamás...

  - Debo encontrar a mi mamá, -contestó el angelito-, debo buscarla y encontrarla hoy mismo! Dime dónde están los humanos, por favor...

  - Allá abajo, -sonrió la garcita- también hay cosas bellas, no todo es tan feo. Busca un casa con un jardín de flores blancas, con rosas amarillas y con dos niños. Vas a saber cuál es porque los que viven en ella están mirando hacia el cielo y te están buscando entre las estrellas...

  - Sí, respondió el angelito. Yo me lo soñé la otra noche, pero no se en dónde queda todavía...

  - Déjate llevar por el viento... -dijo la garza- Ya sabes abrir las alas. No hagas mucho esfuerzo, para que no llegues cansado... Sabrás en dónde es, además, porque cuando te acerques, tu corazón comenzará a palpitar más fuerte y te darán ganas de gritar: mamita, papito, hermanitos! Aquí estoy! Y ellos no tendrán casi tiempo para llegar a tu encuentro. Pero estarán contigo...

  De repente, una suave brisa separó al angelito de su amiguita. Con una sonrisa se despidieron y supieron que algún día se volverían a ver. El aire tibio reconfortó al angelito y le hizo cerrar los ojos. En medio de la noche las estrellas comenzaron a brillar y el silencio fue como una música que arrullaba al recién nacido angelito, que sin darse cuenta, había tomado la forma de una niña.

  Las campanitas tintineaban como en Navidad y el angelito pudo ver desde la altura una luz encendida en la ventana de un edificio de apartamentos. En efecto, como le había dicho la garcita, allá abajo dormía un jardín con flores blancas y rosas amarillas y muchos niños. La paz de las alturas le estaba penetrando y ella sentía que también arrullaba el sueño de sus hermanitos e inspiraba al padre en las historias que tecleaba en la máquina de escribir. Con afán quiso ver entre las cortinas el rostro de su mamita. Su corazón palpitaba más fuerte y de repente no pudo contenerse. Con toda la alegría de su pequeño ser, la noche fue testigo privilegiado del primer grito de aquella pequeña que había encontrado su hogar!

  -Aquí estoy, mamita, papito! Ya llegué. Los quiero mucho! Dónde están mis hermanitos?

  Y el eco resonó claro, puro, como la sinfonía de los espejos y la música de los juguetes y el suave mecerse de los móviles rosados que adornaban la hermosa cuna ya lista y preparada para recibirla.

 Y como en cámara lenta, todos los rostros se giraron para verla. Sí, era ella! El regalo de Dios en medio de la noche! Y la luz invadió los corazones y la ternura privilegió las alboradas que desde ese día adornan para siempre su casita.

  Y todos miraron hacia arriba... Y descubrieron que la estrella ya no estaba en su lugar, porque ahora había llegado a iluminar el hogar.

 Y dieron gracias al Dueño de la vida, por el mejor regalo que había llegado en esa noche de Octubre.

***

  El rey ya no tuvo pesadillas. Desde la altura, cerró los ojos y descansó,  porque su más bello angelito había llegado sano y salvo a la casita que Jesús había escogido para ella. Los demás querubines entonaron la más hermosa canción de cuna y el valle iluminado por la luz de la luna resonó con los acordes del Aleluya del Mesías.

Bernardo Nieto Sotomayor    

 Santa fe de Bogotá, Colombia.     

 

 

 


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