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LUIS LAMOTHE DURIBE
El grabado, en sus más variadas
técnicas, ha sido columna vertebral de todo ese rico
universo visual que dio testimonio de nuestros antepasados
y sus costumbres antes de la aparición de la fotografía.
Con la aparición de la primera imagen técnica
creada por el hombre y, con posterioridad, con la imagen
audiovisual, podría inferirse que el grabado no tenía
mucho más que decir en el nuevo firmamento de los
mass medias. Sin embargo, la realidad ha demostrado todo
lo contrario. No sólo se ha mantenido como una de
las manifestaciones artísticas de mayor carácter
y tradición, sino también como una de las
más ”vivas” aún para dar testimonio
de la compleja y diversa realidad de nuestro presente, sobre
todo, cuando la gubia esta en manos de verdaderos artistas.
Este es el caso de Luis Lamothe Deribe.
El tiene el merito de hacernos ver en su obra grabada, que
la posmodernidad y, en particular, la de la Cuba de hoy,
tiene su buena veta costumbrista, tal y como la tuvo el
siglo xix cubano de la mano de los grandes litógrafos
que le precedieron. Su frente, negra y amplia, como los
que saben pensar, no desentona con su trato franco y sencillo,
propio de cubano de a pie. Mientras que su obra, de un humor
reflexivo, es, partes iguales, irreverentes y responsables.
Si el gran periodista costumbrista que fue Buenaventura
Pascual, lo hubiese conocido, sin dudas, lo habría
llamado para que ilustrara sus crónicas en los periódicos
habaneros de inicio del siglo xix. En cambio, ahora, a falta
del periodista tenemos al grabador. Su tema: la mayor mina
de hábitos, glorias y vicios que pueda mostrar hoy
nuestra ciudad: el Malecón. Sala gigante, donde todos
los encuentros son propicios, sobre todo, cuando el mar
está en calma y el calor exige abandonar las ”barbacoas”
, en aras de un azar que bien puede venir sobre el asfalto
o en la mas imprevista brisa marina. El Malecón habanero,
como el mar de Valéry, sin cesar recomenzando, aguanta
a la criatura humana, sus debilidades y grandezas, hasta
donde solo es posible hacerlo un grabador de buena estirpe,
que ha visto en su larga y noble estructura el gran sofá
en el que todos nos explayamos cuando de respirar democracia
de trata.
Por Jorge R. Bermúdez
Escritor y crítico de arte.
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