“La Ley y la Conciencia”

 

(Leer Romanos 2:9-16)

 

Tanto el judío como el griego (el no judío o gentil) han recibido de Dios algo que les permite saber lo que es bueno y lo que es malo.

 

Dios dio a los judíos una ley en la cual les decía con precisión lo que debían hacer. Ellos serán juzgados por esa ley.

 

Los gentiles nunca tuvieron una ley de Dios, pero sí tienen otra cosa: una conciencia. Por ejemplo, la mayoría de los hombres saben por naturaleza que no deben robar, aunque Dios nunca se lo haya dicho de manera oficial a través de una ley.

 

Y si roban, su conciencia les reprende. Si al contrario escuchan la voz de la conciencia, no robarán. De esta manera muestran que la ley de Dios está escrita en sus corazones.

 

No obstante, Dios ve más que los hechos. Él ve de dónde salen estos hechos porque mira hasta lo más escondido del corazón. Él conoce los motivos por los cuales nos dejamos guiar.

 

Podemos esconder nuestras verdaderas intenciones los unos a los otros, pero no las podemos esconder de Dios. Llegará un día en el cual Dios juzgará estos secretos por Jesucristo (v.16).

 

A muchas personas esa idea les causa miedo y prefieren no pensar en ello. Sin embargo, este juicio también forma parte del que Pablo llama “mi evangelio”.

 

Para Dios los motivos no son menos importantes que los hechos. Las personas pueden equivocarse al evaluar los hechos, pero Dios no. Quien vive de verdad con Dios, no tendrá inconveniente en abrir todo su corazón para Él.

 

“Porque no son los oidores de la ley los justos ante Dios, sino los hacedores de la ley serán justificados.” (Romanos 2:13)