“La recompensa”
(Dios)
“se inclinó a mí, y oyó mi clamor. Y me hizo sacar del pozo de la
desesperación, del lodo cenagoso; puso mis pies sobre la peña, y enderezó mis
pasos.” (Salmo 40:1,2)
Hace años
se quiso construir un puente sobre una parte del puerto neoyorquino. Mientras
se investigaba la condición del suelo a fin de encontrar el lugar adecuado para
construir los pilares del puente, se encontró una lancha hundida y cargada con
piedras. Estaba profundamente sumida en el fango de la bahía.
Unos
buzos ataron pesadas cadenas al bote naufragado, pero ninguna grúa fue lo
bastante fuerte como para levantar la embarcación.
Llamaron
a un especialista quien aconsejó traer al lugar dos lanchas vacías.
Durante
la marea baja se les ató con fuertes cables de acero al barco hundido.
Cuando se
produjo la marea alta, las dos lanchas vacías subieron lentamente y sacaron del
fango la embarcación hundida. La fuerza del océano Atlántico obró eficazmente.
Como
seres pecadores, todos nos hallamos más o menos hundidos en el lodo del que no
podemos librarnos por nuestro propio esfuerzo. Del mismo modo todo lo que se
nos ofrezca para nuestra salvación tampoco sirve.
Sólo el
Señor Jesús puede obrar una verdadera salvación y librarnos de nuestra miseria
moral.
Su poder
es más grande que el del pecado que nos mantiene prisioneros.
¿Qué
podemos hacer por nuestra parte? Dar una respuesta que manifieste nuestra fe.
Debemos
entregarnos a Él para que nos pueda ayudar.
Quien
reconoce su propia incapacidad para salvarse a sí mismo y busca ayuda, sólo en
el Señor Jesús será salvo.
Di esta
oración conmigo, entre tú y yo:
“Señor
Jesús atráeme con tus cuerdas de Amor, sácame de este hundimiento, ayúdame
porque solo no puedo… perdóname por pasar de ti porque solo no puedo, ten
piedad de mí, cúbreme con tu bendita sangre preciosa que derramaste en esa cruz
por mí, líbrame de este fango atrapador, nuevas son
tus misericordias cada mañana, oye hoy mi clamor, sálvame, avívame, entra
dentro de mi corazón, que la fe de Dios llene mi alma y todo mi ser y que tu
Santo Espíritu guíe mi vida y sea el amparo y el consuelo de mi vida, que tu
paz llene mi hueco y tu Amor lo cubra… Dios es Amor, la Biblia así lo dice en
el capítulo 4, versículo 8, primera de Juan."
“Con
cuerdas humanas los atraje, con cuerdas de amor; y fui para ellos como los que
alzan el yugo de sobre su cerviz, y puse delante de ellos la comida.” (Oseas
11:4)