"Tú,
¿quieres creer?"
He oído
hablar de un médico que trataba a sus pacientes de una manera muy directa, lo
cual generalmente funcionaba bien.
Un hombre
con una pierna gravemente enferma fue a consultarle.
-¡Bien!,
dijo el doctor, voy a emprender tal tratamiento, y le explicó el procedimiento
que quería aplicarle.
El
paciente se asustó y respondió: -No, no podría soportar eso, prefiero buscar
ayuda en otra parte.
-Como
quiera, dijo el facultativo, usted todavía no está suficientemente grave para
que yo lo trate. Si alguna vez se siente bastante enfermo para que yo
intervenga, entonces podrá volver y me dirá: -Haga conmigo lo que quiera, con
tal que me ayude.
De manera
análoga hay muchas personas que no se sienten lo <<bastante malas>>
para acudir a Cristo. Con esto queremos referirnos a aquellos que estiman ser
<<demasiado buenos>> para ser salvados como lo propone Jesucristo.
Tienen sus reservas frente al gran Médico de las almas. Además no toman en
serio su diagnóstico sobre el mal estado de sus almas. Ambas maneras de pensar
tienen que ver con su falta de fe.
A la
persona que dice que no puede creer, la Sagrada Escritura le da el ejemplo de
un hombre a quien, por lo visto, le sucedía lo mismo.
En su
aflicción el hombre exclamó: “Creo” (lo que por supuesto significa: quiero
creer); “ayuda mi incredulidad.” (Marcos 9:24)
Este
también es el remedio para el escéptico moderno. La pregunta que resulta de
ello es: ¿Tú también quieres creer?