¡DESDE ADÁN!...

 

¡Todo!, oh Tú mi Dios y mi Señor, ¡Tu dolor!, fue como un placer de obediencia, como una lluvia arrasadora atravesando lo que encontró en su apoyo, arrogado al destino de un mar abierto de remanso, hasta Tu resurgimiento. Tres días de silencio, el paso de todo viviente, pero el Tuyo, el único, fue breve, resurgiendo hasta lo infinito para que a través de Ti se rompiera el leudo (opositor) que imperó por la cobardía de todo hombre, porque todo lo que proyectaba Tu luz lo aniquilaban: “Oíd otra parábola: Hubo un hombre, padre de familia, el cual plantó una viña, la cercó de vallado, cavó en ella un lagar, edificó una torre, y la arrendó a unos labradores, y se fue lejos. Y cuando se acercó el tiempo de los frutos, envió sus siervos a los labradores, para que recibiesen sus frutos. Mas los labradores, tomando a los siervos, a uno golpearon, a otro mataron, y a otro apedrearon. Envió de nuevo otros siervos, más que los primeros; e hicieron con ellos de la misma manera. Finalmente les envió su hijo, diciendo: Tendrán respeto a mi hijo. Mas los labradores, cuando vieron al hijo, dijeron entre sí: Este es el heredero; venid, matémosle, y apoderémonos de su heredad. Y tomándole, le echaron fuera de la viña, y le mataron. Cuando venga, pues, el Señor de la viña, ¿qué hará a aquellos labradores?” (Mateo 21:33-40)

 

Era demasiado incrustadora, desnuda y clara. Mejor, pensaba el hombre, era exteriorizarla con formas aparentes: “Entonces habló Jesús a la gente y a sus discípulos, diciendo: En la cátedra de Moisés se sientan los escribas y los fariseos. Así que, todo lo que os digan que guardéis, guardadlo y hacedlo; mas no hagáis conforme a sus obras, porque dicen, y no hacen. Porque atan cargas pesadas y difíciles de llevar, y las ponen sobre los hombros de los hombres; pero ellos ni con un dedo quieren moverlas. Antes, hacen todas sus obras para ser vistos por los hombres. Pues ensanchan sus filacterias, y extienden los flecos de sus mantos; y aman los primeros asientos en las cenas, y las primeras sillas en las sinagogas, y las salutaciones en las plazas, y que los hombres los llamen: Rabí, Rabí. Pero vosotros no queráis que os llamen Rabí; porque uno es vuestro Maestro, el Cristo, y todos vosotros sois hermanos”. (Mateo 23:1-8)

 

“Así también vosotros por fuera, a la verdad, os mostráis justos a los hombres, pero por dentro estáis llenos de hipocresía e iniquidad. ¡Ay de vosotros, escribas y fariseos, hipócritas! porque edificáis los sepulcros de los profetas, y adornáis los monumentos de los justos, y decís: Si hubiésemos vivido en los días de nuestros padres, no hubiéramos sido sus cómplices en la sangre de los profetas”. (Mateo 23:28-30)

 

Pero la Sangre de Jesús hizo que el velo se rompiera: “Y he aquí, el velo del templo se rasgó en dos, de arriba abajo; y la tierra tembló, y las rocas se partieron” (Mateo 27:51) para que a través de Él tuviésemos entrada justificada por Él: “ya justificados en su sangre” (Romanos 5:9) y nuestra intimidad fuera escuchada en el secreto íntimo, a través de nuestro Abogado que es Cristo Jesús: “abogado tenemos para con el Padre, a Jesucristo el justo”. (1ª Juan 2:1)

 

“Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna. Porque no envió Dios a su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo sea salvo por él”. (Juan 3:16,17)

Todos queremos conseguir la paz, el sosiego, el equilibrio, el sostén, el gozo de todo lo que nos rodea y sondea, ¿acaso no nos sorprende el rocío mañanero?, ¡cómo la flor se abre!, y destila su perfume, su color, su belleza delicada y tersa, como Su Nombre: “Tu nombre es como ungüento derramado” (Cantar de los Cantares 1:3)

 

“Entonces María tomó una libra de perfume de nardo puro, de mucho precio, y ungió los pies de Jesús, y los enjugó con sus cabellos; y la casa se llenó del olor del perfume”. (Juan 12:3)

 

¿Acaso el Amor no tiene su propio aroma y recuerdo?, que desde la niñez ya lo tenemos destilado en nuestro recuerdo, permanente desde la infancia lo arrastramos hasta nuestra única morada en que todos vamos a parar por transición: “Porque yo sé que me conduces a la muerte, y a la casa determinada a todo viviente”. (Job 30:23)

 

Todos queremos conseguir que nuestra vela se consuma por un ideal de contentamiento, desde los cielos se oyó: sólo en Él tengo contentamiento: “He aquí mi siervo, yo le sostendré; mi escogido, en quien mi alma tiene contentamiento; he puesto sobre él mi Espíritu; él traerá justicia a las naciones”. (Isaías 42:1)

 

“Mas Jesús, habiendo otra vez clamado a gran voz, entregó el espíritu. Y he aquí, el velo del templo se rasgó en dos, de arriba abajo; y la tierra tembló, y las rocas se partieron; y se abrieron los sepulcros, y muchos cuerpos de santos que habían dormido, se levantaron; y saliendo de los sepulcros,  después de la resurrección de él, vinieron a la santa ciudad, y aparecieron a muchos. El centurión, y los que estaban con él guardando a Jesús, visto el terremoto, y las cosas que habían sido hechas, temieron en gran manera, y dijeron: Verdaderamente éste era Hijo de Dios. Estaban allí muchas mujeres mirando de lejos, las cuales habían seguido a Jesús desde Galilea, sirviéndole, entre las cuales estaban María Magdalena, María la madre de Jacobo y de José, y la madre de los hijos de Zebedeo”. (Mateo 27:50-56)

 

¡Cómo abogaba ya Jesús en la Cruz por nosotros!: “Y Jesús decía: Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen”. (Lucas 23:34)

 

Hasta los doctores de la Ley le llamaban Rabí, Maestro: “Respondió Jesús y le dijo: ¿Eres tú maestro de Israel, y no sabes esto? De cierto, de cierto te digo, que lo que sabemos hablamos, y lo que hemos visto, testificamos; y no recibís nuestro testimonio. Si os he dicho cosas terrenales, y no creéis, ¿cómo creeréis si os dijere las celestiales? Nadie subió al cielo, sino el que descendió del cielo; el Hijo del Hombre, que está en el cielo”. (Juan 3:10-13)

 

Todo retorna: la ola, la corriente, la primavera; pero del hombre hasta su memoria se pierde, cuyo fundamento “fue” como río derramado y en la penumbra oscura y densa desapareció su último argumento y ahí quedó sellado y olvidado y por otros desconocido.

 

¿Qué dirección toma el tornado?, ¿el aluvión?, ¿el aire? ¿Cuándo se fragua la tormenta?, y el sonido que rompe el silencio ¿a quién atemorizará? ¿Por qué se cuartea la tierra con trazos desiguales?, ¿y el desierto con sus dunas desbarata el camino en la noche oscura? ¿Dónde está la brújula?, ¿si Dios no habría destilado sabiduría al hombre que creó para que viéramos la grandeza de una perfección regeneradora siendo Él el único que lo sustenta?...

 

El que puso, desde el principio, Sus Leyes en el corazón del hombre y el hombre pecó contra su Dios: “Pero la serpiente era astuta, más que todos los animales del campo que Yahweh Dios había hecho; la cual dijo a la mujer: ¿Conque Dios os ha dicho: No comáis de todo árbol del huerto? Y la mujer respondió a la serpiente: Del fruto de los árboles del huerto podemos comer; pero del fruto del árbol que está en medio del huerto dijo Dios: No comeréis de él, ni le tocaréis, para que no muráis. Entonces la serpiente dijo a la mujer: No moriréis; sino que sabe Dios que el día que comáis de él, serán abiertos vuestros ojos, y seréis como Dios, sabiendo el bien y el mal. Y vio la mujer que el árbol era bueno para comer, y que era agradable a los ojos, y árbol codiciable para alcanzar la sabiduría; y tomó de su fruto, y comió; y dio también a su marido, el cual comió así como ella. Entonces fueron abiertos los ojos de ambos, y conocieron que estaban desnudos; entonces cosieron hojas de higuera, y se hicieron delantales. Y oyeron la voz de Yahweh Dios que se paseaba en el huerto, al aire del día; y el hombre y su mujer se escondieron de la presencia de Yahweh Dios entre los árboles del huerto. Mas Yahweh Dios llamó al hombre, y le dijo: ¿Dónde estás tú? Y él respondió: Oí tu voz en el huerto, y tuve miedo, porque estaba desnudo; y me escondí. Y Dios le dijo: ¿Quién te enseñó que estabas desnudo? ¿Has comido del árbol de que yo te mandé no comieses? Y el hombre respondió: La mujer que me diste por compañera me dio del árbol, y yo comí. Entonces Yahweh Dios dijo a la mujer: ¿Qué es lo que has hecho? Y dijo la mujer: La serpiente me engañó, y comí”. (Génesis 3:1-13)

 

¿Acaso la sugestión no es hoy el principal argumento del hombre? ¿No codician sus ojos lo que otros poseen y luchan hasta el fin para conseguirlo sin importarles el mal que ocasionan y con ello se ligan a la venganza y todo continúa desde Caín?: “Y Yahweh dijo a Caín: ¿Dónde está Abel tu hermano? Y él respondió: No sé. ¿Soy yo acaso guarda de mi hermano? Y él le dijo: ¿Qué has hecho? La voz de la sangre de tu hermano clama a mí desde la tierra”. (Génesis 4:9,10). Hasta hoy. Pero Dios es el mismo hoy, ayer y por los siglos.

 

“Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna. Porque no envió Dios a su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo sea salvo por él. El que en él cree, no es condenado; pero el que no cree, ya ha sido condenado, porque no ha creído en el nombre del unigénito Hijo de Dios. Y esta es la condenación: que la luz vino al mundo, y los hombres amaron más las tinieblas que la luz, porque sus obras eran malas. Porque todo aquel que hace lo malo, aborrece la luz y no viene a la luz, para que sus obras no sean reprendidas. Mas el que practica la verdad viene a la luz, para que sea manifiesto que sus obras son hechas en Dios”. (Juan 3:16-21)

 

Porque el Gran Mandamiento del hombre uno es: “Jesús le dijo: Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu mente. Este es el primero y grande mandamiento. Y el segundo es semejante: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. De estos dos mandamientos depende toda la ley y los profetas”. (Mateo 22:37-40)

 

Él es tardo para la Ira y grande en Misericordia: “Y pasando Yahweh por delante de él, proclamó: ¡Yahweh! ¡Yahweh! fuerte, misericordioso y piadoso; tardo para la ira, y grande en misericordia y verdad; que guarda misericordia a millares, que perdona la iniquidad, la rebelión y el pecado, y que de ningún modo tendrá por inocente al malvado” (Éxodo 34:6,7)

 

Clama a Él en espíritu y verdad, pues Él te dice: “Yo soy el camino, y la verdad, y la vida; nadie viene al Padre, sino por mí”. (Juan 14:6)

 

Humíllate ante Él en tu intimidad más absoluta, abre tu corazón ante Él porque siempre escucha al hombre que le llama: “Inclinad vuestro oído, y venid a mí; oíd, y vivirá vuestra alma; y haré con vosotros pacto eterno, las misericordias firmes a David”. (Isaías 55:3)

 

“He aquí que no se ha acortado la mano de Yahweh para salvar, ni se ha agravado su oído para oir” (Isaías 59:1)

 

Ábrele la puerta de tu corazón para que Él entre dentro de ti: pídeselo. Reconócete ante Él, que todo lo ve, a través del único Mediador: “Porque hay un solo Dios, y un solo mediador entre Dios y los hombres, Jesucristo hombre, el cual se dio a sí mismo en rescate por todos, de lo cual se dio testimonio a su debido tiempo”. (1ª Timoteo 2:5,6) que nos ha sido dado por Su Gracia infalible y derramada. Victoria segura y firme: ¡Jesucristo!

 

Dile así ahora, ahí donde tú estás: “SEÑOR JESÚS TEN PIEDAD DE MÍ, DIOS MÍO, PERDÓNAME TODOS MIS PECADOS Y DELITOS QUE HE COMETIDO CONTRA EL CIELO Y CONTRA TI. ENTRA, TE RUEGO, DENTRO DE MI CORAZÓN. TEN MISERICORDIA DE MÍ Y PERDÓNAME DESDE QUE NACÍ DEL VIENTRE DE MI MADRE HASTA ESTE MISMO MOMENTO. SÁLVAME, CÚBREME CON TU SANGRE PRECIOSA, LÍBRAME DE TODA CADENA Y DE MÍ MISMO: “Crea en mí, oh Dios, un corazón limpio, y renueva un espíritu recto dentro de mí. No me eches de delante de ti, y no quites de mí tu santo Espíritu. Vuélveme el gozo de tu salvación, y espíritu noble me sustente. Entonces enseñaré a los transgresores tus caminos, y los pecadores se convertirán a ti. Líbrame de homicidios, oh Dios, Dios de mi salvación; cantará mi lengua tu justicia”. (Salmo 51:10-14). GUÍAME POR LA ÚNICA SENDA DE TU JUSTICIA, AYÚDAME A CAMINAR CONTIGO Y A LO LARGO DE MI SUEÑO, TÚ ME DESPIERTES: AMADO MÍO”.

 

 

E. D. Bruñó Ibáñez

D.L. Z-2440-05