DIOS MÍO, DIOS
MÍO, ¿POR QUÉ ME HAS DESAMPARADO?
“Él, Jesucristo,
decía cosas maravillosas, hablaba de Perdón, de Misericordia y de Amor”. ¡Si
sólo lo habría dicho! ... ¡si sólo de Perdón habló! ... ¡si sólo de
Misericordia dijo! ... ¡y de Amor! ... ¡Cierto! vivió en esta Tierra; ¡cierto!
que también lo habló. Miles de personas lo vieron y lo escucharon, lo tocaron,
bebieron con Él y comieron, viéndolo en comunión. Pero no sólo habló, sino que
toda La Palabra que de Su Boca salía: la vivía, la practicaba y la ponía por
acción; ya no era palabra; ya no era tradición; ya no era repetición, como
aquel que continúa aquello que propone su propio corazón.
Jesucristo tiene, y
tuvo, su corazón al propósito de Dios; no había otro propósito en Él que no
fuera el de agradar a Su Padre y la intención que desde la fundación del mundo
tenía: crear al hombre a su imagen y semejanza, preocupándose de que no
estuviera solo, dándole compañía y gobierno y unidad con Él. ¡Pero no!, ¡el
hombre quiso ser más que su Creador!, ¿acaso... la compañía le obligó? ...
¡cierto!, pero... ¿hasta qué medida pudo obligar a su ser? ... ¡Ser superior a
Dios!
¡No sólo es el
hombre!, ¡no sólo es la compañera!, siempre se olvida que hay un archienemigo
de Dios con capacidad indecible a través de la sugestión, de dudar; ¡hasta
dónde puede llegar el hombre!, ¡el poder de gobernar!, creyendo a la masa,
inútil de poder regir todo el caudal... capacitado ¿de qué?, ¿de quienes?, ¿con
qué poder y autoridad? De la que decís y no actuáis; prometéis lo que no
cumplís, sabiendo que para hacerlo necesitáis de los demás hasta que los
explotáis, hasta que no pueden más... ¡y decís de los demás!, ¡así ha ido la
humanidad!, ¡así criticáis!, ¡y censuráis a los demás!, pensando que no hay más
de lo que uno da y no precisamente a los demás.
Todo tiene un
principio y le siguen los demás, empieza por uno mismo y acaba igual. Pero
Jesucristo no era sólo un hombre, era toda una acción; no era un político, ni
una sola nación; tan sólo los suyos no lo conocieron, porque de Él ya estaba
escrito y no lo dieron a conocer... Ya habían crecido tanto, que estaban por
encima de Él. Por eso lo mataron, para quitar de sus acciones, acompañadas de
palabras, todo su poder... pero... se olvidaron que... escrito está: “y de una sangre ha
hecho todo el linaje de los hombres, para que habiten sobre toda la faz de la
tierra” (Hechos 17:26)
De todos, muchos
creyeron en Él, porque antes también hubo profetas que le dieron a conocer. Los
anuncios siempre estuvieron, pero nunca quisieron obedecer porque al hombre
nunca le gustó ceder, siempre buscó y busca: excusa, juicio o versión capaz de
convencer, ayer como hoy. ¿De qué derechos humanos se habla hoy?, ¡si son los
mismos que ayer! No cambia la palabra, ni la ley; sólo cambia el hombre persiguiendo
su poder, quedándose más preso que ayer, cambiando las cadenas, cambiando las
celdas, con los mismos cerrojos aprisionados están hoy.
Porque Jesucristo no
sólo decía cosas maravillosas, no sólo hablaba de Perdón: perdonaba y perdona
de corazón. Las maravillas que Él hablaba las vio, las veía cuando las
describía, sin doblez de intención, ya que no buscaba lo suyo, sino lo nuestro
por su Misericordia que clamaba y bramaba hasta la máxima extenuación. Amor
como el suyo, nunca se halló. Cargando el delito que ante Dios los hombres
teníamos para que hallásemos Perdón ante Su Padre que tanto Él conoce porque Su
Justicia es Eterna y Él lo sabe. Hasta la Cruz llegó y cuál fue su máxima
agonía que Dios apartó la mirada de Su Hijo porque no puede ver el pecado, el
cual Jesucristo cargó de todo hombre sobre sus hombros, pero su corazón quedó
íntegro ante el ojo que todo lo ve y todo lo penetra hasta lo más íntimo del
ser.
Es el pecado que
cometimos los demás lo que Dios no pudo contemplar en el Sacrificio de Sí Mismo
en la Cruz. Tres horas de agonía soportó, ¡consumado es! fue su grito cuando
terminó aquí Su Obra por los demás, llegando su agonía hasta culminar y de Su
Sangre ha hecho Su Real Heredad. Los que le reconocieron y lo sintieron
comprendieron que tenemos un Abogado a quien reclamar.
Ahí donde estás, en
este mismo momento, tú puedes reconciliarte con Él y ser LIBRE. Simplemente
dile así, ¡ahora!:
“SEÑOR JESUCRISTO,
RECONOZCO QUE SOY CULPABLE ANTE TI, LO SÉ, PERO TAMBIÉN SÉ AHORA QUE TÚ PAGASTE
POR MÍ EN LA CRUZ POR TODA MI CULPA Y TE PIDO QUE ME PERDONES: ¡TEN PIEDAD DE
MÍ, OH DIOS, LÍBRAME DE ESTA COMEDIA HUMANA, ENSEÑA A MI CORAZÓN TU HUMANIDAD,
TU DEVOCIÓN, TU OBEDIENCIA, TU AMOR, GUÍAME COMO SI CIEGO FUERA, LLÉVAME A LA
SENDA DE TU JUSTICIA PARA QUE LA PAZ ENTRE DENTRO DE MÍ Y VEA MI CORAZÓN TUS
MARAVILLAS, VACÍA ESTE RINCÓN PALPITANTE DE MI CONDUCTA Y HECHOS, ENTRA EN MI
CORAZÓN, TÚ PUEDES HACERLO Y YO QUIERO QUE TÚ LO HAGAS, LÍMPIAME CON TU SANGRE
QUE DERRAMASTE EN LA CRUZ POR MÍ, SÁLVAME, CREA EN MÍ UN CORAZÓN LIMPIO Y
RENUEVA UN ESPÍRITU RECTO DENTRO DE MÍ PARA NO PECAR CONTRA TI, ESCONDE TU
PALABRA EN MI CORAZÓN COMO PODEROSA SEMILLA PARA QUE VEAN ¡CÓMO HOY OBRAS
MARAVILLAS!, ¿QUÉ DIFERENCIA HAY... SI TÚ ERES EL MISMO AYER, Y HOY, Y POR LOS SIGLOS? GRACIAS MI SEÑOR JESUCRISTO POR HABERME ESCUCHADO, GRACIAS
POR HABERME PERDONADO, GRACIAS POR HABERME SALVADO. A TI SEA TODA LA GLORIA Y
LA HONRA POR LOS SIGLOS DE LOS SIGLOS. AMÉN”.
E. D. Bruñó Ibáñez
D.L. Z-1690-07