EL RESTAURADOR.

 

“Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna.” (Juan 3:16).

 

Dice: “amó”, y ¡hasta qué punto amó que dio a Su Hijo Unigénito! Al único que desde el principio existió y todo con Él lo realizó.

 

“He entendido que todo lo que Dios hace será perpetuo; sobre aquello no se añadirá, ni de ello se disminuirá; y lo hace Dios, para que delante de él teman los hombres. Aquello que fue, ya es; y lo que ha de ser, fue ya; y Dios restaura lo que pasó.” (Eclesiastés 3:14,15).

“Y los tuyos edificarán las ruinas antiguas; los cimientos de generación y generación levantarás, y serás llamado reparador de portillos, restaurador de calzadas para habitar.” (Isaías 58:12).

 

Restaurador de portillos es Él, por excelencia. Quien repara nuestra puerta. Él es la única puerta por la cual entramos, por ella, para morar con Él. Quien a Él le conoce ya conoció que no hay nada nuevo debajo del sol y que todo es vanidad y aflicción de espíritu: “¿Qué es lo que fue? Lo mismo que será. ¿Qué es lo que ha sido hecho? Lo mismo que se hará; y nada hay nuevo debajo del sol.” (Eclesiastés 1:9); “Miré yo luego todas las obras que habían hecho mis manos, y el trabajo que tomé para hacerlas; y he aquí, todo era vanidad y aflicción de espíritu, y sin provecho debajo del sol.” (Eclesiastés 2:11).

 

Abrimos tanto la puerta del corazón al padre, a la madre, al amor, a la ventura, al sentimiento, al ojo codiciador, al oído encantado, al camino que nos lleva a la cumbre,... ¡cuánta cabida hay! ... ¡cuánta! ... y luego... ¿qué pasó? ¡Cuéntame! ¿Quién te defraudó? ¿Qué es lo que no se sostuvo? ¿Qué se te adueñó? ¿Qué fue de lo que te apropiaste? ¿Quién te amarró? ... ¡hasta que la puerta se cerró! ... ¿quién abrirá la puerta? ...

 

Jesús dijo: “Yo soy la puerta; el que por mí entrare, será salvo; y entrará, y saldrá, y hallará pastos.” (Juan 10:9).

 

Él entra para reparar portillos, para echarte aceite y vino en tu herida: “y acercándose, vendó sus heridas, echándoles aceite y vino” (Lucas 10:34).

 

“La paz os dejo, mi paz os doy; yo no os la doy como el mundo la da. No se turbe vuestro corazón, ni tenga miedo.” (Juan 14:27).

 

¿Quién enderezará tu camino? ¿Quién irá contigo? ¿Quién te sostendrá? En la duda, en la caída, en la enfermedad, en la soledad, ¿a quién tendrás en el umbral de tu muerte? ¿Habrá alguien en tu cabecera? ¿Adónde irás? ¿Adónde?

 

“Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar.” (Mateo 11:28).

 

¡Cómo nos conoce! ¡Cómo nos espera! Porque Él ciertamente es eterno, pero nosotros temporales. Su Palabra dice: “Mas, oh amados, no ignoréis esto: que para con el Señor un día es como mil años, y mil años como un día.” (2ª Pedro 3:8); “Porque mil años delante de tus ojos son como el día de ayer, que pasó, y como una de las vigilias de la noche.” (Salmo 90:4).

 

¡Cómo sabe que un día a Él clamaremos! ¡Cómo lo sabe! Pero sabe el hombre que siempre, desde que nacimos del vientre de nuestra madre, Él siempre está, ¡lo sabe! Si el hombre no se cebara tanto en Dios culpándole de tanta injusticia humana, ¡otro cantar de cantares tendría! ¿No abolieron Su Ley? ¿No la pisotearon y la cambiaron? ¿No la escondieron? ¡Qué poco la incrustaron en su corazón! Cuando escrito está: “He aquí yo pongo hoy delante de vosotros la bendición y la maldición: la bendición, si oyereis los mandamientos de Yahweh vuestro Dios, que yo os prescribo hoy, y la maldición, si no oyereis los mandamientos de Yahweh vuestro Dios, y os apartareis del camino que yo os ordeno hoy, para ir en pos de dioses ajenos que no habéis conocido.” “Cuidareis, pues, de cumplir todos los estatutos y decretos que yo presento hoy delante de vosotros.” (Deuteronomio 11:26, 27, 28 y 32).

 

¿Qué justicia se hace cuando al “criminal” lo encierran y el que lo provocó descansa tranquilo de haberse quitado su espina? ¿Cuántos testigos falsos aparecen en el banquillo? ¿No os preguntáis por qué no lapidaron a la mujer adúltera?: “Entonces los escribas y los fariseos le trajeron una mujer sorprendida en adulterio; y poniéndola en medio, le dijeron: Maestro, esta mujer ha sido sorprendida en el acto mismo de adulterio. Y en la ley nos mandó Moisés apedrear a tales mujeres. Tú, pues, ¿qué dices? Mas esto decían tentándole, para poder acusarle. Pero Jesús, inclinado hacia el suelo, escribía en tierra con el dedo. Y como insistieran en preguntarle, se enderezó y les dijo: El que de vosotros esté sin pecado sea el primero en arrojar la piedra contra ella. E inclinándose de nuevo hacia el suelo, siguió escribiendo en tierra. Pero ellos, al oír esto, acusados por su conciencia, salían uno a uno, comenzando desde los más viejos hasta los postreros; y quedó solo Jesús, y la mujer que estaba en medio. Enderezándose Jesús, y no viendo a nadie sino a la mujer, le dijo: Mujer, ¿dónde están los que te acusaban? ¿Ninguno te condenó? Ella dijo: Ninguno, Señor. Entonces Jesús le dijo: Ni yo te condeno; vete y no peques más.” (Juan 8: 3-11).

¿Cómo los conocía? ¿No dice la ley: “Porque cualquiera que guardare toda la ley, pero ofendiere en un punto, se hace culpable de todos.” (Santiago 2:10)? ¿Cuántos índices mutilaría? ... ¿Cuántas lenguas enmudecería? ¿Pero para qué si ellas saben con qué ansiedades las orejas escuchan? El ojo nunca se cansa de ver ni el oído de oír. La maledicencia no tiene poda de exterminio y la bondad se convierte en sospecha encubridora, “y conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres.” (Juan 8:32); “Jesús dijo: Yo soy el camino, y la verdad, y la vida; nadie viene al Padre, sino por mí.” (Juan 14:6).

 

Él es la verdad absoluta y nadie lo pudo resistir; y los sacerdotes de la ley, al verse desnudos ante Él, furiosos al ver que el pueblo le seguía porque le acompañaban a Sus Palabras el Poder y las Obras, decidieron quitarle la vida de mutuo acuerdo: “nos conviene que un hombre muera por el pueblo, y no que toda la nación perezca.” (Juan 11:50). Lo que no sabían era que resucitaría lleno de Su Propia Gloria; porque tampoco le creyeron cuando dijo: “yo pongo mi vida, para volverla a tomar.” (Juan 10:17). Era tal la “ley” encubridora que sólo la practicaban por fuera, ya que como les dijo a todos, a la cara: “¡Ay de vosotros, escribas y fariseos, hipócritas! porque sois semejantes a sepulcros blanqueados, que por fuera, a la verdad, se muestran hermosos, mas por dentro están llenos de huesos de muertos y de toda inmundicia. Así también vosotros por fuera, a la verdad, os mostráis justos a los hombres, pero por dentro estáis llenos de hipocresía e iniquidad.” (Mateo 23:27,28).

 

Dios amó tanto al mundo que dio a Su Hijo: “Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna.” (Juan 3:16).

Ya que no vino a juzgarte, sino siempre espera a que a Él acudamos para sacarnos de la oscuridad, del dolor, del malestar: “Porque no envió Dios a su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo sea salvo por él.” (Juan 3:17).

Vino a decirnos “Yo Soy el que está queriendo entrar a tu corazón y llenarte con Mi Vida.”

 

“Porque hay un solo Dios, y un solo mediador entre Dios y los hombres, Jesucristo hombre, el cual se dio a sí mismo en rescate por todos, de lo cual se dio testimonio a su debido tiempo.” (1ª Timoteo 2:5,6); “Jesucristo es el mismo ayer, y hoy, y por los siglos.” (Hebreos 13:8).

 

 

Si Vd. quiere tener, ahora mismo, un encuentro personal con el Señor Jesús solamente tiene que decir de todo corazón la siguiente oración:

“SEÑOR JESÚS, TEN PIEDAD DE MÍ, OH DIOS MÍO, POR TODO LO QUE TE OFENDÍ DE PENSAMIENTO, PALABRA Y OBRA. ¡PERDÓNAME! ENTRA DENTRO DE MI CORAZÓN, SEÑOR JESÚS, Y LÍMPIAME DE TODA MI MALDAD, DE TODA MI NECEDAD, CON TU SANGRE DERRAMADA EN LA CRUZ POR MÍ; QUE ELLA ME LIBRE Y ME LAVE MÁS Y MÁS PORQUE NO QUIERO PECAR MÁS CONTRA EL CIELO Y CONTRA TI. ¡SÁLVAMECÚRAME!¡LIBÉRTAME!¡RESTÁURAME! GRACIAS PADRE POR REPARAR MI CAMINO EN EL NOMBRE DE JESUCRISTO DE NAZARET, YAHSHUA, SALVACIÓN MÍA.”

 

“Dios restaura lo que pasó.” (Eclesiastés 3:15).

 

                                                                                    

E. D. Bruñó Ibáñez

D.L. Z-357-06