HAMBRE

 

Con horror y con espanto vemos los reportajes de los estragos que representan esos cuerpos deformados de aspecto atroz de los efectos del hambre que representan muchas criaturas: por sequía, por guerras, por racismos, por indiferencia, por lejanía (holocaustos que están grapados todavía en sus retinas y sus villanías escondidas en sus agonías, no desconocidas,... por olvido, por tiranía). Asolado queda el corazón del hombre que lo contempla y espanto es ver al ser humano consumido, aflorándose el esqueleto apenas ya mantenido. ¡Qué malo es el hambre! y a cuántas personas combate arrasando vidas como un torrente.

Pero... ¡ay del hombre! que no para en su camino, siguiendo su trayectoria, sin importarle nada su contenido.

¡Ay del hombre! Que también de él está escrito: “He aquí vienen días, dice el Señor, en los cuales enviaré hambre a la tierra, no hambre de pan, ni sed de agua, sino de oír la Palabra del Señor. E irán errantes de mar a mar; desde el norte hasta el oriente discurrirán buscando Palabra del Señor, y no la hallarán”. (Amós 8:11-12).

Malo es el hambre pero peor es el hambre de la Palabra de Dios; de ese hambre que quiebra el alma y el espíritu desfallece nunca se habla.

¿Por qué se enmudece?, ¿por qué se le mutila?, ¿cuándo peligra el alma?

¿A cuántos ya les pasa hoy? ... ¡y cuántos ya parten con ese desconocimiento!, ¡y cuántos ya se fueron “sin conocerla”!

¿Y qué misión ella tiene en esta tierra tan pasajera?, ¿y luego, cuando se desprende del cuerpo eterna? ¡Conócela!, ¡nútrela!, ya que tiene su origen hasta su morada eterna, hay que dar hasta el final, porque de ella está escrito y ni importancia se le da... Pero... ¡que no halla un dolor agudo en esta carcasa, que nos envuelve!, porque corremos ya a un doctor que medicina nos da, confiando en ella que nos va a curar.

¡También el alma tiene su doctor y su medicina!, pero no corremos a remediar el mal, ese que no se ve y que tan escondido está. Mejor culpar a los demás y vernos libres de semejante mal. Pero... la conciencia muerde como un caimán, escudriña y ataca hasta rematar; ella no duerme y guerrea hasta el final. Pero el mal, no se quiere remediar, el alma culpable quiere escapar del dolor que la oprime hasta el final.

¡Qué malo es el hambre, pero peor todavía es el hambre de la Palabra de Dios! ¡No cansemos al Creador! ¡No quebremos su Paciencia al que creó al ser humano en su Perfección!: ¡Qué mejor Doctor! ¿Acaso no lo tenemos hoy? ¡Nútrete ahora que estás a tiempo!, ¡conócela y dale la orientación que necesita, hoy! Dándole el privilegio de saber que Dios es Justicia y Juicio y guarda las almas de sus santos: los que le recibieron a través de Jesús como el único mediador entre Dios y los hombres, reconociéndose culpables de todos sus actos desde que nacieron... hasta hoy, pidiéndole por Su Gracia que entre en nuestro corazón por la fe, que es un Don de Dios (Efesios 2:6) y nos cubra con Su Sangre Preciosa que derramó en la Cruz por la humanidad entera. Dile ahora así: “Señor Jesús, reconozco que he pecado contra el cielo y contra ti, por favor entra dentro de mi corazón y límpiame con tu Preciosa Sangre. ¡Sálvame! ¡Líbrame de mí! ¡Guíame a través de Tu Santo Espíritu! Gracias Dios mío en el Nombre de Jesús. ¡Amén!, ¡¡¡Aleluya!!! Porque escrito está: “Porque la paga del pecado es muerte, mas la dádiva de Dios es vida eterna en Cristo Jesús Señor nuestro” (Romanos 6:23); porque el alma que pecare ciertamente morirá eternamente, ¡QUIERO VIVIR! y que solamente lo puedo en Ti.

 

E. D. Bruñó Ibáñez

D.L. Z-3887-06