¿MAÑANA?, ¿MAÑANA EXISTE ...?

 

¡No desechemos al que habla!

 

“Si oyereis hoy su voz, no endurezcáis vuestros corazones” (Hebreos 3:7,8); “Siempre andan vagando en su corazón” (Hebreos 3:10); “He aquí ahora el tiempo aceptable; he aquí ahora el día de salvación”. (2ª Corintios 6:2).

 

No se engañe el hombre en una palabra, sólo en una que no existe: mañana; pero siempre se cuenta con ella, siempre está en nuestros planes y en toda siembra de nuestros comentarios y pensamientos, por desgracia, por ignorancia, por nuestra vanidad, por imprudencia y necedad; anulamos el hoy, matándolo, anulándolo, con un luego y un después, anulando el segundo que no vuelve atrás; ese tiempo que pasa como la sombra que proyecta el sol “en su recorrer”, volviéndola a tomar. Todo se mueve en un continuar, nada permanece quieto, sólo el hombre con su proyecto final, con su sueño engañoso en su deambular; hay que engañar al corazón que inquieto está, en un mañana sin final.

 

El hoy es el horror para muchos, demasiado tarde para algunos y para otros su final; ¡cuántos “hoys” quedan sin acabar! El ahora es principio de iniciar lo que el corazón inquieto quiere empezar, ya que la conciencia reclama sin parar una libertad que prisionera está, pensando siempre que en un mañana las cadenas se romperán. No hay mañana, no existe, jamás se vive, futuro inexistente que como fantasma siempre está tan ... cerca ... y cuántos no lo ven jamás, y los que creen verlo no se dan cuenta de que siempre es hoy; y no sólo hoy, sino siempre acompañado con el ahora en el segundo inexorable de nuestra existencia.

 

Sólo hay Uno que tiene mañana, de Él está escrito: “Jesucristo es el mismo ayer, y hoy, y por los siglos”. (Hebreos 13:8); el que permanece siempre fiel y no cambia.

 

El tiempo de Dios no es el tiempo del hombre; y el hombre, en Cristo, muerto está al tiempo del hombre y ¡vivo! y permanente en Él, esperando y permaneciendo en Su Palabra (Biblia) inamovible, firme y segura que como sostén de apoyo en Su Amor insondable e imperecedero nos transporte a Su Seno en Su inexorable tiempo.

 

No te engañes, el mañana no existe: “He aquí ahora el tiempo aceptable, he aquí ahora el día de salvación” (2ª Corintios 6:2).

 

Si derramares lágrimas conocerás a Aquel que consuela, si estuvieses inquieto conocerás Al que tranquiliza, si llegases a estar en peligro a Quien libera, y este conocimiento experimental se llama Cristo; abre tu corazón, abre tu puerta, deja que entre porque aquí está a tu lado “¿no lo sientes ya?”, ¡reconócelo! que Él es el mismo que resucitó, el que tiene cicatrices en las manos y en los pies y una llaga en su costado donde le atravesaron una lanza donde la Sangre corrió como un manantial de vida consumando Su total obediencia a Dios, demostrándonos que el Amor todo lo puede, todo lo sufre: “El amor es sufrido, es benigno; el amor no tiene envidia, el amor no es jactancioso, no se envanece; no hace nada indebido, no busca lo suyo, no se irrita, no guarda rencor; no se goza de la injusticia, mas se goza de la verdad. Todo lo sufre, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta”. (1ª Corintios 13:4-7); ofreciéndose a todos para que la Ira de Dios cayera sobre Él para que toda la humanidad que en Él cree no se pierda mas tenga la vida Eterna, cargando sobre el madero nuestra rebelión.

 

¡Dile ahora, ahí donde estás, que Él te escucha!:

“Señor Jesús, perdóname por todo lo que te he ofendido de pensamiento, palabra y obra; sé que moriste en la Cruz cargando con todas mis iniquidades y pecados cometidos contra el cielo y contra ti, “contra mí mismo he luchado”, cúbreme con tu Sangre derramada en la Cruz (entra en mi corazón), sálvame, líbrame de todas mis ataduras, enséñame a caminar junto a Ti, lléname de Tu Amor y de Tu Misericordia, y que Tu Santo Espíritu me acompañe siempre y me guíe por la senda de Tu única Justicia; porque escrito está: “Porque hay un solo Dios, y un solo mediador entre Dios y los hombres, Jesucristo hombre” (1ª Timoteo 2:5); apodérate de mí, lléname, te necesito, libra mi alma, mi corazón y mi mente: “Crea en mí, oh Dios, un corazón limpio, y renueva un espíritu recto dentro de mí” (Salmo 51:10); ¡guíame en la tempestad mi timonero, mi Gran Capitán: Jesús de Nazaret!

 

 

E. D. Bruñó Ibáñez

D. L. Z-2217-06