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Francisca Martín-Cano Abreu
Ahora que viene el día de STA ÁGUEDA, del 5 de febrero [con la fiesta de «LAS ALCALDESAS», fiestas en las que son las mujeres las que mandan, y que sustituyen al «DÍA DE LAS MUJERES» de la cuenca del Mediterráneo, durante las cuales los varones ocupaban una posición subsidiaria y eran las mujeres las que, escondidas detrás de una máscara, podían hacer locuras y liberarse de todos los tabúes (sexuales: adulterio consentido, discriminaciones de género: podían insultar y mandar a varones...). Y similares a las celebradas con anterioridad en todo el universo, entre ellas las: «SACEAS» (de esclavas saceas en honor de la Diosa Anaita, en recuerdo del tiempo en que formaban parte de tribus escitas de Amazonas del mar Caspio, dominadoras de otros pueblos y que fueron esclavizadas por los babilónicos en el siglo VI adne). O las fiestas, «YMARICUMA» (de tribus chincuanas del Amazonas), que recordaban la situación anterior cuando tenían autonomía y no se dejaban apabullar por ningún varón, antes de la revolución patriarcal], yo me pregunto:
¿Cuándo se va a acabar con el fraude
informativo sobre las relaciones de hombres y mujeres en las
sociedades antiguas, en los manuales académicos de
Arqueología y Antropología?
A pesar de que
los prehistoriadores se hayan atrevido a divulgar la idea de que la
mujer prehistórica era arrastrada por los cabellos y violada
por parejas prepotentes, hoy los nuevos hallazgos etológicos,
antropológicos, arqueológicos, sociológicos,
etnohistóricos... fundamentan la idea de que nuestras
ancestras, tenían autonomía económica y
sexualidad promiscua, con parejas de ambos sexos y elegidas por ella.
Por lo que no tendría necesidad de conseguir «ser
mantenida por un cazador», sino disfrutaría del placer
sexual siempre que lo desease y para estrechar lazos sociales, con
parejas del mismo o del opuesto sexo
No tiene
sentido que se siga dando validez a las falsas deducciones de algunos
antropólogos, arqueólogos y divulgadores de la ciencia
prehistórica, sobre las relaciones entre los sexos en las
sociedades antiguas, ya que infirieron hechos aventurados sin el
suficiente apoyo.
Afirmaban que
las mujeres, desde el principio de los tiempos de la cultura humana,
habían jugado un papel subordinado y dependiente del
varón en lo sexual y lo económico. Y lo
defendían, a pesar de que no existía ninguna prueba
científica que sostuviera tal idea, a no ser el hecho de que,
en el momento histórico en que hicieron sus conjeturas, las
mujeres que ellos conocían, estaban subordinadas y eran
mantenidas por varones trabajadores y sustentadores de su familia.
Dado que creían que la causa de su sumisión era
genética, consideraron legítimo proyectar su realidad
para el resto de las mujeres de todos los continentes y para la Edad
de Piedra: todas, al igual que las de su entorno, dependerían
para su sustento y el de su prole de un varón con el que
estaría unida en una relación de pareja
monógama.
Y
también, lamentablemente especularon, y afirmaron con
rotundidad fuera de toda duda razonable, que nuestras ancestras en
algún momento de la evolución, habían conseguido
que un cazador les hiciera la vida más fácil, al
cambiar sexo por carne, gracias a que se habían vuelto
receptivas sexualmente recién paridas. Por lo que frente al
derecho sexual del «esposo cazador» que le
«pagaba» con carne de caza, tendrían la misma
sexualidad dependiente que las esposas que tenían en su
entorno: aquéllas serían igual que las suyas, con una
vida sexual como valor de cambio. Y se mantendrían puras,
acartonadas y pasivas en el coito, sin deseo voluptuoso, como un
objeto que sólo proporcionaba la ocasión para el placer
del que las sustentaba.
Jones y Pay
dicen, hablando del sesgo habitual en que se construye el
conocimiento, afirma en (1999, 328): ... la bibliografía
arqueológica está impregnada de suposiciones,
afirmaciones y puntos de vista sobre el género que derivan
más de experiencias contemporáneas que del
análisis científico. El modelo evolutivo del
hombre-cazador: incluye un conjunto de suposiciones sobre hombres y
mujeres -sus actividades, capacidades, relaciones interpersonales,
posición social, valor relativo, y su contribución a la
evolución humana- que resumen el problema del androcentrismo.
En esencia, el sistema de género que muestra el modelo
presenta un parecido asombroso con los estereotipos de género
contemporáneos.
No sólo
parece que los roles de género no han cambiado desde la
Prehistoria, sino que el valor de la experiencia de la mujer en el
pasado se considera similar al del presente. Desafortunadamente,
durante demasiado tiempo, los divulgadores de la ciencia
prehistórica pusieron todo su talento narrativo a recrear la
Prehistoria y construyeron un pasado sobre las relaciones
varón-mujer con prejuicios, igualmente, machistas, confundidos
por creencias que poseían una larga tradición en la
Arqueología y en la Antropología. Y se atrevieron a
divulgar la idea de que la mujer prehistórica era arrastrada
por los cabellos y violada por parejas prepotentes. No consideraron
absurdo tal razonamiento. Era lo normal después de estar tanto
tiempo bajo la influencia de interpretaciones de sesgo patriarcal.
Debieron de creer que tales ideas androcéntricas estaban
acreditadas con pruebas genéticas, científicas o
artísticas, cuando en realidad sólo eran las
presunciones infundadas de algunos investigadores, fuertemente
condicionados en los valores machistas.
Lo que hoy
conocemos como ciencia es el producto de la historia anterior, de la
historia de la humanidad durante algunos miles de años; pero
resulta evidente que no es la ciencia como verdad excluyente y
definitiva, no es la única posible, no es neutral ni
está por encima de esa humanidad conflictiva que le dio forma
específica.(...) Afirmamos que la ciencia se ha construido
desde el poder y que el poder ha puesto la ciencia a su servicio y
afirmamos también que se ha construido de espaldas a la mujer
y a menudo en contra de ella. (Durán, 2002).
Así que,
no tiene nada de extraño, que en las sociedades occidentales
del siglo XXI, muchas personas, propias y extrañas a la
comunidad científica, las sigan creyendo como «verdades
científicas e inamovibles», ante las cuales no hacen
mucha mella los nuevos descubrimientos de la Etología y de la
Antropología de Género. (Ésta última
surgida para compensar los estudios de la Antropología a
secas, pretendidamente «científica», aunque no
totalmente objetiva, ya que sus estudios fueron elaborados por
antropólogos, condicionados hasta hace poco, exclusivamente en
valores sexistas).
Los recientes
hallazgos, aportan pruebas científicas que muestran
fácilmente la debilidad de los argumentos de quienes defienden
la existencia de la monogamia heterosexual eterna y la
subordinación femenina genética. Pero, a pesar de que
tales descubrimientos, ayudan y a dan sustento a las feministas y a
quienes defienden la igualdad entre los sexos, las nuevas ideas se
estrellan contra una muralla de piedra.
Muralla
sustentada en presunciones, prejuicios y estereotipos sobre la
desigualdad y superioridad de unos sobre otras. Y defendida por
algunas autoridades «científicas» que durante
muchísimo tiempo han ejercido el poder en el mundo oficial
académico de muchas disciplinas. Además, tales ideas
fanáticas las han trasmitido a todos los campos del
pensamiento occidental y las han logrado imponer en las mentes de
gran parte del resto de los nuevos
«científicos».
Por lo que, no
son muchos los que quieran prestar la mínima atención a
los descubrimientos que «importunan» a las autoridades
«científicas» androcéntricas, que son las
tienen el mando y de los que dependen.
Por ejemplo,
muchas feministas académicas no se atreven a despojar a las
autoridades de sus prejuicios abiertamente para no perder sus
puestos, o se muestran reacias a contradecirlos, ya que son seres
adaptativos, y lógicamente actúan según la
historia de refuerzos.
Otros
académicos, no desafían a las autoridades, bien porque
se identifican con las ideas implementadas por quienes gozan de
prestigio, por lo que lógicamente piensan que personas tan
eximias no iban a mentirles. En otros casos, aunque no se
identifiquen con esas ideas, son timoratos, y no se atreven a
cuestionar la autoridad, porque quieren formar parte del universo
poderoso academicista, así que se pliegan a sus falsas
ideas.
En cualquier
caso, no todos los que forman el mundo académico: de la
Arqueología, de la Antropología, de la
Sociología..., pueden soportar la inconfortabilidad de ser
marginada por no compartir las creencias o seguir las consignas del
poder, ya que se necesita dedicar mucho tiempo, esfuerzo y tal vez
riesgo personal en la lucha necesaria para ello.
Y
además, en el mundo oficial de diversas disciplinas
«científicas», las autoridades que lo integran
siguen sin prestar la mínima atención a los avances de
las ciencias. Incluso algunos de ellos se dedican con maneras
autoritarias a frustrar con críticas, las monografías y
artículos escritos por quienes sí que los tienen en
cuenta.
Bien los
descalifican como no científicos, a pesar de su sólida
base científica, porque aportan pruebas que contradicen sus
afirmaciones y cuestionan los paradigmas defendidos por ellos. Su
cerrazón es la lógica ante las ideas innovadoras que
rebaten sus dudosas afirmaciones. Por lo que oponen gran resistencia
a su acreditación: para evitar que se modifique el status quo
vigente; y para evitar perder los privilegios adquiridos. Saben que
si las apoyaran, dejarían de vender los libros que forman
parte de los manuales curriculares y que han sido escritos desde la
visión antigua; también dejarían de ser
invitados a los Congresos de sus disciplinas; dejarían de ser
citados en los trabajos académicos; dejarían de
monopolizar el poder, tanto en Museos como en Departamentos
universitarios; y el «derecho» a conceder a dedo
importantes cargos, tanto a sus hijos como a los alumnos aduladores y
sumisos...
O los
desconsideran tachándolos de subjetivos, amparándose en
que incluyen el punto de vista feminista, en nombre de una falsa
objetividad que no tiene, según parece, los que defienden la
visión machista. Porque: Las ideologías masculinas se
crean a partir de la subjetividad masculina: no son objetivas, ni
están libres de valores, ni son las únicas
ideologías «humanas». El feminismo exige que
reconozcamos en toda su extensión su falta de validez para las
mujeres, su distorsión, androcentrismo, y que comencemos a
pensar y expresar ese reconocimiento (Rich, 1980, p. 207). (Jones y
Pay, 1999: 323).
Queda claro,
por tanto, que la interpretación arqueológica se ha
visto condicionada por un conjunto de asunciones implícitas
sobre el género y que el papel de las mujeres en el pasado no
ha recibido una atención explícita. La
interpretación y presentación androcéntrica del
pasado está estructurada, a la vez que estructura, por la
esfera ideológica y simbólica de nuestra sociedad, en
tanto que el pasado duplica y legitima las normas y valores actuales.
(Gero, 1999: 36).
Todas estas cosas son mitos que se fomentan porque en realidad el feminismo es una ideología totalmente igualitaria que ataca estructuras que privilegian a unos para discriminar a otras, y eso hace que no sea querido. (Mª Isabel Menéndez, 2004).
Si todos los interesados en la Antropología, la Arqueología, la Sociología... tuvieran una educación más liberal, o no tuvieran miedo de perder algo con ello, reconocerían los nuevos hallazgos etológicos, antropológicos, arqueológicos, sociológicos, etnohistóricos...
No obstante,
desafortunadamente, la mentalidad machista, con su poder devastador,
se ha asentado demasiado profundamente en el mundo académico
de esas disciplinas y quizás algunos descubrimientos o las
revisiones de las antiguas interpretaciones sesgadas, hayan llegado
demasiado tarde.
De todas
formas, se necesita muchísimo más esfuerzo que el que
existe en la actualidad, para tirar la fortaleza de presunciones
machistas levantada durante tanto tiempo en tantas disciplinas
académicas.
BIBLIOGRAFÍA CITADA:
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