
Hasta Alfonso X, el Sabio
La invasión de España por los árabes promovió en el norte el nacimiento de varios estados al agruparse los godos fugitivos, que desde el principio ejercieron una tenaz resistencia a los generales del emirato Omeya del sur.
El primero de ellos fue el reino de Asturias, el cual desde sus orígenes mostró cierta tendencia hacia la disgregación, como ocurrió tras la abdicación de Alfonso III (866-910) en el año 901, que dio lugar al nacimiento del reino leonés y al de Galicia. Mientras, la cordillera pirenaica contemplaba la constitución de los otros estados cristianos: Navarra (905), Aragón y Cataluña; las pretensiones de la monarquía asturleonesa se concretaban en gobernar sobre toda España, pues se sentía heredera directa del Imperio visigodo y tenía afán de reconquistar toda la Península del yugo islámico. Castilla, sin embargo, nació como fuerza innovadora y después de un periodo convulsivo que duró la mitad del siglo X, logró una autonomía dentro del reino leonés, al que con el tiempo absorberá, para constituirse finalmente en un país nuevo que poco o nada tendría que ver con el pasado. La guerra por tierra con el emirato ,y luego califato, de Córdoba durante los siglos VIII a XI, absorbió todos los esfuerzos de estos reinos, e impidió la constitución de fuerzas marítimas cristianas que evitasen las incursiones árabes, normandas o corsarias, sin duda depredadoras de las poblaciones costeras y del poco comercio marítimo o de la escasa pesca que pudiese existir.
Diego Gelmírez (segunda mitad del s.XI-1140), obispo de Iria-Santiago, hombre ambicioso, emprendedor y de gran prestigio entre sus conciudadanos, sobre todo después de haber influido en la coronación de Alfonso Enríquez como rey de Galicia (1110), más tarde Alfonso VII de Castilla y León (1126-1157), concibió la idea de crear una fuerza naval para hacer frente a las expediciones corsarias de normandos, ingleses y árabes que periódicamente asolaban las costas del noroeste español.
Un primer éxito de los marinos gallegos de Padrón sobre una agrupación de ingleses probablemente de Kent y Sussex- en las cercanías del castillo de San Payo de Leito (1111), animó a Gelmírez a construir unos astilleros primitivos en Iria donde comenzó la fabricación de galeras gracias a la ayuda de técnicos procedentes de Pisa y Génova; con ellas realizaron una incursión en 1115 en territorio ocupado por los musulmanes. Como era normal en las costas de Inglaterra y Portugal, y las atlánticas de Francia y España, el tipo de naves que se construía se acercaba mucho a la galera mediterránea; a partir de mediados del siglo XIII la tipología se aproxima más a la coca a vela del norte de Europa, con sendas superestructuras o castillos a proa y popa y numerosas variantes, citadas por Alfonso X el Sabio en Las Partidas.
Es difícil precisar cuando la corona de Castilla dispuso por primera vez de naves a su servicio; ciertamente Alfonso VII, el Emperador, gracias a su propia marina, apoyada por genoveses, pisanos, venecianos y catalanes, bloqueó y tomó Almería a los almorávides (1147), pero poco o nada pudo hacer para cortar el paso de los almohades cuando invadieron España y derrotaron al rey Alfonso VIII (1158-1214) en Alarcos (1195). Pronto se desquitó al vencer en las Navas de Tolosa (1212). Su sucesor Fernando III, el Santo, ocupó Córdoba, la antigua capital del califato Omeya, el año 1236, y después Jaén (1246).
Su siguiente objetivo fue Sevilla (1247), pero al comprender que sería imposible tomarla ya que los sitiados recibían auxilios sin interrupción por el río Guadalquivir, hizo formar una escuadra de naos gruesas y galeras, reunida a toda prisa en el Cantábrico a las órdenes del almirante Ramón Bonifaz, para que acudiese a Sevilla. Con su auxilio, la ciudad se rindió en 1248. El rey castellano reconstruyó y amplió las atarazanas árabes y comenzó la fabricación de naves y galeras para la corona, que fueron empleadas por su hijo y sucesor Alfonso X el Sabio (1252-1284) para reconquistar Cádiz (1262), aunque fracasaron en Algeciras ante los benimerines (1278). Uno de los títulos de la segunda Partida de este monarca es un monumento a la organización de la marina de la época, y da una idea del avance conseguido en la construcción y el armamento navales.