Miserias, laureles y desastre en la Armada I
¡Qué siglo el
XIX! Son cien años de turbulencias. Cien años donde la Armada española
tocó fondo, salió del pozo para acabar hundida en el 1898 ante el avance
imperialista yankee. Nos barrieron en Trafalgar, luchamos contra nuestros
aliados del lado de nuestros enemigos para librarnos de la invasión
francesa. Se marcharon los territorios ultramarinos, y así les va. Nos
enfrentamos victoriosamente contra esos nuevos países. Conocimos ala
fragata Numancia y a Méndez Núñez. Y caímos como héroes ante la
indiferencia nacional. La armada tras ese desastre ya no sería la misma.
Todo se idearía en previsión de evitar un desastre de tal magnitud.
Tras trafalgar

Nos hemos ahorrado aquí la
batalla de Trafalgar porque está incluida en la sección de batallas. Para
verla pinche
AQUÍ
Aunque la Armada podía haberse repuesto de las pérdidas sufridas en
Trafalgar y aún poseía una fuerza respetable —44 navíos de línea y 37
fragatas—, las circunstancias posteriores de la Guerra de la
Independencia, el fin del imperio español en América, pero, sobre todo, la
falta de una política nacional, el desgobierno y la desmoralización
reinantes en las postrimerías del reinado de Carlos IV, hicieron imposible
el resurgir, no obstante los meritorios esfuerzos de Pérez de Grandallana
(1802-1805) al frente de la Secretaría de Marina. Trafalgar significó el
fin de España como potencia marítima, lugar que había ocupado con honor
desde el siglo XVI.
La consecuencia inmediata de Trafalgar fue el colapso
prácticamente total del tráfico marítimo de España con América y, por lo
tanto, la apertura de los puertos americanos a los buques extranjeros. En
1806 y 1807 se registraron sendos intentos británicos contra Montevideo y
Buenos Aires a cargo de escuadras al mando de Popham y Murray, y ejércitos
a las órdenes de los generales Beresford y Whitetelocke, respectivamente;
ambos ataques fracasaron por la obstinada resistencia de Liniers.
Los sucesos de Bayona, que finalizaron con Fernando VII prisionero en
Valençay, Carlos IV desterrado en Roma y José I Bonaparte designado Rey de
España por Napoleón, fueron el desencadenante de la guerra de la
Independencia (1808-1814); la escuadra francesa de Rosily que permanecía
en Cádiz desde Trafalgar fue atacada y rendida por la española de Ruiz de
Apodaca, mientras que el ejército de Dupont que intentaba liberarla era
batido en Bailén (1808).
La infantería de marina, integrada en el ejército, combatió a lo largo de
toda la contienda desde el sitio de Zaragoza —defensa de la Puerta del
Carmen (1808)— hasta la batalla de Tolouse a las órdenes de Wellington
(1814). La Armada colaboró con sus unidades ligeras y sutiles y el apoyo
de la Marina británica —sitio de Cádiz (1809-1812) y batalla de Chiclana
(1811)—, en el desarrollo de la guerra y el mantenimiento de las
comunicaciones con América.
Los navíos basados en Ferrol permanecieron allí durante la ocupación
francesa gracias a las gestiones personales de Mazarredo; la de Cartagena
pasó a Mahón y parte de la de Cádiz —muy diezmada por temporales y falta
de carena— se trasladó a La Habana y Mahón. Muchos oficiales del Cuerpo
General de la Armada, faltos de navíos donde ejercer los cometidos
militares de su profesión, pasaron a combatir en el Ejército.
Independencia de los
territorios Americanos

La ocupación francesa de la Península Ibérica (1808-1814) provocó la
formación de juntas gubernativas en las principales ciudades de la América
hispana, en principio leales a Fernando VII, pero que poco después se
decantaron claramente hacia la emancipación de la metrópoli. Los focos de
resistencia realista española se localizaron en los lugares en los que la
Armada poseía bases o apostaderos; pero de nada sirvió: en 1810 la
insurgencia se extendió a Caracas, Buenos Aires —aquí la resistencia costó
a Liniers, quien les había salvado de pertenecer a la vil corona
británica, y Eslava el morir fusilados—, Santiago de Chile y México,
mientras que Colombia, Venezuela, Uruguay y Paraguay se declararon
independientes en 1811, aunque el virreinato de Perú permaneció
inicialmente fiel a España gracias a la habilidad de Abascal (1808-1814).
Al retornar Fernando VII al trono e iniciar la etapa absolutista
(1814-1820) se puso en marcha una doble estrategia, por un lado presionar
a las potencias europeas y Estados Unidos para que no reconociesen a los
insurgentes —lo que fracasó al estar interesados Gran Bretaña, Francia y
los norteamericanos en abrir sus comercios respectivos a las nuevas
naciones— y enviar fuerzas expedicionarias en apoyo de los focos de
resistencia realista. Para ello necesitaba a la Marina y entonces no se le
ocurrió más que la idea de adquirir a Rusia navíos y fragatas, en vez de
habilitar los propios que se deshacían en los arsenales. Los navíos
adquiridos en 1817 estaban podridos e incapaces de navegar. Así, la
expedición montada hacia el Perú en 1818 al mando de Polier fracasó por
naufragios —el mismo Polier desapareció con el San Telmo al sur de cabo de
Hornos— y la acción de la incipiente Marina chilena al mando de Cochrane;
mientras, la escuadrilla de Romarate se veía impotente para enfrenarse con
los argentinos (1818), y Laborde, desde Cuba, aunque con apoyos notables
al ejército que operaba en Venezuela y Colombia, no fue capaz de cambiar
el curso de los acontecimientos por la extrema debilidad de sus fuerzas
navales.
La sublevación del ejército que al mando de Calleja se preparaba para
acudir en apoyo de los realistas americanos, y que gracias a Riego trajo
consigo la etapa constitucional del reino de Fernando VII (1820-1823),
desalentó a los partidarios de la unión con España y los inclinó a aceptar
la causa republicana; Puerto Caballero en Venezuela, San Juan de Ulúa en
México y El Callao en Perú, serían los últimos bastiones de la resistencia
monárquica en el continente americano (1823-1826).
Fin de Fernando
VII

Repuesto Fernando VII en el poder absoluto, gracias a la intervención de
los Cien Mil Hijos de San Luis y una escuadra francesa que bloqueó Cádiz
(1823), Gran Bretaña y los Estados Unidos reconocieron la independencia de
las naciones surgidas del antiguo imperio español (1825). Aun así,
Fernando VII intentó recuperar México con un ejército transportado en la
escuadra de Laborde; conquistado Tampico, el general español ordenó a
Laborde que se retirase suponiendo fácil el sometimiento de los mexicanos,
lo que no consiguió y tuvo que capitular (1829).
Al morir Fernando VII (1833) dejó, tras un reinado calamitoso que se puede
considerar como la época más vergonzosa de la historia de España, una
Marina casi inexistente compuesta de tres navíos y cinco fragatas, con
unos astilleros vacíos y ruinosos —sólo se construyó el bergantín Jasón en
1819— y unas dotaciones miserables y mal pagadas, cuyo máximo exponente lo
constituye el hecho de la muerte por hambre del teniente de navío
Lavadores a causa de debérsele diez y siete pagas (1817).