
LOS AUSTRIA
"señores, fuimos Imperio..."
Los Reyes Católicos legaron a su nieto el rey y emperador Carlos I de España y V de Alemania, las bases de la proyección hispana que había de ser prácticamente constante a lo largo de los siglos XVI y XVII; en el Mediterráneo, la pugna contra el creciente expansionismo turco, el poder argelino y la rivalidad francesa; en el Atlántico, conseguido el entendimiento con Portugal, la oposición a Francia e Inglaterra, aspirantes también a disfrutar de las riquezas y el comercio del Nuevo Mundo. Con el paso de los años, ya a finales del siglo XVI, surgió Holanda, que en unión de Inglaterra extenderá sus apetencias hacia el Océano Pacifico.
La contribución naval a los sucesivos enfrentamientos hispanofranceses que jalonaron el reinado de Carlos I fue importante y, en algunos casos, decisiva. En el primero (1521-1525) destacó la participación de la Armada en las campañas de Italia, Guipúzcoa y golfo de León, señalándose Hugo de Moncada. Alcanzada la paz por el tratado de Madrid (1526), pronto se encendió de nuevo la guerra desde 1527 a 1529, cuando se firmó la paz de Cambray, favorable al emperador, en gran parte gracias a la acción de las galeras del genial genovés Andrea Doria (1468-1560), pasado al servicio de España.
La intervención de Solimán II de Turquía invadiendo Hungría (1526) hizo peligrar el corazón de Europa; para contenerlo, don Carlos acudió en persona a defender Viena (1529), mientras que sus fuerzas navales, al mando de Andrea Doria, atacaban el Peloponeso, Corón, la ciudad de Patrás y la entrada de los Dardanelos. Estas acciones fueron culminadas en 1535 por la conquista de Túnez, éxito al que contribuyeron Andrea Doria, Álvaro de Bazán el Viejo, Berenguer de Requesens y García de Toledo. A continuación, el emperador mantuvo una nueva guerra con Francisco I; después de una tentativa naval sobre Marsella en apoyo de la fracasada invasión de Provenza, se llegó a la tregua de Niza (1538), lo que le dio pie para fomentar una Santa Liga contra el turco, que no dio resultados tangibles por la falta de acuerdo entre los venecianos y Andrea Doria en la acción de Preveza (1538), lo cual, seguido por el desastre de Argel (1541), alentó el corso argelino y a Barbarroja para continuar sus correrías hasta 1546.
Tras el fracaso de la Santa Liga, por cuarta vez se volvió a reanudar la lucha con Francia (1542-1544), debido a la obstinación de Francisco I en mantener sus pretensiones en Italia. La victoria naval de Álvaro de Bazán el Viejo contra una escuadra francesa en Muros (1543) y, ante todo, el avance sobre París del propio emperador, hicieron solicitar la paz a Francisco I, que se firmó en Crépy (1544); duró poco, pues los franceses volvieron a atacar, esta vez ayudados por la traición de Mauricio de Sajonia. La comprometida posición de Carlos fue en gran parte solventada por el apoyo de Castilla, hasta que se produjo la abdicación del emperador en Bruselas, el 25 de octubre de 1555.
Alcanzada la paz en Cateau-Cambrésis entre España, Francia e Inglaterra en 1559, el rey Felipe II ejerció en Europa una indiscutible hegemonía política y militar; el tratado obligó a Francia a renunciar a sus aspiraciones en Italia, convirtiéndose en aliada de España, lo que dejó el campo libre para que ésta e Inglaterra dirimiesen sus problemas prácticamente en solitario hasta 1604, trasladando hacia el Mar del Norte el centro de gravedad de la política continental, hasta entonces radicada en Italia como consecuencia de la pugna entre Francisco I y Carlos V.
Después de la toma de La Florida por la armada de Pedro Menéndez de Avilés (1565), el deslizamiento de la reina Isabel de Inglaterra hacia el anglicanismo, su apetencia por las riquezas del Nuevo Mundo y, por último, el papel de protectora de los Países Bajos rebeldes a España, provocaron la confrontación entre ambas potencias marítimas. Lo que al principio fueron incidentes aislados, pronto desembocaron en el detonante del desastre inglés de San Juan de Ulúa (1568), cuando una flota pirática-comercial de trata de esclavos negros, al mando de Hawkins y Drake, financiada por la propia reina Isabel de Inglaterra, fue prácticamente aniquilada por la flota de Nueva España, de Luján. El incremento de la actividad corsaria inglesa, la incautación de las pagas del ejército de Flandes por parte de la reina Isabel y su apoyo a la rebelión de los Países Bajos, contribuyeron poderosamente al deterioro de las relaciones entre ambas monarquías, a pesar de los tímidos intentos de paliar la situación con los tratados de Greenwich y Bristol (1573) que permitieron un respiro momentáneo, aprovechado por Recalde y Valdés para reforzar por mar el ejército de Flandes.
La situación volvió a deteriorarse como consecuencia de la incursión fracasada de Oxenham en Panamá (1575), de la más fructífera de Drake en el Pacífico (1577-1580) y de un intento de invasión de Irlanda por parte del Papa apoyado por España (1580). En estas circunstancias, falleció el rey Sebastián de Portugal y Felipe II hizo valer sus derechos a esa corona, lo que consiguió venciendo la resistencia que le ofrecían los partidarios del pretendiente Antonio de Ocrato gracias al ejército del duque de Alba y la Armada del Mar Océano, de Álvaro de Bazán, que ocuparon Lisboa (1580). Este último terminó con los últimos focos de resistencia portugueses apoyados por Francia, al derrotarles en la isla de San Miguel (Azores), en 1582, y tomar posteriormente la isla Tercera en el mismo archipiélago (1583).
Lograda la unidad peninsular, el elevado nivel alcanzado por el Poder Naval hispanoportugués a finales del siglo XVI y principios del XVII, fue la consecuencia lógica, pese a las carencias y limitaciones que se quieran considerar, de un planteamiento político bien ejecutado, dentro de una correcta concepción estratégica del teatro continental europeo, que iba desde la planificación de las construcciones navales, al desarrollo sistemático del comercio marítimo con Europa y las Indias Occidentales y Orientales. Herramientas fundamentales para alcanzar estos extremos fueron una moderna organización del Estado en todos sus ramos, perfeccionada durante los reinados de los Reyes Católicos, Carlos I y Felipe II, y un elevado desarrollo tecnológico y científico, particularmente en el aspecto náutico, además de disponer las dos naciones ibéricas de una envidiable situación geográfica, con magníficos puertos en el Atlántico y Mediterráneo.
El auxilio inglés a don Antonio, el peligro que representaba para Isabel la caída de Amberes en poder de Alejandro Farnesio (1585), -lo cual ocasionó el envío del conde de Leicester en apoyo de los Países Bajos rebeldes amenazados por la ofensiva española- y, sobre todo, la incursión de Drake en Galicia, Canarias, Cabo Verde, Santo Domingo y Cartagena de Indias (1585-1586), provocaron la decisión de Felipe de invadir Inglaterra con el ejército de Flandes, al mando de Farnesio, apoyado por la Armada del Mar Océano de Álvaro de Bazán, ya marqués de Santa Cruz (29 de diciembre de 1585). La idea se vio reforzada tras la ejecución de María Estuardo y el ataque de Drake en Cádiz (1587).
La Gran Armada, largamente preparada en Lisboa por el marqués de Santa Cruz hasta su fallecimiento el 9 de febrero de 1588, partió al fin en mayo del mismo año al mando del duque de Medina Sidonia, y a punto estuvo de alcanzar su propósito de reunirse con Farnesio, aunque fracasó en su objetivo y se vio precisada a regresar a España con notables pérdidas debidas a los temporales sobre la costa de Irlanda (septiembre y octubre de 1588). El esfuerzo del duque y de sus subordinados Oquendo, Recalde, Bertendona, Moncada y otros, había resultado baldío. También fracasaría la respuesta inglesa sobre La Coruña y Lisboa a cargo de Drake y Norris (1589).
Las pérdidas de la expedición de 1588 se repusieron y el sistema de protección de las flotas de Indias se perfeccionó, así como las fortificaciones de los puertos -la potencia naval española en la década de 1590 era incluso más formidable que lo había sido antes de la salida de la Armada (J.H. Elliot)-, como lo pudieron comprobar Thomas Howard, derrotado por Alonso de Bazán en la isla Flores (1591), y Drake y Hawkins en su incursión fracasada en Las Palmas, Puerto Rico y Panamá (1595), apenas compensada por el éxito del conde de Essex en Cádiz (1596). Aliados franceses e ingleses en guerra contra Felipe II, éste no se amilanó y después de la toma de Calais (1596) organizó dos expediciones para invadir Irlanda en 1596 y 1597, que fueron dispersadas por sendos temporales.
En el Mediterráneo continuaba la amenaza de turcos y berberiscos contra el comercio y posesiones españolas en el norte de África. El ataque a la base de Dragut en Trípoli finalizó con el fracaso de los Gelves (1560) y envalentonó a Turquía, que sitió Orán y Mazalquivir (1563), pero la acción de García de Toledo y Álvaro de Bazán les obligó a retirarse, así como, gracias al esfuerzo naval español, se liberó la isla de Malta del asedio a que estaba sometida por los turcos (1565).
El ataque otomano a Chipre provocó la formación de la Santa Liga entre el Papa, España y Venecia (25 de mayo 1571); las fuerzas navales coaligadas al mando de Juan de Austria derrotaron a los turcos en Lepanto (Grecia) el 7 de octubre de 1571, distinguiéndose Álvaro de Bazán, Juan de Cardona y Luis de Requesens, entre otros españoles. A pesar de la victoria, después de un intento contra Modón en 1572, la Santa Liga fue disuelta en 1573, justo el mismo año en que Juan de Austria recuperaba Túnez, aunque por escaso tiempo. En 1581 se acordó una tregua entre España y Turquía, demasiado ocupada en la guerra que mantenía con Persia.
Ya durante el reinado de Felipe III (1598-1621), el agotamiento de las partes en conflicto y la muerte de la reina Isabel (1603) propiciaron la paz con Inglaterra (1604), tras una tentativa fracasada sobre Irlanda, a cargo de Diego Brochero y Juan del Águila (1601). A todo esto, prosiguió la guerra con Holanda en el Canal de la Mancha, Portugal y accesos al Estrecho, con varia fortuna; así, mientras Brochero y Fajardo combatían al corso, obteniendo este último señaladas victorias en aguas de América (1605) y San Vicente (1606), Mahu, Cordes y Van Noort se desquitaron en América y el Pacífico (1598-1601), y Jacobo Heemskirk en Gibraltar. Por instigación de Francia e Inglaterra se firmó una tregua de doce años en 1609, más que nada por el agotamiento de los recursos de ambos contendientes, tregua aprovechada por Holanda para convertirse en un pueblo rico y dinámico. En el Mediterráneo, la hostilidad de Venecia dio ocasión al lucimiento de las escuadras del duque de Osuna basadas en Brindisi (1618). Inducida por España, Persia invadió de nuevo Turquía, situación aprovechada por el segundo marqués de Santa Cruz para atacar en Patmos, Zante y Durazzo, todo ello completado años más tarde con la limpieza de corsarios llevada a cabo en Larache (1610) y la Mámora (1614).
Ascendido al trono Felipe IV (1621-1665) y con Olivares en el poder, se iniciaron de nuevo las hostilidades con Holanda, rota la tregua por razones de predominio comercial y marítimo. Fadrique de Toledo atacó y destruyó una flota holandesa en Gibraltar (1621), mientras que la escuadra española con base en Dunkerque hostilizaba el tráfico mercante y las pesquerías de arenque, ocasionando graves pérdidas a los neerlandeses (1625-1634). En América se registraron incursiones enemigas en Chile y Perú (1615), y en 1624 se perdía Bahía, que fue recuperada por Fadrique de Toledo un año más tarde. Casi al mismo tiempo, Inglaterra y Francia declaraban de nuevo la guerra a España, la primera atacó Cádiz con una potente escuadra pero era rechazada (1625), y Francia bloqueó Génova, siendo dispersada su flota por el segundo marqués de Santa Cruz. Francia, derrotada, firmó la paz en Monzón (marzo de 1626), e Inglaterra con Carlos I hizo lo propio en 1630, paz que se mantuvo con esta nación hasta 1655, permitiendo un corto y relativo respiro a Felipe IV. Declarada la guerra de nuevo a Francia por la crisis de Mantua (1627), la situación de España se vio comprometida al capturar el holandés Piet Heyn la flota de Nueva España en Matanzas (Cuba, 1628), y por dos incursiones hacia Brasil: la primera a cargo de Andriaan Janszoon-Pater, fue interceptada y casi destruida por Antonio de Oquendo a la altura de Pernambuco (1631), y la segunda sufrió la misma suerte a manos de Lope de Hoces (1632). Poco duró la paz alcanzada con Francia en 1631, pues Luis XIII, incitado por Richelieu, volvió a reanudar las hostilidades en 1635. En Flandes el ataque español fue contenido, mientras que también lo era el francés en Fuenterrabía (1638).
El intento hispano de reforzar el ejército de Flandes fracasó en Las Dunas al ser destruida la escuadra de Oquendo por la del holandés Tromp (21 de octubre de 1639), lo que, unido a otro descalabro en Brasil el mismo año y a las sublevaciones de Portugal y Cataluña, propició el comienzo de la decadencia del poderío español, particularmente el naval, consagrada en la paz de Westfalia (1648), por la que Holanda se convertía de enemigo en colaborador de España.
La guerra con Francia continuó, apreciándose una cierta recuperación hispana de 1648 a 1652; una escuadra al mando de Juan José de Austria desbarató los intentos franceses de sublevar Nápoles (1648) y cuatro años más tarde recuperaba Barcelona (1652); pero la entrada de Inglaterra en guerra con España en 1655, apoderándose de Jamaica el mismo año, y el ataque de Blake a la flota de Nueva España en Tenerife (1657), más la campaña adversa de Flandes y el cansancio de los contendientes, obligaron a firmar la paz de los Pirineos (1659).
A partir de entonces Felipe IV procuró la alianza con Holanda para frenar el imperialismo francés de Luis XIV, que continuó haciendo la guerra en defensa de sus intereses, lo cual no hizo más que ahondar la decadencia española. Durante el reinado de Carlos II (1665-1700) la monarquía hispana sostuvo cuatro guerras con Francia finalizadas por sendas paces: Aquisgrán, 1668; Nimega, 1678; Ratisbona, 1684 y Ryswick, 1697. En ellas la Armada intervino modestamente debido a su extrema debilidad; sólo son reseñables el mantenimiento de las comunicaciones con América y Filipinas y su limitada actuación en l a guerra de Holanda (1672-1678), durante la cual una escuadra hispano-holandesa de De Ruyter fracasó ante Augusta (1676), pero logró que Sicilia continuase bajo dominio español.
Durante la guerra de la Liga de Augsburgo (1688-1697), el papel de la Armada fue cada vez más reducido y no pudo evitar que la escuadra francesa bombardease Barcelona y Alicante (1691), tomase Rosas (1693) y finalmente Barcelona (1697). La paz de Ryswick (1697) vino a confirmar la práctica desaparición de España como potencia marítima y continental. Es de resaltar que la Armada, además de participar como hemos visto en las numerosas guerras en las que se vio involucrada la monarquía hispana, tuvo asignado un cometido específico de primer orden y responsabilidad: el mantenimiento de las comunicaciones marítimas entre los lejanos y dispersos territorios de un inmenso imperio, convertido en realidad durante el reinado del emperador Carlos, que, gracias al esfuerzo y eficacia de aquellos marinos, pudo llegar prácticamente intacto a las postrimerías del siglo XVII.
La vuelta al Mundo de
Juan Sebastián Elcano
En 1519 salió de Sevilla la expedición de Magallanes, que inició viaje en busca de las Molucas navegando hacia el oeste; en 1520 descubrió el estrecho que a partir de entonces lleva su nombre y a continuación pasó a las islas Marianas y las Filipinas. Muerto Magallanes en Mactán (1520), posteriormente se hizo cargo del mando Juan Sebastián de Elcano, que navegando por el Índico y bordeando África desde el cabo de Buena Esperanza, llegará a Sevilla a bordo de la nao Victoria, junto con diecisiete hombres: había completado la primera vuelta al mundo (1522). Mientras, Hernán Cortés conquistaba el imperio azteca asentado en México (1519-1521) y, años más tarde, tras, las expediciones descubridoras de Pascual de Andagoya (1522) y de Francisco Pizarro (1524 y 1526), este último conquistó el imperio de los incas, asentado aproximadamente sobre el actual Perú (1532-1536), acción continuada por la expedición a Chile de Diego de Almagro (1535) y la anexión de Nueva Granada por Jiménez de Quesada (1536). Casi simultáneamente al inicio de la conquista de Chile por Valdivia (1540), Orellana inició su viaje de exploración por el río de las Amazonas (1541). En Norteamérica, Hernando de Soto exploraba Georgia, Arkansas, Mississippi, Alabama, Luisiana y Texas (1539-1542) y Juan Rodríguez Cabrillo, portugués al servicio de España, hará lo mismo por la costa del Pacífico entre México y Estados Unidos (1542). En el Pacífico, Ruy López de Villalobos descubrió numerosos archipiélagos y llegó a Filipinas y las Molucas (1541-1542), y Miguel López de Legazpi anexionaba las Filipinas a España (1565-1569). Álvaro de Mendaña y Neira llegó hasta el archipiélago de las Salomón (1567-1568); repitió viaje en 1595 descubriendo el archipiélago de las Marquesas. Pedro Fernández de Quirós descubrió las Nuevas Hébridas (1605) y Luis Váez de Torres el sur de Nueva Guinea, Australia y el estrecho que lleva su nombre (1606).
En América, en busca del paso del noroeste, se sucedieron las expediciones de Cabrillo (1542) ya citada, Galí (1582) y Vizcaíno (1596 y 1602), mientras que Pedro Sarmiento de Gamboa exploraba la región magallánica (1579-1584) y Gabriel de Castilla llegaba casi al continente antártico (1603). En 1686, Francisco de Lezcano tomaba posesión de las islas Carolinas.
Hacia mediados del siglo XVI, con el desarrollo de las naos de armada y los galeones, se produjo una evolución acusada en la construcción naval, cuya expresión más palpable consistió en un aumento del arqueo y puntal, y en el pronunciado lanzamiento y tamaño de las grandes superestructuras a proa y popa. Sin embargo, ya a fines de siglo se apreció una tendencia a dejar paso a otras naves más rasas, sobre todo en las destinadas a la guerra.
Las ordenanzas sobre fábrica de galeones y barcos para el empleo en las navegaciones a Indias promulgadas por Felipe III en 1607 y 1618, configuraron la estructura de estos tipos de navíos hasta el último tercio del siglo XVII.
El comercio con América se realizaba por medio de las flotas de Tierra Firme y Nueva España de periodicidad anual. La primera se dirigía desde Sevilla hasta Cartagena de Indias y Portobelo, y la segunda a Veracruz. Una vez realizada la descarga y carga, ambas se reunían en La Habana antes de emprender el regreso a Sevilla. Navegaban en conserva bajo la protección de la escuadra de galeones de la Carrera de Indias para protegerse del corso de ingleses y franceses.
En el Océano Pacífico el tráfico se encaminaba desde El Callao (Perú) a Panamá, y allí, por tierra, a través del istmo, se enlazaba con la flota de Tierra Firme en Portobelo. Las comunicaciones entre Filipinas y América se mantenían por medio de una gran nao que anualmente hacía el viaje de Manila hasta Acapulco (Nueva España) y regreso. Con el Río de la Plata y Chile a través del estrecho de Magallanes no existía flota regular, sino navíos sueltos.
El desarrollo de una empresa descubridora de tan notable entidad fue posible gracias a la Casa de Contratación, creada y establecida en Sevilla por los Reyes Católicos en 1503. Como centro de enseñanza de la Náutica la Casa era de hecho una universidad, y en ella impartían su cátedra los más célebres especialistas de la época sobre instrumentos náuticos, cosmografía, navegación y cartografía; era también el centro encargado de mantener al día el Padrón Real, carta náutica universal donde se iban vertiendo, con el mayor secreto, cuantas observaciones y descubrimientos aportaban nuestros navegantes en cada viaje. Antecedente insigne de esta labor es la carta universal de Juan de la Cosa (1500). La labor divulgadora de la Casa de la Contratación y la que más fama le dio se plasmó en los libros de navegación, concebidos para enseñar a los pilotos los rudimentos técnicos del arte de navegar. El primer tratado de navegación español fue escrito por Martín Fernández de Enciso en 1519 con el título de Suma de geographía, primera obra también que intentó traducir a reglas la navegación de altura. A éste siguieron muy de cerca Francisco Faleiro autor del Tratado del Esphera (1535); Alonso de Chaves del Quatripartitu en Cosmographia practica (1537), regimiento de navegación por excelencia que no llegó a publicarse; Jerónimo de Chaves de un Tractado de la Sphera (1545) y una Chronographia o Repertorio de los tiempos (1548); Pedro de Medina, fue autor de un Regimiento del Sol y del Norte y de dos Regimientos de navegación (1552 y 1553), pero, sobre todo, del Arte de navegar (1545), que tuvo enorme difusión en Europa, llegando a las veintidós ediciones en español, francés, italiano, inglés y holandés durante los siglos XVI y XVII; Martín Cortés y Albacar escribió su Breve compendio de la sphera y de la arte de navegar (1551), que fue adoptado por Inglaterra sin reservas, pues nada menos que se imprimieron diez ediciones en su idioma, la última en 1630; Juan de Escalante de Mendoza, con el Ytinerario de Navegación (1575), no impreso en su época, no obstante constituir, según Fernández de Navarrete, la suma de conocimientos marítimos de aquella edad, importantísima para la historia de la navegación, y digna de todo aprecio; Rodrigo de Zamorano su Compendio del arte de navegar (1581), también traducida al inglés; Andrés de Poza, autor de una Hidrographia (1585); Diego García de Palacio, la Instrucción nauthica (1587) que no es sólo un excelente regimiento de navegación, sino un verdadero tratado de construcción naval, primero publicado en Europa y América; Pedro de Syria fue autor del Arte de la verdadera navegación (1606) y, por último, Andrés García de Céspedes, que escribió el Regimiento de navegación (1606), compendio de los anteriores, corrigiendo sus errores, por lo cual esta obra constituye uno de los tratados de náutica más importantes de la época.
CASA DE LA CONTRATACIÓN:
También fue notable su labor en lo que respecta a las técnicas de navegación y a la ciencia náutica. No sólo inspeccionaba los navíos destinados a efectuar la travesía sino que incluso creó un cargo de carácter técnico, el de piloto mayor, en que se sucedieron figuras tan destacadas como Américo Vespucio, Juan Díaz de Solís, Sebastián Caboto, etc. Bajo su dirección se desarrolló una oficina hidrográfica y una escuela de navegación que atendió a la enseñanza y examen de pilotos y a la construcción y reparación de instrumentos náuticos. En ella se registraban, sobre un mapa modelo (el padrón real), los descubrimientos que se iban realizando, y a él ajustaban los navegantes sus cartas náuticas. La primera institución oficial creada para el conocimiento de los saberes náuticos fue la Casa de la Contratación de Sevilla en 1503. En 1508, por cédula de Fernando el Católico, se nombra a Américo Vespuccio, Piloto Mayor de la Casa de la Contratación, para "oficio que se constituyó para examinar y graduar a los Pilotos y censurar las cartas e instrumentos necesarios para la navegación. Años después, en 1552, se crea la "Cátedra del Arte de la Navegación y la Cosmografía". Complementando este centro dedicado a la formación de marinos y como consecuencia del interés que Felipe II sentía por la geografía y la astronomía funda en 1583 la Academia de Matemáticas de Madrid. Fue su primer director Juan de Herrera, quizás más conocido como el arquitecto del Monasterio de El Escorial, que además desarrolló otra faceta que ha trascendido menos: la de inventor de instrumentos náuticos; así nos lo relata Andrés García de Céspedes que fue piloto mayor de la Casa de la Contratación, cosmógrafo del Consejo de Indias y también hábil constructor de instrumentos, fabricó la ballestina que sirvió de "padrón" para comprobar las que llevaban los pilotos en sus navegaciones.
Con el tiempo las tareas de la Casa de contratación adquirieron tal complejidad que fue preciso adjuntar a los oficiales reales una serie de ayudantes: escribanos, diputados, comisarios delegados, etc., y se crearon unos cargos con misiones concreta y específicas, como los de correo mayor, proveedor general de la armada, artillero mayor, visitadores de navíos. Para coordinar tan diversas actividades se instituyó (1557) el cargo de presidente de la Casa de contratación, que era la suprema autoridad ejecutiva dentro de ella. Al contador se le asignaron numerosos ayudantes, y se acabó creando un Tribunal de la contaduría de la avería (1596). La Casa de contratación tenía su capilla propia y también su cárcel. Durante más de doscientos años (1503-1717), Sevilla fue sede de la Casa, debido al monopolio del tráfico con América de que gozaba. Sólo hubo un intento (1529-1573) de alterar esta situación, permitiendo a ocho puertos españoles que enviasen barcos directamente a Indias, aunque la supervisión de delegados de la Casa, y con la obligación de terminar en Sevilla el viaje de regreso. El calado no siempre permitía a los buques navegar con toda su carga por el Guadalquivir hasta Sevilla, por lo que fue preciso autorizar que, eventualmente, pudiesen efectuar en Cádiz las operaciones de carga y descarga.
Al amparo de esta licencia se desarrolló un activo contrabando, por lo que se estableció en Cádiz un Juzgado de Indias (1535), compuesto por un juez oficial y tras delegados de la Casa de contratación, cuya finalidad era lograr un mejor control de este tráfico. La rivalidad entre los comerciantes de Sevilla y de Cádiz fue grande, y los primeros intentaron en vano suprimir el juzgado. A lo largo del s.XVII, la Casa de contratación se vio afectada por los defectos característicos de la administración española en esta época: estancamiento, ineficacia, venalidad de los oficios públicos. Aparecieron los jueces supernumerarios, que, habiendo obtenido por compra el derecho a ocupar algunos de los cargos de la Casa, tenían que esperar a que quedase vacante. En el s.XVIII, la política innovadora de los Borbones trajo como consecuencia el traslado (1717) de la Casa de contratación a Cádiz y el Juzgado de Indias a Sevilla; al mismo tiempo, la nueva estructura administrativa y la progresiva descentralización del comercio le fueron mermando atribuciones, hasta que en 1790 fue definitivamente suprimida.
Extraído de www.mgar.net