Miserias, laureles y desastre  en la Armada II

¡Qué siglo el XIX! Son cien años de turbulencias. Cien años donde la Armada española tocó fondo, salió del pozo para acabar hundida en el 1898 ante el avance imperialista yankee. Nos barrieron en Trafalgar, luchamos contra nuestros aliados del lado de nuestros enemigos para librarnos de la invasión francesa. Se marcharon los territorios ultramarinos, y así les va. Nos enfrentamos victoriosamente contra esos nuevos países. Conocimos ala fragata Numancia y a Méndez Núñez. Y caímos como héroes ante la indiferencia nacional. La armada tras ese desastre ya no sería la misma. Todo se idearía en previsión de evitar un desastre de tal magnitud.

 

Guerra carlista 

Tras el fallecimiento de Fernando VII, en septiembre de 1833, heredó el trono su hija Isabel II, cuando era una niña de tres años de edad, quedando como regente su madre María Cristina de Borbón, quien, como primera medida, la proclamó reina y comenzó a gobernar mediante el Estatuto Real. Carlos María Isidro, hermano de Fernando VII, no aceptó estas decisiones, hizo valer sus derechos a la corona de España y desde Portugal alentó al Ejército y la Armada a unirse a su causa; el alzamiento de las tropas concentradas en Talavera de la Reina significó el comienzo de la primera guerra carlista (2 de octubre de 1833), propagándose rápidamente el movimiento en las Provincias Vascongadas, Navarra, ambas Castillas, Aragón, Cataluña y Valencia.

El ministro de Marina José Vázquez de Figueroa, pese a sus meritorios esfuerzos, no consiguió paliar la notoria decadencia de la Armada, acertadamente manifestada en la exposición dirigida a las Cortes en agosto de 1834, donde plasmaba el estado de abandono de los arsenales, lo que imposibilitaba la carena de los pocos barcos en servicio, la mayor parte de ellos de dudoso valor militar: tres navíos del siglo XVIII, cinco fragatas, cuatro corbetas, ocho bergantines, siete goletas y ocho embarcaciones menores de las fuerzas sutiles.

Como con estos medios era difícil mantener el bloqueo del Cantábrico para evitar el aprovisionamiento de los carlistas, se incorporaron a la Escuadra mediante compra o alquiler a Inglaterra los vapores a ruedas Isabel II, dos con el nombre de Reina Gobernadora y el Mazeppa (1834-1835); fueron los primeros de estas clase que tuvo España y no dieron buen resultado. A estos siguieron otros de vela o vapor construidos en Ferrol, Cavite, Mundaca y La Habana, o adquiridos en Francia; con los que comenzó un leve repunte del estado de postración a que había llegado la Armada durante el reinado de Fernando VII.

Durante la guerra carlista, la Escuadra de doña María Cristina actuó en la costa catalana, en el norte de Portugal, donde se creía podría encontrarse el pretendiente Don Carlos, y principalmente en el Mar Cantábrico. Las fuerzas del bloqueo destinadas a este último teatro de operaciones, sucesivamente al mando de los brigadieres Pérez del Camino y José María Chacón, apoyaron las acciones del Ejército en San Sebastián, Lequeitio, Fuenterrabía, Luchana, levantamiento del sitio de Bilbao y toma del puerto de Tienes más "OO" que el caballo de Espartero, así dice un dicho popularPasajes (1835-1839).

La guerra finalizó al firmar Maroto y Espartero el convenio de Vergara (31 de agosto de 1839), aunque Cabrera se mantuvo en armas en el Maestrazgo hasta el verano del año siguiente, teniendo que actuar unidades menores de la Escuadra del Mediterráneo en el río Ebro y los Alfaques (1840).

Los años transcurridos de 1839 á 1843 estuvieron marcados por una gran inestabilidad política; como consecuencia, María Cristina renunció a la regencia y abandonó España por sus controversias con Espartero (1840). La insurrección popular de Barcelona (1842) y el pronunciamiento contra el nuevo regente Espartero (1843) trajeron consigo la llegada de Narváez al poder, casi coincidiendo con la mayoría de edad de Isabel II.

Resurgir de la Armada  

Los once años siguientes -conocidos como periodo moderado (1843-1854)- fueron notables para la Armada gracias a la gestión de dos ministros de Marina que intentaron sacar a la Corporación de la indiferencia de las instituciones políticas nacionales sumidas en las luchas partidistas: Francisco Armero, jefe de escuadra, y, sobre todo, Mariano Roca de Togores, marqués de Molíns. La labor de ambos se centró en conseguir mejoras en el presupuesto -la cantidad asignada a Marina, Comercio y Ultramar en 1845 era más de cuatro veces inferior a la del Ejército-, en la organización y en las plantillas de personal, además de promover transformaciones en los Cuerpos de la Armada, la creación del Colegio Naval en San Fernando (1844-1867) y de la Escuela de Contramaestres (1845).

Pero donde más se notó la beneficiosa gestión de ambos ministros fue en el campo de la construcción naval y la rehabilitación de los arsenales de la Península y Ultramar, lo que propició un incremento paulatino de la fuerza naval, nunca visto en el siglo XIX, gracias a los créditos extraordinarios otorgados por las Cortes a partir de 1850. Así, a finales de 1854, los buques en servicio ascendían a tres navíos de línea, cuatro fragatas, cinco corbetas, doce bergantines y veinticinco vapores, además de numerosos buques menores o de transporte.

Con estas fuerzas, la Armada colaboró en la ocupación de Fernando Póo, en Guinea (1843), intervino en los sucesos de Portugal (1847) y de Italia, en este caso en apoyo del papa Pío IX (1849-1850), y contra los focos de piratería que asolaban los mares de Filipinas desde el archipiélago de Joló, destruyendo sus bases en Balanguingui (1848) y la isla de Joló (1850-1851); actuó también para sofocar las tentativas de los insurrectos de Cuba (1851) y, asimismo, intervino en la revolución de Uruguay (1845-1852), que dio origen al establecimiento de una fuerza naval permanente en el Río de la Plata.

Tras el pronunciamiento de Vicálvaro, triunfaron O'Donnell y Espartero (1854) dando origen al llamado "bienio progresista", finalizado en 1856 por la dimisión del segundo, permaneciendo O'Donnell al frente de la Unión Liberal, que propugnaba un centrismo capaz de conciliar las diferentes corrientes políticas de España. Durante los cinco años que permaneció O'Donnell en el poder continuó el paulatino crecimiento de los presupuestos de la Armada, pese al frecuente cambio de ministros de Marina, traducido en falta de programas de construcción naval y en la carencia de planes estratégicos para un empleo correcto de la fuerza naval. Como ejemplo de estos defectos se puede citar la amalgama de distintos tipos de barcos que se pudo observar en la revista naval celebrada en Alicante en honor de Isabel II (1858).

Siguiendo la corriente expansiva colonial e intervencionista europea, particularmente notable en el caso de Inglaterra y Francia, la España de O'Donnell por primera vez desde la guerra de la Independencia, dirigió una mirada al exterior, propiciando la intervención de la Armada y el Ejército en Ultramar. En 1858 una fuerza naval ocupó efectivamente Fernando Póo y se estableció allí una estación naval.

Guerra de Marruecos 

El 24 de agosto de 1859 España firmaba en Tetuán un acuerdo con Marruecos por el que esta nación se comprometía al cese de las agresiones sufridas constantemente por los súbditos españoles, provenientes de las cabilas insumisas del Rif que no reconocían autoridad alguna, aunque dependían teóricamente del Imperio de Marruecos.

A pesar del acuerdo, los moros de la cabila de Anyera atacaron y destruyeron un fuerte del recinto defensivo de Ceuta en construcción, arrancando además el escudo nacional que delimitaba la frontera (agosto de 1859). Era la ocasión propicia que esperaba el Gobierno del general O'Donnell para reafirmar el prestigio de España, olvidar las luchas políticas internas y despertar el entusiasmo popular mediante una empresa militar de éxito asegurado, máxime habiendo recibido el beneplácito de las potencias europeas, si se aceptaba la exigencia británica de no ocupar Tánger.

El 5 de septiembre el Gobierno envió un ultimátum al sultán Abderramán, exigiendo la reparación del ultraje en un plazo de diez días. El 9 del mismo mes fallecía el sultán y le sucedía su hijo Sidi Mohamed, quien presumía que la Gran Bretaña impediría la guerra, por lo que solicitó una ampliación del plazo conminatorio; al no recibir respuesta declaró la Guerra Santa, mientras que el Gobierno español anunciaba por su parte la ruptura de hostilidades, el 22 de octubre de 1859.

O'Donnell concentró en Algeciras y El Puerto de Santa María un ejército de operaciones compuesto por 35.000 hombres y cerca de 3.000 caballos, mientras que se constituía una escuadra formada por el navío Isabel Ii, insignia del brigadier Segundo Díaz de Herrera, comandante de las Fuerzas Navales de Operaciones en las costas de África, tres fragatas, dos corbetas, cuatro goletas, once vapores de ruedas, nueve vapores y tres urcas de transporte, así como faluchos y cañoneros que actuaban de fuerzas sutiles.

La escuadra trasladó el ejército a Ceuta del 18 a 30 de noviembre, comenzando inmediatamente la progresión hacia Tetuán, con el apoyo de los buques de la Armada que bombardearon los fuertes de la embocadura de la ría de dicha ciudad y establecieron a partir del 28 de octubre el bloqueo de los puertos de Tánger y Larache.

Las victorias de Castillejos (primero de enero de 1860) y Cabo Negro (14 de enero), hicieron a los españoles dueños del valle de Tetuán; en estas operaciones colaboraron las fuerzas navales, desde el día 4 del mismo mes al mando del jefe de escuadra José María de Bustillo, apoderándose la marinería e infantería de marina de los fuertes y torre que defendían la desembocadura de la ría de Tetuán (16 de enero). Después de duros combates, el 6 de febrero caía esta ciudad en poder de O'Donnell. El príncipe Muley el Abbas inició conversaciones de paz que fueron suspendidas el 23 de febrero sin resultado alguno, por lo que la escuadra de Bustillo compuesta por el navío Isabel II, la fragata Blanca y diez vapores bombardeó Larache y Arcila los días 25 y 26 siguientes.

Reemprendidas las operaciones del Ejército hacia Tánger, la batalla de Wad-Ras decidió la campaña, y el príncipe Muley-el-Abbas firmó el armisticio el 25 de marzo de 1860, lo cual dio fin a la guerra. Por el tratado de paz de Tetuán del 26 de abril del mismo año, España obtuvo la ampliación de su campo de influencia en Ceuta y Melilla, la soberanía a perpetuidad sobre Santa Cruz de Mar Pequeña (Sidi Ifni) y una compensación económica.

 

Los problemas en cuba y recuperación de Santo domingo 

Cuando Isabel II llegó a la mayoría de edad (1843), el antiguo sistema virreinal español había desaparecido por completo del continente americano. Sin embargo, todavía permanecían bajo la soberanía española las islas de Cuba y Puerto Rico, extensos y ricos territorios situados en una posición privilegiada del Mar de las Antillas.

A partir de 1840, durante la regencia de Espartero, la paz que reinaba en Cuba fue turbada constantemente por los afanes expansionistas de los Estados Unidos que se prolongarían hasta finales del siglo XIX. La garantía más eficaz para frenar estas apetencias fueron los recelos mutuos entre Gran Bretaña, Francia y Norteamerica respecto a la hegemonía en la zona.

Los insurgentes son llevados a la isla de Fernando PooDurante la época en que O'Donnell fue capitán general de la isla de Cuba, tuvo lugar una primera sublevación de la población de raza negra que fue reprimida duramente (1844), pero la semilla secesionista estaba echada, originándose una situación propicia para que se extendiese en Estados Unidos la campaña antiespañola.

En estas circunstancias, el 30 de junio de 1848, llegaba a La Habana el teniente general de la Real Armada Francisco Armero y Peñaranda para hacerse cargo del apostadero. El activo general pronto regularizó el servicio de las fuerzas navales allí destacadas, y las puso en un elevado grado de eficacia que pronto daría sus frutos.

En 1849 los partidarios de la anexión de Cuba a los Estados Unidos organizaron una expedición al mando de Narciso López, antiguo general español emigrado de origen venezolano, quien fletó dos vapores para trasladarse a la isla con gente alistada provista de armas y municiones, pero enterado el Presidente de los Estados Unidos de la intentona, ordenó detener a los buques y la expedición se frustró. No escarmentado, López preparó otra con 500 hombres que desembarcó en Cárdenas (19 de mayo de 1850). Apercibido Armero de los hechos, salió a la mar con el vapor Pizarro, apresó dos buques que conducían pertrechos e hizo retirarse precipitadamente al cabecilla insurgente que ya había sido desalojado de Cárdenas, persiguiéndole hasta Cayo Hueso. El brigadier Bustillo, sucesor de Armero, embarcado en el vapor Almendares, rechazó en julio de 1851 otra expedición de insurrectos emigrados que habían desembarcado en el Morrillo de Manimar. En agosto siguiente, López lo intentó por tercera vez desembarcando en Playa Honda con cerca de 600 hombres, la mayoría norteamericanos, pero cayó prisionero en manos de las tropas españolas con sus acompañantes; conducido el general a La Habana fue ejecutado.La bahía de Honda

La respuesta norteamericana no se hizo esperar y fueron asaltados el consulado y los comercios españoles de Nueva Orleans; España, apoyada esta vez por la Gran Bretaña, obtuvo reparación de las ofensas, aunque continuaron las pretensiones de anexión de la isla sea por la fuerza o mediante propuestas de compra, como las realizadas sucesivamente en 1848, 1853, 1856 y 1858. La situación interna de los Estados Unidos previa a la guerra de Secesión (1860-1865), permitió un respiro y propició un cierto desarrollo económico en Cuba y la intervención española en Santo Domingo.

Este país había sido cedido a Francia por la paz de Basilea (1795). Vuelto a manos españolas (1809-1821), la guerra de independencia en la Península impidió afianzar esta posesión; durante veintidós años el país permaneció bajo el dominio de Haití hasta el levantamiento de Pedro Santana, quien ofertó la soberanía de su patria a España a través de Serrano, capitán general de Cuba (1844). Se negó a ello el general, pero ayudó a los dominicanos en su lucha por la independencia con armas y municiones. Pese a la victoria de Santana, la amenaza de anexión bien por parte de Haití o por los Estados Unidos persistía. En 1858, el haitiano Soulouque les volvió a invadir; esta vez O'Donnell atendió la solicitud realizada por Santana de quedar bajo la soberanía de España, tras el del informe favorable de Gutiérrez de Rubalcava, comandante general del Apostadero de La Habana (julio de 1860).

El general Santana, anticipándose a los acontecimientos, entregó su país a España, y el 18 de marzo de 1861 Santo Domingo se reincorporaba a la corona de Isabel II. Estos acontecimientos ocasionaron la partida inmediata desde Cuba de una fuerza naval constituida por dos vapores de ruedas, tres fragatas de hélice y un transporte al mando del mismo jefe de escuadra Gutiérrez de Rubalcaba, para realizar una demostración de fuerza frente a Puerto Príncipe con el fin de disuadir a las autoridades de Haití de realizar actos hostiles contra la nueva posesión española, y ocupar varios puertos dominicanos.

El dominio duró poco, pues en 1863 los enemigos de Santana apoyados por los Estados Unidos se levantaron en armas contra la administración isabelina, dando comienzo a una interminable guerra de guerrillas; pese a varios éxitos militares en los que intervinieron fuerzas de la Armada, como en el desembarco y ocupación del reducto rebelde de Montecristi, el gobierno Narváez comprendió que no era posible reducir el país a la obediencia, y dispuso el reembarque de las tropas, proclamándose los dominicanos nuevamente independientes (mayo de 1865).

Expedición a Indochina 

La decapitación de un misionero español, condenado a muerte por el rey de Annám en 1857 para evitar el auge del catolicismo entre sus súbditos, fue la ocasión aprovechada por Napoleón III para ordenar a la escuadra francesa destacada en China, al mando del contralmirante Charles Rigault de Genoully, se dirigiese a Conchinchina para exigir al gobierno de Hué las oportunas reparaciones y evitar nuevas agresiones (diciembre de 1857), lo que evidentemente no consiguió, pues el 8 de julio de 1858 era asesinado otro misionero español. Con la disculpa de la defensa de la religión, e impedir la persecución indiscriminada de los europeos en aquel país, Napoleón solicitó la colaboración de España; como consecuencia, el Gobierno de Madrid ordenó el traslado inmediato de 1.500 hombres de la guarnición de Filipinas para unirse al ejército expedicionario francés. En realidad las verdaderas intenciones de París eran establecerse permanentemente en Indochina y disponer de unas bases logísticas cercanas para montar la operación con el auxilio de soldados habituados al clima y muy fogueados en acciones de guerrilla, como eran los que el Gobierno de Manila se disponía a enviar.Combates en la Conchinchina

Las tropas filipinas fueron transportadas (agosto de 1858) en buques franceses y falúas españolas hasta la bahía de Yulikán (Hainan), donde se encontraba Rigault con sus fuerzas, a las que se había agregado el vapor Elcano. Después de amagar hacia Hué, atacando y ocupando los fuertes de Turana, el almirante francés, ante las dificultades que presentaba la progresión del ejército expedicionario aliado, se decidió por atacar Saigón, hacia donde se dirigió la escuadra combinada el 2 de febrero de 1859, para fondear el día 9 siguiente en la desembocadura del río de la citada capital.

El día 17 se tomaba por asalto la ciudadela fortificada. Las operaciones a partir de entonces fueron congeladas a causa de la guerra entre Inglaterra y China iniciada en 1856, conflicto en el que los franceses se veían cada vez más implicados.

Finalizada la guerra de Inglaterra y Francia con China el 24 de octubre de 1860, las operaciones en Saigón fueron reanudadas con refuerzos españoles, gracias a lo cual se forzó al rey de Annám a solicitar la paz, firmada el 6 de junio de 1862. Los buques y tropas españoles regresaron a Filipinas en marzo de 1863.

Por el tratado de paz, España obtuvo el libre ejercicio de la religión, la libertad de comercio con tres puertos indochinos y una indemnización de dos millones de dólares. Francia logró además la cesión de tres provincias y una isla, el verdadero objetivo de una campaña que costó a España mucho esfuerzo y sangre derramada al servicio de unos intereses foráneos.

Campañas en Sudamérica 

Napoleón III Los continuos incidentes que habían salpicado las relaciones de España y México desde la independencia de esta nación, culminaron con la negativa del Gobierno mexicano a pagar la deuda contraída por España durante los últimos años del virreinato, lo que unido a la guerra civil que asolaba el país y, por último, a la declaración de persona non grata del embajador de España dictada por el presidente Juárez, provocó la ruptura de relaciones diplomáticas y la firma en Londres, el 31 de octubre de 1861, de un convenio tripartito con Francia y el Reino Unido, por el que se decidía la intervención armada en suelo mexicano con el objeto de proteger los intereses de las naciones firmantes.

Fuerzas navales y tropas españolas procedentes de La Habana, ocuparon inmediatamente Veracruz y San Juan de Ulúa (diciembre de 1861). En enero de 1862 llegó Prim a Veracruz para hacerse cargo del ejército allí destacado, con el auxilio de una fuerte división naval al mando de Gutiérrez de Rubalcaba, incorporándose a continuación las fuerzas francesas e inglesas. Al darse cuenta Prim que las verdaderas intenciones de Napoleón III propugnaban el derrocamiento de Juárez y la instauración de una monarquía de corte europeo, ordenó el repliegue y reembarque de las fuerzas a sus órdenes (abril de 1862).

Estas campañas despertaron recelos en las naciones americanas recientemente emancipadas, pues sospechaban que España podría emprender contra ellas una acción parecida. Estas suspicacias se acrecentaron y justificaron por la visita realizada por el general de la Armada Hernández Pinzón a diversos puertos de las costas sudamericanas, al mando de una modesta escuadra de dos fragatas y dos corbetas (1863). Los desgraciados sucesos de Talambo (4 de agosto de 1863), y una mala conducción de la crisis subsiguiente, desembocaron en la ocupación de las islas Chinchas por la escuadra española. Relevado Pinzón del mando por el más diplomático general Pareja, éste intentó limar las diferencias con Perú; más el ataque de la población civil a la marinería de paseo por Lima y El Callao (enero de 1865), condujo finalmente a la ruptura de hostilidades con Perú, Chile y Bolivia. Pareja, fuertemente impresionado por la pérdida de la goleta Covadonga, se suicidó. El brigadier Méndez Núñez, comandante de la fragata Numancia, tomó el mando de la escuadra española con la que realizó una campaña enérgica y agresiva, cuyas principales acciones fueron el combate de Abtao (10 de febrero), y los bombardeos de Valparaiso (31 de marzo) y El Callao (2 de mayo de 1866). Parte de la escuadra española regresó por el cabo de Hornos, mientras el resto lo hizo por Filipinas y el cabo de Buena Esperanza, lo que permitió a la Numancia, ya al mando de Juan Bautista Antequera, ser el primer buque acorazado que dio la vuelta al mundo.

Fin de Isabel II 

A partir de enero de 1868 se hizo patente el progresivo aislamiento de Isabel II, que vivía rodeada de una camarilla de incondicionales completamente ajena a las aspiraciones y realidades del resto de la nación; a esta separación entre el pueblo y la reina contribuyó en no escasa medida la drástica represión de la sublevación del cuartel de San Gil en Madrid, origen remoto de la caída de la monarquía isabelina al cabo de unos meses.

 

INICIO       HISTORIA         CONTACTAR       FORO    ENLACES

NAVES  ARMAMENTO  PERSONAJES  BATALLAS 

 


alojamiento web gratis
Otros servicios ofrecidos por HispaVista:
Ofertas de Trabajo y Busco pareja
Consigue una página web gratis o un
hosting con Galeón