La república
española y la Guerra civil
Se proclama la república el 14 de
Abril de 1931. Aceptada con lealtad por el ejército y la Armada asumieron
los puestos de gobierno Niceto Alcalá Zamora como presidente y Manuel
Azaña como ministro de la Guerra. El principal objetivo de Azaña era
reducir el número de oficiales de mando, pues igualaban en número a los de
tropa y absorbían más de un tercio del presupuesto destinado para la
fuerza. Reafirmar en el ejército su verdadera misión, la defensa nacional,
y no la de inmiscuirse en el gobierno de España fue el segundo de los
objetivos de Azaña bajo su mandato ministerial. En cuanto a la
construcción naval los ministros de Marina a las órdenes de Azaña se
dedicaron a desmontar una a una las decisiones anteriores del gobierno
primoriverista, las acertadas, como las desacertadas. Estas actuaciones de
los ministros de marina hicieron de la Armada un cuerpo indisciplinado (no
se castigaban correctamente los delitos, no se respetaban los veredictos
de los consejos de guerra...) con un alto gasto en personal y con la
sensación en la fuerza de que se les estaba haciendo una purga con la
reducción de personal de Azaña. La única actividad de nuestra marina se
correspondió con unas prácticas en Finisterre donde se perdió el crucero
"Blas de Lezo" por encallamiento.
Tras la llegada de la derecha al
poder, y de Lerroux como presidente, la izquierda no pudo soportar la idea
de un gobierno "fascista reaccionario" (en definitiva democrático) y
organizó actos, manifestaciones, huelgas y demás actuaciones propias de
ideologías tan democráticas. Estos hechos acabaron trágicamente en los
sucesos de Barcelona y más cruentamente en Asturias, donde se envió
a la legión, y varios barcos de guerra como el Jaime I, el Cervera y el
Libertad que bombardearon los focos de resistencia para reprimir el
movimiento revolucionario que había proclamado la república socialista en
Asturias.
La construcción naval se mantuvo en
la línea primoriverista aunque ralentizada por la crisis económica mundial
y la inestabilidad política propia del periodo republicano. Aún así se
encargaron varios submarinos, los de la Clase "D" que no estuvieron
operativos hasta pasada la guerra civil, cuando ya no resultaron eficaces.
El ministro de la Marina, Giral, acertó en dos medidas: prolongar el dique
seco del Arsenal cartagenero y concluir el Canal de Experiencias
Hidrodinámicas de el Pardo en 1933.
El primer programa naval republicano
vino de la mano del ministro de Marina de 1934, Juan José Roche, que
pretendía construir varios minadores, submarinos y armas submarinas, todo
ello en un plazo de dos años; sin embargo, con los retrasos propios del
país entraron en servicio en plena guerra civil y del bando nacional
sublevado.
El último programa naval de la
República fue el del ministro Antonio Azarola, de 11 de enero del 1936,
que dio origen a la puesta en grada de los destructores Álava y
Liniers y dos cañoneros, Eolo y Tritón; todos ellos
serían entregados a la Armada ya en la posguerra. También se planearía la
construcción de unas defensas en la isla de Mallorca, pero debido a
problemas económicos y políticos no se llegó a hacer.
La descomposición de la Armada fue
cada vez más progresiva sucediéndose en la cartera de Marina seis
ministros en posos meses. La actividad era nula y se hacía cada vez más
patente los problemas que se vivían en todo el país. Un clima de
enfrentamiento. Esta situación se vería acrecentada cuando el gobierno
Azañista del Frente popular restituyera en sus puestos a hombres,
marxistas en su mayoría, expulsados por actividades contrarias a la Armada
que terminó por desmoralizar y enrabietar a los demás miembros neutros de
la Armada. que vivieron como esos compañeros cuestionaban a los
superiores, intentando asimilar el ejército a una fábrica. Estas
actuaciones iban encaminadas a ganarse a la armada para preparar el asalto
al poder de los comunistas e instaurar una republica soviética en la
península, tal y como preconizara Lenin.
Por esas fechas la violencia era
generalizada. Derechistas e izquierdistas se enfrentaban en las calles
como matones, causándose numerosas muertes de uno y otras facciones. Sin
embargo dos de esas muertes fueron las que hicieron detonar el golpe de
estado de Franco. La muerte a manos de derechistas del teniente Castillo y
la respuesta de la izquierda al matar a Calvo Sotelo, figura de la derecha
española.
Se dice que Franco se levantó contra
la república el 17 de Julio, pero no fue el único. Los comunistas
aprovecharon la coyuntura para hacer lo mismo y comenzaron en la península
el asesinato sistemático de cerca del 80% de los mandos de la Armada, lo
que hizo que muy pocos se mantuvieran fieles a la causa republicana.
Impotentes ante la masa armada descontrolada y los insubordinados soldados
a sus órdenes.
Pasados los primeros trágicos y
convulsivos días de julio y agosto de 1936, las costas españolas que
permanecieron en poder de la República fueron, en el norte, las de las
provincias de Vizcaya, Guipúzcoa, Santander y Asturias, mientras que en el
sur dominaban casi todas las mediterráneas, incluyendo la base de
Cartagena, y la isla de Menorca. En manos del bando sublevado o nacional
quedaron las costas de Galicia, y las comprendidas entre la frontera con
Portugal hasta el límite occidental de la provincia de Málaga; además
cayeron en su poder las islas Canarias, las Baleares excepto Menorca, y
las costas del Protectorado español de Marruecos.
Respecto a las fuerzas navales, el
reparto fue el siguiente: leales a la República, el acorazado Jaime
I, los cruceros ligeros Libertad, Miguel de Cervantes y
Méndez Núñez, catorce destructores en servicio o a punto de entregar,
siete torpederos, doce submarinos y la casi totalidad de la Aeronáutica
Naval. En el bando nacional, el acorazado España, los cruceros
pesados Canarias y Baleares en muy avanzada fase de
construcción, los cruceros ligeros Almirante Cervera y República,
el destructor Velasco, cinco torpederos y varios cañoneros y
guardacostas.

El primer objetivo naval de ambos
bandos fue el dominio del Estrecho de Gibraltar.
Para los nacionales era prioritario
pasar a la Península el Ejército sublevado en Marruecos, y el de los
republicanos impedirlo. La aplastante superioridad naval de la escuadra
basada en Tánger leal al Gobierno, aunque aminorada por la supremacía
aérea nacional, hizo prácticamente prohibitivo el uso por parte de los
sublevados de los accesos oriental y occidental del Estrecho, pues no tuvo
consecuencias trascendentales el paso de un reducido núcleo de tropas
transportadas el día 5 de agosto por un convoy, ni el puente aéreo
organizado entre Tetuán y Sevilla con la ayuda de las primeras unidades
aéreas italianas y alemanas enviadas por Mussolini y Hitler
respectivamente.
Sin embargo, la presión ejercida por
el ejército nacional en el norte con la colaboración del Cervera ,
el España y el Velasco obligó al Gobierno de Madrid a
desplazar al Mar Cantábrico al acorazado Jaime I, dos cruceros,
seis destructores y cinco submarinos dejando en el Estrecho tan sólo dos
destructores y un submarino. La llegada de estas fuerzas a su destino el
día 24 de septiembre tuvo éxito pues se paralizaron las operaciones
terrestres de los nacionales en Guipúzcoa, y las columnas gallegas que
progresaban hacia Oviedo tuvieron que utilizar las rutas del interior. La
superioridad de la escuadra republicana era tan absoluta, que el dominio
de las aguas cantábricas lo ejerció a placer. No obstante, a la larga,
este desplazamiento al norte del núcleo principal de las fuerzas navales
republicanas fue uno de los mayores errores estratégicos que cometió el
Gobierno de Madrid y, sin duda, selló para siempre buena parte de sus
esperanzas de ganar la guerra.
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Asedio Republicano a la ciudad de Oviedo, la ciudad más dañada de la
Guerra Civil |
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| En San
Esteban tropas republicanas asedian Oviedo |
La
catedral, claro objetivo militar |
Mi
barrio de San Lázaro, un pequeño Stalingrado |
Trincheras en el campo de fútbol |
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Pinche en ellas para verlas en
su tamaño original
Fotos extraídas de
http://www.iespana.es/fosa/fotos.htm
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En efecto, el contralmirante
Francisco Moreno, jefe de la Flota Nacional, no desaprovechó esta ocasión
única y con la aprobación del general Mola envió rápidamente al Estrecho
el día 27 de septiembre a los dos cruceros Canarias y Almirante
Cervera . El 29, el Canarias hundió al destructor Almirante
Ferrándiz y el Cervera persiguió al destructor Gravina
hasta Casablanca. El Ejército de Marruecos pasó a la Península y activó la
progresión hacia Madrid, en tanto que sus efectos no se hicieron esperar,
precisamente en el frente de Asturias que acababa de ser desbloqueado por
la escuadra gubernamental (una placa recordaba hasta hace bien poco en
Oviedo el fin del sitio republicano con la siguiente frase: "hasta aquí
llegó el enemigo para no volver jamás"). Se intentó solucionar esta
situación anómala mediante el envío, el 2 de octubre, de tres submarinos
de la clase “C” que no lograron impedir el tráfico marítimo nacional ni la
actuación de
sus barcos de guerra.
La ayuda
internacional a las dos causas no resultó gratuita. Si bien, la más cara
fue la soviética, que se cobró su ayuda con las 425 toneladas de oro que
había en los fondos del Banco de España. En
lo que respecta a las ayudas que recibió el bando nacional, serían
particularmente reseñables las proporcionadas por Italia en tropas,
material de guerra y aviación; fueron menores en el campo naval aunque no
desdeñables, pues incluyeron aparatos de comunicaciones, defensas y armas
submarinas y municiones, siendo destacable la venta al Gobierno nacional
de dos viejos destructores, a los que cabe agregar posteri
ormente dos
torpederos aún más antiguos, dos submarinos modernos y cuatro lanchas
torpederas. La ayuda alemana se centró en la aviación de la Legión
Cóndor, que bombardearía infructuosamente Cartagena, una de las
ciudades que junto a Oviedo resultaron ser las ciudades con más daños
(aunque eso no se recuerde) y en lo concerniente a la Marina, se concretó
en la artillería naval -sobre todo antiaérea- y sistemas de control de
fuego, así como en la entrega de cinco lanchas rápidas modernas. Para
corresponder a estas ayudas, la España nacional firmó en Burgos el pacto
Antikomintern con los representantes de
Alemania, Italia y Japón, casi cuando la guerra había finalizado (marzo de
1939).
Pese a la solicitud de ayuda del
gobierno republicano a la comunidad internacional, la república recibió el
silencio como respuesta. El Reino Unido practicó una política neutral,
limitándose a proteger sus intereses comerciales en España. Francia, sin
embargo, proclive en principio a la ayuda al Frente Popular de Madrid,
convencida por los británicos, decantó su postura hacia la no
intervención, si bien proporcionó al Ejército Popular de la República
bastante material militar y aviación mientras se mantuvo activo el frente
del Norte; su colaboración con la Marina republicana careció de
relevancia. En cambio si fueron muy importantes tanto la intervención en
favor del Gobierno republicano de las Brigadas Internacionales marxistas
reclutadas en toda Europa y América, como los envíos de material de guerra
y aviación realizados por la Unión Soviética, aunque con respecto a la
Marina su ayuda, al igual que la francesa, fue intrascendente y se limitó
a cuatro lanchas torpederas y algún material de armas submarinas y
artillería antiaérea, así como al envío de asesores navales -en algunos
casos llegaron a mandar submarinos por escasez de personal profesional en
la Marina republicana- que en general no dieron el resultado que se
esperaba de ellos.
Así las cosas Franco fracasó en la
toma rápida de Madrid, por lo que decidió emprender ofensivas por el norte
con avances apoyados por la artillería y la armada, bajo el mando de
Castro Arizcún con base en Ferrol que minó los puertos del norte
para impedir aprovisionamientos al enemigo.
La caída progresiva de los puertos
del Norte hizo que las fuerzas comenzaran a concentrarse en el Mediterráneo español.
Y vencida la batalla del Ebro que dividiría en dos la zona republicana por
Vinaroz las cosas se ponían más a favor del bando sublevado. Las acciones
navales de los nacionales iban dirigidas contra los puertos leales y
contra los mercantes que aprovisionaban de material y armamento a la
república. Los republicanos, pese a tener una ligera supremacía marítima,
se dedicaron a proteger sus rutas y a atacar a los barco extranjeros que
apoyaban al bando nacional, como fue el caso del ataque al acorazado de
bolsillo Deustchland y al buque italiano Burlletta, lo que hizo que
Alemania e Italia se salieran del tratado de no intervención para lanzar
una ofensiva en apoyo de Franco que recrudeció la guerra en el
Mediterráneo con el hundimiento de varios barcos mercantes.

La tensión internacional y las
agresiones descontroladas hicieron que se llegara al acuerdo de Nyon,
donde se fijaron las rutas comerciales por donde deberían ir los barcos
mercantes para no ser atacados y se restringía el uso de submarinos a las
aguas territoriales de su país.
Las fuerzas nacionales se vieron
reforzadas en su bloqueo por la llegada a sus líneas de nuevas
embarcaciones, procedentes del frente norte ya caído y de Italia, así como
de cuatro nuevos submarinos italianos. Las fuerzas republicanas se
reforzaron con el Miguel de Cervantes y Mercantes armados, pero todas las
flotas, fallaron en la adecuada cobertura aérea de sus barcos, ya que la
fuerza aeronaval fue desestimada por los dos mandos.
Durante los meses de enero y febrero
de 1938, la Flota nacional basada en Palma de Mallorca desplegó una
intensa actividad de bombardeo y minado de puertos de la costa levantina,
y de ataque al tráfico mercante adversario y protección del propio. En una
de estas operaciones, el 22 de febrero, cuando los cruceros bombardeaban
el Grao de Valencia y los Altos Hornos de Sagunto, fueron atacados por la
Aviación republicana, siendo alcanzado el Almirante Cervera por varias
bombas que le causaron averías y 84 bajas en su dotación. Poco después, el
6 de marzo, cuando la división de cruceros nacional -Baleares, Canarias y
Cervera- protegía un convoy mercante hacia Alborán, tuvo un encuentro
nocturno con el grueso de la Flota republicana al mando de Ubieta
-cruceros Libertad y Méndez Núñez y cinco destructores- que se dirigía a
atacar la base naval de Palma. En el combate resultó hundido el Baleares,
con la desaparición del contralmirante Manuel Vierna y 787 hombres.
Pese
al éxito del hundimiento del Baleares, disminuyó la operatividad de la
Flota gubernamental, quizá debido a los continuos bombardeos aéreos a que
era sometida Cartagena; ello permitió incluso la celebración de una
revista naval en Vinaroz, presidida por Franco (31 de mayo de 1938).
Además de realizar las misiones habituales de protección del tráfico
propio, la Flota republicana tuvo que hacer frente a la servidumbre que
significaba el mantenimiento de las comunicaciones entre las dos zonas en
que se había sido dividido el territorio gubernamental.
En octubre de 1938, la Flota
nacional, aunque continuó los apresamientos de mercantes dedicados al
comercio entre Valencia y Cataluña, vio limitada su actividad a causa de
la tensión internacional originada por la anexión de los Sudetes a la
Alemania de Hitler, mientras en España transcurría la batalla de desgaste
del Ebro (agosto-noviembre de 1938).
Tras la desaparición del frente del Norte, el Estado Mayor de la Armada
nacional montó una serie de operaciones a cargo de los cruceros auxiliares
Ciudad de Alicante y Ciudad de Valencia para impedir o distorsionar las
líneas de comunicación entre el norte de Europa y los puertos atlánticos
franceses utilizadas para el abastecimiento de la España republicana
(octubre-febrero 1939).
El
resultado adverso de la batalla del Ebro anuló definitivamente las
esperanzas del Gobierno de la República de conseguir la victoria en la
contienda civil. La ocupación de Cataluña por el Ejército de Franco
resultó una empresa relativamente fácil ante unas tropas totalmente
desmoralizadas (enero-febrero de 1939). Durante esta última campaña, las
unidades navales a las órdenes del almirante Francisco Moreno colaboraron
en la protección del avance de las fuerzas propias, y en mantener su
aprovisionamiento hasta el derrumbe de la resistencia enemiga. Mientras,
mediante negociaciones y apelación a la fuerza, Menorca fue ocupada por
tropas transportadas y protegidas por unidades de la Armada (12 de febrero
de 1939).
La pérdida de Cataluña tuvo como
efecto inmediato la dimisión de Manuel Azaña como Presidente de la
República; mientras tanto Negrín se dirigía a la zona centro-sur, la única
que permanecía en su poder, para, en unión de los comunistas, continuar la
guerra a ultranza, a la espera de que la situación internacional
desembocase en un conflicto europeo que pudiera invertir la situación en
España. Sin embargo, el coronel Segismundo Casado, partidario del acuerdo
con Franco, se sublevó con parte del Ejército y ocupó Madrid después de
cruentos combates con los comunistas. Esta situación anómala tuvo
repercusiones en Cartagena, pues la Escuadra republicana compuesta por
tres cruceros y ocho destructores al mando de Miguel Buiza abandonó esta
base el día 5 de marzo de 1939, ante el riesgo de caer en manos de una
sublevación surgida en apoyo de los nacionales. El 7, los buques entraron
en Bizerta donde fueron internados por las autoridades francesas.
Devueltos a España, el 2 de abril salieron de puerto y el 5 llegaron a
Cádiz cuando ya había finalizado la guerra civil.
Al
producirse la sublevación de parte de la guarnición de Cartagena en favor
del gobierno de Franco, el día 5 de marzo, el mando nacional organizó un
amplio despliegue naval con tropas en ayuda de los sublevados. Fracasada
la tentativa, se suspendió la operación; no obstante, el mercante Castillo
de Olite, fue alcanzado por la artillería de costa y resultó hundido con
pérdida de más de mil hombres (7 de marzo). El día primero de abril
finalizó la guerra civil que había asolado España durante casi tres años.
En este conflicto dominó el
aspecto agresivo de la guerra al tráfico mercante adversario practicado
por la Marina nacional, mientras que por el bando republicano el propósito
fue el de protección de las líneas de comunicación propias. Su falta de
iniciativa y las interferencias políticas, además de otros factores muy
complejos, determinaron el fracaso de sus pretensiones, y supuso una de
las primeras causas que ocasionarían el colapso del Ejército Popular de la
República y la pérdida de la guerra civil. Tuvo toda la razón el
Presidente don Manuel Azaña al afirmar que ninguna guerra se puede ganar
en la Península si no se domina el mar