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LA ARMADA DEL SIGLO XVIII

Nuestra sucesión y las de los demás

Fallecido sin descendencia Carlos II en 1700, por disposición testamentaria del rey difunto, el duque de Anjou, nieto de Luis XIV, heredó el trono de España con el nombre de Felipe V, siendo en principio esta designación aceptada por las potencias europeas excepto por Nápoles que se sublevó en favor del pretendiente austriaco a la corona. Felipe V realizó un viaje por mar desde Barcelona al virreinato rebelde a bordo de una escuadra francesa al mando del almirante D'Estrées, ya que la española prácticamente no existía (1702).

Tras su regreso a España una vez pacificado Nápoles, los errores franceses, como el mantenimiento de los derechos del nuevo monarca a la corona gala, provocaron una gran alianza antiborbónica formada por Inglaterra, Holanda y Austria (1701), a la que se unieron posteriormente Portugal y Saboya (1703), para reinstaurar en España la Casa de Austria en la figura del archiduque Carlos, lo que originó el inicio de la guerra de Sucesión (1702). El intento aliado de conquistar Cádiz para obtener una base de operaciones en el Mediterráneo, y cortar la llegada de caudales procedentes de América por medio del desembarco de un ejército considerable en El Puerto de Santa María, al mando de Rooke y Ormond, constituyó un fracaso, compensado por la destrucción en Vigo de una flota hispano-francesa procedente de América (1702).

El mismo almirante, al mando de una escuadra anglo-holandesa, se apoderó de Gibraltar y sostuvo en Vélez-Málaga un combate indeciso con la escuadra francesa del conde de Tolosa apoyada por las galeras españolas (1704). La supremacía naval inglesa -sólo contestada por un eficaz corso español- permitió los ataques a las plazas del Mediterráneo como Barcelona (1705), Nápoles (1707), Cerdeña, Menorca y Orán (1708), que se perdieron para España. Sostenido sólo por Castilla, las victorias de Felipe V en tierra y la posibilidad de reconstruir el imperio de Carlos V al morir el emperador José I y heredar el trono austriaco el pretendiente archiduque Carlos, obligaron a firmar el Tratado de Utrecht (1713) que consagraba la desmembración de la monarquía española, pues perdía las posesiones italianas, los Países Bajos, y sobre todo, Menorca y Gibraltar. Sin embargo, la guerra civil continuó hasta la recuperación de Barcelona (1714) y las Baleares (1715).

En 1714 murió la reina María Luisa de Saboya y el rey contrajo nuevo matrimonio con Isabel de Farnesio, gracias a las gestiones de Alberoni. A instancias de la reina y de este cardenal, una flota española organizada por Patiño, al mando del marqués Esteban de Mary, se apoderó de Cerdeña (1717) ante el asombro de Europa, atónita ante el resurgir hispano.

Navío Español del S.XVIII

Barco Inglés del S.XVIIIEn 1718 otra escuadra al mando de Gaztañeta que transportaba el ejército del marqués Ledé, invadía Sicilia. Se formó entonces la Cuádruple Alianza (Francia, Gran Bretaña, Holanda y Austria) para mantener los acuerdos de Utrecht (1718). Sin previa declaración de guerra, el almirante británico Byng destruyó la escuadra de Gaztañeta en cabo Passaro (1718), y Sicilia continuó en poder de Austria. La invasión de Guipúzcoa, Navarra y Cataluña por los franceses forzó a Felipe V a solicitar la adhesión a la Cuádruple Alianza (1720), habiendo expulsado previamente al cardenal Alberoni. La paz fue aprovechada para que una escuadra al mando de Carlos Grillo, preparada por Patiño y conduciendo el ejército de Ledé, levantase el sitio a que estaba sometida la plaza de Ceuta desde hacía más de veinte años (1720). El 10 de enero de 1724, Felipe V abdicó en su hijo Luis I, pero la muerte prematura de éste (31 de agosto del mismo año) le obligó a recuperar el trono. A partir de entonces, el rey continuó su línea política europea centrada en la recuperación de Gibraltar, Menorca y los reinos perdidos en Italia, mientras que en el Atlántico y Pacífico buscaba el mantenimiento del tráfico marítimo en el extenso imperio que había heredado de sus antecesores, todo ello mediante una renovación política y económica que iba a conducir la Armada a un notable resurgimiento, tanto en fuerza naval como en organización.

Después de unos años de indefinición política propiciada por la falta de escrúpulos del barón de Ripperdá (1724-1726), alcanzó el poder José Patiño, quien desde 1726 hasta su muerte en 1736 llevó a cabo un importante esfuerzo de reconstrucción interior y de ordenación de la política exterior de España, con atención prioritaria al poder naval y al comercio marítimo.

A partir de 1725, el acercamiento español a Austria acarreó nuevas complicaciones; los británicos intentaron inútilmente atacar en Cartagena de Indias, ambas potencias realizaron apresamientos mutuos de embarcaciones y por parte de España se inició el asedio de Gibraltar (1727). Las gestiones de Fleury, ministro de Luis XV, propiciaron el acuerdo que se alcanzó por el tratado de Sevilla (1729), gracias al cual Gran Bretaña logró ventajas comerciales en América y el infante don Carlos obtuvo la sucesión de los ducados de Parma y Toscana con garantías de guarnición española, lo que se verificó en 1732, precisamente el año en que una escuadra al mando de Francisco Cornejo que transportaba el ejército del conde de Montemar se apoderaba de Orán, tras un brillante desembarco en el que se distinguió Juan José Navarro.

La guerra de sucesión de Polonia dio paso al primer Pacto de Familia, firmado en El Escorial el 7 de noviembre de 1733 entre España y Francia; en él se conjugaban los intereses de estas naciones frente a la Gran Bretaña y Austria. Declarada la guerra, un ejército al mando de Montemar, transportado por la escuadra del conde de Clavijo, se apoderó sucesivamente de Nápoles y Sicilia, que quedaron bajo la autoridad de Carlos a título de rey por cesión de los derechos de su padre Felipe V. A todo esto, fallecido Patiño, José del Campillo heredó tanto su escuela como las líneas básicas de gestión (1736). Alcanzada la paz por el tratado de Viena (1738), beneficiosa para España por avecinarse un nuevo conflicto con la Gran Bretaña, cada vez más alarmada por el fortalecimiento del poder naval español gracias al crecimiento de la construcción de navíos y a la creación de reales compañías de comercio que agilizaban el intercambio mercantil con América y Filipinas, consecuencia todo ello de una política atlántica independiente y potente, capaz de competir ventajosamente con la de Londres.

Ataque de Vernon a PortobelloLa situación insostenible creada por el contrabando británico en América y la consecuente represión de los guardacostas españoles se intentó atemperar por el acuerdo de El Pardo (1739), pero el incumplimiento de lo estipulado por ambas partes hizo inevitable la guerra, llamada por los ingleses "de la oreja de Jenkins" (23 de octubre de 1739). La escuadra británica del almirante Vernon tomó Portobelo (1739), pero la del almirante Brown fracasó ante La Habana. El ataque de Vernon y Wentworth en Cartagena de Indias también fracasó ante la defensa de Blas de Lezo y el virrey Eslava (1741), así como las tentativas posteriores contra Cuba, Panamá, La Florida, La Guaira y Puerto Cabello (1742-1743). La guerra del corso fue muy intensa, lo que originó muchas pérdidas por ambas partes.

La guerra de sucesión de Austria (1740) volvió a complicar el panorama europeo. Las escuadras españolas se vieron obligadas a transportar y apoyar a los ejércitos que actuaban en el norte de Italia. Una escuadra británica se presentó ante Nápoles y obligó al infante-rey Carlos a retirar sus tropas del conflicto ante la amenaza de un bombardeo, humillación que el monarca nunca olvidó (1741).

La llegada del Marqués de la Ensenada          ¡Arriba!

A la muerte de Campillo (abril de 1743), se hizo cargo de las cuatro secretarías que éste desempeñaba -Guerra, Hacienda, Marina e Indias- el mayor talento organizador del siglo XVIII español, Zenón de Somodevilla y Bengoechea, marqués de la Ensenada, quien pronto iba a tener ocasión de mostrar el acierto de esta decisión de Felipe V.

Batalla de TolónLa situación política en Europa obligó a la firma con Francia del segundo Pacto de Familia (octubre de 1743) dirigido contra Austria, Gran Bretaña y Saboya, que tenía por objeto entregar el estado de Milán y los ducados de Parma y Plasencia al infante don Felipe y recuperar Gibraltar y Menorca. La escuadra francoespañola al mando de los generales De Court y Juan José Navarro, salió de Tolón para romper el bloqueo a que se veía sometida por una británica del almirante Matthews basada en Menorca; en el combate de resultado indeciso que siguió, llevó el peso principal de la acción la escuadra de Navarro (22 de febrero de 1744), quien ganó por ello el título de marqués de la Victoria.

El Marqués de la EnsenadaFelipe V falleció el 9 de julio de 1746 y le sucedió en el trono Fernando VI (1746- 1758), iniciando su reinado en plena participación española durante la guerra de sucesión de Austria. El nuevo rey tuvo el acierto de mantener en el gobierno a los mismos colaboradores de su padre, Ensenada en las cuatro secretarías citadas y Carvajal en la de Estado; aunque plenamente coincidentes ambos en la política de reformas interiores, diferían mucho en sus inclinaciones sobre las relaciones internacionales: Ensenada pro francés y Carvajal pro británico. El resultado fue que, firmado el tratado de Aquisgrán (1748), la paz se mantuvo a lo largo del resto del reinado de Fernando VI, período notable para el desarrollo de la Armada desde todo punto de vista, limitándose las acciones bélicas a refrenar el poder naval argelino en los accesos al Estrecho de Gibraltar y de la piratería en Filipinas (1748-1758).

En efecto, Ensenada, fiel a su lema de que sin Marina no puede ser respetada la Monarquía española, conservar el dominio de sus vastos estados, ni florecer la Península centro y corazón de todo (1748), se dedicó con ahínco a fomentar la construcción naval -para ello reorganizó el arsenal de La Carraca y creó los de Cartagena y Ferrol-, publicó las ordenanzas de 1748 y dio tanto impulso a todos los ramos de la Armada que muchas de sus creaciones aún subsisten, siendo su memoria recordada y ensalzada por toda la marina.

Tanta alarma causó en Gran Bretaña la política de Ensenada, que su embajador Keene intervino para, a la muerte de Carvajal, urdir una trama con el apoyo de Ricardo Wall, el duque de Huéscar y el conde de Valparaíso, que ocasionó la caída del genial estadista (1754); a pesar de ello, la paz se mantuvo mientras vivió Fernando VI, fallecido prematuramente el 10 de agosto de 1759. Desempeñaba entonces la secretaría de Marina Julián de Arriaga, que se mantendrá en este destino hasta 1776.

El Reinado del "Alcalde de Madrid", Carlos III    ¡Arriba!

Embarcado en la escuadra del marqués de la Victoria, Carlos III llegó a España procedente de Nápoles, después de haber reinado allí veinticinco años (octubre de 1759). En política exterior, la postura inicial del Monarca fue continuista, pero la actitud hostil del Gobierno de Pitt, que fomentaba las agresiones británicas en las pesquerías de Terranova, los establecimientos comerciales en la costa de Honduras, el contrabando desde Jamaica, los  ataques corsarios al comercio español y, por último, la falta de respuesta a las continuas reclamaciones hispanas, provocaron el acuerdo con Francia, muy necesitada de la intervención de Carlos III en la guerra de los Siete Años para paliar el adverso derrotero que llevaba la contienda para sus intereses. Por todo ello, a pesar de que a España le convenía la paz, se llegó al tercer Pacto de Familia (1761) que provocó la ruptura definitiva con la Gran Bretaña (2 de enero de 1762), ansiosa de anticiparse a los preparativos militares españoles.

Inútil defensa del Morro. La Habana cae en manos inglesas.Un ejército británico al mando de Albemarle transportado por la escuadra de Pocock se apoderó de La Habana, a pesar de la resistencia opuesta por el capitán de navío Luis de Velasco en el castillo del Morro (29 de julio de 1762), mientras que otra escuadra al mando del almirante Cornish tomaba Manila en septiembre del mismo año. Por su parte, Pedro de Cevallos, gobernador de Buenos Aires, auxiliado por las fuerzas navales de esta capital, rindió la Colonia de Sacramento (en el actual Uruguay) y rechazó el inmediato intento lusobritánico de recuperarla (noviembre de 1762). La paz de París (10 de febrero de 1763) permitió a España recuperar La Habana y Manila, a costa de devolver la Colonia de Sacramento y entregar La Florida a Gran Bretaña; en compensación, Francia cedió La Luisiana a España. A partir de 1763 se abrió un período constructivo en que el Gobierno dedicó especial atención al fomento de la Armada y del comercio marítimo, plasmado en la apertura de los puertos de la Península al tráfico con América y Filipinas (1765). La paz sólo se vio perturbada como consecuencia de la ocupación británica del archipiélago de las Malvinas en 1765, que obligó a desalojarlos en 1770 por una escuadra al mando de Madariaga. La opción pacifista de Grimaldi y, sobre todo, la falta de apoyo de Francia, en contra de lo estipulado por el Pacto de Familia, evitaron la guerra, con la consiguiente evacuación de aquellas islas por parte española (1771). En 1777, el general Cevallos expulsó de nuevo a los portugueses de la Colonia de Sacramento, con la intervención de una escuadra al mando del marqués de Casa Tilly.

La declaración de independencia de los Estados Unidos (4 de julio de 1776) y los nombramientos como secretario de Estado del conde de Floridablanca (1777) y de Marina en la persona de González de Castejón (1776-1783), cambiaron la orientación de la política exterior de España, ya que, además de perseguir la revancha para anular las ventajas británicas alcanzadas por el tratado de 1763, el realista y pragmático ministro de Estado consideró ejes de su política el acercamiento a Portugal, Marruecos y Turquía y también mantener una cierta autonomía respecto a Francia. Para apoyar a los norteamericanos en su lucha contraCombate en el Cabo Sta. María la Gran Bretaña, las dos potencias borbónicas firmaron la convención de Aranjuez (1779), donde Francia se comprometía a presionar para que España recuperase Gibraltar, Menorca, Florida y Belice. Abiertas las hostilidades y fracasado el intento de invadir la Gran Bretaña mediante una importante fuerza naval hispano-francesa (1779), las tropas españolas al mando del duque de Sotomayor y la escuadra de Barceló, apoyados por las fuerzas del duque de Crillón, pusieron sitio a la plaza de Gibraltar (1779), aunque la resistencia de la plaza, reabastecida por Rodney, que derrotó a Lángara en el cabo de Santa María (1780), prolongó las operaciones.

Asedio Español por GibraltarUn ejército hispano-francés al mando del mismo Crillón, con el auxilio de la escuadra de Buenaventura Moreno, recuperó Menorca (1782); finalizada la operación, se volvió a intentar de nuevo la conquista de Gibraltar, sometida a bloqueo por la escuadra de Luis de Córdova. Todos los medios empleados, incluso las baterías flotantes de d'Arçon, fracasaron ante la tenacidad de Lord Elliot (1782), gracias también a los abastecimientos introducidos en la plaza por el almirante Howe, interceptado en su regreso a Inglaterra por la escuadra combinada de Luis de Córdova en cabo Espartel con escasos resultados (noviembre de 1782); más éxito tuvo en el apresamiento de un gran convoy británico el mismo año. En América, la acción conjunta de un ejército al mando de Gálvez y la escuadra de Solano, después marqués del Socorro, consiguió expulsar a los británicos de Florida, Honduras y Bahamas (1779-1782), lo cual aceleró el éxito de los norteamericanos en su lucha por la independencia.

Relaciones con el Mediterráneo   ¡Arriba!

Gracias a la paz firmada en Versalles (3 de septiembre de 1783), España recuperaba Florida y Menorca, los británicos evacuaban Honduras y, aunque se devolvían las Bahamas, Gibraltar continuaba bajo bandera de la Gran Bretaña; el tratado constituyó el primer fracaso de esta nación después de un siglo de éxitos. Los períodos de paz en el Atlántico fueron aprovechados en el Mediterráneo para realizar una política propia de acercamiento al mundo islámico.El sultán Abdulhamid I del Imperio Otomano El primer tratado de paz y comercio con Marruecos se firmó en 1767, gracias a la labor diplomática de Jorge Juan, pero no tuvo efectividad hasta 1780, después del paréntesis de un año de guerra durante el que los marroquíes fracasaron en sus ataques a Melilla y Peñón de Vélez (1794), plazas sostenidas por las fuerzas navales destacadas desde Cádiz y Cartagena. Tampoco tuvo éxito una tentativa española contra Argel con el ejército al mando de O'Reilly, apoyado por la escuadra de González Castejón (1775). En 1782 se firmó un tratado de paz y comercio entre España y Turquía, lo que dio origen a la visita de Aristizábal a Constantinopla con una pequeña escuadra (1785). En Argel hubo que acudir a la fuerza mediante bombardeos sucesivos de la escuadra de Barceló en 1783 y 1784, aunque no consiguieron el propósito de obtener una paz estable que impidiese el corso norteafricano; sólo una tercera demostración, esta vez a cargo de Mazarredo (1785), forzó un tratado que a la larga tampoco fue ratificado, al no reconocer Argel la posesión de Orán por España.

La muralla del mar del puerto de Cartagena

La muralla del Mar, Cartagena

Pieza fundamental del Plan de Defensa del Arsenal y la plaza de Cartagena, la Muralla se construyó por orden de Carlos III bajo la dirección de los ingenieros militares Francisco Llovet y Mateo Vodopich. De las tres puertas de las que constaba en un principio tan sólo se conserva el tramo comprendido entre las desaparecidas puertas del Muelle y San José.

Está fabricada con mampostería de cal y canto, sustentada en los cimientos por sillares de piedra de atabaire y reforzada en los ángulos por sillares de piedra de pinto, mucho más resistentes que la de atabaire. En 1915 tiene lugar el ajardinamiento de la parte superior de la Muralla del Mar y la sustitución de su parapeto original por una balaustrada.  

Ciencia, política y formación Naval:    ¡Arriba!

El talento organizador y reformista de Patiño, Campillo, el marqués de la Ensenada y Valdés propició desde los comienzos del siglo XVIII un renacimiento de la formación científica y profesional de los cuerpos de oficiales de la Armada. Así, entre 1717 y 1772 se crearon en el Departamento de Cádiz las siguientes instituciones: la Academia de Guardias Marinas (1717), el Real Colegio de Cirugía de la Armada (1748), el Real Observatorio Astronómico (1753), la Escuela de Ingenieros de Marina (1772) y el Depósito Hidrográfico (1770), más tarde Dirección de Hidrografía (1797).

La Real Compañía de Guardias Marinas, al formar oficiales de gran valía intelectual, fue a su vez impulsora de esta corriente renovadora; ejemplos notables lo constituyeron Jorge Juan Santacilia (1713-1773) y Antonio de Ulloa (1716-1795), particularmente el primero, que a lo largo de veinticinco años será el gran impulsor, junto con Ensenada, de todas las iniciativas para la reorganización de la Armada y el máximo exponente de la ciencia española en el siglo XVIII.

La influencia de Jorge Juan y Antonio de Ulloa en todos los campos científicos fue notable; empezando por la expedición hispano-francesa para medir un arco de meridiano en Ecuador y así determinar la figura exacta de la Tierra (1735-1742), cuyos resultados plasmaron en obras insuperables: Relación histórica del viaje a la América meridional, y las Observaciones astronómicas y físicas (1748), completadas con las Noticias secretas de América (1826), que dieron a conocer en Europa el renacimiento de la ciencia española decaída desde el siglo XVII. Ensenada comisionó a Jorge Juan y Ulloa para que visitasen diversos países de Europa, de 1748 a 1751, con el objetivo de obtener información sobre la construcción naval y la enseñanza náutica, así como adquirir libros e instrumentos para dotar los establecimientos científicos y academias militares.

A lo largo del siglo prosiguieron estas comisiones, siendo de destacar la de Mendoza y Ríos en Londres y París (1789); el resultado de todas ellas fue pieza clave para acometer las reformas emprendidas para potenciar la construcción naval, la renovación de la enseñanza náutica y la introducción en España de las corrientes científicas europeas más avanzadas, como lo prueban la creación de las instituciones antes mencionadas y los trabajos de alto valor científico que produjeron los hombres de la Armada educados en aquel ambiente ilustrado de la segunda mitad del siglo XVIII. Así, Jorge Juan publicó, además de los trabajos mencionados, su Compendio de Navegación (1757) y el Examen Maritimo (1771), obra capital para la construcción naval; Antonio de Ulloa, experto en Botánica, Astronomía, Geología -fue el descubridor del platino-, Cartografía y Navegación, escribió entre otras ya citadas, varios libros que iban desde el Tratado físico e historia de la aurora boreal (1752) hasta El eclipse de sol con el anillo refractario de sus rayos (1779); Vicente Tofiño de San Miguel (1732-1795), insigne no sólo por su categoría científica sino por sus hechos de armas, impulsor del curso de Estudios Mayores en el Observatorio de San Fernando (1783), y autor de diversos compendios sobre geometría y derroteros de las costas de la Península y África, pero cuyo trabajo cumbre es el Atlas Marítimo de España (1789), obra capital de la Hidrografía española; José de Mendoza y Ríos (1763-1816), autor de un Tratado de navegación (1787) y de las Tablas náuticas (1807) que fueron empleadas en España y Gran Bretaña hasta la segunda mitad del siglo XIX, y, por último, Gabriel de Ciscar (1760- 1829), teniente general de la Armada, autor de tratados de Cosmografía y Pilotaje e introductor del sistema métrico decimal en España.

Por su erudición histórica destacaron José de Vargas Ponce (1760-1821), director de la Real Academia de la Historia (1804) y Martín Fernández de Navarrete (1765-1844), también director de la misma Academia y autor, entre otras obras, de la célebre Colección de viajes y descubrimientos que hicieron por mar los españoles (1825-1837), la Disertación sobre la Historia de la Náutica (1846) y la Biblioteca Marítima (1849).

Las expediciones del Siglo XVIII:    ¡Arriba!

Cayetano ValdésYa en pleno siglo XVIII se reanudaron las expediciones geoestratégicas abandonadas a finales del siglo XVII, con la participación muy cualificada de los marinos y los navíos de la Armada. En la costa noroeste de la América septentrional se registran la de Juan Pérez (1774) que alcanzó los 54º de latitud norte; la de Bruno Heceta y Juan Francisco de la Bodega y Cuadra (1775) que llegó a los 58º30' de latitud norte con la colaboración de Francisco Antonio Mourelle; la siguiente fue de Arteaga y Bodega y Cuadra (1779), también con Mourelle, que sobrepasó los 60 grados de latitud; a esta expedición siguieron dos a cargo de Esteban José Martínez y Gonzalo López de Haro (1788-1789), la de Francisco de Eliza (1789) y Salvador Fidalgo (1790). Para explorar el supuesto estrecho de Juan de Fuca y confirmar la inexistencia del paso también llamado de Ferrer Maldonado, salieron de Acapulco las goletas Sutil y Mexicana (1792), al mando de Dionisio Alcalá Galiano y Cayetano Valdés, lo que efectuaron corroborando la impresión de Manuel Quimper (1790). A estas expediciones siguieron las de Jacinto Caamaño (1792), Bodega y Quadra (1792) y, por último, la de Francisco de Eliza y Juan Martínez de Zayas (1792)

ChurrucaEn América del Sur y aguas adyacentes se ordenaron expediciones a cargo de Hervé, que visitó la isla de Pascua (1770), y Gil y Lemos, las Malvinas (1768-1769), mientras la Patagonia era explorada e hidrografiada por Antonio de Córdoba (1725-1726), Quiroga (1745), José de Moraleda (1792-1794), Elizalde (1790-1791) y Gutiérrez de la Concha (1794-1795). Filipinas fue hidrografiada por Juan de Lángara en 1765, 1772 y 1774, y Tahití por Domingo de Boenechea. Las costas del golfo de México fueron exploradas y cartografiadas en sucesivas campañas por Alvear y Lángara en Trinidad (isla de Ascensión) (1773-1774), Hevia en La Florida (1783-1786), Barcáiztegui en Cuba (1788-1801), Churruca en las Antillas (1792-1793) y Fidalgo en Tierra Firme (1792-1805).

A todas estas expediciones sobrepasó la de Alejandro Malaspina y José de Bustamante, en su viaje científico y político por los océanos Atlántico y Pacífico, realizado con las corbetas Descubierta y Atrevida desde 1789 á 1794, que junto a los de Cook (1769-1778), Bougainville (1766-1769) y el conde de La Pérouse (1785-1788), constituyen la cima de las exploraciones geográficas, científicas y naturalistas propiciadas por la Europa ilustrada del siglo XVIII.

Aquí se huele el hieloLas corbetas salieron de Cádiz (1789) y después de visitar Montevideo y las Malvinas, emprendieron larga travesía hasta la isla de Chiloé; tocaron en Valparaíso, Talcahuano y la isla de Juan Fernández; recorrieron la costa del Perú, entrando en Coquimbo y El Callao, para dirigirse a continuación hacia Guayaquil y Panamá. Se reunieron en Acapulco el 1 de marzo de 1791; y de allí partieron para Alaska en busca del célebre paso de Ferrer Maldonado, que no encontraron. Tras tocar en Monterrey, regresaron a Acapulco a mediados de octubre del mismo año. De allí se dirigieron a Guam (Marianas) y continuaron a Luzón (Filipinas). La Atrevida viajó a Macao, mientras la Descubierta recorrió la costa de Luzón; una vez reunidas (1792) partieron hacia Australia, tocando previamente en Zamboanga (Mindanao) y Dusky (Nueva Zelanda); en Australia visitaron el Puerto Jackson y Sydney.

Después de explorar unos días las Vavao (Tonga) entraron en El Callao (1793). Desde allí emprendieron el regreso a España y, después de permanecer en Montevideo en febrero de 1794, llegaron a Cádiz en septiembre del mismo año. Lamentablemente, debido al proceso político a que fue sometido Malaspina a poco de llegar, gran parte del material documental, artístico y cartográfico producido por la expedición permaneció inédito durante largos años.

Arsenales navales y construcción naval:   ¡Arriba!     HISTORIA ARSENAL CARTAGENA

A partir de la llegada de la casa de Borbón al trono de España (1700) se hizo sentir la necesidad imperiosa de realizar un gran esfuerzo en la construcción naval, la industria militar y los recursos económicos que permitiesen sostener la renovada política expansiva en el Mediterráneo, Atlántico y Pacífico propiciada por Alberoni y los siguientes ministros de FelipeV.

La herencia que recibió el primer Borbón en lo que respecta a la construcción naval se limitaba a los astilleros del Cantábrico -Orio, Guarnizo y Pasajes- y en el Mediterráneo, los de Barcelona, San Feliú de Guixols, Arenys, Mataró y Sitges. Como consecuencia de la creación de los Departamentos Marítimos de El Ferrol, Cádiz y Cartagena, se establecieron en sus cabeceras sendos arsenales para la construcción de todo tipo de navíos a mediados del reinado de Felipe V.

La bahía de Cádiz en el S.XVIIIEl arsenal de La Carraca, en San Fernando (Cádiz), es el primero cronológicamente de los construidos en el siglo XVIII. Situado en principio en el carenero de galeras del Puente Zuazo (siglo XV), se trasladó a La Carraca en 1724. Las obras definitivas en la isla de León se decidieron por Ensenada en 1749, escuchada una junta facultativa presidida por Jorge Juan, y duraron hasta 1788 debido a las grandes cimentaciones que hubieron de realizarse por los fondos fangosos de los caños donde se asentó.

El de Ferrol se situó primativamente en La Graña (1727) y, ya en tiempos de Fernando VI y a impulsos del marqués de la Ensenada, se trasladó al actual emplazamiento del Esteiro, dando comienzo las obras en 1750 de acuerdo con el proyecto de Jorge Juan. Julián Sánchez Bort asumió la dirección de los trabajos en 1762. Con doce gradas de construcción, fue en su época el mayor de Europa; las obras principales de la dársena finalizaron en 1765.

Entrada al Arsenal de CartagenaEn el arsenal de Cartagena, una de las bases de la Escuadra de Galeras de España desde el siglo XVI, comenzaron las obras en 1731 al desviar la rambla de Benipila por orden de Patiño. La dársena que quedó se cimentó en seco y en 1739 dio comienzo la construcción de los muelles. El impulso definitivo lo dio Ensenada en 1749, aportando los planos Sebastián de Feringán, pero con la intervención de Jorge Juan en las obras, a quien se debe la construcción de los dos diques secos, primeros en el Mediterráneo, y la bomba de achique para ellos. Las obras finalizaron en 1782.

En tanto que no estuvo terminada la construcción de estos astilleros, Guarnizo continuó en plena producción de excelentes navíos y fragatas hasta 1732 en que decayó la producción, reactivándose durante el período de 1745 a 1768 debido a las necesidades urgentes de la Armada.

En América se fabricaron numerosos navíos durante los siglos XVI y XVII, de forma que en el último tercio del siglo XVII la quinta parte de los buques utilizados en las flotas de Indias fueron construidos en astilleros como los de La Habana y Guayaquil; el atraso técnico obligó al abandono de este último astillero a mediados del siglo XVIII. No sucedió así con el de La Habana, pues la fortaleza, seguridad y longevidad de los navíos salidos de sus gradas fueron proverbiales; así, desde 1715 á 1759, la tercera parte de la producción española de barcos era habanera. El papel ascendente de este astillero obligó a su traslado a La Terraza, en el mismo puerto (1735), y su ampliación supuso un incremento de la actividad productiva, que continuó hasta principios del siglo XIX.

GaztañetaLa figura más destacada en la construcción naval española durante el primer tercio del siglo XVIII fue Antonio de Gaztañeta, superintendente de los astilleros de Cantabria (1702). Sus normas sobre dimensiones y diseño de navíos fueron aplicados a los de 60 cañones construidos en Guarnizo y Pasajes los años 1716 y 1717, que resultaron de buenas condiciones marineras. Gracias a esta experiencia, Gaztañeta publicó en 1720 su obra Proporciones más esenciales para la fábrica de navíos y fragatas, que aplicada por Real Orden sirvió de pauta para la construcción naval hasta 1752, siendo el navío San Phelipe (1732) de 114 cañones y tres puentes el de mayor porte que produjo. La mejor descripción del sistema de Gaztañeta se puede apreciar en el Diccionario de arquitectura naval, que de 1719 a 1756 redactó y dibujó Juan José Navarro, marqués de la Victoria, verdadero monumento iconográfico y descriptivo, indispensable para conocer todos los aspectos de la construcción y apoyo a los navíos del siglo XVIII.

Deseando el marqués de la Ensenada modernizar la construcción naval, encomendó a Jorge Juan pasase secretamente a Gran Bretaña y otros países europeos para estudiar los métodos empleados en ellos y contratar técnicos expertos en el diseño y fabricación de barcos. En 1750, Jorge Juan regresó a España con un equipo de arquitectos navales ingleses, con los que redactó el proyecto de construcción de navíos y fragatas que dio origen al impropiamente llamado "sistema inglés", pues en él Jorge Juan aplicó por primera vez sus profundos conocimientos de Mecánica, Teoría del Buque y Cálculo infinitesimal (1752), que luego publicaría en el Examen Marítimo (1771). Los buques diseñados por este sistema fueron considerados como sólidos, marineros y veloces. La caída en desgracia del marqués de la Ensenada trajo consigo, a la larga, que se llamase en 1770 al arquitecto naval francés Francisco Gautier (1715-1782) para que se hiciese cargo de la construcción de buques de la corona, con la idea de aumentar el tonelaje y artillado de los navíos que hasta entonces se había limitado a los de 80 cañones como máximo. Los buques construidos por el sistema francés de Gautier resultaron ser veleros y de buen gobierno, aunque tormentosos en las cabezadas y adquirían demasiada escora con viento fresquito. Muerto Gautier (1782), le sucedió José Romero y Fernández de Landa (1737-1807), quien volvió al antiguo sistema de Jorge Juan, pero perfeccionado; el resultado fue muy fEl montanes.avorable, comprobándose en el primer navío que construyó, el San Ildefonso (1785), según Mazarredo más rápido que los anteriores: barloventeaba como las fragatas, gobernaba y viraba como un bote y tenía una batería espaciosa. En efecto, los navíos construidos por Romero y Fernández de Landa fueron considerados los mejores de la época, como el navío Santa Ana, de tres puentes y 112 cañones, alcanzando la perfección en el Montañés, de 74, construido en El Ferrol en 1794, por Retamosa.

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