déjalo ya

 

Avanzas, lento, silencioso, tenso, con los ojos muy abiertos, perdido tu mirar en un horizonte cuyos llameantes colores mas bien podrían estar sacados del infierno, que de estas laderas, que hasta hace un tiempo fueron un sitio tranquilo, de este pacifico país, Escalia. No miras hacia atrás, no te giras en ningún momento, no porque no tengas miedo, sino por todo lo contrario, por temor a lo que puedas ver, a lo que no quieres ver.

Oscurece finalmente y nuevas opciones se abren en tu caminar, senderos polvorientos que parecen conducir todos ellos a un mismo lugar, todos nebulosos, se pierden en su oscuro fin sin mostrar su destino, abocado, para tu desgracia quizás, a conocerlos.

Finalmente, te decantas por uno... ¡qué mas da!, y te adentras en él, corredizo estrecho de frías y negras paredes de pizarra. No puedes ver mas allá de un metro de distancia, tus ojos ahora te sirven de bien poco. Sigiloso, toda percepción es necesaria, a falta de la visual. ¡Maldita niebla! La humedad esta calando en tus huesos, tu helada armadura no es el mejor abrigo y notas el frío en tu cuerpo. ¿Por qué he de recorrer yo estos tenebrosos caminos?

De repente pierdes pie, una trampilla ha cedido mientras caminabas. Ante tu sorpresa primero, incertidumbre después, caes deslizándote por una rampa metálica, húmeda, aunque parecía mas bien lubricada con un líquido que no era agua sino alguno más viscoso, sin sufrir fricción alguna. La caída parece interminable, hasta que, finalmente, acabas golpeándote contra un duro suelo que, por su color blanco con grises texturas, aparentaba ser de mármol. Al reincorporarte observas que la niebla se ha disipado ligeramente, pero la visión sigue siendo oscura y fría y ahora, al intentar moverte, tu rodilla se resiente del desafortunado aterrizaje, tiene una pequeña brecha por la que se derraman unas gotas de sangre.

En cualquier caso has tenido suerte, puedes contarlo, a tu lado observas esqueletos que debieron formar parte del cuerpo de otros héroes que, para su desgracia, no tuvieron tanta fortuna. Pero tu objetivo aun no esta cumplido y debes seguir avanzando, sabes que aun queda mucho.

Avanzas renqueante, el frío es mayor y tu herida se resiente. A pesar de esto tu espíritu es inquebrantable, conoces tu misión y no piensas rendirte, sabes que muchos confían en tu victoria y tu no piensas decepcionarles. Ahora el piso es de césped, notas esta suavidad al caminar y te convences de que todo no es tan malo, ni tan difícil. Además, ahora puedes ver las dos lunas del planeta, una llena, la otra menguante. Esto te hace sonreír un poco, sabes que esta disposición de los satélites se ha considerado siempre por los magos y sabios del reino como un signo de suerte.

De repente ves a lo lejos que algo se acerca volando, son pequeños, parecen murciélagos, no, son pájaros. Entonces blandes tu espada, brillante, inmaculada, del acero más noble, con el mejor diseño del maestro Terdek, aquel que realizó la legendaria espada del rey de Silesia. Los pájaros te atacan, te picotean, tratan de destrozarte. Tú, diestro en el arte de la esgrima, uno de los mejores discípulos de Doya Sim, acabas con ellos, sin dejar escapar alguno. Sin embargo tu enemigo te ha dejado múltiples heridas superficiales. Pequeños orificios por donde gotea sangre, tu sangre. No hay dolor, piensas. No puede haberlo cuando tan digno y noble fin es el que persigues. Tu lucha no tendría sentido sin este, tu muerte, si.

Una gran fortaleza divisas en el horizonte, no sin gran dificultad, pues la niebla ha vuelto a aparecer. Por fin has llegado. Es el castillo de Belzar, aquel que ningún ejercito pudo jamas encontrar, aquel en el que en los últimos tiempos han ido a combatir los más valientes guerreros, aquel de donde nadie que se ha atrevido a entrar ha vuelto con vida. Apenas puedes reconocer sus formas, pues la oscuridad poco más te deja ver. Ya queda menos. Ese pensamiento surca tu cabeza como antídoto de los inmensos dolores que causan tus lesiones.

Estas ya llegando al puente levadizo del castillo, que extrañamente, esta bajado. Una sensación de angustia, muy fuerte, recorre tu cuerpo. Desconfiado, intentas buscar la trampa que debe esconderse en este lugar, aunque, ciertamente, no encuentras nada que te impida continuar. Así, te aventuras a pasar el puente y las resentidas maderas empiezan a quejarse, a crujir. Echas a correr, pues no te dan demasiada confianza, pero una tabla ya demasiado cansada cede y caes por el hueco que deja, quedándote atascado a la altura del pecho. Tu armadura, doblada por el golpe, ha salvado tu corazón, pero la madera se ha clavado en tu pierna y sangras ahora aun más abundantemente. Te sientes francamente dolorido, pero decides continuar, no llegaste hasta aquí para detenerte ahora.

Entras en la fortaleza que, ante tu asombro, tiene la reja alzada. Nada mas entrar observas que es inmensa, no parece tener fin, las torres son descomunales. Te diriges a la que hay a tu derecha. Caminas despacio, muy despacio. Conforme avanzas, la niebla parece hacerse cada vez mayor, mas y más densa. Estas ya llegando al torreón cuando, justo delante de ti y sin haber podido percatarte, aparece un caballero, vestido con una negra armadura, dispuesto a batirse contigo. Empuñas tu espada y el alza la suya. Se aplica con destreza, izquierda, derecha, izquierda. Sin embargo, sus movimientos te perturban, parece bien entrenado en la misma escuela en la que tu fuiste adiestrado, no sabías que había caballeros instruidos por Doya Sim que luchasen contra el rey. Este descubrimiento que causa en ti un pequeño lapsus que el tenebroso caballero aprovecha con un rápido movimiento, alcanzándote en el brazo izquierdo, ¡Aaahhhhh!, gritas, pero no puedes dejar de defenderte, pues sino acabaría rápidamente contigo. Derecha, izquierda, derecha. Intentas centrarte en la lucha, pero de nuevo consigue alcanzarte, esta vez en el hombro. Te ves impotente, ahora si que parece tu final, el siniestro caballero se lanza a por ti con una fuerza inusitada, de la que tu apenas si puedes contrarrestarle. Sin embargo, en un certero movimiento, te revuelves y consigues con tu espada atravesar su armadura, su pecho y el oscuro caballero cae inerte. Le has vencido, pero ya no te quedan mas fuerzas, y tú también caes exhausto, aunque con una sonrisa en la boca.

[...], 6, 5, 4, 3, 2, 1, 0. GAME OVER.

 

cecilio santiago alcalde 00

 

VOLVER