revolución

 

Otra noche, soñé con un escenario diferente. Finales del invierno, calles embarradas, muros repletos de carteles y pintadas, el temor pintado en el rostro de los escasos viandantes, la autoridad nerviosa, los cenáculos de descontentos hirviendo, a punto de estallar. La víspera de una revolución.

 

No sé bien cual es la causa: represión contra una manifestación estudiantil, medidas impopulares de un gobierno fraudulento, el perdón para algún criminal de guerra cuyos males aún no se han olvidado... La televisión elude los hechos, la prensa está dividida y se cruzan los ataques dialécticos, la oposición política comprada o inoperante: la única solución está en el pueblo. Los intelectuales liberales, tan a menudo denostados, tratan de cobrar protagonismo dando a la lucha tintes de heroísmo y necesidad histórica. Los líderes sindicales, menos dados a la verbosidad, abogan por una postura de fuerza. La clase media, sin el consuelo de una cultural estatal dirigida y sin el consuelo del clero, que se ha ocultado temiendo caer el primero ante el descontento de las ineptas clases populares, se limita a esperar.

Como ingeniero de los altos hornos de esta ciudad industrial, acallo a mi conciencia comprometida y me obligo a ir al trabajo como cada mañana. Hace frío, y me temo que mi gabardina no está resultando efectiva contra los rigores del invierno continental, acostumbrado como estoy al más cálido invierno del sur del continente. Mi paso rápido, balizado en todo momento por el vapor de agua condensado que exhalo al respirar con frenesí, trata de llevarme con rapidez a la fábrica, lo que no me impide vislumbrar de reojo el penoso estado de la ciudad. Sucia y oscura, reflejaba el estado de crispación de la política del país. No pude evitar mirar fijamente a un grupo de funcionarios que retiraban con evidente desencanto la gran cantidad de carteles antigubernamentales y de protesta que de mala manera habían sido prendidos a los ladrillos de arcilla roja del exterior de un vetusto almacén abandonado. El asfalto de la calzada, brillante por la lluvia allí donde no se acumulaba el barro reblandecido en los numerosos baches, refleja la luz insuficiente de unas lámparas eléctricas anticuadas, que coronaban a unas estropeadas pero aún hermosas columnas de hierro labrado, contradicción sólo posible en un país cerrado al progreso tecnológico y anclado en un esplendoroso pasado aristocrático y colonial. Por enésima vez en los últimos meses, me pregunté cómo había podido yo asentir en completar mi formación técnica en ese reducto del ancient régime.

Al encarar la perspectiva de la anchísima avenida que había de conducirme a la fábrica, pude vislumbrar el primer jirón de amanecer en el horizonte. Renové la intensidad de mi caminar, que mantuve hasta que mi vista reparó en un cartel que no había visto antes. No era de extrañar: mostraba la superficie de poliester del mismo una composición digitalizada que mostraba como tema central la ‘Libertad’ de Delacroix, pixelada de tal forma que sólo el contorno original permanecía. El conjunto había sido impreso en la pasta de papel sintético antes de que ésta se secara, con tinta mate de alta calidad. Tales atributos denotaban un origen foráneo del cartel, y no tardé en localizar en la esquina inferior izquierda el estilizado y archiconocido logotipo de la Corporación Internacional de Agitación Política. Eché a correr.

En una hora, había enviado un tele-documento vía satélite, que por los cauces apropiados había de hacer llegar a la empresa en la que trabajaba mi renuncia, recogido mi escaso guardarropa y mi maletín personal, y tomado el expreso que en la frontera del país había de enlazar con el alta velocidad que finalmente me conduciría a la megalópolis de la que nunca debería haber salido. Tuve pesadillas durante las veintiocho horas de viaje suspendido, y al llegar a la arcología en que resido tuve que ser sometido a regeneración neuronal.

En los meses siguientes transcribí mis experiencias en el desaparecido país NW337, y durante diecisiete horas fui el humano más popular de la mega-red. Y es que no todo el mundo puede vivir el inicio de una revolución apoyada por la CIAP y luego contarlo.

 

antonio d. vizcaino gómez 98

 

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