jueves, 30 de diciembre

 

Jueves, 30 de diciembre de 1999. Ocho horas y siete minutos de la noche. Acababa de terminar mi jornada laboral y estaba recogiendo mis cosas, algo cabizbajo, dubitativo, las iba guardando en mi maletín. No había sido un buen día. Desde hace tres semanas, cuando me dejó, ningún día era bueno. Hoy no fue una excepción.

"Paco, ¿si quieres te llevo a casa?", se alzó una voz proveniente de un hombre mayor, gordo, con una papada notable en una cara de por si ya redondeada, cuyo profuso bigote blanco daba un toque de solemnidad, vestido con un traje gris y una corbata de llamativos dibujos. Era Andrés Suárez, jefe de coordinación de mi sección, un hombre duro en el trabajo, pero buen conversador y persona de confianza fuera de este. Quizás en algunas ocasiones adoptase posturas excesivamente paternalistas, pero es que "no puedo ver desorientada a mi gente", decía siempre él. "No, gracias Andrés, pero prefiero darme un paseo", mascullé de forma algo insegura. "Juan Francisco García, ¿seguro que no quiere que le lleve?", insistió él, atronador, con mirada inquisitiva, mientras se atusaba el bigote. "No, de verdad Andrés", respondí algo agobiado. Él continuaba mirándome. "Te lo agradezco, pero tengo ganas de andar un rato, para despejarme", terminé la frase con un poco mas de convicción que pareció suficiente. "Esta bien, como quieras", relajando su expresión Andrés, que con un ademán y una sonrisa franca se despidió. "Hasta mañana", dije.

Una vez hube terminado de recoger mis cosas, mi abrigo y mi paraguas, abandone el edificio despidiéndome de los guardias de seguridad, que a estas horas eran ya los únicos que quedaban aquí. No había sido un buen día. Desde hace veintidós días, cuando me dejo, ningún día era bueno. Hoy no fue una excepción.

Ayer un buen amigo celebró su cumpleaños, en su piso recién comprado, situado en una zona céntrica y aun sin amueblar. Veintinueve años cumplía, dos menos que yo. Dos años, cinco meses y siete días exactamente. Sebastián, "Sebas" para todo el mundo, es un tipo muy popular, bastante famoso por sus fiestas y celebraciones báquicas en general. La de ayer fue una fiesta divertida, o al menos eso creo, había un montón de peña, de la universidad, del instituto y otros amigos y amigas de él que yo desconocía. Hablé con cantidad de gente que hacía bastante tiempo que no veía. Probablemente lo pasaría bien, probablemente. También había alcohol, seguro. Yo ingerí demasiado, por cierto. Por eso no recuerdo de prácticamente nada de lo que allí acaeció; por eso me dolía la cabeza esta mañana, tanto que no pude soliviantarme ni con una sobredosis de aspirinas; por eso la ropa que me puse esa noche se encontraba tirada por el suelo, dando un aspecto pintoresco mi habitación; por eso mi estomago se estuvo quejando todo el día, impidiéndome tomar bocado; por eso, cuando bajé al garaje a coger el coche, lo encontré con un arañazo en la puerta trasera derecha y la batería descargada... me había dejado las luces encendidas, el interruptor de estas lo delataba; por eso llegué tarde al trabajo, dos horas y media, provocando la natural ira de mi jefe de coordinación; por eso Andrés se irritó tanto cuando vio que mis informes eran incompletos y que debían estar listos para mañana; por eso había comprado café capuchino, pues tenía una larga noche por delante.

Un rayo relampagueó con gran intensidad y tronó con mayor furia aún. A continuación llegaron otros. Malos tiempos, pensé mientras miraba al cielo, ennegrecido. No había sido un buen día. Desde el miércoles ocho de diciembre, cuando me dejo, ningún día era bueno. Hoy no fue una excepción.

Empezaron a caer unas tímidas gotas, que rápidamente se convirtieron en chaparrón. Los numerosos viandantes que había automáticamente sacaron sus paraguas y se parapetaron tras ellos, yo inmediatamente cloné la acción realizada por estos. Para mi desgracia, uno de los ganchos que sujetaban la lona en las varillas cedió y, roto, el paraguas no cumplía correctamente su función, no pudiéndome esconder totalmente en él. Algunas gotas caían en mi cuerpo humedeciendo mi chaqueta. La gente avanzaba ahora con mayor rapidez, los más pequeños, generalmente desprovistos de cualquier instrumento que les diese cobertura aparte de sus ropas, corrían por la calle para escapar del bombardeo hidrógeno-oxigenado que se estaba produciendo. Yo, en cambio, me refugié debajo de una terraza, contemplando en una tienda de ropa con un interminable escaparate, a un maniquí vestido con un magnifico traje azul y que se apoyaba en un paraguas, seguro que en mejor estado que el mío. Seguro que tiene mejor aspecto que yo, seguro.

Comienzo a avanzar lentamente hacia casa, ya que no parece que vaya a escampar. La lluvia, al final de la tarde, es un elemento incentivador de la economía, pienso. Si no me creen, observen el fenómeno que ocurre normalmente. La gente, ante tal diluvio, rápidamente entra en las cafeterías, con renovados ánimos tertulianos motivados únicamente por la caída incesante del liquido elemento. O el aumento espectacular de cinéfilos, que prefieren pagar por hora y media de entretenimiento, incluyendo un cambio en el estado climático a su salida del espectáculo. Por otra parte, también los taxistas se aprovechan de estas circunstancias, con un crecimiento exponencial de su clientela. Una gran cantidad de individuos esperan algún taxi que les lleve a su casa. Mi corazón late con mayor fuerza y velocidad. Me parece verla al otro lado de la calle. Su pelo moreno y su figura delgada y estilizada. Pero mi deficiente visión, incapaz de reconocer cara alguna a mas de tres metros, me impide asegurar que sea ella. En ese momento, alza su brazo. Yo realizo gestos, intentando que me vea. Ni caso. Cruzo lo más rápido que puedo la calle, mientras con torpes movimientos intento ponerme mis lentes, pero ante mi desesperación, ella ya ha subido a un taxi que la aleja nuevamente de mí. Numerosas gotas de lluvia resbalan por el cristal de mis gafas y en mi cara mientras veo al auto marcharse. Mi paraguas, roto, se encuentra tirado al otro lado de la calle. De repente, una mano se apoya en mi hombro de forma conocida y cálida. Me giro violentamente, es ella. "Creí que eras tú", entrecortado dije, bastante nervioso. "Lo sé, te he visto", respondió ella, con una fina sonrisa. Subo mi mano a su cara, suavemente, y paso mi dedo pulgar por la comisura de sus labios y sus mejillas humedecidas.

Quizás hoy fuese un buen día...

 

cecilio santiago alcalde 99

 

VOLVER