¿Quienes somos
los Capuchinos?
Es
una
pregunta, cuya repuesta plena la tendrás, cuando hayas leído todas las
respuestas. Y aun después de leerlo todo te añadiría que sólo lo que se
experimenta se conoce. Sólo viviendo y comprometiéndose con la vocación Capuchina,
uno logrará tener un conocimiento claro de esta vocación.
De
momento, sólo quiero decirte algunos detalles elementales:
Somos
hijos de San Francisco de Asís, a quien ya conoces un poco.
Somos
una comunidad que desea vivir con los pobres y no con los grandes del mundo.
Tratamos
de comunicarnos con Dios en la oración, llamada de contemplación. Una buena
parte de nuestro día lo empleamos en orar con Jesús al Padre, movidos por el
Espíritu Santo.
El
resto del día, dedicado a otras ocupaciones, queremos vivirlo con el corazón en
el cielo, pero también con los pies en la tierra.
Somos
una comunidad de hermanos, vivimos en familia, compartiendo el pan, el trabajo,
la oración, y comunicándonos nuestras inquietudes por el Reino de Dios.
Hemos
sido enviados por Dios al mundo como misioneros, para enseñar con el ejemplo y
la Palabra de Dios, el Evangelio.
Nos
gusta compartir nuestra vida con los pobres, con los marginados, y con la gente
que es despreciada por los grandes del mundo.
Queremos
vivir como Jesús nos lo ha revelado en el Evangelio: en sencillez, pobreza y
humildad; confiando en Dios y anunciando la paz a todos. Una paz, basada en la
justicia y en la fraternidad universal.
Nos
sentimos especialmente unidos a la Pasión de Jesús y a la Eucaristía.
Tenemos
una gran devoción a Maria, la Madre del divino Pastor. Esta devoción evoca en
nosotros nuestra vocación misionera.
Nuestra
comunidad Capuchina aparece en la historia el año 1528; pero las raíces llegan
hasta San Francisco, de quien recibimos su savia evangélica, su espiritualidad,
nuestra razón de ser y de vivir. Por eso, decimos categóricamente que San
Francisco de Asís es nuestro Fundador, nuestro Padre, nuestra norma de vida.
Somos
parte de la familia que nació del corazón de Francisco, y que en 1518 primero y
en 1528 después, se transformo en una triple forma de comprender el mensaje de Cristo:
los Conventuales, los Observantes y los Capuchinos.
Ya
conoces a San Francisco. Toda su vida es una maravillosa entrega al Evangelio,
a Cristo crucificado, a los pobres, viviendo con sus hijos, como lo hicieron
Jesús y los
Apóstoles.
Su conversión marca con fuerza evangelizadora un nuevo camino para la Iglesia.
Siendo hijo de la familia más rica de Asís, dejó todos los bienes, la herencia
y hasta sus propios vestidos por seguir a Cristo pobre.
Muchos
le llamaron loco, porque fue capaz a los 20 años, de despreciar el dinero, los
honores, los buenos vestidos las fiestas mundanas y un porvenir cargado de
plata, placeres, poder y honra. Amó tanto a los pobres que por el Evangelio se
hizo uno de ellos; compartió su vida, sobre todo, con los más despreciados, los
leprosos. A uno de ellos, en un momento fuerte de su conversión, lo besó, a
pesar de la enorme repugnancia que sentía su espíritu delicado por estos enfermos.
Llegó
a endiosarse de tal manera que dos años antes de su muerte el Señor le imprimió
en su cuerpo las cinco llagas de Jesús. En el monte Alvernia, meditando en el
amor de Jesús al hombre en su pasión y muerte, Dios dejó en su cuerpo, en sus
manos, en sus pies y en el costado el signo de su entrega total a El.
En
este momento llegó a la comunión plena con Jesús. En estas circunstancias es
cuando Francisco compuso aquella oración, en la que abre su corazón a Dios,
diciéndole:
“Tú
eres el Bien, todo bien, sumo Bien, Señor Dios, vivo y verdadero”.
A
este Francisco seguimos, deseando que su vida y la nuestra, unidos a Cristo,
formen como una sola realidad que testimonie ante el mundo la locura de la
Cruz; y denuncie la pequeñez y mediocridad de los que no piensan más que en
gozar.
Para
entender los orígenes y la razón de ser de los Capuchinos tenemos que tener en
cuenta algo fundamental del franciscanismo: el esfuerzo por llevar a la
práctica con fidelidad el ideal puro de San Francisco.
Nuestro
Padre vivió el Evangelio, movido por el Espíritu, al pie de la letra, con
sencillez. La Palabra de Jesús y su vida tenían en Él una respuesta inmediata;
y esto mismo recomendamos a sus hijos.
Por
otra parte, el Papa y los obispos querían que los hermanos menores, llamados
así los hijos de Francisco colaborasen en la pastoral de sus diócesis para el
mejor bien
de
las gentes, y lucharan contra las herejías. Para esto tenían que vivir en
conventos mas o menos grandes. De ahí brotaron varios interrogantes:
¿Cómo
ser fieles a la Iglesia?
¿Qué
es mejor el testimonio o la eficacia pastoral?
¿Se
podrán utilizar medios de apostolado que nos permitan vivir la pobreza en toda
su radicalidad?
¿Tendrán
que ser los hermanos menores grandes intelectuales para combatir las herejías?
Y
como Éstos, otros interrogantes muy difíciles de darles una respuesta clara.
Con
todo, ya desde el principio de la Orden Franciscana, hubo quienes optaron por
la radicalidad y otros por la eficiencia. En 1517 la Orden se divide en dos
familias: la de los Observantes y la de los Conventuales. Por el nombre mismo
comprendemos cual era su tendencia.
Pero,
entre los Observantes muchos no quedaron conformes con los cambios que se
habían introducido, ansiosos de volver al espíritu de los orígenes de la Orden
Franciscana.
Y
nuevamente entre ellos se suscita una diferencia:
Quienes
creen ya vivir plenamente el ideal de Francisco y quienes desean una reforma,
sin condescendencias.
Esto
duró 10 años. En 1528 el grupo de los que deseaban una reforma consiguen la
aprobación del Papa Honorio III para vivir en radicalidad el Evangelio,
conforme a
la
intuición que de Él había tenido San Francisco.
Y
fueron llamados Capuchinos. Este nombre viene de capucha; pues ellos vistieron
como San Francisco, que utilizó una capucha grande; quisieron identificarse lo
más posible con Él hasta en el porte externo y en el vestido. Este nombre quedó
consagrado para siempre.
El
Espíritu Santo es el que impulsó a la Orden con esta Reforma Capuchina, a fin
de darle a la familia Franciscana nueva vitalidad.
Por
esto, hoy decimos que los Franciscanos somos como un árbol de tres ramas: los
Conventuales, los Observantes y los Capuchinos. Somos tres Órdenes religiosas
con una misma regla; pero, con normas particulares, llamadas constituciones,
que nos distinguen, aunque básicamente tienen el mismo espíritu, pero con
distinta visión de la vida y de la actividad de los hermanos.
La
santidad sólo la conoce Dios. La Iglesia, a algunos de sus hijos, los presenta como
modelos de vida cristiana; a Éstos los llamamos santos canonizados.
La Orden Capuchina tiene 24 santos; todos ellos
son un estimulo para los Capuchinos; nos invitan a mantenernos fieles a nuestro
origen evangélico y Franciscano. Unos son hermanos no sacerdotes; otros son
hermanos sacerdotes; hay para todos los gustos: ignorantes, intelectuales,
diplomáticos, misioneros, mártires, encerrados en el convento, predicadores por
pueblos y ciudades, etc. Pero, todos tienen un mismo espíritu: amor a Cristo
crucificado; a la Virgen, reina pobre; celo apostólico; ofrenda de sus vidas
para la mayor alabanza de Dios; fidelidad al Evangelio, y a la Regla de San
Francisco y a la Constitución de la Orden; deseo de servir a la gente para
anunciarles la belleza de vivir con Dios.
Aparte
de estos 24 santos canonizados, la Orden Capuchina tiene actualmente, unos 100
Capuchinos más, que están en lista y que después de un tiempo seguramente serán
también canonizados. Entre ellos se encuentra el P. Pío de Pietrelcina, que
murió el año 1968, y que retuvo durante 50 años las cinco llagas de Jesucristo,
igual que San Francisco.
Los
santos nos van dando matices originales de la vivencia del carisma Capuchino.
Carisma quiere decir la gracia que el Espíritu Santo da a la Iglesia a través
de una comunidad religiosa. Con la ayuda de Dios cada Capuchino puede asumir el
don de su vocación y vivirlo personalmente desde sus propias cualidades.
Por
eso, no sólo los canonizados, sino cada hermano es un modelo de vivencia de
santidad desde su consagración religiosa Capuchina.
Hay
comunidades religiosas que la actividad es su carisma peculiar. Hay comunidades
dedicadas
a la salud, a la enseñanza, a los hospitales psiquiátricos, etc.
Los
Capuchinos tenemos como prioridad: vivir el Evangelio al estilo de Francisco.
Francisco descubrió, con una gran intuición del Espíritu, los núcleos
fundamentales evangélicos.
Nosotros
al volver a los orígenes del franciscanismo y a San Francisco, los hemos
asumido como características propias de nuestra vida.
Estas
características de los Capuchinos son las siguientes:
QQUEREMOS VIVIR COMO HERMANOS.
Entre
los Capuchinos no hay precedencias ni privilegios. Lo mismo es el último
novicio que el Ministro General. Todos tratan de servir a las necesidades de
los demás, como una madre cuida entrañablemente a su hijo. Amor, respeto y
comprensión, aprecio, bondad y delicadeza se dan cita en el corazón de cada
Capuchino para convertirlo en hermano.
Jesús
nos marcó el camino del hermano: no tengáis a nadie como maestro, jefe o padre,
pues todos sois hermanos y sólo Dios es el Padre, el Maestro y el Jefe. El que
quiera
ser
el mayor, hágase el servidor de todos, hágase el menor.
Por
eso, los Capuchinos somos una comunidad de Hermanos Menores. El orgullo, la
prepotencia y el dominio ceden el paso a la humildad y al servicio fraterno. De
ahí brotan la alegría y la cordialidad. No son posibles ni la envidia, ni la
ambición. Cada uno está contento de ser como Jesús, que vivió fraternalmente
con sus amigos, los Apóstoles.
SEGUNDA CARACTERÍSTICA
El
Capuchino se siente heredero de los tesoros de Francisco: la Dama Pobreza, en
frase
suya, y los pobres.
Francisco
amó a Jesús; y no pudo hacer otra cosa que amar lo que El amó y vivió. Jesús
fue pobre. Abre el Evangelio y te quedarás pasmado ante la pobreza de Jesús.
Francisco
tuvo, por consiguiente, que ser pobre. Y el Capuchino, que trata de pisar las
huellas de Francisco, tiene que ser pobre.
¿Qué
significa ser pobre?
*Ser
pobre es reconocer que todo es regalo de Dios.
Dios
El Bien, todo Bien, sumo Bien, como dice san Francisco. Nada apetece el
Capuchino fuera de Dios. Los bienes de este mundo son basura, en comparación
con Dios apropiarse de las cosas de la tierra, es desperdiciar a Dios, porque,
donde está tu tesoro está tu corazón.
Ser
pobre es optar por la condición social de los desposeídos. Un pobre no puede
aspirar a grandezas, a lujos, a comodidades; el pobre vive sobriamente, no es
amigo
de
los grandes del mundo, no busca lo mejor, sino lo necesario.
Al
optar el Capuchino por la pobreza, usar de los bienes de este mudo como medio
para servir mejor. Los bienes en sí mismos no son un fin.
Siendo
pobre, el Capuchino tiene que ser humilde ante Dios y los hombres. El orgullo
no cabe en un corazón pobre, y la pertenencia a Dios de todas las cosas, le
obliga al Capuchino a no apropiarse de nada para sus intereses personales.
Pero,
no solamente es pobre, sino que se hace amigo y hermano de los pobres. El
capuchino opta por los más necesitados; desea vivir con ellos, compartir su
vida, su dolor
y
su esperanza; y repartir entre ellos los bienes que le sobren.
La
pobreza, el amor y la solidaridad con los pobres ensancha el corazón del
Capuchino hasta el extremo, acogiendo a los enfermos y encarcelados, a los
ancianos y olvidados, a los tristes y solos.
TERCERA CARACTERÍSTICA
Los
Hermanos Capuchinos son esencialmente misioneros. Esta es su actividad
apostólica.
Ser
misionero es recibir el mandato de Jesús: Id por todo el mundo y predicad el
Evangelio. El Capuchino ha renunciado a ser doctor, abogado, ingeniero, para
dedicarse a la causa del Reino de Dios. La mies es mucha, los obreros pocos
esta palabra de Jesús ha penetrado el corazón del Capuchino y le ha convertido
en trabajador apostólico, llevado el pan de la Palabra de Dios a todos los
rincones del mundo; allí donde haya un hombre con hambre de ser creyente de
Jesús.
Dentro
o fuera de su patria, cerca o lejos de su familia, en el campo o en la ciudad,
su voz será la voz del maestro que proclama la Buena Nueva de la salvación.
De
día y de noche estará dispuesto a atender a cualquiera que le requiera para un
servicio pastoral.
Como
enviado por Jesús, no se predicará a si mismo, no buscará un interés personal o
económico; el Capuchino será un mensajero, la voz de Jesús, anunciando su
Reino.
Su
centro de interés estará sólo en Dios y en la salvación del hombre.
D . CUARTA CARACTERÍSTICA.
Jesús
dijo que los árboles buenos producirán frutos buenos. Por eso, el Capuchino
tratará
de ser árbol bueno, contando únicamente con la gracia de Dios. Pero, sabe
también que los buenos frutos sólo se consiguen en la común-unión, o comunión
con Jesús.
Y
nos comunicamos con Jesús por medio de la oración.
El
Capuchino, pues, es un hombre contemplativo.
San
Francisco se retira, como Jesús, a las cuevas, a la montaña, a la soledad, para
unirse a Dios en la oración. Así quiere hacerlo el Capuchino.
Encontrar
a Dios en el interior de su corazón, y allí le hablará. Lo encontrará en la
creación y le alabará por las maravillas de las cosas creadas; verá el rostro
de Dios en cada hombre, sobretodo en cada pobre, y le servirá en ellos; lo
encontrará en las diversas situaciones de la vida, y verá en cada momento un
acto de amor de Dios al hombre, porque todo esto es querido por Dios para el
mayor bien de sus hijos.
En
todo verá a Dios. Sólo se puede llegar a esta contemplación de Dios desde el
amor de la oración.
En
la oración logra el Capuchino ser hermano y pobre; logra entregarse a los
pobres y ser misionero. Y sobre todo logra entrar en la comunión con Dios para
poder orar con Francisco: Tú eres el bien, todo Bien, sumo Bien, Señor Dios,
vivo y verdadero.
En
resumen: la vida del Capuchino es una pasión por el Padre Dios, por su Reino,
por el hombre, sobre todo el más necesitado. De esta forma, será hermano, pobre
y humilde, cercano al pueblo, misionero y contemplativo.
El
Capuchino considera que al vivir por esta causa, merece la pena la consagración
de la vida, arrebatándola de la pequeñez de este mundo sin sentido.
Al
preguntar sobre nuestra misión, entendemos que quieras conocer la razón última
de
nuestra
vida.
Muy
bien: vamos a decírtelo en pocas palabras. Lo que da sentido a nuestra vida es
llevar una vida semejante a la de Jesús, que se refleja en nuestro Padre San
Francisco.
Jesús
nos invita en el Evangelio a seguirle; a ser su discípulo, su amigo incondicional.
Nosotros queremos hacer de nuestra vida el lema de Francisco: Sólo conozco a
Cristo,
pobre
y crucificado.
Queremos
tener fe en Jesús, en su Palabra, en su vida. Y tener fe es confiar en El,
entregarse plenamente a su proyecto; es descubrir la llamada amorosa de Jesús a
participar de su vida y de su misión.
Tenemos
una misión profética; es decir, anunciar de parte de Dios, con nuestra vida y
con la Palabra de Jesús, los bienes del Reino. Al anunciar este Reino de Dios,
con el estilo de vida de Cristo y de Francisco, presentamos al mundo la única
alternativa de salvación. El mundo no tiene solución a sus problemas, si no es
viviendo el Evangelio. Y esta alternativa queremos ser los Capuchinos en el
mundo.
Por
esto y para esto vivimos.
La
renuncia al mundo no provoca en nosotros tristeza; en cambio la entrega a Jesús
nos hace felices. Es nuestra única razón de ser y de vivir.
Esta
es, pues, nuestra misión: ser alternativa de un mundo caduco, creando un mundo,
no mejor, sino nuevo.
Todos
somos Iglesia y formamos la vida consagrada. No somos opuestas las distintas
comunidades, pero tampoco somos iguales. El seguimiento de Jesús nos une a
todos. La consagración religiosa es plenitud de la consagración bautismal.
Cada
comunidad religiosa trata de hacer presente en el mundo un aspecto de la vida de
Jesús: Jesús maestro, Jesús dando la salud a los enfermos, Jesús orante, Jesús
en
su
vida de Nazaret, etc.
Los
Capuchinos tenemos un matiz particular: hemos hecho del Evangelio nuestra forma
de vida. No miramos a las acciones de Jesús, sino a su vida fraterna, la
sencillez
y
el servicio, la oración, como comunión con el misterio de Cristo, pobre y
crucificado, la
preocupación
por la pobreza, teniendo a Dios como única riqueza y confiando en su Providencia;
y la preocupación por los pobres.
Vivencia
de un Evangelio de seguimiento de Jesús y de misión, anunciando el Reino de
Dios que está ya presente en el mundo.
Cualquier
movimiento que trate de revitalizar a la Iglesia, toma muchos elementos de
nuestra vida Capuchina, por ser coincidentes en la suprema norma de vida:
Jesús, Evangelio viviente, que los Capuchinos tenemos como opción primaria y
única de nuestra vida.
¿Cuántos
son los Capuchinos en el mundo?
El
número de los Capuchinos ha variado mucho, a través de la historia. De 700
Capuchinos
en 1536, llegamos a 34.029 en todo el mundo el año 1761. Desde esta
fecha
comenzamos a bajar numéricamente hasta el año 1888, con 7.628 Capuchinos.
Después
hubo un repunte hasta 1952 con 14.605. Desde el año 1970 hemos estado fluctuando.
Actualmente somos unos 11.000 con tendencia a la subida numérica.
Pero,
más que el número, lo que interesa es la calidad; es decir, lo que hoy se
necesita es hermanos que estén dispuestos a vivir el Evangelio hasta las
últimas consecuencias. De esta forma la vida Capuchina se convierte en un
auténtico compromiso profético.
Los
Capuchinos nos encontramos en todos los continentes. En América y en Europa
prácticamente estamos presentes en todas las naciones. En Asia se está notando
un
crecimiento grande, aunque no nos encontremos en todas las naciones.
La
nación que más Capuchinos tiene es Italia. En Roma se encuentra nuestro Superior
General.
Como
Orden misionera, los Capuchinos hemos acogido el mandato de Jesús: id por todo
el mundo y saltando fronteras, al dejar la patria propia, hemos fundado
misiones en países, a los que no ha llegado la fe; y hemos reforzado la Orden
en lugares con un pueblo creyente, pero con escaso número de Capuchinos.
Un
gran sentido de familia nos une a todos los Capuchinos, de forma que en
cualquier parte del mundo, con sólo el documento de nuestra identidad
Capuchina, somos acogidos fraternalmente, como si nos hubiéramos conocido de
siempre.
Con
estos datos sobre la Comunidad Capuchina, quizás hayas logrado ya un conocimiento
sobre nuestra vida y actividad.
Los
hemos presentado con la única finalidad de que conozcas este carisma Capuchino.
La Iglesia se enriquece con los carismas de las distintas comunidades
religiosas, pues es el Espíritu quien se las regala.
Quizás
Dios, que es el único que toca el corazón del hombre para el bien, al descubrir
el carisma de San Francisco que vivimos los Capuchinos, haya movido tu corazón
y te haya animado a seguir el camino franciscano en nuestra Orden.
Si
es así, estamos con los brazos abiertos para recibirte en nuestro Aspirantado y
para animarte y ayudarte en tu recorrido vocacional.
Cuenta
con los Hnos. Capuchinos, que quieren ser, más que tus amigos, tus hermanos.