JOSEMARÍA ESCRIVÁ DE BALAGUER, FUNDADOR DEL OPUS DEI

SAN JOSEMARÍA ESCRIVÁ

FUNDADOR DEL OPUS DEI

Josemaría Escrivá de Balaguer (1902-1975)

Las 12 mejores páginas sobre el Opus Dei

 

 

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BIOGRAFÍA DEL FUNDADOR DEL OPUS DEI

Un hogar luminoso y alegre

Josemaría Escrivá de Balaguer nace en Barbastro (España), el 9 de enero de 1902, segundo de los seis hijos que tuvieron José Escrivá y María Dolores Albás. Sus padres, fervientes católicos, le llevaron a la pila bautismal el día 13 del mismo mes y año, y le transmitieron —en primer lugar, con su vida ejemplar— los fundamentos de la fe y las virtudes cristianas: el amor a la Confesión y a la Comunión frecuentes, el recurso confiado a la oración, la devoción a la Virgen Santísima, la ayuda a los más necesitados.

El Beato Josemaría crece como un niño alegre, despierto y sencillo, travieso, buen estudiante, inteligente y observador. Tenía mucho cariño a su madre y una gran confianza y amistad con su padre, quien le invitaba a que con libertad le abriese el corazón y le contase sus preocupaciones, estando siempre disponible para responder a sus consultas con afecto y prudencia. Muy pronto, el Señor comienza a templar su alma en la forja del dolor: entre 1910 y 1913 mueren sus tres hermanas más pequeñas, y en 1914 la familia experimenta, además, la ruina económica. En 1915, los Escrivá se trasladan a Logroño, donde el padre ha encontrado un empleo que le permitirá sostener modestamente a los suyos.

En el invierno de 1917-18 tiene lugar un hecho que influirá decisivamente en el futuro de Josemaría Escrivá: durante las Navidades, cae una intensa nevada sobre la ciudad, y un día ve en el suelo las huellas heladas de unos pies sobre la nieve; son las pisadas de un religioso carmelita que caminaba descalzo. Entonces, se pregunta: —Si otros hacen tantos sacrificios por Dios y por el prójimo, ¿no voy a ser yo capaz de ofrecerle algo? De este modo, surge en su alma una inquietud divina: Comencé a barruntar el Amor, a darme cuenta de que el corazón me pedía algo grande y que fuese amor. Sin saber aún con precisión qué le pide el Señor, decide hacerse sacerdote, porque piensa que de ese modo estará más disponible para cumplir la voluntad divina. 

 

La ordenación sacerdotal

Terminado el Bachillerato, comienza los estudios eclesiásticos en el Seminario de Logroño y, en 1920, se incorpora al de Zaragoza, en cuya Universidad Pontificia completará su formación previa al sacerdocio. En la capital aragonesa cursa también —por sugerencia de su padre y con permiso de los superiores eclesiásticos— la carrera universitaria de Derecho. Su carácter generoso y alegre, su sencillez y serenidad hacen que sea muy querido entre sus compañeros. Su esmero en la vida de piedad, en la disciplina y en el estudio sirve de ejemplo a todos los seminaristas, y en 1922, cuando sólo tenía veinte años, el Arzobispo de Zaragoza le nombra Inspector del Seminario.

Durante aquel periodo transcurre muchas horas rezando ante el Señor Sacramentado —enraizando hondamente su vida interior en la Eucaristía— y acude diariamente a la Basílica del Pilar, para pedir a la Virgen que Dios le muestre qué quiere de él: Desde que sentí aquellos barruntos de amor de Dios —afirmaba el 2 de octubre de 1968—, dentro de mi poquedad busqué realizar lo que El esperaba de este pobre instrumento. (...) Y, entre aquellas ansias, rezaba, rezaba, rezaba en oración continua. No cesaba de repetir: Domine, ut sit!, Domine, ut videam!, como el pobrecito del Evangelio, que clama porque Dios lo puede todo. ¡Señor, que vea! ¡Señor, que sea! Y también repetía, (...) lleno de confianza hacia mi Madre del Cielo: Domina, ut sit!, Domina, ut videam! La Santísima Virgen siempre me ha ayudado a descubrir los deseos de su Hijo.

El 27 de noviembre de 1924 fallece don José Escrivá, víctima de un síncope repentino. El 28 de marzo de 1925, Josemaría es ordenado sacerdote por Mons. Miguel de los Santos Díaz Gómara, en la iglesia del Seminario de San Carlos de Zaragoza, y dos días después celebra su primera Misa solemne en la Santa Capilla de la Basílica del Pilar; el 31 de ese mismo mes, se traslada a Perdiguera, un pequeño pueblo de campesinos, donde ha sido nombrado regente auxiliar en la parroquia.

En abril de 1927, con el beneplácito de su Arzobispo, comienza a residir en Madrid para realizar el doctorado en Derecho Civil, que entonces sólo podía obtenerse en la Universidad Central de la capital de España. Aquí, su celo apostólico le pone pronto en contacto con gentes de todos los ambientes de la sociedad: estudiantes, artistas, obreros, intelectuales, sacerdotes. En particular, se entrega sin descanso a los niños, enfermos y pobres de las barriadas periféricas.

Al mismo tiempo, sostiene a su madre y hermanos impartiendo clases de materias jurídicas. Son tiempos de grandes estrecheces económicas, vividos por toda la familia con dignidad y buen ánimo. El Señor le bendijo con abundantes gracias de carácter extraordinario que, al encontrar en su alma generosa un terreno fértil, produjeron abundantes frutos de servicio a la Iglesia y a las almas.

 

Fundación del Opus Dei

El 2 de octubre de 1928 nace el Opus Dei. El Beato Josemaría está realizando unos días de retiro espiritual, y mientras medita los apuntes de las mociones interiores recibidas de Dios en los últimos años, de repente ve —es el término con que describirá siempre la experiencia fundacional— la misión que el Señor quiere confiarle: abrir en la Iglesia un nuevo camino vocacional, dirigido a difundir la búsqueda de la santidad y la realización del apostolado mediante la santificación del trabajo ordinario en medio del mundo sin cambiar de estado. Pocos meses después, el 14 de febrero de 1930, el Señor le hace entender que el Opus Dei debe extenderse también entre las mujeres.

Desde este momento, el Beato Josemaría se entrega en cuerpo y alma al cumplimiento de su misión fundacional: promover entre hombres y mujeres de todos los ámbitos de la sociedad un compromiso personal de seguimiento de Cristo, de amor al prójimo, de búsqueda de la santidad en la vida cotidiana. No se considera un innovador ni un reformador, pues está convencido de que Jesucristo es la eterna novedad y de que el Espíritu Santo rejuvenece continuamente la Iglesia, a cuyo servicio ha suscitado Dios el Opus Dei. Sabedor de que la tarea que le ha sido encomendada es de carácter sobrenatural, hunde los cimientos de su labor en la oración, en la penitencia, en la conciencia gozosa de la filiación divina, en el trabajo infatigable. Comienzan a seguirle personas de todas las condiciones sociales y, en particular, grupos de universitarios, en quienes despierta un afán sincero de servir a sus hermanos los hombres, encendiéndolos en el deseo de poner a Cristo en la entraña de todas las actividades humanas mediante un trabajo santificado, santificante y santificador. Éste es el fin que asignará a las iniciativas de los fieles del Opus Dei: elevar hacia Dios, con la ayuda de la gracia, cada una de las realidades creadas, para que Cristo reine en todos y en todo; conocer a Jesucristo; hacerlo conocer; llevarlo a todos los sitios. Se comprende así que pudiera exclamar: Se han abierto los caminos divinos de la tierra.

 

Expansión apostólica

En 1933, promueve una Academia universitaria porque entiende que el mundo de la ciencia y de la cultura es un punto neurálgico para la evangelización de la sociedad entera. En 1934 publica —con el título de Consideraciones espirituales— la primera edición de Camino, libro de espiritualidad del que hasta ahora se han difundido más de cuatro millones y medio de ejemplares, con 372 ediciones, en 44 lenguas.

El Opus Dei está dando sus primeros pasos cuando, en 1936, estalla la guerra civil española. En Madrid arrecia la violencia antirreligiosa, pero don Josemaría, a pesar de los riesgos, se prodiga heroicamente en la oración, en la penitencia y en el apostolado. Es una época de sufrimiento para la Iglesia; pero también son años de crecimiento espiritual y apostólico y de fortalecimiento de la esperanza. En 1939, terminado el conflicto, el Fundador del Opus Dei puede dar nuevo impulso a su labor apostólica por toda la geografía peninsular, y moviliza especialmente a muchos jóvenes universitarios para que lleven a Cristo a todos los ambientes y descubran la grandeza de su vocación cristiana. Al mismo tiempo se extiende su fama de santidad: muchos Obispos le invitan a predicar cursos de retiro al clero y a los laicos de las organizaciones católicas. Análogas peticiones le llegan de los superiores de diversas órdenes religiosas, y él accede siempre.

En 1941, mientras se encuentra predicando un curso de retiro a sacerdotes de Lérida, fallece su madre, que tanto había ayudado en los apostolados del Opus Dei. El Señor permite que se desencadenen también duras incomprensiones en torno a su figura. El Obispo de Madrid, S.E. Mons. Eijo y Garay, le hace llegar su más sincero apoyo y concede la primera aprobación canónica del Opus Dei. El Beato Josemaría sobrelleva las dificultades con oración y buen humor, consciente de que «todos los que quieren vivir piadosamente en Cristo Jesús serán perseguidos» (2 Tm 3,12), y recomienda a sus hijos espirituales que, ante las ofensas, se esfuercen en perdonar y olvidar: callar, rezar, trabajar, sonreír.

En 1943, por una nueva gracia fundacional que recibe durante la celebración de la Misa, nace —dentro del Opus Dei— la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz, en la que se podrán incardinar los sacerdotes que proceden de los fieles laicos del Opus Dei. La plena pertenencia de fieles laicos y de sacerdotes al Opus Dei, así como la orgánica cooperación de unos y otros en sus apostolados, es un rasgo propio del carisma fundacional, que la Iglesia ha confirmado en 1982, al determinar su definitiva configuración jurídica como Prelatura personal. El 25 de junio de 1944 tres ingenieros —entre ellos Álvaro del Portillo, futuro sucesor del Fundador en la dirección del Opus Dei— reciben la ordenación sacerdotal. En lo sucesivo, serán casi un millar los laicos del Opus Dei que el Beato Josemaría llevará al sacerdocio.

La Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz —intrínsecamente unida a la Prelatura del Opus Dei— desarrolla también, en plena sintonía con los Pastores de las Iglesias locales, actividades de formación espiritual para sacerdotes diocesanos y candidatos al sacerdocio. Los sacerdotes diocesanos también pueden formar parte de la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz, manteniendo inalterada su pertenencia al clero de las respectivas diócesis.

 

Espíritu Romano y universal

Apenas vislumbró el fin de la guerra mundial, el Beato Josemaría comienza a preparar el trabajo apostólico en otros países, porque —insistía— quiere Jesús su Obra desde el primer momento con entraña universal, católica. En 1946 se traslada a Roma, con el fin de preparar el reconocimiento pontificio del Opus Dei. El 24 de febrero de 1947, Pío XII concede el decretum laudis; y el 16 de junio de 1950, la aprobación definitiva. A partir de esta fecha, también pueden ser admitidos como Cooperadores del Opus Dei hombres y mujeres no católicos y aun no cristianos, que ayuden con su trabajo, su limosna y su oración a las labores apostólicas.

La sede central del Opus Dei queda establecida en Roma, para subrayar de modo aún más tangible la aspiración que informa todo su trabajo: servir a la Iglesia como la Iglesia quiere ser servida, en estrecha adhesión a la cátedra de Pedro y a la jerarquía eclesiástica. En repetidas ocasiones, Pío XII y Juan XXIII le hacen llegar manifestaciones de afecto y de estima; Pablo VI le escribirá en 1964 definiendo el Opus Dei como «expresión viva de la perenne juventud de la Iglesia».

También esta etapa de la vida del Fundador del Opus Dei se ve caracterizada por todo tipo de pruebas: a la salud afectada por tantos sufrimientos (padeció una grave forma de diabetes durante más de diez años: hasta 1954, en que se curó milagrosamente), se añaden las estrecheces económicas y las dificultades relacionadas con la expansión de los apostolados por el mundo entero. Sin embargo, su semblante rebosa siempre alegría, porque la verdadera virtud no es triste y antipática, sino amablemente alegre. Su permanente buen humor es un continuo testimonio de amor incondicionado a la voluntad de Dios.

El mundo es muy pequeño, cuando el Amor es grande: el deseo de inundar la tierra con la luz de Cristo le lleva a acoger las llamadas de numerosos Obispos que, desde todas las partes del mundo, piden la ayuda de los apostolados del Opus Dei a la evangelización. Surgen proyectos muy variados: escuelas de formación profesional, centros de capacitación para campesinos, universidades, colegios, hospitales y dispensarios médicos, etc. Estas actividades —un mar sin orillas, como le gusta repetir—, fruto de la iniciativa de cristianos corrientes que desean atender, con mentalidad laical y sentido profesional, las concretas necesidades de un determinado lugar, están abiertas a personas de todas las razas, religiones y condiciones sociales, porque su clara identidad cristiana se compagina siempre con un profundo respeto a la libertad de las conciencias.

En cuanto Juan XXIII anuncia la convocatoria de un Concilio Ecuménico, comienza a rezar y a hacer rezar por el feliz éxito de esa gran iniciativa que es el Concilio Ecuménico Vaticano II, como escribe en una carta de 1962. En aquellas sesiones, el Magisterio solemne confirmará aspectos fundamentales del espíritu del Opus Dei: la llamada universal a la santidad; el trabajo profesional como medio de santidad y apostolado; el valor y los límites legítimos de la libertad del cristiano en las cuestiones temporales, la Santa Misa como centro y raíz de la vida interior, etc. El Beato Josemaría se encuentra con numerosos Padres conciliares y Peritos, que ven en él un auténtico precursor de muchas de las líneas maestras del Vaticano II. Profundamente identificado con la doctrina conciliar, promueve diligentemente su puesta en práctica a través de las actividades formativas del Opus Dei en todo el mundo.

 

Santidad en medio del mundo 

De lejos —allá, en el horizonte— el cielo se junta con la tierra. Pero no olvides que donde de veras la tierra y el cielo se juntan es en tu corazón de hijo de Dios. La predicación del Beato Josemaría subraya constantemente la primacía de la vida interior sobre la actividad organizativa: Estas crisis mundiales son crisis de santos, escribió en Camino; y la santidad requiere siempre esa compenetración de oración, trabajo y apostolado que denomina unidad de vida y de la que su propia conducta constituye el mejor testimonio.

Estaba profundamente convencido de que para alcanzar la santidad en el trabajo cotidiano, es preciso esforzarse para ser alma de oración, alma de profunda vida interior. Cuando se vive de este modo, todo es oración, todo puede y debe llevarnos a Dios, alimentando ese trato continuo con Él, de la mañana a la noche. Todo trabajo puede ser oración, y todo trabajo, que es oración, es apostolado.

La raíz de la prodigiosa fecundidad de su ministerio se encuentra precisamente en la ardiente vida interior que hace del Beato Josemaría un contemplativo en medio del mundo: una vida interior alimentada por la oración y los sacramentos, que se manifiesta en el amor apasionado a la Eucaristía, en la profundidad con que vive la Misa como el centro y la raíz de su propia vida, en la tierna devoción a la Virgen María, a San José y a los Ángeles Custodios; en la fidelidad a la Iglesia y al Papa.

 

El encuentro definitivo con la Santísima Trinidad

En los últimos años de su vida, el Fundador del Opus Dei emprende viajes de catequesis por numerosos países de Europa y de América Latina: en todas partes, mantiene numerosas reuniones de formación, sencillas y familiares —aun cuando con frecuencia asisten miles de personas para escucharlo—, en las que habla de Dios, de los sacramentos, de las devociones cristianas, de la santificación del trabajo, de amor a la Iglesia y al Papa. El 28 de marzo de 1975 celebra el jubileo sacerdotal. Aquel día su oración es como una síntesis de toda su vida: A la vuelta de cincuenta años, estoy como un niño que balbucea: estoy comenzando, recomenzando, en mi lucha interior de cada jornada. Y así, hasta el final de los días que me queden: siempre recomenzando.

El 26 de junio de 1975, a mediodía, el Beato Josemaría muere en su habitación de trabajo, a consecuencia de un paro cardiaco, a los pies de un cuadro de la Santísima Virgen a la que dirige su última mirada. En ese momento, el Opus Dei se encuentra presente en los cinco continentes, con más de 60.000 miembros de 80 nacionalidades. Las obras de espiritualidad de Mons. Escrivá de Balaguer (Camino, Santo Rosario, Conversaciones con Monseñor Escrivá de Balaguer, Es Cristo que pasa, Amigos de Dios, La Iglesia, nuestra Madre, Via Crucis, Surco, Forja) se han difundido en millones de ejemplares.

Después de su fallecimiento, un gran número de fieles pide al Papa que se abra su causa de canonización. El 17 de mayo de 1992, en Roma, S.S. Juan Pablo II eleva a Josemaría Escrivá a los altares, en una multitudinaria ceremonia de beatificación. El 21 de septiembre de 2001, la Congregación Ordinaria de Cardenales y Obispos miembros de la Congregación para las Causas de los Santos, confirma unánimemente el carácter milagroso de una curación y su atribución al Beato Josemaría. La lectura del relativo decreto sobre el milagro ante el Romano Pontífice, tiene lugar el 20 de diciembre. El 26 de febrero de 2002, Juan Pablo II preside el Consistorio Ordinario Público de Cardenales y, oídos los Cardenales, Arzobispos y Obispos presentes, establece que la ceremonia de Canonización del Beato Josemaría Escrivá se celebre el 6 de octubre de 2002.

  

CRONOLOGÍA DE LA CAUSA DE CANONIZACIÓN
DEL FUNDADOR DEL OPUS DEI

1975-1980: Desde la muerte de Mons. Escrivá de Balaguer, acaecida el 26 de junio de 1975, la Postulación de la Causa recibe un gran número de testimonios en los que personas de diversos países recogen los recuerdos del trato que tuvieron con Josemaría Escrivá. También comienzan a llegar miles de narraciones de favores atribuidos a su intercesión, que ponen de manifiesto la extensión de la devoción privada a Josemaría Escrivá.. 

1980: En conformidad con el plazo establecido por las normas de la Congregación para las Causas de los Santos, al cumplirse el quinto aniversario de la muerte de Mons. Escrivá, la Postulación solicita la introducción de la causa de Beatificación y Canonización. La petición se presenta en el Vicariato de Roma, donde correspondía hacerlo por haber fallecido Mons. Escrivá en esa ciudad.

1981: El 30 de enero, la Congregación para las Causas de los Santos, tras un detenido estudio de la documentación que le ha presentado el Vicariato de Roma, da el Nihil obstat para que el Cardenal Vicario promulgue el Decreto de introducción de la causa. El 5 de febrero, el Papa ratifica la decisión de la Congregación, y el 19 de febrero, el Card. Poletti, Vicario de Roma, publica el correspondiente Decreto.

El 14 de marzo, la Congregación da su conformidad para que, además del Tribunal que se constituirá en el Vicariato de Roma, el Arzobispo de Madrid erija otro para recibir las declaraciones de los testigos que residen en España o prefieran testificar en español.

El 12 de mayo tiene lugar en Roma la apertura del proceso romano sobre la vida y virtudes del Siervo de Dios. El 18 de mayo se abre en Madrid, bajo la presidencia del Card. Enrique y Tarancón, el proceso que ha de llevar a cabo el Tribunal constituido en esta diócesis.

1982: El 21 de enero, el Card. Enrique y Tarancón preside la constitución de otro Tribunal que instruirá un proceso para estudiar una presunta curación milagrosa y su atribución a la intercesión del Siervo de Dios. El hecho ocurrió en 1976, en la persona de una religiosa que estaba enferma de cáncer en fase terminal y recuperó la salud repentinamente. El 3 de abril, también con la presidencia del Arzobispo de Madrid, se clausura este proceso, y la copia auténtica de sus actas se envía a la Congregación para las Causas de los Santos.

1984: El 26 de junio, Mons. Angel Suquía, nuevo Arzobispo de Madrid, preside la última sesión del proceso madrileño sobre la vida y virtudes del Siervo de Dios. Una copia completa y auténtica de las actas se entrega a la Congregación para las Causas de los Santos.

El 20 de noviembre, la Congregación para las Causas de los Santos, en su Congreso Ordinario, decreta la validez del proceso del milagro.

1986: El 8 de noviembre se concluye, con la presidencia del Cardenal Vicario de Roma, el proceso romano sobre la vida y virtudes del Siervo de Dios. La Postulación comienza la elaboración de la Positio, el conjunto de documentos que han de presentarse al examen de la Congregación para las Causas de los Santos. En la Positio se recogen las pruebas obtenidas en los dos procesos –de Roma y Madrid, respectivamente–, se realiza un estudio crítico sobre la heroicidad de las virtudes del Siervo de Dios y se añade abundante documentación complementaria. La Postulación hace este trabajo bajo la dirección del P. Ambrogio Eszer, O.P., Relator de la Congregación para las Causas de los Santos.

1987: El 3 de abril, el Congreso Ordinario de la Congregación para las Causas de los Santos da el Decreto de Validez de los dos procesos instruidos sobre la heroicidad de virtudes del Siervo de Dios (el de Roma y el de Madrid); es decir, declara que los considera hechos conforme a derecho.

1988: En junio se termina la elaboración de la Positio sobre la vida y virtudes del Siervo de Dios. El documento, que abarca cuatro volúmenes con un total de 6.000 páginas, se entrega a la Congregación para las Causas de los Santos para su estudio definitivo.

1989: El 19 de septiembre, la Positio obtiene el voto afirmativo del Congreso de Consultores de la Congregación

1990: El 20 de marzo vota también afirmativamente sobre la Positio la Congregación Ordinaria de Cardenales y Obispos. El 9 de abril, el Papa ordena que se publique el Decreto sobre las virtudes heroicas del Siervo de Dios. Una vez promulgado este Decreto, la Postulación puede presentar a la Congregación la Positio del proceso sobre la curación presuntamente milagrosa que había sido instruido en Madrid. 

El 30 de junio, la Consulta Médica de la Congregación concluye, en su informe técnico, que aquella curación no es explicable por causas naturales. El 14 de julio, el Congreso de Consultores Teólogos, tras examinar el caso, se pronuncia a favor del carácter milagroso de la curación y de su atribución a la intercesión del Siervo de Dios. 

1991: El 18 de junio, la Congregación Ordinaria de Cardenales y Obispos examina la documentación sobre el presunto milagro y da su voto afirmativo. El 6 de julio, el Papa ordena que se extienda el Decreto en que se declara que esa curación es milagrosa. Cumplidos así todos los requisitos que establece la legislación sobre las causas de los Santos, el Papa decide proceder a la Beatificación. 

1992: El 17 de mayo, en Roma, Juan Pablo II beatifica a Josemaría Escrivá de Balaguer.

1993: La Postulación de la Causa tiene noticia de la curación del Dr. Manuel Nevado Rey a través de una carta del 15 de marzo de 1993. Con la colaboración del interesado, se recogen documentos y se realiza un estudio exhaustivo de la enfermedad que había padecido el Dr. Nevado. Una vez alcanzada la certeza del carácter extraordinario de la curación, el 30 de diciembre la Postulación entrega al Obispo de Badajoz –diócesis del sur de España– la documentación recogida con la petición que se instruyera el correspondiente Proceso sobre el milagro.

1994: La investigación diocesana se lleva a cabo en la Curia episcopal de Badajoz desde el 12 de mayo al 4 de julio de 1994. Tras el envío a Roma de las actas procesales, el primer paso que se cumple en la Congregación para las Causas de los Santos es su estudio formal. 

1996: La Congregación sanciona el 26 de abril de 1996, que el Proceso se había realizado en el pleno respeto de las normas y de la praxis jurídica vigentes (decreto de validez).

1997: Con fecha 10 de julio de 1997, la Consulta médica de la Congregación para las Causas de los Santos afirma, por unanimidad, que la curación del Dr. Nevado de "cancerización de radiodermitis crónica grave en su 3º estadio, en fase de irreversibilidad" fue "muy rápida, completa y duradera; científicamente inexplicable".  

1998: El 9 de enero de 1998, los Consultores Teólogos de la Congregación, llamados a pronunciarse sobre el carácter preternatural de esa curación y sobre la relación causal entre la invocación del Beato Josemaría Escrivá de Balaguer y la desaparición de la enfermedad, lo hacen con voto positivo unánime.

2001: Con fecha 21 de septiembre, la Congregación Ordinaria de Cardenales y Obispos miembros de la Congregación, confirma unánimemente el carácter milagroso de la curación del Dr. Nevado y su atribución al Beato Josemaría Escrivá. La lectura del relativo decreto sobre el milagro tiene lugar el día 20 de diciembre, ante el Papa.

2002: El 26 de febrero, el Papa preside un Consistorio Ordinario Público de Cardenales para aprobar las canonizaciones de varios beatos. Entre ellas figura la de Josemaría Escrivá, que queda fijada para el 6 de octubre de 2002.

 

EL MILAGRO APROBADO PARA LA CANONIZACIÓN
DEL FUNDADOR DEL OPUS DEI

El 20 de diciembre de 2002 Juan Pablo II aprobó el decreto de la Congregación para las Causas de los Santos sobre el milagro del beato Josemaría Escrivá que ha abierto las puertas a la canonización. Se trata de la curación milagrosa de una grave enfermedad profesional (la radiodermitis crónica) que padecía el doctor Manuel Nevado Rey y que desapareció, en noviembre de 1992, tras acudir a la intercesión del beato Josemaría Escrivá.

La radiodermitis

La radiodermitis es una enfermedad típica de los médicos que han expuesto sus manos a la acción de las radiaciones de los equipos de Rayos X durante un tiempo prolongado. Se trata de una enfermedad evolutiva, que progresa de forma inexorable hasta provocar, con el paso de los años, la aparición de cánceres de piel. La radiodermitis no tiene curación. Los únicos tratamientos conocidos son quirúrgicos (injertos de piel, amputación de las zonas de las manos interesadas). De hecho, en la literatura médica no se ha reseñado, hasta hoy, ningún caso de curación espontánea de radiodermitis crónica cancerizada.

La curación

El doctor Manuel Nevado Rey es un médico español nacido en 1932, especialista en traumatología, que durante casi quince años operó fracturas y otras lesiones exponiendo sus manos a los Rayos X. Empezó a realizar este tipo de intervenciones quirúrgicas con mucha frecuencia, a partir de 1956. Los primeros síntomas de la radiodermitis empezaron a manifestarse en 1962, y la enfermedad fue empeorando hasta que, en torno a 1984, tuvo que limitar su actividad a la cirugía menor, porque sus manos estaban gravemente afectadas, e incluso dejó totalmente de operar en el verano de 1992. El Dr. Nevado no se sometió a ningún tratamiento.

En noviembre de 1992, el Dr. Nevado conoció a Luis Eugenio Bernardo, un ingeniero agrónomo que trabaja en un organismo oficial español. Éste, al saber de la enfermedad de D. Manuel, le ofreció una estampa del fundador del Opus Dei, beatificado el 17 de mayo de aquel año, y le invitó a acudir a su intercesión para curarse de la radiodermitis.

La intercesión del beato Josemaría

El Dr. Nevado comenzó a encomendarse al Beato Escrivá desde aquel momento. Pocos días después de ese encuentro, viajó con su esposa a Viena para asistir a un congreso médico. Visitaron varias iglesias, y encontraron estampas del beato Josemaría. "Esto me impresionó —explica el Dr. Nevado—, y me animó a rezar más por mi curación". Desde el día en que comenzó a encomendar su curación a la intercesión del beato Josemaría Escrivá, las manos fueron mejorando y, en unos quince días, desaparecieron totalmente las lesiones. La curación fue total, hasta el punto que, a partir de enero de 1993, el Dr. Nevado volvió a realizar operaciones quirúrgicas sin ningún problema.

El proceso canónico

Sobre esta curación se llevó a cabo, en la archidiócesis de Badajoz —donde reside el Dr. Nevado—, un proceso canónico que concluyó en 1994. El día 10 de julio de 1997, la Consulta Médica de la Congregación para las Causas de los Santos estableció por unanimidad el siguiente diagnóstico: “cancerización de radiodermitis crónica grave en su 3º estadio, en fase de irreversibilidad”; y, por tanto, con un pronóstico ciertamente infausto. La curación total de las lesiones, confirmada por los exámenes objetivos efectuados sobre el paciente en 1992, 1994 y 1997, fue declarada por la Consulta Médica “muy rápida, completa y duradera, científicamente inexplicable”. El 9 de enero de 1998, el Congreso Peculiar de los Consultores Teólogos, ha dado respuesta positiva unánime a la atribución del milagro al beato Josemaría Escrivá. La Congregación ordinaria de Cardenales y Obispos, con fecha 21 de septiembre del 2001, ha confirmado esos dictámenes.

DECLARACIONES CON MOTIVO DE LA CANONIZACIÓN
DEL FUNDADOR DEL OPUS DEI

Transcripción de algunas declaraciones realizadas desde que se difundió la noticia de la canonización del beato Josemaría Escrivá: 

— Card. Christoph Schönborn, arzobispo de Viena (Catedral de Viena, 9 de enero):
“Dios ha conferido al hombre la dignidad de poder configurar la realidad. El beato Josemaría acogió este mensaje fundamental como un encargo: el trabajo, entendido como camino no sólo de autorealización sino también de santidad”.

— Rev. Brian Kolodiejchuck, M.C., Postulador de la causa de canonización de la Madre Teresa de Calcuta (Roma, 26 de febrero):
“Es sorprendente comprobar qué distintos resultan los carismas y los caracteres de los santos en la Iglesia. Pero cuando se llega a conocer con profundidad la vida y el espíritu de cada uno, se acaba por percibir el común denominador que les une: ser reflejo del modo de ser de Cristo, el Santo por excelencia. Así sucede en el caso de dos de los grandes personajes de la Iglesia Católica del siglo XX: el beato Josemaría y la Madre Teresa. Entre esos puntos en común no puedo dejar de señalar el gran amor a la Iglesia, al Papa, a la confesión sacramental (…) Entre otros muchos, quisiera detenerme a comentar un punto particularmente característico del carisma de la Madre Teresa: su amor por los pobres, por los enfermos, por los moribundos; en definitiva, por los más necesitados de ayuda. En ellos, la Madre Teresa veía al mismo Cristo. También en la vida del beato Josemaría encontramos un gran compromiso por ayudar a Cristo presente en las personas que padecen necesidades (...), un gran esfuerzo de compromiso social por mejorar las condiciones de todos los seres humanos (...). Los pobres, los enfermos, los desahuciados, fueron las armas para vencer en su batalla de que el Opus Dei echara a andar. En ambos casos, tanto para el fundador del Opus Dei como para la Madre Teresa, en la raíz de este compromiso se advertía la fe, que les hacía descubrir a Cristo en cada hombre”.

— Card. Camillo Ruini, Vicario general de Su Santidad para la diócesis de Roma (Basílica de San Eugenio, Roma, 9 de enero):
“Duc in altum.Ante esta perspectiva, el espíritu del beato Josemaría es un punto de referencia firme para adentrarse en el tercer milenio. La vida y las obras del Beato nos ofrecen una orientación precisa para no perder de vista la primera y fundamental “prioridad pastoral” que ha señalado el Papa para toda la Iglesia: la santidad”.

— Prof. Guzmán Carriquiry Lecour, Subsecretario del Pontificio Consejo para los Laicos (Roma, 26 de febrero):
“El anuncio de la próxima canonización del Beato Josemaría Escrivá me produce un vivo sentimiento de acción de gracias. Ha sido padre y maestro de muchos en el camino de la santidad y el apostolado. Un promotor incansable de la responsabilidad apostólica de todos los fieles, y en especial de los fieles laicos, en todos los ambientes y actividades en que les toca vivir. Su compañía e intercesión enriquece a toda la Iglesia y ayuda a renovar por todos los lugares fecundos ímpetus de santidad y apostolado, para mayor alabanza de Dios y servicio a los hombres”.

— Card. Joachim Meisner, arzobispo de Colonia (Catedral de Colonia, 19 de enero):
“Beatificaciones y canonizaciones significan una desprivatización de la persona que pasa a pertenecer al patrimonio común de la Iglesia. El beato Josemaría es y será siempre el fundador del Opus Dei, pero pertenece a todos nosotros en la Iglesia. Por eso, nos alegramos con los miembros del Opus Dei, porque pronto será canonizado”.

— Dña. Carla Cotignoli, Declaración del Movimento Focolari (Roma, 26 de febrero):
“Compartimos la gran alegría del Opus Dei por la canonización de mons. Escrivá de Balaguer. Como tantas veces ha dicho el Papa, ‘los carismas son don de Dios y esperanza para los hombres’. El carisma del fundador del Opus Dei, de buscar la santidad en la vida ordinaria, en el trabajo, se convierte más aún en patrimonio de toda la Iglesia. Precisamente en el comienzo de este nuevo siglo, cuando el Papa en la Novo Millennio Ineunte reafirma con fuerza la necesidad de vivir un ‘alto grado de la vida cristiana ordinaria’, la santidad, luce con más claridad la belleza y la oportunidad de este don del Espíritu Santo, para que junto a los otros carismas que ha suscitado en nuestro tiempo, los laicos puedan contribuir eficazmente en la renovación del mundo del trabajo, de la política, de la economía, del arte y de la comunicación, y devolver el alma a los diversos ámbitos sociales”.. 

— Card. Norberto Rivera, arzobispo primado de México (Basílica de Nuestra Señora de Guadalupe, México D.F., 9 de enero): 
“Para todo el mundo, pero especialmente para los mexicanos, esta noticia tan esperada nos ha llenado de especial gozo. Me alegra también la peculiar coincidencia de que Santa María de Guadalupe haya reunido de nuevo a Juan Diego y a Josemaría Escrivá: los dos peregrinos del Tepeyac y enamorados de la Virgen Morena. Los ha reunido en su camino a los altares, ya que en 1990 fueron declarados venerables el mismo día cuando se reconocieron sus virtudes heroicas”.

— Mons. Riccardo Ruotolo, director de la Casa Sollievo della Sofferenza, y don Gerardo Di Flumeri, vicepostulador de la causa de canonización de Padre Pío (San Giovanni Rotondo, 26 de abril de 2002):
“Damos gracias a Dios por el gran don que Su Santidad Juan Pablo II ha querido concedernos en este año de gracia con las canonizaciones del beato Padre Pío de Pietrelcina y del beato Josemaría Escrivá. Esta feliz coincidencia propone a estas dos extraordinarias figuras del siglo XX a la veneración de los fieles del mundo entero y los señala como guías espirituales y testigos de una fe que redescubre sus valores más auténticos y los proyecta en el corazón de las futuras generaciones”.  

— Card. Jaime Sin, arzobispo de Manila, Filipinas (Catedral de Manila, 9 de enero):
“Pero quizá más importante que ésa u otras muchas curaciones, son las incontables conversiones atribuidas a su intercesión. El mensaje del beato Josemaría —descubrir a Dios en las circunstancias ordinarias de la vida— ha removido a muchos. El beato Josemaría es realmente un poderoso intercesor ante Dios. Os animo a que le encomendéis vuestras necesidades espirituales y materiales”. 

— Priora del convento de Carmelitas Descalzas de Coimbra (Coimbra, 30 de noviembre de 2001):
“Como cooperadoras del Opus Dei desde hace varias décadas, queremos manifestar nuestra alegría por la próxima canonización del beato Josemaría. Este gozo es compartido por la Hermana Lucia, que reitera lo que ya manifestó con ocasión de la beatificación del Siervo de Dios”(La vidente de Fátima conoció personalmente al beato Josemaría y le“empujó”cariñosamente a comenzar la labor apostólica del Opus Dei en Portugal).

— Card. Antonio María Rouco, azobispo de Madrid (Catedral de la Almudena, 9 de enero): 
“Damos gracias al Señor por ello, y le pedimos, que si él quiere, que sea también este año, lo más pronto posible, el día en que la Iglesia recorra definitivamente el camino canónico del reconocimiento de la santidad del beato Josemaría. Que el Señor conceda a la Prelatura, a los sacerdotes, a sus fieles y a toda la Iglesia celebrarlo de tal manera que sea de nuevo visible entre nosotros a Cristo que pasa”.

— Card. Frédéric Etsou, arzobispo de Kinshasa (Catedral Notre Dame du Congo, Kinshasa 9 de enero): 
“La violencia y la división tienen como causa frecuente la intolerancia y el rechazo de la diferencia. Nos conviene descubrir y vivir la predicación del beato Josemaría: una constante llamada a aprender a vivir juntos, a trabajar juntos; sin dar importancia a la raza, al contexto cultural, a las convicciones religiosas, a la condición social, a las opciones políticas. (...) Pidamos a Dios que nos conceda, por intercesión del beato Josemaría, la paz para nuestras almas, la paz para nuestro país, la paz para la Iglesia y finalmente la paz para el mundo”. 

— Mons. Domenico Sigalini, Asistente General Adjunto de Acción Católica Italiana (Roma, 26 de febrero):
“La santidad, como siempre ha enseñado la doctrina católica, es un don de Dios para todos. Y que haya alguien que consiga que los laicos procuren convertirla en una experiencia viva en su trabajo, en su competencia profesional, en medio de sus relaciones sociales, en la vida ordinaria –que tantos viven como un suplicio con la mente puesta en la distracción y las diversiones–, es otro gran don de Dios. Significa que el beato Josemaría Escrivá ha sabido captar los sueños de Dios sobre esta humanidad, y ha entendido que Jesús se ha hecho hombre, ha padecido, ha muerto y ha resucitado precisamente para que todo hombre, toda mujer, pudiera ser sacerdote, rey y profeta –es decir, santo– en su misma laicidad. Santidad laical es búsqueda diaria en la Acción Católica, que con alegría y agradecimiento se abre a este don de un nuevo santo que Dios concede a su Iglesia, para profundizar y compartir con todos esta vocación”. 

— Card. Jean-Marie Lustiger, arzobispo de París (Iglesia Saint-Honoré d'Eylau, 8 de enero):
“Josemaría Escrivá es una de esas figuras que atraviesan los siglos y señalan, de alguna manera, al observador atento, lo que el Espíritu está realizando en su Iglesia. La tarea precisa que la Providencia encomendó al beato Josemaría incide sobre uno de estos mensajes: poner por obra la llamada a la santidad de todo el pueblo cristiano”. 

— Mons. Juan José Omella, obispo de Barbastro-Monzón (Barbastro, ciudad natal del beato Josemaría, 22 de diciembre de 2001): 
“Este evento supone una gran alegría y un motivo de orgullo para la ciudad en la que el beato conoció la fe cristiana; es motivo de profunda satisfacción para toda la Iglesia diocesana. Es, también, un estímulo para quienes formamos parte de esta diócesis, porque nos recuerda que todos estamos llamados a la santidad, que es una meta asequible”. 

— Dr. Giancarlo Cesana, de Comunión y Liberación (Roma, 26 de febrero):
“«Todo trabajo es ocasión de santidad». En esta frase –que es al mismo tiempo afirmación y propuesta– del beato Josemaría Escrivá, siento todo el atractivo y la fuerza del cristianismo, como experiencia que transforma y llena de sentido cualquier circunstancia de la vida, incluso la más rutinaria y banal”. 

— Card. Franz König, obispo emérito de Viena (21 de diciembre de 2001):
“Escrivá pertenece al tesoro de la Iglesia (…) Conocí al beato Escrivá de Balaguer en Roma durante el concilio Vaticano II. Me habían dicho que fomentaba el papel del laico en la vida cotidiana, en las profesiones, para conseguir que la Iglesia actuara en el mundo a través de los laicos, sin alzacuellos ni faja episcopal. Era un hombre que, a mi modo de ver, transpiraba una enorme grandeza de espíritu. Se interesaba por el concilio, supe que viajaba mucho y que estaba interesado por el apostolado de los laicos. Hablaba mucho de lo que sucedía en todo el mundo, y me di cuenta muy pronto de que allí había una Iglesia viva”. 

— Mons. Adam Exner, arzobispo de Vancouver, Canadá (Holy Rosary Cathedral, 9 de enero):
“Los santos no son personas que planifican y organizan su particular estilo de vida y perfección, y lo siguen al pie de la letra con sus propias fuerzas. Los santos son personas que aman y confían en Dios hasta el punto de permitir gozosamente que Dios les conduzca y les lleve allí donde Él quiera. Desde joven y a lo largo de toda su vida, el beato Josemaría dejó gustoso que Dios guiara y modelase su vida. Y siempre, el tema de su oración fue: ‘Permite que, lo que tú desees y yo no, ocurra’. El beato Josemaría no planificó su vida: dejó que Dios fuera su conductor y guía”.

— Card. Ricard M. Carles, arzobispo de Barcelona (La Razón, 2.X.02):
«Haber conocido a un santo siempre es un recuerdo imborrable». Mis recuerdos personales del beato Josemaría Escrivá se remontan a mis años de estudiante en Valencia. Por entonces yo era alumno del Colegio Mayor San Juan de Ribera -centro mas conocido como «El Colegio del Patriarca»-. Don Josemaría venía con frecuencia al colegio, donde teníamos como rector a D. Eladio España. Este sacerdote de la Archidiócesis de Valencia, a quien debo mi vocación sacerdotal -y cuya causa de beatificación ya está en camino-, mantenía una gran amistad con D. Josemaría Escrivá. En una de estas visitas, don Eladio me presentó al beato. Recuerdo que le saludé y conversamos durante un buen rato. Éste es mi recuerdo ante la canonización del próximo domingo. Haber conocido a un santo siempre es un recuerdo imborrable.

— Mons. Francisco P. F. Golfín, Obispo de Getafe  (La Razón, 2.X.02):
«Es una alegría para la Iglesia en el mundo y sobre todo para España». La Iglesia canoniza una persona y un carisma, que no es otra cosa que el espíritu del Evangelio: la llamada a la santidad; insistiendo en la vida ordinaria. Es una alegría para la Iglesia en el mundo entero y sobre todo para la Iglesia en España, ya que Josemaría Escrivá era aragonés. La coincidencia con los 40 años de la convocatoria del Vaticano II nos hace valorar más su aportación a la llamada universal a la santidad.

— Mons. Agustín García Gasco, Arzobispo de Valencia,  (La Razón, 2.X.02):
«A la Iglesia le interesa tener muchos ejemplos como el suyo». La canonización de Josemaría Escrivá es un gran bien no sólo para los fieles de la Prelatura, sino también para todas las diócesis donde trabajan, y además permitirá relanzar un apostolado de extraordinario calado. El futuro santo es un ejemplo para los sacerdotes de santidad en su ministerio, y también para los laicos, a los que recuerda la llamada universal a la santidad, a través del trabajo y del cumplimiento de los deberes ordinarios del cristiano. Interesan muchos ejemplos como el suyo para que todos nos tomemos con hondura nuestra vocación de cristianos.

— Mons. Javier Martínez, Obispo de Córdoba (La Razón, 2.X.02):
«Escrivá intuyó que la santidad no es una vocación para unos pocos». El beato Josemaría intuyó que la realidad es santa, y que la santidad no puede ser una vocación para unos pocos que viven vocaciones y caminos raros. La realidad es santa. Dios no está fuera de la realidad. Dios está en las cosas de la vida, Dios está en el trabajo, y el hombre puede encontrar a Dios y puede reconocer y acoger la vida que Dios nos da cuando se abre a Él y vive su presencia en esas realidades. La actividad de cada día, desde la actividad de la madre de familia en su casa o de quien trabaja en cualquier servicio humilde de la sociedad, hasta la actividad de quien tiene una gran responsabilidad es, en el fondo, el lugar donde uno puede encontrar al Señor, vivir para Él, reconocer su presencia y darse a Él por entero, porque todo habla de Él.

— Mons. Julián López Martín, Obispo de León  (La Razón, 2.X.02):
«Su aportación más importante fue la de recordar que la santidad es para todos». Para mí, la aportación mas importante de este nuevo santo es la de recordar a todos los fieles la importancia de la santidad para todos, laicos y sacerdotes. En la Iglesia eso ya estaba dicho, pero ha sido Escrivá el que ha sabido hacerlo entender a toda clase de personas.

— Mons. Adolfo G. Montes, Obispo de Almería  (La Razón, 2.X.02):
«La fidelidad al Sucesor de Pedro es una nota distintiva de la Obra». El beato Escrivá hizo de su fidelidad al Sucesor de Pedro una nota distintiva de la Obra. La fe católica del beato Escrivá hizo de él ferviente servidor de los papas al mismo tiempo que amante siervo de María. Su piedad mariana ha encontrado en múltiples manifestaciones sucesión en la obra de sus hijos, pero sin duda alguna que la piedad mariana del beato Escrivá ha quedado reflejada de modo especial en su predilección por el rezo del Rosario, que él tan bellamente comentó.

— Mons. Carlos Amigo, Arzobispo de Sevilla (La Razón, 2.X.02):
«Supo poner el bálsamo de la cruz en las heridas de la Humanidad». El beato Josemaría Escrivá fue un apóstol entusiasmado de la santidad para todos y de la consagración de las realidades de este mundo a Dios. Maestro experimentado de la vida interior y pregonero incansable del amor de Dios, supo ser buen médico que ponía el bálsamo de la cruz en las heridas de la Humanidad. Ahora es canonizado el que, por encima de todo, quería ser fiel hijo de Dios y de la Iglesia.

— Mons. Manuel Ureña, Obispo de Cartagena  (La Razón, 2.X.02):
«Trabajó para gritar a todos que las crisis mundiales son crisis de santos». Desde que el 2 de octubre de 1928 el Señor le hizo «ver» el Opus Dei, trabajó sin descanso para gritar al oído de todos que las crisis mundiales son crisis de santos (Camino, 301). Para el beato Josemaría, la santidad no es una utopía que sólo algunos selectos pueden alcanzar o un ideal reservado a personas que optan por una forma de vida alejada del mundo y de sus avatares diarios. Él parte de una convicción: el bautismo es una verdadera vocación. Todo bautizado está llamado por Dios a ser santo. Los medios para alcanzar la santidad no están en el estado de vida que cada cual elija, sino en la gracia de Dios, que se nos da a todos en los Sacramentos.

— Card. Antonio M. Rouco, Arzobispo de Madrid  (La Razón, 2.X.02):
«Los santos fueron y se sintieron pecadores como nosotros». Los santos fueron y se sintieron pecadores como nosotros, necesitados de la redención de Cristo; pero, al mismo tiempo, colaboraron heroicamente con la gracia de Dios para ser perfectos con la perfección de Dios. En Madrid y en octubre de 1928 recibió la inspiración de fundar el Opus Dei para ofrecer el camino de la santidad a personas de todo tipo y condición, santificándose en su trabajo ordinario en medio del mundo.

— Card. Francisco Álvarez, Cardenal Primado de España  (La Razón, 2.X.02):
«Poseía el carisma de la normalidad , presentando la fe como algo cordial». El beato Escrivá es una persona que dejó en la Iglesia una fama de santidad a la que somos llamados todos, pequeños y grandes, que, siempre consciente en sus limitaciones, humildemente pedía perdón. Con toda verdad, poseía el «carisma de la normalidad» presentando la vida de fe y de moral cristiana como algo humano, entrañable y cordial. el resumen de su apostolado es acercar a todos a Cristo, que los laicos deben dar con su vida cristiana testimonio de servicio al Señor, a la sociedad, porque ahí también se hace Iglesia.

 

ALGUNAS PALABRAS
DEL FUNDADOR DEL OPUS DEI

Josemaría Escrivá publicó en Los Domingos de ABC entre 1969 y 1970 unos escritos que reproducimos a continuación. En ellos, se fijaba en diferentes aspectos relacionados con la fe, entroncada con las experiencias más comunes de la vida cotidiana y el matrimonio.

 

En ese canto a las riquezas de la fe que es la Epístola a los Gálatas, San Pablo nos dice que el cristiano debe vivir con la libertad que Cristo nos ha ganado (cfr.4,3). Ese fue el anuncio de Jesús a los primeros cristianos, y eso continuará siendo a lo largo de los siglos: el anuncio de la liberación de la miseria y de la angustia.

La historia no está sometida a fuerzas ciegas ni es el resultado del acaso, sino que es la manifestación de las misericordias de Dios Padre. Los pensamientos de Dios están por encima de nuestros pensamientos, dice la Escritura (cfr. Is 55, 8; Rom 11, 33); por eso, confiar en el Señor quiere decir tener fe a pesar de los pesares, yendo más allá de las apariencias. La caridad de Dios ?que nos ama eternamente? está detrás de cada acontecimiento, aunque de una manera a veces oculta para nosotros.

Cuando el cristiano vive de fe -con una fe que no sea mera palabra, sino realidad de oración personal-, la seguridad del amor divino se manifiesta en alegría, en libertad interior. Esos nudos que atenazan a veces el corazón, esos pesos que aplastan el alma, se rompen y se disuelven. Si Dios está por nosotros, ¿quién contra nosotros? (Cor 8, 31). Y la sonrisa viene enseguida a los labios. Un hijo de Dios, un cristiano que viva la fe, puede sufrir y llorar: puede tener motivos para dolerse; pero, para estar triste, no.

La libertad tiene una de sus manifestaciones más características en la fraternidad

La libertad cristiana nace del interior, del corazón de la fe. Pero no es algo meramente individual, sino que tiene manifestaciones exteriores. Entre ellas, una de las más características de la vida de los primeros cristianos: la fraternidad. La fe -la magnitud del don del amor de Dios- ha hecho que se empequeñezcan hasta desaparecer todas las diferencias, todas las barreras: ya no hay distinción de judío, ni griego; ni de siervo, ni de libre; ni de hombre, ni de mujer: porque todos sois una cosa en Cristo Jesús (Gal 3, 28). Este saberse y quererse de hecho como hermanos, por encima de las diferencias de raza, de condición social, de cultura, de ideología, es esencial al cristianismo.

El Opus Dei no ha entrado ni entrará nunca en la política de grupos y partidos, porque su misión no es la política

No es mi misión hablar de política. Tampoco es esa la misión del Opus Dei, ya que su única finalidad es espiritual. El Opus Dei no ha entrado ni entrará nunca en la política de grupos y partidos, ni está vinculado a ninguna persona o ideología. Ese modo de actuar no es una táctica apostólica, ni una conducta meramente encomiable. Es una necesidad intrínseca para el Opus Dei proceder así, ya que lo exige su misma naturaleza, y tiene un resello evidente: el amor a la libertad, la confianza en la condición propia del cristiano en medio del mundo, actuando con completa independencia y con responsabilidad personal.

No hay dogmas en las cosas temporales.

No va de acuerdo con la dignidad de los hombres el intentar fijar unas verdades absolutas, en cuestiones donde por fuerza cada uno ha de contemplar las cosas desde su punto de vista, según sus intereses particulares, sus preferencias culturales y su propia experiencia peculiar. Pretender imponer dogmas en lo temporal conduce, inevitablemente, a forzar las conciencias de los demás, a no respetar al prójimo.

Respetar la opinión de los demás y amar el legítimo pluralismo. Dios al crearnos ha corrido el riesgo y la aventura de nuestra libertad

No quiero decir con eso que la postura del cristiano, ante los asuntos temporales, deba ser indiferente o apática. En modo alguno. Pienso, sin embargo, que un cristiano ha de hacer compatible la pasión humana por el progreso cívico y social con la conciencia de la limitación de las propias opiniones, respetando, por consiguiente, las opiniones de los demás y amando el legítimo pluralismo. Quien no sepa vivir así, no ha llegado al fondo del mensaje cristiano. No es fácil llegar, y en cierto modo no se llega nunca, porque la tendencia al egoísmo y a la soberbia no muere jamás en nosotros. Por eso, todos estamos obligados a un examen constante, confrontando nuestras acciones con Cristo, para reconocernos pecadores y recomenzar de nuevo. No es fácil llegar, pero hemos de esforzarnos.

Dios, al crearnos, ha corrido el riesgo y la aventura de nuestra libertad. Ha querido una historia que sea una historia verdadera, hecha de auténticas decisiones, y no una ficción ni un juego. Cada hombre ha de hacer la experiencia de su personal autonomía, con lo que eso supone de azar, de tanteo y, en ocasiones, de incertidumbre. No olvidemos que Dios, que nos da la seguridad de la fe, no nos ha revelado el sentido de todos los acontecimientos humanos. Junto con las cosas que para el cristiano están totalmente claras y seguras, hay otras ?muchísimas? en las que sólo cabe la opinión: es decir, un cierto conocimiento de lo que puede ser verdadero y oportuno, pero que no se puede afirmar de un modo incontrovertible. Porque no sólo es posible que yo me equivoque, sino que ?teniendo yo razón? es posible que la tengan también los demás. Un objeto que a uno le parece cóncavo, parecerá convexo a los que estén situados en una perspectiva distinta.

La libertad es la condición de la convivencia. Y la raíz del respeto a la libertad está en el amor

La conciencia de la limitación de los juicios humanos nos lleva a reconocer la libertad como condición de la convivencia. Pero no es todo, e incluso no es lo más importante: la raíz del respeto a la libertad está en el amor. Si otras personas piensan de manera distinta a como pienso yo, ¿es eso una razón para considerarlas como enemigas? La única razón puede ser el egoísmo, o la limitación intelectual de quienes piensan que no hay más valor que la política y las empresas temporales. Pero un cristiano sabe que no es así, porque cada persona tiene un precio infinito, y un destino eterno en Dios: por cada una de ellas ha muerto Jesucristo.

Se es cristiano cuando se es capaz de amar no sólo a la Humanidad en abstracto, sino a cada persona que pasa cerca de nosotros.

Es una manifestación de madurez humana sentir la responsabilidad de esas tareas de las que vemos que depende el bienestar de las generaciones futuras, pero eso no nos puede conducir a descuidar la entrega y el servicio en los asuntos más ordinarios: tener un detalle amable con quienes trabajan a nuestro lado, vivir una verdadera amistad con nuestros compañeros, compadecernos de quien padece necesidad, aunque su miseria nos parezca sin importancia en comparación con los grandes ideales que perseguimos.

Hablar de libertad, en fin, es hablar de un hja de las mayores riquezas de la fe

Hablar de libertad, de amor a la libertad, es plantear un ideal difícil: es hablar de una de las mayores riquezas de la fe. Porque ?no nos engañemos? la vida no es una novela rosa. La fraternidad cristiana no es algo que venga del cielo de una vez por todas, sino realidad que ha de ser construida cada día. Y que ha de serlo en una vida que conserva toda su dureza, con choques de intereses, con tensiones y luchas, con el contacto diario con personas que nos parecerán mezquinas, y con mezquindades de nuestra parte.

Pero si todo eso nos descorazona, si nos dejamos vencer por el propio egoísmo o si caemos en la actitud escéptica de quien se encoge de hombros, será señal de que tenemos necesidad de profundizar en nuestra fe, de contemplar más a Cristo. Porque sólo en esa escuela aprende el cristiano a conocerse a sí mismo y a comprender a los demás, a vivir de tal manera que sea Cristo presente en los hombres.

(...) No se puede hablar de matrimonio sin pensar a la vez en la familia, que es el fruto y la continuación de lo que el matrimonio inicia

Una familia se compone no sólo del marido y de la mujer, sino también de los hijos y, en uno u otro grado, de los abuelos, de los otros parientes y de las empleadas del hogar. A todos ellos ha de llegar el calor entrañable, del que depende el ambiente familiar.

Ciertamente hay matrimonios a los que el Señor no concede hijos

Es señal entonces de que les pide que se sigan queriendo con igual cariño, y que dediquen sus energías ?si pueden? a servicios y tareas en beneficio de otras almas. Pero lo normal es que un matrimonio tenga descendencia. Para estos esposos, la primera preocupación han de ser sus propios hijos. La paternidad y la maternidad no terminan con el nacimiento: esa participación en el poder de Dios, que es la facultad de engendrar, ha de prolongarse en la cooperación con el Espíritu Santo, para que culmine formando auténticos hombres cristianos y auténticas mujeres cristianas.

Los padres son los principales educadores de sus hijos, tanto en lo humano como en lo sobrenatural

Han de sentir la responsabilidad de esa misión, que exige de ellos comprensión, prudencia, saber enseñar y, sobre todo, saber querer; y poner empeño en dar buen ejemplo. No es camino acertado, para la educación, la imposición autoritaria y violenta. El ideal de los padres se concreta más bien en llegar a ser amigos de sus hijos: amigos a los que se confían las inquietudes, con quienes se consultan los problemas, de los que se espera una ayuda eficaz y amable.

Es necesario que los padres encuentren tiempo para estar con sus hijos y hablar con ellos.

Los hijos son lo más importante: más importante que los negocios, que el trabajo, que el descanso. En esas conversaciones conviene escucharles con atención, esforzarse por comprenderlos, saber reconocer la parte de verdad ?o la verdad entera? que pueda haber en algunas de sus rebeldías. Y, al mismo tiempo, ayudarles a encauzar rectamente sus afanes e ilusiones, enseñarles a considerar las cosas y a razonar; no imponerles una conducta, sino mostrarles los motivos, sobrenaturales y humanos, que la aconsejan. En una palabra, respetar su libertad, ya que no hay verdadera educación sin responsabilidad personal, ni responsabilidad sin libertad.

Los padres educan fundamentalmente con su conducta. Lo que los hijos y las hijas buscan en su padre o en su madre no son sólo unos conocimientos más amplios que los suyos o unos consejos más o menos acertados, sino algo de mayor categoría: un testimonio del valor y del sentido de la vida encarnado en una existencia concreta, confirmado en las diversas circunstancias y situaciones que se suceden a lo largo de los años.

Si tuviera que dar un consejo a los padres...

...les daría sobre todo este: que vuestros hijos vean -lo ven todo desde niños, y lo juzgan: no os hagáis ilusiones- que procuráis vivir de acuerdo con vuestra fe, que Dios no está sólo en vuestros labios, que está en vuestras obras; que os esforzáis por ser sinceros y leales, que os queréis y que los queréis de veras.

Es así como mejor contribuiréis a hacer de ellos cristianos verdaderos, hombres y mujeres íntegros capaces de afrontar con espíritu abierto las situaciones que la vida les depare, de servir a sus conciudadanos, y de contribuir a la solución de los grandes problemas de la humanidad, de llevar el testimonio de Cristo donde se encuentren más tarde, en la sociedad.

 

ENTREVISTA AL POSTULADOR DE LA CAUSA
DEL FUNDADOR DEL OPUS DEI

Las canonizaciones no son actos de reparación, ni exaltaciones de figuras históricas. No son propaganda ni mucho menos invenciones. Son meros actos de justicia. La justicia debida a la verdad. Es a ella, a la verdad, a la realidad, a la que se rinde honores en cada canonización. Porque de lo que se trata en cada caso no es de introducir a una persona en el Cielo, sino de reconocer que ya está en él.

No se busca crear un modelo de imitación o de mediación, sino admitir que ese modelo ya existente puede ser imitado y se puede recurrir a su intercesión. Eso es lo que va a ocurrir con monseñor Escrivá. Su canonización es un acto de justicia. Si alguien no quiero rezarle o admirarle que no lo haga, pero él era santo desde su muerte y ahora lo sabemos y disfrutamos.

La seguridad del postulador
Lo mismo opina Flavio Capucci, sacerdote del Opus Dei y postulador de la causa de canonización de Josemaría Escrivá. Vestido con un elegante y clásico “clergyman” de cuello romano, que habla magníficamente el español y que destila simpatía. Nos reunimos con él un grupo de periodistas especializados en la información religiosa para averiguar detalles del proceso de canonización del beato Escrivá.

No nos defrauda, aunque sobre todo, al menos a mí, lo que más me impresiona es el convencimiento que tuvo desde el principio de estar trabajando en algo que iba a terminar bien, pues si monseñor Escrivá era santo, más pronto o más tarde la Iglesia lo iba a reconocer. Me impresiona también otra cosa: la huella de los santos se nota en aquellos que le han tratado y en este sacerdote italiano se percibe el paso de Escrivá por su vida, como el título de uno de sus libros: ‘Es Cristo que pasa’.

¿Cuántos años ha trabajado en la causa de canonización de monseñor Escrivá y cómo ha sido ese trabajo?
Llevo 25 años. Yo acepté la propuesta cuando monseñor Álvaro del Portillo me lo pidió porque estaba convencido de que era santo. En estos años esta impresión no ha hecho más que confirmarse. Hay muchos testimonios de sacerdotes y seminaristas que hicieron ejercicios espirituales con él en los años inmediatamente posteriores a la guerra que así lo confirman. Uno de ellos es el del cardenal Suquía, que era entonces un seminarista.

¿Cuál fue su experiencia personal del trato con el futuro santo?
Lo que resaltaría es la paternidad, como una manera de manifestar la virtud de la caridad. No le veías como una persona alejada, sino como un padre. Me quería con mis defectos y eso me llevaba a intentar dar lo mejor de mí mismo. Yo nunca tuve una experiencia concreta de sus defectos. Tenía un carácter fuerte, con gran fuerza de voluntad, y no tendía instintivamente a las matizaciones. Yo le he visto pedir perdón a un hijo suyo por haberle contestado mal, pero la persona a la que le pedía perdón no entendía por qué.

¿Qué milagros ha hecho?
El primer milagro del que tuvimos noticia fue el que le llevó a la beatificación: la curación de una religiosa que ocurrió en 1976, un año después de la muerte. Desde ese momento hasta la beatificación pudimos recoger otros 19 milagros. A la beatificación llegamos, pues, con 20 milagros. Cuando los periodistas me decían que era muy rápida la beatificación y que no ocurría igual, por ejemplo, con el Padre Pío, yo recordaba que éste no hizo milagros hasta 1997, desde 1968 que murió. El Padre Pío fue beatificado en 1999, tan sólo dos años después del primer milagro. Después de la beatificación de monseñor Escrivá, en estos diez, años, hemos recogido 28 milagros más. De estos sólo dos tuvieron como protagonistas a fieles de la Prelatura del Opus Dei. Son todos curaciones. Yo no considero casos donde la medicina no tiene certezas suficientes, como paros cardíacos o niños ahogados, de los cuales ha habido varios.

¿A qué atribuye el ambiente favorable en torno al 6 de octubre?
Creo que ha sido decisiva la figura del Papa. según ha ido llegando a la vejez y a la impotencia física, se ha ido produciendo un cambio de mentalidad. A partir de los años 60 se fue difundiendo una visión de la fe marcada por categorías que procedían de la política: conservadores y progresistas. Había más proximidad entre un católico progresista y entre un protestante progresista que entre un católico progresista y otro conservador. La vejez del Papa ha cambiado la perspectiva y ahora se ve como realmente importante si se es fiel o no a Cristo, y si se es fiel, lo de conservador o progresista es relativo. Ahora ya no se ve al Papa como a un hombre que quiere imponer una moral conservadora, sino como a un testigo. De este cambio cultural nos aprovechamos también nosotros.

Un santo para todos
En la misma publicación, se incluye un artículo de opinión del sacerdote Santiago Martín titulado ‘Un santo para todos’:

Dentro de unos días será canonizado el beato Escrivá de Balaguer. Vaya por delante mi felicitación a mis muchos amigos del Opus Dei y también a la Iglesia entera, especialmente a la Iglesia en España, pues un santo es un don para todos y no sólo para su particular familia espiritual.

Mis mayores simpatías siempre han estado concentradas en la figura de San Francisco de Asís y de la Virgen María. Pero, precisamente porque me siento bien en una “capilla” de la Iglesia, me alegra que existan otras. ¿Cómo no admirar a San Juan Bosco, por ejemplo? ¿Cómo no sentirse orgulloso de pertenecer a una Iglesia en la que han vivido San Ignacio de Loyola, Santa Teresa de Jesús, San Vicente de Paul y tantos otros más, que no se inscriben en mi particular y querida familia espiritual?. Precisamente por eso, me ha molestado siempre el excesivo “chauvinismo” de algunos -que piensan que su fundador es el más santo, el más grande y, si me apuran, el único santo que de verdad merece la pena- y el desprecio con que otros miran a los demás, a los que no son de los suyos. Siendo un “hijo” de San Francisco, son también mis padres y maestros desde el beato Juan XXIII a San Juan Crisóstomo, desde San Juan de Ávila a Santa Rosa de Lima. Y ahora, y con mucho gusto, el ya próximo San Josemaría Escrivá de Balaguer. Tener otra actitud creo que, además de no ser católico, es muestra de poca inteligencia.

¿Qué aprender de San Josemaría? El ya inminente nuevo santo insistió en la importancia de alcanzar la santidad a través de la vida ordinaria. El otro día, el postulador de la causa, Flavio Capucci, decía de él que era “el santo de los trabajadores”. Y en otro artículo escrito por mí, en esta ocasión para ‘La Razón’, comparé esta característica con la típica cualidad mariana de hacer grandes todas las cosas a base de poner amor en ellas. Pues bien, bastaría esta nota espiritual para justificar la canonización -y desde luego no es la única-, porque en nuestra época necesitamos que nos recuerden que lo grande no está fuera, sino dentro. Vivimos en un mundo que idolatra a actores de cine que llevan siete matrimonios rotos, a famosillos que viven de vender exclusivas, a políticos que no tienen ni idea de lo que significa fidelidad a un programa, a ricachos que con frecuencia terminan en las cárceles. ¿Cómo no considerar providencial que alguien recuerde a esta sociedad que para ser de verdad grande -es decir, para ser santo- lo que importa es amar y que, para amar, es suficiente con mirar a Cristo y hacer las cosas por Él y como Él? ¿Qué otros también lo han dicho y lo han hecho? Cierto, pero también otros han vivido intensamente la caridad y no por eso dejo de alegrarme de que alguien como la Madre Teresa haya escrito una nueva y bellísima página de esa virtud. Por eso sólo me queda decir: ¡Felicidades San Josemaría! y pedirle que ruegue por mí.

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