DOMINGO A DOMINGO
Domingo XVI del Tiempo Ordinario.
JESUS PROPUSO OTRA PARÁBOLA A LA GENTE:
“El reino de los cielos se parece a un hombre que sembró buena semilla
en su campo; pero, mientras la gente dormía su enemigo fue y sembró cizaña en
medio del trigo y se marchó. Cuando empezaba a verdear y se formaban las
espigas apareció también la cizaña. Entonces fueron los criados a decirle al
amo: ‘Señor, ¿no sembraste buena semilla en tu campo? ¿De dónde sale la
cizaña?’ Él les dijo: ‘Un enemigo lo ha hecho’. Los criados le
preguntaron: ‘¿Quieres que vayamos a arrancarla?’ Pero él les respondió:
‘No, que, al arrancar la cizaña podríais arrancar también el trigo.
Dejadlos crecer juntos hasta la siega y, cuando llegue la siega, diré a los
segadores: arrancad primero la cizaña y atadla en gavillas para quemarla. Y el
trigo almacenadlo en mi granero’.” Les propuso esta otra parábola...
(Mt 13, 24-43)
Si el domingo pasado escuchábamos el evangelio de la tierra buena que
daba como fruto el treinta, sesenta e, incluso, el ciento por uno, en éste, el
Señor nos vende el mejor grano para esa parcela, nuestra Diócesis, dispuesta a
seguir dando mucho fruto con la entrada de un nuevo Obispo. En estas pocas
palabras podríamos resumir el mensaje fundamental del nuevo prelado de la diócesis:
viene a fecundar con el Evangelio la sociedad almeriense, necesitada de una
constante presencia de la Iglesia en medio de las realidades múltiples y ricas
de nuestra variada geografía.
Una de estas realidades es la política, que podríamos llamar también
el “arte” del buen hablar, pues queda para el que gobierna el “arte” de
ejecutar. Para los ciudadanos, el opinar lo bien o mal que han hablado unos, lo
mejor o peor que han actuado otros. Y para la Iglesia, comunidad sacerdotal que
se compone de unos y de otros, la tarea de edificar el reino de Dios mediante la
predicación de la Palabra y la administración de los sacramentos. Sirve bien
poco el que haya una tierra excelente, Almería, si la semilla que se siembra no
es de calidad. Bien saben de eso las empresas semilleras de nuestra provincia,
del trigo y de la cizaña.
Nunca le he preguntado a mi abuelo, Dios lo tenga en su gloria, sobre la
cizaña que nace junto al trigo, no sé si los lectores que siguen esta
publicación -quizás no sin dudas de leerla de un domingo a otro, los
comprendo, aunque yo disfruto mucho con lo que escribo cuando lo releo-, han
visto esta mata mala, no sé siquiera si es perceptible o no, si a nuestra
natural visión le es dada esa sagacidad para descubrirla en medio de tanto
verdor. Estoy hablando de la cizaña, por supuesto. Para un agricultor como mi
abuelo, le hubiera sido imposible no reconocer lo malo sembrado en medio del
trigo bueno, pues la visión que él tenía no era natural, sino divina. Dios
mismo, Creador de todas las cosas, con el paso del tiempo había creado en él
esa capacidad de ver con los ojos la semilla mala que amenaza la cosecha.
Me voy al diccionario de la lengua española en busca de esa palabreja y
encuentro dos acepciones: una, referida a la agricultura; otra, moral, es decir,
referida a las costumbres. En esta me detengo y dice lo siguiente: “Enemistad
que una persona crea entre otras”. Hay gente a la que le gusta meter cizaña,
parece como si lo bueno como tal no tuviera suficiente fuerza como para resistir
en empuje de lo malo: “esa persona no tiene arreglo”. Es lo que parecen
decir muchos de nuestros librepensadores e intelectuales de la actitud que toma
la Iglesia en ciertos temas. La estrategia es bien sencilla: existe un grupo
social sino numeroso, al menos sí relevante, que disfruta del beneplácito de
la opinión pública. Me refiero, por ejemplo, a las asociaciones de gays y
lesbianas que, en nuestra ciudad, se denominan, “Colega”. La Iglesia, en su
catecismo de 1992, actualizado por tanto, habla de acogida y de otras muchas
cosas en las que no aparece para nada el supuesto “desprecio” de la Iglesia
a esta realidad personal y social. No son cizaña estas personas. Esto lo
reconocemos todos, aunque haya manifestaciones de estos grupos que no admitiríamos,
de ningún modo, en nuestras “distinguidas” familias. Ese supuesto
“desprecio” de la Iglesia es la cizaña que algunos han creado entre estos
grupos sociales y la Iglesia.
No perdamos de vista que el Señor nos está hablando en parábolas, es
decir, que quiere que esa realidad, el mal -que cuesta trabajo nombrar (cizaña),
pues no es fácil de encontrar- la percibamos cada uno en nuestra vida, en
nuestra Iglesia, pues continúa ocultando los buenos frutos que está dando
nuestra tierra.