GILBERTO OWEN
GILBERTO OWEN
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Gilberto Owen Estrada, (El Rosario, Sinaloa, 13 de mayo de 1904- Filadelfia, 1952) fue un poeta mexicano. Ocupó cargos diplomáticos diversos. Fue autor de Desvelo (1923, editado de manera póstuma), La llama fría (1925), Novela como nube (1926), Línea (1930) y Perseo vencido (1948).
Nació el 13 de mayo de 1904 en el pueblo sinaloense de Rosario, de donde partió con su madre y su media hermana a Toluca, capital del Estado de México. Tras estudiar en el Instituto Científico y Literario de esta ciudad, se trasladó a la ciudad de México para continuar sus estudios en la Escuela Nacional Preparatoria mientras trabajaba en la oficina de la presidencia. En las aulas preparatorias conoció a Jorge Cuesta y juntos frecuentaron los círculos literarios de la capital, principalmente el de Enrique González Martínez, al lado de otros jóvenes escritores como Xavier Villaurrutia, Salvador Novo y Jaime Torres Bodet.

Con Novo, Celestino Gorostiza, Villaurrutia y los pintores Manuel Rodríguez Lozano y Carlos Lazo, fundó --al amparo económico de Antonieta Rivas Mercado-- el Teatro Ulises, en el cual tradujo, dirigió y actuó obras de autores europeos modernos en un afán de divulgar la estética vanguardista con la que estaban comprometidos.
Luego de publicar Novela como nube, en 1928 se marchó a Nueva York como escritor de la embajada mexicana, y se relacionó con artistas de la vanguardia europea y latinoamericana residentes en esa ciudad, como Federico García Lorca. Escribió un guion de cine para su amigo el cineasta Emilio Amero y recuperó los poemas cubistas que conforman Línea, que había desechado a su salida de México y que Alfonso Reyes publicó en Buenos Aires, al lado de obras de Macedonio Fernández y Jorge Luis Borges. Viajó por Canadá y sirvió en los consulados de Detroit y Filadelfia antes de ser mandado a Perú.

En 1931 participó en las jornadas electorales a favor del APRA, que terminaron con el encarcelamiento de Víctor Raúl Haya de la Torre y la represión de Trujillo. Para alejarlo de la política peruana, el gobierno mexicano lo mandó a Guayaquil, Ecuador, en 1932 , con la misión de abrir un consulado. Pero una vez ahí, no solamente recibió a los apristas peruanos exiliados, sino que se hizo amigo de Benjamín Carrión, el líder del naciente Partido Socialista Ecuatoriano y fue separado del servicio exterior por intervenir en la política de un país extranjero. Con sus propios medios y ayudado por sus amigos, marchó a Colombia, donde trabajó como maestro y periodista, y continuó involucrado en la política y en la vida cultural.

POEMAS

Allá en mis años...


Allá en mis años Poesía usaba por cifra una equis,
y su conciencia se llamaba quince.
¿Qué van a hacer las rosas
sin quien les fije el límite exacto de la rosa?
¿Qué van a hacer los pájaros (hasta los de cuenta)
sin quien les mida el número exacto de su trino?
Ahora pájaros y rosas tendrán que pensar por sí mismos
y la vida será muchísimo más sin sentido.
Como la esclava que perdió a su dueño
(y tú eras su amo y él tu esclavo),
así irás Poesía por las calles de México.

Booz canta su amor


Me he querido mentir que no te amo,
roja alegría incauta, sol sin freno
en la tarde que sólo tú detienes,
luz demorada sobre mi deshielo.
Por no apagar la brasa de tus labios
con un amor que darte no merezco,
por no echar sobre el alba de tus hombros
las horas que le restan a mi duelo.
Pero cómo negarte mis espigas
si las alzabas con tan puro gesto;
cómo temer tus años, si me dabas
toda mi juventud en mi deseo.
Quédate, amor adolescente, quédate.
Diez golondrinas saltan de tus dedos.
París cumple en tu rostro quince años.
Cómo brilla mi voz sobre tu pecho.
óyela hablarte de la luna, óyela
cantando lánguida por los senderos:
sus palabras más nimias tienen forma,
no le avergüenza ya decir "te quiero".
Me has untado de fósforo los brazos:
no los tienen más fuertes los mancebos.
Flores palúdicas en los estanques.
de mis ojos. El trópico en mis huesos.
Cien lugares comunes, amor cándido,
amoroso y porfiado amor primero.
Vámonos por las rutas de tus venas
y de mis venas. Vámonos fingiendo
que es la primera vez que estoy viviéndote.
Por la carne también se llega al cielo.
Hay pájaros que sueñan que son pájaros
y se despiertan ángeles. Hay sueños
de los que dos fantasmas se despiertan
a la virginidad de nuestros cuerpos.
Vámonos como siempre: Dafnis, Cloe.
Tiéndete bajo el pino más erecto,
una brizna de yerba entre los dientes.
No te muevas. Así. Fuera del tiempo.
Si cerrara los ojos, despertándome,
me encontraría, como siempre, muerto.

Booz ve dormir a Ruth


La isla está rodeada por un mar tembloroso
que algunos llaman piel. Pero es espuma.
Es un mar que prolonga su blancura en el cielo
como el halo de las tehuanas y los santos.
Es un mar que está siempre
en trance de primera comunión.
Quién habitara tu veraz incendio
rodeado de azucenas por doquiera,
quién entrara a tus dos puertos cerrados
azules y redondos como ojos azules
que aprisionaron todo el sol del día,
para irse a soñar a tu serena plaza pueblerina
-que algunos llaman frente-
debajo de tus árboles de cabellos textiles
que se te enrollan en ovillos
para que tengas que peinártelos con husos.
He leído en tu oreja que la recta no existe
aunque diga que sí tu nariz euclidiana;
hay una voz muy roja que se quedó encendida
en el silencio de tus labios. Cállala
para poder oír lo que me cuente
el aire que regresa de tu pecho;
para saber por qué no tienes en el cuello
mi manzana de Adán, si te la he dado;
para saber por qué tu seno izquierdo
se levanta más alto que el otro cuando aspiras;
para saber por qué tu vientre liso
tiembla cuando lo tocan mis pupilas.
Has bajado una mano hasta tu centro.
Saben aún tus pies, cuando los beso,
al vino que pisaste en los lagares;
qué frágil filigrana es la invisible
cadena con que ata el pudor tus tobillos;
yo conocí un río más largo que tus piernas
-algunos lo llamaban Vía Láctea-
pero no discurría tan moroso
ni por cauce tan firme y bien trazado;
una noche la luna llenaba todo el lago;
Zirahuén era así dulce como su nombre:
era la anunciación de tus caderas.
Si tus manos son manos, ¿cómo son las anémonas?
Cinco uñas se apagan en tu centro.
No haber estado el día de tu creación, no haber estado
antes de que Su mano te envolviera en sudarios de inocencia
-y no saber qué eres ni qué estarás soñando.
Hoy te destrozaría por saberlo.

Celos y muerte de Booz


Y sólo sé que no soy yo,
el durmiente que sueña un cedro Huguiano, lo que sueñas,
y pues que he nacido de muerte natural, desesperado,
paso ya, frenesí tardío, tardía voz sin ton ni son.
Me miro con tus ojos y me veo alejarme,
y separar las aguas del Mar Rojo de nuestros cuerpos mal fundidos
para la huida infame, y sufro que me tiñe de azules la distancia,
y quisiera gritarme desde tu boca: "No te vayas."
Destrencemos los dedos y sus promesas no cumplidas.
Te cambio por tu sombra y te dejo como sin pies sin ella
y no podrás correr al amor de tu edad que he suplantado.
Te cambio por tu sueño para irme a dormir con el cadáver leal de tu alegría.
Te cedo mi lámpara vieja por la tuya de luz de plata virgen
para desear frustradas canciones inaudibles.
Ya me hundo a buscarme en un te amé que quiso ser te amo,
donde se desenrolla un caracol atónito al descubrir el fondo salobre de sus ecos,
y los confesonarios desenredan mis arrepentimientos mentirosos.
Ya me voy con mi muerte de música a otra parte.
Ya no me vivo en ti. Mi noche es alta y mía.

Pureza


¿Nada de amor -¡de nada!- para mí?
Yo buscaba la frase con relieve, la palabra
hecha carne de alma, luz tangible,
y un rayo del sol último, en tanto hacía luz
el confuso piar de mis polluelos.
Ya para entonces se me había vuelto
el diálogo monólogo,
y el río, Amor -el río: espejo que anda-,
llevaba mi mirada al mar sin mí.
¡Qué puro eco tuyo, de tu grito
hundido en el ocaso, Amor, la luna,
espejito celeste, poesía!

Canción


De la última estrella
a la primera
fue para oler las rosas.
Vuelta, al revés, del mundo,
abierta la memoria
de la primera estrella
a ti -mujer, idea-,
¿hasta cuándo la última?
La noche, que me espía por el ojo...
La noche, que me espía por el ojo
de la cerradura del sueño,
gotea estrellas de ruidos inconexos.
¿Para qué este hilo de aire con ecos?
Ya ningún lápiz raya mi memoria
con el número de ningún teléfono.
Mi mensaje cae conmigo
sin mis miradas, cuerdas de un trapecio
suspendido, otros días,
de mi cabeza sobre el cielo.
Y nadie inventa aún al inalámbrico
una aplicación para esto:
uno puede caer cien siglos
-sin una honda agua de sueño,
sin la red salvavidas de una antena-
al silencio.

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