PURROY "EL BELÉN DEL JALÓN"
Purroy es una población pequeña y graciosa, bien comunicada por vía férrea con núcleos tan importantes como Calatayud, de donde se abastecía de sus carencias cuando el automóvil aún era privilegio de solo unos pocos, o como de Zaragoza, lugares a los que el viajero puede acudir diariamente gracias a los numerosos trenes que paran en el numeroso y descuidado apeadero. Llegando por carretera por oriente o por poniente, se yergue sobre una pequeña colina en forma de cresta el pueblo, "EL BELÉN DEL JALÓN"... bautizado no se sabe por quien, pero que si tuvo buen tino el padrino llamándole así, pues nada mejor evoca el recuerdo de una postal navideña. Así y de esta manera, rodeado de escabrosas montañas, Purroy ofrece al viajero un aspecto pintoresco y encantador, cautivando su atención, hechizándolo, podría decirse. A sus pies, el valle fértil, la vega, vergel florido en primavera, paraíso encantado; rico en toda clase de frutales: Cerezas, manzanas ,albaricoques, peras, ciruelas, melocotones... y por el medio de este, el Jalón dibujando líneas, curvas escondidas entre frescas y frondosas choperas, partiendo la huerta en dos, derrochando generosidad de aguas para regar las tierras. Por el lado opuesto al valle y a la espalda del pueblo, corre perezoso un barranco por donde antaño bajaban a hacer la colada las mujeres. ¡ Pobres mujeres!. La cuesta, sembrada de piedras polvorientas que tantas y tantas veces habéis andado con el balde a la cabeza y el cantarico apoyado en la cadera. Aún se os oye decir, tal vez con nostalgia, pero con cierto orgullo"¡ Blancura de colada cuando se lavaba en el barranco!" Pero este, aunque de aguas claras y cristalinas era pobre en caudal, pobre barranco, pobre es, que por ser pobre no tiene ni nombre... pero barranco rico, rico barranco por cuanto guardas de historia en tu lecho. ¡Cuanto no habrás oído tu de nuestras mujeres!. Historias de amores y desventuras... y de penurias familiares por aquellos tiempos... y cotilleos entre vecinas que se pasaban el jabón hecho al fuego en casa con tocino, sosa y no se sabe que cosas más. Nos adentramos en la población por la calle mayor, la única que da permiso al paso de los automóviles y que nos lleva hasta la plaza de España, centro neurálgico. Allí , en la plaza, se asienta la casa de cultura, que fuera en otro tiempo la casa de la Villa, Escuela Municipal, consultorio médico... y tan generosa fue, que lo que se le pidiere fuere. Desde allí, desde la plaza, parten las arteria más principales de la población: la calle de la Iglesia, empinada como casi todas ellas, que conduce hasta el lugar que su nombre indica. Arriba, en lo alto, dominándolo todo, resguardando el caserío apiñado, se alza la iglesia, austera, sencilla y señorial. En el Barrio Alto, la calle Coso, un poco más regular y uniforme, recargada de macetas que se agazapan a ambos lados. Más abajo la calle de San Roque, a distintos niveles, la calle del Horno, como dando saltos, la calle de las Eras que lleva hasta el teleclub, la calle del Barranco... Todas sin orden ni concierto, caprichosamente... y en los arrabales, a excepción del vetusto y semiderruido palacio del barón, se levantan algunas edificaciones modernas y algún que otro chalet. Sobre el jalón se alza el monte, que hoy a cambiado su figura debido a la llegada del AVE, también, enfrente del apeadero la antigua cantera nos muestra la riqueza mineral de la población.