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Editorial |
La obra
literaria y la problemática
monetaria
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La obra literaria se arriesga mucho al ser sólo un producto que se puede adquirir con algún dinero. Si nos basamos en la historia, podemos constatar que la importancia y valoración de una obra literaria, tiende a aumentar o disminuir por una serie de características que entre ellas podemos destacar, la originalidad, la sensibilidad apreciada a través de los sentidos, así como el valor histórico de la misma, pero en ninguno de los casos una obra literaria adquiere trascendencia valorativa, por la cantidad de ventas o precio que esta llegue a tener por más Best Seller que sea. Y es que la obra literaria no se encierra en una suerte de sistema mercantil o de producción en masa, para que su calidad exija en el lector un aplauso o un exigente estudio crítico que haga universal dicha obra. No. Los tiempos cambian es cierto, pero la valoración axiológica de una obra literaria no puede regirse a través de sus ventas o de las proximidades mediáticas como la obtención de reconocimientos o premios importantes. La obra literaria es como un jabón en el agua, siempre tratará de escaparse de las manos del que sólo quiere hacer industria en el océano mundial hoy por hoy globalizado que domina y a la vez entrega muchas posibilidades, una paradoja en la cual debemos tener muy en claro nuestra apreciación individual (lo que se podría denominar, conciencia individual), sobre lo que es y no es, de una manera consecuente. En el mundo grandes editoriales publican a grandes escritores. La novela, como género favorito (refiriéndome a ventas) de toda gran empresa editorial, se ha ido alienando poco a poco hasta perder su esencialidad, su intención que es la ser un producto artístico y cultural, un registro humano, más allá de un objeto de disfrute y pasatiempo. Claro que hablo haciendo siempre excepciones, ya que la obra literaria habla por sí misma y para llegar a una valoración es necesario tomar un camino que nos lleve a una reflexión que culminará indefectiblemente en el mismo lector, es decir al leer, no sólo se debe sentir el éxtasis que produce la lectura sino también se debe pensar. Es este lector el que va formando crítica, mas no el crítico en sí, ya que al final el crítico literario a pesar de su gran formación intelectual, no puede ser separado de el grupo de lectores que len una determinada obra. Cuando hablamos por ejemplo de un autor universal, hablamos no sólo de alguien que tiene muchas ventas de sus obras, se tiene que poner en práctica un examen reflexivo acerca de lo que nos está transmitiendo a través de su obra. Es sabido pues que las grandes industrias editoriales, saben muy bien a quienes proyectar sus productos, cómo crear demanda. Estas editoriales (como creo que muchos lo saben), sólo publican a sabiendas de las posibles ventas que se puedan dar. Se deja de lado por ende, la calidad, la originalidad y la sensibilidad, para ser llenada por historias plásticas, fáciles de digerir. El escritor no es un vendedor, un empleado más de este sistema, aunque muchos quieran encerrarlo en un escritorio y éste tenga que escribir una obra cada dos años para que la editorial lo mantenga económicamente, él, jamás podrá amoldarse a la hipocresía que conlleva ser sólo una cara bonita de la literatura, una máquina para hacer grandes ficciones, esas, las que duran en la mente sólo unos días hasta que el libro se acaba y se arroja al tacho de basura como una cáscara de plátano.
Paolo
Astorga
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