Carolina Lozada
natalia_linacero@hotmail.com

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Historias Vecinas

 

Si la angustia no tuviera tantos meses,

si pudiera huir de esta ciudad

Fito Páez y Joaquin Sabina.

 

 

 

Acto I:

 

Un hombre camina por la calle, salió a respirar un poco de aire, luego de estar resolviendo problemas matemáticos durante toda la tarde. Hace frío y el comercio está cerrando sus puertas. Se detiene al frente de una tienda de antigüedades y ve una cajita de música con una bailarina girando en el centro, inmediatamente piensa en su madre. Su madre alta y esbelta, frustrada bailarina. Entra al lugar y compra la vieja caja de música, le da cuerda y mientras ve el monótono movimiento de la bailarina, recuerda la alegría y vitalidad de su madre antes que la locura hiciera estragos en ella y la llevara al suicidio. El hombre siente un escalofrío y sale de la tienda.

 

Acto II:

 

Una mujer llega a su apartamento, luego de trabajar todo el día, abre la nevera y no encuentra más que el vacío de las bolsas desordenadas. Sale a buscar una pizza y unas cervezas. En su recorrido pasa al lado de un hombre que está parado afuera de un bazar de antigüedades. Entra a la pizzería que está al frente y ordena una pizza con mucho queso y aceitunas, se sienta a esperar su pedido y desde la ventana observa al hombre en la tienda darle cuerda a la cajita de música. La algarabía de unos comensales eufóricos por el triunfo de su equipo de fútbol le distraen la mirada. Y cuando vuelve la vista a la tienda, ya el hombre ha salido.

 

 

Acto III:

 

Una vieja miserable sentada en la acera pide limosna a todo aquel que pasa a su lado. Bendice a los que le dan una moneda y maldice a aquellos que pasan con indiferencia. Un hombre se le acerca, la mira, sin lástima, sin interés, sin piedad, y saca del bolsillo de su gabán una gastada caja de música, se la entrega a la vieja que lo mira extrañada. Sobre sus manos toscas y maltratadas, la bailarina comienza a girar pausadamente. La anciana sonríe ante la elegante pose de la muñequita.

 

 

Acto IV:

 

El servicio de la mesa ocho está listo, dice el cajero. Un joven con sonrisa Mac Donalds se acerca a la mesa donde está la mujer esperando su pedido, la mujer paga y sale a la calle. Llega al edificio, llama al reumático ascensor y éste como siempre no funciona. Maldice y sube las escaleras, abre apresuradamente la puerta, el teléfono está reventándose. No llega a tiempo para responder, sólo puede oír el mensaje dejado en la contestadora: Hola amor, quiero verte, necesitamos hablar. Prometo no volver a golpearte. Estoy abajo del edificio, asómate al balcón. Descuelga el teléfono, abre la caja de la pizza y la lata de cerveza, algunas aceitunas ruedan por el piso mientras la mujer camina sigilosa hacia el balcón y se asoma furtivamente para evitar que la vea el hombre del jeep verde. El hombre que fuma neuróticamente y observa distraído a un hombre de gabán beige que pasa a su lado y se introduce en el edificio del frente.

 

 

Acto V:

 

El matemático sube seis pisos y llega a su apartamento. La gota de agua que sale de una de las llaves dañadas ha inundado el caótico lugar. Su escritorio está invadido por fórmulas inconclusas. Desde el espejo lo observa la fotografía rota y remendada de una mujer. Invadido por la inundación se recoge en el sillón y pone el mismo disco de siempre. Se sienta al frente de la fotografía y recuerda la alegre tarde en que la tomó, fue en un parque y ella estaba vestida de azul. Pero también recuerda la tarde que lo abandonó, argumentando que estaba harta de la precariedad en que vivían y de su improductivo y abstracto pensamiento matemático. Desde ese día no volvió a pagar las cuentas, que se reproducen desconsideradamente, esparcidas por todo el lugar.

Ahora toma una pistolita de agua y dispara contra la fotografía.

 

 

Acto VI:

 

La mujer se había quedado dormida frente al televisor, el ruido impertinente de una bocina furiosa la despertó abruptamente. Sabía que era él. Cerró la puerta con llave, asustada por el estado demencial del hombre. Abajo, el hombre discutía con el conserje para que lo dejara subir. El conserje se vio obligado en llamar a la policía. Ésta llegó dispuesta a llevárselo por perturbaciones del orden público.

Aterrada, la mujer se arrinconó en su cuarto.

 

 

 

Acto VII:

 

Obsesionado por la idea de otra dimensión, el matemático tomó su cuaderno de notas, dibujó un moebius y escribió: Estoy convencido de que el otro lado existe. Se asomó al balcón, sonrió, tomó aire y se lanzó. En su habitación la música siguió sonando y la gota de agua cayendo.

 

 

 

Acto VIII:

 

Cuando los policías se disponían a meter al hombre esposado a la patrulla, vieron estremecidos, un cuerpo en caída libre desde un sexto piso. Inmediatamente se produjo el tumulto público. Las fuerzas de seguridad trataron de despejar el lugar de curiosos.

La mujer baja corriendo las escaleras, mira con ojos de desprecio al hombre apresado. Luego se acerca al cuerpo sin vida y reconoce al hombre de la cajita de música. Se aleja perturbada. La patrulla pasa a su lado y el hombre del asiento trasero la mira con ojos suplicantes de perdón. Ella pasa invisible entre los curiosos, se mete en su apartamento. Se aproxima a la nevera, saca una cerveza, la destapa y se asoma al balcón.

 

 

 

 

 

 

 

 

Rojo

 

 

 

Transeúnte número 01

Yo pasé al frente del edificio después que ella había caído. Pasé cuando los estragados curiosos eran apartados por las fuerzas del orden. Me enteré que era ella y no él por el zapato rojo que quedó tirado, solitario en la acera, cerca del lugar donde había caído el cuerpo. Seguramente el zapato salió disparado del pie cuando el cuerpo descendía en caída libre. Era un zapato tosco, de punta roma y tacón grueso, casi nuevo. Eso fue lo único que supe de ella, que usaba zapatos rojos.

 

 

Transeúnte número 02

Todos los días camino por la calle Santa María, la recorro al regresar del trabajo. Santa María suele ser una calle tranquila, alterada sólo por las aceras reventadas por los brotes violentos de las raíces de los árboles y algún perro que se asoma furioso desde las rejas de su casa. Pero ese lunes la calle estaba convulsionada, en realidad, un rincón de la calle. Apuré el paso para llegar hasta el enjambre de curiosos. Había una ambulancia y hombres uniformados. Un charco de sangre groseramente desparramado por la acera no me permitió acercarme más. Estomagado me alejé, la sangre me pone nervioso. Antes de alejarme completamente oí a alguien decir que en ese lugar habían matado a una persona. No sé.

 

Transeúnte número 03

Las mujeres son una vaina muy seria, cuando uno las quiere, ellas se ponen malcriadas y desean hacer los que les da la gana con uno. ¡Pero Beatriz a mí no me va a joder! Ahora le dio por quererse casar, tener hijos y demás detalles matrimoniales. ¿Y casarnos para qué?, si así como estamos vamos bien, cero suegra, ningún pañal desechable y mucho sexo. ¿Acaso no es esto la felicidad?

Ya son más de las seis de la tarde, debo apurarme si quiero llegar temprano, no vaya a pensar que ando con otra mujer. Hoy vamos al cine.

Al llegar al edificio donde vive Beatriz, veo un grupo de personas en los alrededores, entre ellas está Beatriz. Me acerco, ella se tira a mis brazos y me dice nerviosa: se lanzó, se lanzó, señalándome hacia los balcones. Un charco de sangre está sobre el piso, la policía nos pide que nos retiremos. Beatriz me abraza con más fuerza. Entramos al edificio, en el ascensor me cuenta que una mujer se lanzó del séptimo piso. Me dice que ya no tiene ganas de ir al cine, que mejor nos quedemos en casa. A mí el cuento de la mujer suicida me quitó las ganas de todo, hasta de hacer el amor con Beatriz, aun cuando ella está metiendo mi mano entre sus pechos.

 

 

Transeúnte número cuatro

Yo la vi caer. Fue todo tan rápido. Se asomó al balcón como quien sale a tomar aire o mirar la cuidad y, de repente, se lanzó. Mientras yo me debatía entre poner una o dos cucharadas de azúcar al café, ella decidía entre vivir o morir. Apostó por lo último. Tal vez había tomado con anticipación la decisión de morir, así que lo hizo rápidamente para no arrepentirse. Yo que ponía la otra cucharada de azúcar y ella que se lanzaba, dejándome un mal sabor en la boca que me quitó las ganas del café. Apenas la vi caer salí de la cafetería, antes que llegaran los morbosos adictos a los tragedias. Salí, creo que sin pagar.

Ella tenía puesto un vestido rojo o fue una mancha roja lo que yo vi caer. Caminé rápido y nervioso. Me fui al metro y mientras esperaba el vagón, la veía repetirse en caídas, lanzándose a los rieles. Consternado llegué a mi casa. No conté a nadie lo sucedido. Pero desde entonces sueño con un trapo rojo cayendo desde un séptimo piso. Ahora lo cuento para exorcizarla. A ella y a su vestido de sangre.

La Vecina

La mujer que se lanzó era mi vecina de piso. Yo poco la trataba y apenas la veía. Creo que trabajaba en una agencia de viajes o algo por el estilo. Me enteré del grotesco suceso por el conserje del edificio. Cuando llegué al edificio después de las seis de la tarde, me extrañó verlo lavando el piso de la entrada a esa hora. Él me contó lo sucedido mientras veíamos como la sangre se desvanecía entre el agua y el jabón. ¡Que feo! le dije, ¡que feo! Y me metí a mi apartamento.

Después de comer me asomé al balcón y un escalofrío me recorrió el cuerpo ¿cómo puede alguien tener el valor para lanzarse al vacío? Cerré la ventana y encendí el televisor. Al día siguiente hablaría con la inmobiliaria, seguramente pondría en alquiler el apartamento de la difunta y mi prima necesita mudarse. No creo que le importe lo del suicidio. Si lo ateos no creen en Dios, tampoco deberían creer en fantasmas. Digo yo, no sé.

 

Mujer que decide lanzarse desde el balcón

Nos mienten siempre. Nos mienten en la radio, en la televisión, en los titulares de prensa. Nos mienten desde las torres gemelas, nos miente el Papa, el Presidente, el novio que nos es infiel. La vida es una mentira, ella también nos miente.

Hoy es lunes. Un día repetido en el almanaque cuatro veces al mes. Los lunes comienzo de semana, otra vez el trabajo, la cola en el banco, el himno nacional en la escuela. Es inútil el esfuerzo de arrancar los papelitos del almanaque, siempre te vas a encontrar con los lunes. Con su cara de hastío, con su atuendo en cumplimiento del deber.

Anoche decidí borrar los lunes de mi vida. Borrar los lunes, pero también los martes, los miércoles con sus jueves, los viernes y sus hermanos sábados y domingos. Anoche tomé un rosario y conté sus cuentas, ninguna me dio alivio. Son cincuenta y nueve cuentas divididas en tres avemarías, cinco misterios y cinco glorias. Cuando niña veía a la abuela rezar y pasar por sus dedos cada una de las pequeñas cuentas. Un día ella me enseñó a rezar el rosario, prometiéndome que al hacerlo me sentiría protegida. Me mintió, ya las conté, ya las recé, y no me siento protegida. Me mintió.

Cuando mi abuela murió llevaba en sus manos el rosario, acompañando el vestido blanco sin encajes. Yo no quiero vestir de blanco para mi muerte, tampoco de azul oficina. Quiero vestirme de rojo como la pasión, la que le falta a mi vida. Porque la vida, además de una mentira, es un hastío, es un rostro repitiéndose en el espejo, arrugándose, consumiéndose, olvidándose.

Descolgué el teléfono, apagué el celular. No encendí la radio, ni la televisión, tampoco compré la prensa. Al conserje apenas le di los buenos días. No me puse ropa interior, me gusta sentirme sin ropa interior cuando estoy en casa. Me ducho, me visto, me peino el cabello, lo tengo muy largo, ya no hay tiempo para cortarlo, además no soporto las conversaciones en la peluquería.

Afuera están los autos, los transeúntes, los parques, las miradas, las iglesias, las escuelas, los huecos en las calles, las canciones de moda, los ruidos del día. Afuera está el mundo, la vida dicen. Las piernas, los corazones, las sonrisas. Mi mundo está adentro, escondido detrás de ese balcón, metido en un vestido rojo, refugiado detrás de las cuentas del rosario, de los inútiles barbitúricos, de las botellas de ginebra, del espejo roto de un puñetazo, de la mano rota por un puñetazo al espejo.

Ya casi son las seis de la tarde, buena hora para descansar. Siempre me ha gustado esa hora, su ambigüedad entre el día y la noche. Es una buena hora para irse. Sin sol, sin calor, sin equipaje. Sólo con un vestido y unos zapatos rojos.

Ya son las seis de la tarde.

 

 

 

 

*Historias vecinas pertenece al libro Historias de mujeres y ciudades

*Rojo pertenece al libro Memorias de azotea

 

 

© Carolina Lozada

 

 

 

 

Carolina Lozada (Venezuela, 1974) Escritora, Licenciada en Letras egresada de la Universidad de los Andes (Mérida-Venezuela) Ganadora del I Certamen Internacional de relato breve "El País Literario" (Madrid, 2005) con el cuento Viejo bar. Viejo tango. Premio Municipal de Narrativa "Oswaldo Trejo" (Mérida-Venezuela, 2006) por su libro Memorias de azotea. Mención publicación en el I Certamen de Narrativa "Salvador Garmendia" (Caracas, 2006) por el libro Historias de mujeres y ciudades, libro mención de honor en el II Concurso de Narrativa "Antonio Márquez Salas" de la Asociación de Escritores de Mérida (Mérida, 2005).

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Revista Literaria Remolinos