Mercedes Reimondo Suárez
mechulichi@hotmail.com

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LA FOTO

 

 

 

Estoy mirando esa fotografía mía que no lograba mantenerse en pie, de la misma manera que mi persona en tu vida. Me digo que es porque la pata del portarretrato esta averiada, pero no sé si fue ese mismo pie el que no resultó en nuestra relación. Un pie que no se rompió por casualidad, sino después de nuestra primera discusión, cuando en medio de la rabia algo chocó con la mesilla en la que reposaba. Cayó al suelo y con él, la estabilidad de una pareja que no tengo muy claro que algún día funcionara.

Siempre que veía el cuadro caer, le levantaba pero no se sujetaba mucho tiempo, al primer soplo de viento, ante cualquier vibración, se deslizaba nuevamente. Como nosotros, que en los muchos momentos en los que hacíamos el amor íbamos al cielo y luego nos despeñábamos cuesta abajo. No intenté más corregir su postura. Después de un tiempo le dejé así, tumbado, con mi imagen hacia arriba. Pasabas por su lado, lo veías, lo ignorabas, como todo lo que nos ocurría. No te importaba, no intentabas arreglarlo, nunca lo hiciste y yo me cansé de hacer lo imposible.

No me explico que atractivo le encontrabas a esa foto, creo que es de las peores que tengo. Siempre te empeñaste en llevarla contigo a todas partes, hasta que un día tuve la fatal idea de colocarla en aquel portarretratos que antes guardaba la imagen de tu anterior pareja. ¿Será que fui yo quien me tambaleé entre tus sentimientos? Solo tú podías darme una respuesta pero no tratabas el asunto. Para ti todo estaba bien. No hablabas del tema. Nunca te ha sido cómodo dar explicaciones.

Encontré el marco al poco tiempo de mudarme a tu casa. Estaba en un cajón, debajo de un montón de ropa interior y calcetines que no utilizabas. Lo guardabas todo, había armarios que eran solo para aquellas cosas que habías dejado de necesitar y cajones llenos de objetos en desuso. Uno de ellos acumulaba relojes que a juzgar por los diseños, habían ido almacenándose durante años, también le acompañaban cinturones, pañuelos, alfileres de corbatas que nunca te vi, y algún que otro objeto que nada tenía que ver con aquellos, pequeños papeles con anotaciones de teléfonos, condones caducados y olvidados y el recurrente marco de foto. Todos ellos sepultados por corbatas pasadas de moda, bufandas antiguas y pequeñas piezas de ropa que revelaban, que en el pasado habían sido de tu agrado.

Cogí el portarretratos, me llamó la atención. Albergaba una imagen peculiar. Era un contraluz precioso, con la silueta de una mujer de cabello al viento. Estaba vestida de manera informal, vaqueros y un jersey de mangas anchas. Estaba apoyada en la barandilla de un lugar que parecía un mirador. No sabía que le hacían la foto, porque estoy segura que hubiese intentado disimular ese perfil excesivo. Supongo que era justo lo que querías captar, si es que fuiste tú quien hizo perdurar el instante en que ella miraba la puesta de sol. Parecía feliz, tenía esa expresión de romance recién estrenado que inunda el semblante y sentí algo parecido a los celos, entonces lo dejé donde estaba.

Era feliz, tenía una nueva pasión que llenaba mi cuerpo y la espiritualidad repleta de las dudas que traen los nuevos amores. Te había conocido meses antes en un paseo solitario por la playa. Ya había terminado el verano y se acercaba un temporal de lluvia y viento. Siempre me gustó el mar revuelto y allí fuí, a ver como se hacen intensas las olas y el cielo pierde su azul. La verdad es que buscaba más que aquella visión, buscaba que ese mar encabritado entrase en mis venas y sucedió. A veces hay que tener cuidado con lo que se desea. Apareciste tú, con los zapatos de la mano y mirada de cazador, sonreíste y hablamos. Ibas a estar varios días por allí. ¿Trabajando me dijiste? No lo recuerdo ya, porque a lo largo del tiempo esta ha sido siempre tu excusa y tu razón. Pero si me acuerdo que te gustaba la mar revuelta porque la calma era aburrida, que el cielo despejado no tenía misterios, que preferías un día de tormenta a meses de calma y yo debí haber prestado más atención a aquellas frases que parecías repetir de memoria.

Me fui a casa con la punzada en el estómago que deja el deseo insatisfecho y la certeza de querer volver a verte. En efecto, el mar había entrado en mi sangre y quería expresarlo. Volví a la playa y te encontré o tal vez ya tú me habías encontrado desde el día anterior y dejé escapar la tempestad. Me sentí muy bien, desahogada y satisfecha, lejos de todos los convencionalismos que marcaban a diario mi vida. Había soñado muchas veces con tener un amante furtivo que no dejase huellas y apareciera de repente y desapareciera, como los huracanes. Llegar, arrasar y desaparecer. Nos bañamos en el mar enrabietado, desafiamos las olas con nuestros cuerpos, nos mojamos en la lluvia y se erizó nuestra piel con el viento.

Subimos a la habitación como los nuevos amantes, entre risas y juegos, directos a la ducha. Tú saliste primero y yo me quedé un poco más debajo del chorro de agua caliente. Siempre me ha costado renunciar a ese placer, a pesar de ser rutina. Había traído de casa un vestidito de verano, floreado y corto, poco apropiado para el clima que esperaba fuera de aquella habitación, pero dentro, acababa de llegar la primavera. Salí con apenas mi vestido y el bote de crema en la mano. Tú estabas encima de la cama, con una minúscula toalla y mirándome como si fuese yo una estrella de cine. Subí el pie en la cama y comencé a darme crema en la pierna y me llamaste. Te miré entre los rizos que caían sobre mi cara y ¡flash!, te quedaste con una imagen mía desenfadada y con cara de sorpresa.

-¿Qué haces? Estoy horrible.

-Estás perfecta, así es como eres. La guardaré siempre. Me gusta.

Se suponía que durarías lo mismo que la tormenta, pero no, quisiste quedarte e insistir. Me llamabas cada día, no podías prescindir de mí. Deseabas verme en todo momento. Yo valoraba mi independencia y muchas veces me costaba encontrarme contigo. Crecía tu deseo con los días que pasábamos sin vernos y meses después me querías en tu casa, a todas horas, y cuando no podía ser, hablábamos y me decías que estabas viendo la foto.

No te despegabas de ella, la llevabas entre tus documentos, en ese maletín del que nunca te separabas y que guardaba todas las cosas que considerabas importantes. Allí estaba yo, junto a tu pasaporte, una reserva de dinero siempre a mano, la agenda y otros papeles de los que no te alejabas.

Terminé en tu casa. Aquel sitio era como un museo que contaba tu vida. Trofeos de tus aficiones, fotos de tus viajes, imágenes preciosas en las que siempre estabas solo, lugares aislados. Aunque todo estaba aparentemente personalizado, carecía de humanidad. No había familia, ni amigos, y los tenías. Realmente era como si hubieses conseguido evadir al mundo de aquel recinto solo tuyo, y fue mi primera sospecha. ¿Qué significaba yo? Supuse muchas cosas que me quedé como respuesta.

Tus amigos tenían asumidas tus rarezas y esa familia tuya a la que nunca conocí y que apenas mencionabas, no sé que pensaría de ti. Ellos a su vez intentaban saber quien era yo, como te había conocido y como había aparecido de la nada. Pero esas rarezas avivaban la pasión. Nunca me preguntaste nada personal, como si mi pasado no formara parte de quién era en ese momento y eso estaba bien, alguien a quien solo le importaba el presente.

Tuve que encontrar un sitio para mis cosas, llevaban días en cajas de cartón. Subí al trastero, cogí un par de maletas y metí en ellas todos aquellos artículos en desuso acumulados por todos los armarios y entre ellos el portarretratos. Le volví a observar y la mujer ya no me pareció tan feliz como la primera vez, se me antojaba pensativa, tal vez como yo en aquel sitio al que no pertenecía, inmiscuyéndome en una vida completamente ajena y tomando decisiones que no sabría si tendrían consecuencias. Devolví las maletas al lugar donde las encontré, esta vez llenas de cosas que consideraba innecesarias para alguien que las había abandonado. Bajé, pero antes hurgué por una estantería llena de bolsas de viaje cerradas. Miré dentro. Había pijamas gastados, parecían de mujer y bolsos de paseo, un ropón de dormir, un chándal de niño pequeño, ropas de paso que se van haciendo viejas y que a nadie le importan. Cerré la cremallera, pensando que con ese gesto también me abandonarían las preguntas.

No dije nada, coloqué mis cosas y cuando llegaste no se te escapó el cambio. Uniste las cejas mientras echabas la vista por la casa como un lobo desconfiado, pero luego me miraste fijo y sonreíste. Trabajabas mucho todos los días y todo el día, nos veíamos para comer y tarde en la noche. No había mucho tiempo para conversaciones. Evitabas hablar de cosas serias y prolongadas. Empecé a estar inquieta y no se te escapó. Me entretenías con regalos y cenas sorpresas en lugares inesperados y yo, sucumbía ante tu anatomía una y otra vez. No tenías nada especial pero desordenabas mis ideas y ese halo de misterio me gustaba, y no.

Aunque continué con mi vida, las dudas no dejaban de rondarme. A tu alrededor, tus amigos tenían algo parecido a un pacto de silencio pero algún que otro comentario llegaba, o frases con contenidos ocultos, pero nadie hablaba abiertamente de tu pasado o presente. Creí entender que tenías una vida paralela organizada y que yo era como una pequeña licencia que te tomabas de vez en cuando y que no era la primera. Me pudo el orgullo y hablé. Ser una mujer dócil y conformista nunca fue conmigo, aunque a tu lado, preferí ignorar durante un tiempo.

Preparé una cena especial estilo geisha. Te esperé vestida apenas con un delantal que poco tapaba y tú seguiste al pie de la letra el ritual. Cenamos, hicimos el amor y luego... pregunté.

-¿Quién es la mujer de la foto? ¿De quién es la ropa que encontré en el trastero? Había un pijama de niño.

Me miraste fijamente, con sorpresa, como si nunca te hubieses esperado mis preguntas y te quedaste callado. Me resultó muy largo tu silencio, incómodo, pero era aún peor tu mirada inseparable de mis ojos. La expresión te cambió, parecías decepcionado. El estómago me dio un salto al escuchar tu suspiro largísimo y algo dentro de mí anunció que era el fin.

-Nunca necesitaste explicaciones. ¿Por qué ahora?

-No sé quien eres cuando sales de esta casa y de esta cama.

-¿Desde cuándo eso no es suficiente?

-No he dicho que no lo sea, pero mejoraría bastante si tuviera tus respuestas.

-No las tendrás.

Te diste la vuelta y yo quedé muda. Era la primera vez que alguien me hablaba así. No supe si era un desafío o simplemente toda tu respuesta.

Al día siguiente te marchaste al trabajo, como siempre, y hubiese sido un día rutinario. No lo fue porque encontré en el cajón de tu lado de la cama, la foto. La llevabas a todas partes y no era casualidad que la hubieses dejado. No quise darme por vencida y en un arrebato subí al trastero, encontré el portarretratos, lo abrí y... ¡sorpresa! La mujer de la imagen ahora me parecía triste, observando la inmensidad con cara de nostalgia, pero no estaba sola. No había solo una fotografía sino varias, superpuestas unas sobre otras, imagino que por orden cronológico en tu vida y dudé. Dudé entre colocar la mía encima de las demás o quitar las otras y dejar solo mi imagen. Escogí la segunda. Bajé con el marco y lo puse bien a la vista encima de tu mesilla.

Llegaste distante, discutimos y en un intento de quitarte la chaqueta con rabia, chocaste con el pequeño mueble y el marco se despeñó, como nosotros. Se le rompió la pata y ya no fue fácil mantenerlo en equilibrio. Nos ignoramos esa noche, a la mañana siguiente y la noche que le sucedió. Me costaba conservar el cuadrito en pie, caía constantemente y varias veces te vi mirarlo con nostalgia, como si la persona que estaba en él fuese distante, lejana, antigua.

A la tercera mañana me levanté mirando aquella foto en la que ya no me reconocía. No era más aquella mujer que te miraba ingenua y con fascinación, después de una atracción loca y satisfecha. Era mas bien como aquel portarretratos o así sentía mi corazón, con una pata rota y mirando hacia arriba.

Me pasó por la cabeza cambiar el marco, como si el misterio radicara en la física. Entonces me acordé de mi madre, de un viejo consejo que me dio cuando aún no podía entenderlo. "Cuando un amor sea más fuerte que tu capacidad de raciocinio, huye". Así lo hice. Con más tristeza que convicción, rehice mi equipaje, consciente que la decisión no era mía, sino tuya pero cobarde al fin, nunca la expresaste. Me empujaste fuera sin pronunciar palabra.

Te dejé la foto, aquella a la que un día tanto te aferrabas. Te la dejé allí mismo, en aquel portarretratos roto. No supe si sabrías que hacer con ella, de la misma manera que no supiste que hacer conmigo o quizás si. Tal vez me querías como me captaste, corta, efímera y con cara de sorpresa. Tal vez se te dieran los objetos mejor que las personas, lo guardabas todo. Tu casa era una exhibición de tu pasado, tus recuerdos y aventuras, como si intuyeses que un día serían tu tesoro para reconstruirte.

Ha pasado algún tiempo, casi un año, te he olvidado. Todas las relaciones dejan una secuela. Ya no veo el mar intranquilo, ahora me gustan las alturas. A veces voy a esos sitios que tenías en tus paredes. Sitios como este.

 

 

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Hoy no puedo creer que le haya encontrado, después de haber escapado de su vida y sin hablarnos nunca más. No es el mismo, lleva el cabello rapado al cero y una gran cicatriz le cruza la cabeza. Está provocada por una de sus arriesgadas aficiones. Me ve y yo disimulo detrás de mis gafas de sol. Se levanta con dificultad y se acerca pero creo que no me reconoce. Tiene la vista distante y ha perdido su mirada de cazador. Ahora parece la presa, inseguro y nervioso, mientras yo revivo la historia en presente y en pasado a la vez.

-Señora, tengo una foto suya. ¿Me conoce? Sé que es usted, la he mirado muchas veces. ¿Quiere contármelo?

-Es una breve historia, no sé si merece la pena.

Alguien nos mira con discreción, supongo que le acompaña pero se mantiene lejos para no molestar. Me mira aliviado, como quien se siente libre de no hacer el ridículo. Me da pena. Me gusta igual que la primera vez que le vi. ¿Dónde está el depredador, aquel hombre insensible a las preguntas ajenas y propias?

Me cuesta creer lo que está pasando. No sé exactamente que siento. Quiero parecer serena pero a la vez me gustaría estar enfadada. Me debato entre ser dadivosa o demostrar rencor. ¡Me resulta ahora tan vulnerable! En un ataque de generosidad le doy la mano y le invito a sentarse frente a mí. Hago algo más de lo que en su día él decidió que yo merecía obtener.

-Me han dicho que solo tengo fotos de las cosas importantes, usted es una de esas cosas. No había en el dorso nombre, ni teléfono y está sola, en un marco para retratos con la pata rota.

Me hace reír su nueva inocencia. Al final cumplió su promesa, queriendo o no, la ha conservado. Resulta que ahora soy algo importante, me hace gracia. Tengo curiosidad por ver su reacción cuando sepa la verdad.

-Bien, te contaré nuestra historia.

 

 

 © Mercedes Reimondo Suárez

 

 

 

Mercedes Reimondo Suárez, nacida en La Habana, Cuba, 1974. Estudió Derecho en la Universidad de la Habana. Escribe relatos cortos, algunos publicados en la red y tiene a la espera de culminación algunos proyectos de novela. Residió en Portugal y actualmente vive en España. Hace traducciones del portugués al castellano.

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