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Carlos
Almira Picazo |
El suplantador
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Tras un sonado incidente, Camilo Peláez volvió a su casa. Si alguien le hubiera preguntado dónde había estado o qué había hecho en ese tiempo, cinco días, una semana como mucho, no hubiera sabido qué responderle. Subió las escaleras con paso flexible, deportivo, se plantó frente a la puerta de su piso que, naturalmente, estaba cerrada, y mientras buscaba las llaves (es increíble la de cosas que puede uno meterse en los bolsillos sin darse cuenta), se sonrió como si acabase de hacer o estuviese a punto de cometer una diablura. El rostro congestionado, los ojos brillantes, y la ropa -¿para qué hablar de ella?- definían su estado mejor que cualquier descripción. No obstante saludó a todo el mundo como si acabase de tocarle la lotería, y no se desesperó cuando la llave se encasquilló en la cerradura. Al contrario, volvió a introducirla con toda calma y la hizo girar con suavidad hasta que la puerta cedió al fin. La penumbra familiar y silenciosa del vestíbulo cayó sobre él, acariciadora. Entró con cuidado, casi de puntillas, sorteando hábilmente las baldosas sueltas. "Ahora una ducha caliente y a dormir". De la cocina, a su derecha, le llegó un efluvio apetitoso de verduras y café. Ante él apareció de repente el comedor, cálido y acogedor. Tras varios días en el frío y la humedad de las calles apreciaba y valoraba mejor que nunca todo aquello. En el recibidor estuvo a punto de tropezar con el esbelto paragüero, decorado con escenas de caza, pero prosiguió sin encender la luz y sin anunciarse. Al fondo, en alguna de las habitaciones, resplandecía la difusa claridad de una ventana. Aún no era mediodía. Del cielo encapotado descendía una llovizna cuyo rumor le parecía oír tras las paredes, en un tintineo remoto. El motor del ascensor lo sobresaltó mientras se arreglaba apresuradamente la corbata deshecha ante el espejo lleno de sombras. Como era festivo no se había encontrado a casi nadie, aunque ahora que lo pensaba (¿por qué demoraba tanto su entrada en el comedor?), le habían mirado de una forma rara, y apenas habían respondido a su saludo. ¿Quién comprende a la gente? Permaneció aún un minuto quieto, callado, como escondido, saboreando la perfecta calma que salía de la casa, que se desprendía de las habitaciones. El placer, la felicidad inminentes de la ducha y del sueño lo envolvían ya, lo acariciaban por anticipado. El mérito de aquel confort abierto, sencillo, luminoso, se lo debía en buena parte, debía reconocerlo, a Teresa. Cuántas veces, sin embargo, le había molestado, fastidiado, en el pasado aquella manía suya tan femenina, por trastocarlo todo, por limpiar y desempolvar y decorar a todas horas, cuando lo único que él pedía era paz. Pero si su parecer hubiese prevalecido entonces ahora esa sensación de orden y limpieza que lo encerraba como un cofre forrado de terciopelo... en estas ensoñaciones estaba perdido cuando le pareció oír que alguien se acercaba desde el fondo. Dos rostros le miraban estupefactos desde la puerta acristalada del comedor. La luz caía dura sobre ellos. -¿qué hace usted aquí? El rostro, idéntico al de su mujer, se escondía como avergonzado tras las espaldas del hombre. Inmediatamente le asaltaron un sinfín de sospechas. "¿Teresa?" Pero si algo enseña la vida es a no fiarse de las apariencias, a no dejarse arrastrar por los primeros impulsos y corazonadas. Así pues, decidió darle aún unos segundos para que reflexionase y se explicase. Dentro de unos minutos los tres estarían riéndose, bromeando, instalados con todo confort ante la mesa entre tazas de café. Así ocurriría sin duda. Pero había que tener paciencia. Aquel hombre era un familiar de Teresa, y era normal que ella se hubiese asustado al toparse con él allí. El hombre lo forzó a retroceder hacia la puerta. Mantén la distancia. Envalentonado, dio otro paso hacia él. Ya había conseguido sacarlo a la escalera. Teresa le llamó Camilo. ¿No era aquel hombre como él dentro de unos años, con una pátina de tristeza? La puerta se cerró. Consternado, bajó las escaleras, sin preocuparse del ascensor ni de la cara del portero y cruzó la calle. De golpe cayó en la cuenta: ¡qué desastre! Él había estado ausente. Cualquiera diría que en un safari. La chaqueta, los pantalones, lucían rotos y manchados. ¿Y la corbata? ¿Y los rasguños? No recordaba habérselos hecho, a decir verdad no recordaba dónde había estado ni que había hecho, nada, como si saliera de un agujero negro. De pronto los vio. Acababan de salir también del portal, del brazo, como todos los domingos. Se figuró que irían a la iglesia. Luego el paseo hasta el río. La cerveza, la subida al Miquelets. El otro se le parecía, ¡qué diablos, eran como dos gotas de agua! Camilo se palpó como si acabaran de asaltarlo y buscase la cartera con una esperanza inútil. ¡Pero si él estaba allí, quién era el otro, su suplantador? Sin pensarlo más, se decidió a seguirlos. Tenía que aclararlo. Insistiría. Había habido un error, un horrible malentendido. Al avanzar le dolían cada vez más las piernas y la espalda, como si acabase de sufrir un accidente, como si se hubiese despeñado por un balate, por un precipicio. Sin darse cuenta alcanzaron el Miquelet. Aquel día iban primero allí. Así aprovechaban mejor clara del mediodía. Luego, si era pronto para la cerveza, beberían una horchata en la avenida Colón. Había mucha gente arremolinada junto a la taquilla. Pagó. Al llegar arriba los vio. Teresa se había alejado un poco para ver mejor el Turia. Él, el otro, esperaba asomado peligrosamente a las almenas, como si hubiese perdido una moneda. Por aquella parte de la torre en que no remata en el vacío sino en los tejados que descienden, escalonados, hacia la Plaza San Jaume. No lo pensó. El otro, el impostor, no tuvo tiempo de verle. Hacía calor y se había quitado la chaqueta. Mientras rodaba, cuatro, cinco, seis metros, hacia las azoteas, y desaparecía entre cables, antenas y tendederos, el verdadero Camilo se puso su chaqueta con toda naturalidad, como quien acaba de cumplir un acto de justicia, se arregló un poco el cuello, renunciando definitivamente a la corbata, y tomó a su mujer del brazo, que llegaba en ese momento. -¿nos vamos? Nadie vio nada. La vista del río era magnífica. Volvió la rutina, la mediocre felicidad, que es el mayor bien. Teresa lo quería, lo cuidaba como siempre. A veces él se preguntaba cómo no se percataba de nada, porque alguna diferencia habría entre ellos. Y ahí estaban los pantalones rotos, y los rasguños, y no estaba la corbata de percal nueva que ella misma le había regalado, pero ella no le hacía preguntas, y tampoco le preguntaba por aquellos días en que él había estado ausente, desaparecido, (días sobre los que, de todas formas, bien poco hubiera podido decirle). Tampoco los hijos le hicieron preguntas, ¿les habría informado Teresa? En cuanto a los remordimientos, el otro no había caído lo suficiente como para matarse, y se merecía sin duda el empujón. Pasaron los días. Era otra vez domingo y esperaba a Teresa, que terminaba de arreglarse, repantigado en el comedor, cuando oyó algo en el vestíbulo. Acababa de aclarar. Al segundo ruido, fue a ver y se encontró con Teresa, que también había oído como si la puerta se abriera. Un hombre los miraba, perplejo, con algo en la mano, unas llaves. Lograron empujarlo hasta la puerta. El intruso bajó las escaleras, perplejo, y cruzó la calle. No recordaba nada de los últimos días. Magullado, los vio salir y los siguió sorprendido por el extraordinario parecido de aquel hombre con él. Debía aclarar la impostura, hablar con Teresa. Ante el Miquelet se apiñaba el público que tampoco esta vez vería cómo él, el auténtico Camilo, aprovechando una distracción de ella, le empujaba y le arrancaba la chaqueta de las manos casi en el aire y se la ponía, porque la que llevaba, la verdad, estaba hecha un asco.
© Carlos Almira Picazo
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Carlos Almira Picazo nació en Castellón, España, hace 42 años. Se doctoró en Historia por la Universidad de Granada. Y se dedicó sobre todo, a vivir de sus clases y a escribir: ensayos, novelas, cuentos y poesía. Así lleva desde mediados de los años ochenta. Hasta la fecha ha publicado: en papel, un ensayo sobre la Dictadura del general Franco (editorial Comares, Granada, 1997); una novela heterodoxa sobre la vida y muerte Jesús de Nazaret (editorial Entrelíneas, Madrid 2005); y en internet, una novela sobre el posible futuro de un país de América latina, imaginario, (revista Prometheus mdq, nº 22 abril de 2007). En la actualidad trabaja en una colección de cuentos y en una novela histórica sobre la antigua Roma. |
Revista Literaria Remolinos