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Harol
Gastelú Palomino |
Examen bimestral
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A
Fabiola Luján Romero del 5° C
9:25 am: –Pídale su hora al profesor de música, miss –rogaron las chicas. –Tengo control de lectura en el 5° A, niñas. –Ya nos fregamos –dijeron algunas–. El profe nos va a jalar. La profesora de comunicación terminó de pasar la asistencia. Algunas pidieron permiso para ir al baño. –¿Vamos, Fabi? –dijo Evelyn. –Después –dijo Fabiola–. Tengo que estudiar. –¿No has estudiado? –No. –Huy, ya te cagaste con el profe. Fabiola sacó su flauta dulce y su partitura. Sus compañeras también hicieron lo mismo. Se pusieron a practicar. La profesora hizo un gesto como diciendo qué feo tocan, niñas, mejor dedíquense a otra cosa, la música no es para ustedes. –No se olviden de leer el último capítulo de Juventud en éxtasis, niñas. –Ya, miss. 9:27: Sonó la campana anunciando el cambio de hora. Pero si faltaban tres minutos todavía para las nueve y media. La auxiliar tocaba el cambio de hora a su conveniencia. El salón era un hervidero de notas desafinadas igual que zumbidos de abejas locas. Era la última clase de flauta del primer bimestre. ¡Era el día del examen final! Que el profe haya faltado, Diosito, rogó Fabiola. 9:30: –Buenos días, señoritas –ahí estaba el profesor de música–. ¿Cómo están? Algunas se pusieron de pie. Ella se quedó pegada en su asiento. Hubiera faltado. La siguiente clase presentaría un certificado médico falso, o imitaría la firma de su mamá: profesor, mi hijita faltó el lunes porque amaneció con fiebre. Déle una oportunidad, no la jale, por favor. Firma: la señora Romero de Luján. –¿Lunes y ya están cansadas, señoritas, ah? Qué habrán hecho ayer. ¿Quieren su cero cinco en actitud ante el área? Todas se pusieron de pie. Fabiola lo hizo de mala gana. Con Lobito era diferente. Con Lobito el salón era un chongo. A Lobito nadie lo saludaba, nadie le hacía caso. Entraba Lobito, y el salón estaba medio vacío, unas se iban al quiosco, otras a la fotocopiadora, al baño, y ya no regresaban, y no pasaba nada. Con Lobito no había examen bimestral. Todas las clases eran puro hueveo nomás: dibujo de bodegones, de paisajes marinos, de la figura humana. No sé dibujar, profe Lobo. No importa, yo se lo dibujo. Cero problema. En cambio, con el profesor de flauta… –¿Listas para el examen, señoritas? Silencio. –Hay que decirle para la otra semana –susurró Pierina. –¿Quién le dice? –preguntó Nataly. –Tú, Fabi –sugirió Evelyn. –¿Para que me ponga mi cero cinco de frente? –dijo Fabiola, temerosa–. Paso. Si quieren, díganle ustedes. –Una muestra de cómo se toca, profe –pidió Milagros de María. El profesor sacó su flauta y tocó El himno a la alegría. Viéndolo, parecía facilito, pero qué tranca era tocar esa huevada. –A las diez en punto empiezo a llamar, señoritas. Tienen media hora para practicar y no desaprobar el bimestre. La partitura parecía escrita en chino, en maya, en jeroglífico, parecía un quipu, pensó Fabiola. Puras bolitas blancas y negras. Solo recordaba que la primera línea se llamaba mi y el primer espacio fa, que la flauta se cogía con la mano izquierda con cuyos dedos se tapaban los tres primeros hoyos. –¿Me ayudas? –le pidió a Aymé. –Claro. Aymé tocó. Fabiola quiso taparse los oídos para no quedarse sorda. Tocaba horrible, parecía el graznido de un cuervo. Seguro que el profesor la iba a jalar. 9:40: Todavía faltaban ochenta minutos para que la clase terminara. El profesor estaba feliz leyendo su Perú.21 mientras ella se torturaba queriendo aprender lo que no había aprendido en una semana. Se arrepintió de haber ido a chatear todas las noches, de haber salido a pasear con sus amigas. Era tranca El himno a la alegría. Sus compañeras también estaban pataleando. 9:50: Faltaban diez minutos para el examen. Se imaginó el momento en que el profesor la llamaría: Luján. Presente, profesor. Adelante, señorita. ¿Estudió? No, profesor, no pude. Cero cinco por burra y floja. Tendría que inventar una buena excusa como para que el profesor se conmoviera, se compadeciera de ella y le diera un par de días más para que diera su examen final. ¿Si le decía que su mamá había estado enferma? Tuve que cocinar y no me quedó tiempo para practicar la flauta. ¿No tuvo ni cinco minutos al día, alumna? No, profesor. Cociné, planché, lavé, trapeé toda la casa. Mire mis manos. No me venga con mentiras, alumna, porque se nota que no ha picado ni una cebolla con esas manos. Verdacito, profe, no me jale porque mi mamá me mata. Porfis. Yo sé que en el fondo usted es bien bueno. ¿El profesor se compadecería de ella? Qué va. El tío era bien malo. Encontraba el salón sucio, te bajaba puntos. Hablabas en su clase, te bajaba puntos, no tenías la trenza bien hecha, te bajaba puntos. Cómo gozaba bajando puntos el desgraciado. 9:55: Faltaban cinco minutitos para el examen. Su apellido estaba por la mitad, pero el profesor siempre llamaba en desorden. Si te tenía bronca, te llamaba primerita. Luján, adelante. Sus amigas se iban a reír de ella. Ella se iba a morir de la vergüenza. Hasta de repente se orinaba del roche. –¿Me da permiso para ir a los servicios, profesor? El profesor miró su reloj. –Ya voy a empezar a llamar, señorita –dijo, con indiferencia. –Es una emergencia, profesor. Por favor –suplicó. –Bueno, vaye, pero se apura porque ahoritita empiezo a llamar, señorita. –Voy volando, profesor. ¡Si tuviera alas se iría volando del colegio! Cómo odiaba las clases de flauta dulce. ¿Por qué tuvo que irse Lobito? Justo en quinto año. Con Lobito se sacaba mínimo dieciocho, veinte. No hice mi paisaje, profe. No importa, me lo presenta la siguiente clase. Si tuviera alas se echaría a volar lo más lejos posible del colegio. Si tuviera alas, nunca más volvería. 9:58: Hizo tiempo en el quiosco, se compró un chupetín. Sabía amargo. Lo botó. ¿Y si se escapaba? Sería peor. El No Se Presentó del profesor equivalía a la nota mínima. Ella nunca había salido jalada en arte, ¿este año sería la excepción? De repente. ¿Si pedía permiso diciendo que se sentía mal? De repente la mandaban a la posta y llamaban a su mamá. Su vieja se iba a molestar si se enteraba que no había estudiado. Cómo vas a salir jalada en arte, diría. No es arte, mamá, es música. ¿Y? ¿Acaso no es fácil soplar la flauta? Ni que fuera cosa de otro mundo. 9:59: ¡Si el tiempo pasara veloz! ¡Si llegara la hora de la salida! 10:00: Regresó al aula. No tenía otra opción. Sus amigas seguían soplando sus flautas como locas. ¿Por qué no cambiaban de instrumentos? El tambor era más fácil. Cantar también era más fácil. Recién en agosto iban a llevar canto, había dicho el profesor. Él tocaría la guitarra y ellas cantarían. A ella le gustaba cantar. –El profe ha dado cinco minutos más para que estudiemos porque no quiere que nadie se jale –le dijo Evelyn. –Qué bien. Cinco minutos más de tortura, de padecimiento. ¿Cuándo se terminaría la pesadilla? Al profesor le gustaba verlas sufrir. Siguió practicando. Era inútil, el profesor la iba a jalar sin remedio. 10:05: El profesor miró su reloj. –Yanina –llamó. Pobre Yanina, tuvo que tocar una y otra vez para que el profesor le pusiera un once. ¡Un miserable once! Un poquito más y la jalaba. –El examen está fácil –dijo el profesor–. La que se jala, es por floja, por burra. Y todavía se daba el lujo de insultarlas, de maltratarlas psicológicamente, de bajarles la autoestima a dos metros bajo tierra. ¿Con qué ganas iba a estudiar una, ah? ¿Si hacían una huelga reclamando el regreso de Lobito? Todas podrían firmar un documento para que al profesor lo botaran. Música no es arte. Arte es dibujar, pintar. Arte es relajarse. Arte es collage, estarcido, puntillismo. Con Lobito salían al jardín y pintaban el cerro lleno de árboles, la hidroeléctrica, el río que pasaba a unos metros del colegio. Con Lobito se pintaban las caras con témpera y el tío no decía nada. A ver, ponte a jugar en las clases de música para que te boten del salón. Dónde estarían esos años de hueveo. Melissa lloró porque el profesor le dijo ¿qué estuvo haciendo toda la semana para no estudiar? Segurito que no lavó ni sus calzones sucios, ¿no? Cero cinco por inútil. Si no quieren estudiar, ¿para qué vienen al colegio?, les preguntó a todas, amargo. Mejor quédense en sus casas cocinando, planchando, lavando, ayudando a su mamá, aprendiendo a atender un hogar para que cuando se casen sus maridos no las bote por inútiles. Hay que estar atentas en clase, señoritas, no pensando en la flauta del enamorado que está en el Pablo Patrón. Sigan así, hasta que terminen en bolivia. Hay que lavarse bien las orejas para que las lecciones no le entren por una y le salgan por la otra. Nadie dijo nada. Todas parecían mudas. ¿Si lo denunciaban al ministerio de educación? El profesor nos humilla en todas las clases, señor José Antonio Chang, ministro de educación. ¿Dónde están los valores? ¿Por qué no botan a ese profesor chinchoso y traen de regreso al bueno de Lobito? Las caperucitas lo extrañamos. Deberían de ir en mancha a la Ugel exigiendo el regreso de Lobito. ¿Sería cierto que Lobito se fue porque quiso levantarse a una alumna? El profesor recorrió el salón con la mirada. ¿A quién llamaría ahora? ¿Quién sería su próxima víctima? ¿Luján? No. Qué suerte. Llamó a Pierina. Lo hizo regular, aunque las manos le temblaban y se comió un par de compases. Parece que algunas no han tomado desayuno, dijo el profesor. Solito se hacía odiar. Con Lobito era diferente. A Lobito todas la querían porque era bien bueno. Tú le dabas una gaseosa y te ponía doce. Con una gaseosa y un paquete de galletas te sacabas quince. Pero al profesor de flauta no se le podía coimear. Yo no me vendo por una luca, decía, menos por una sonrisita. ¿Cuánto valdría un once con el profesor? Ella se conformaría con un once. Un once nomás quiero, profe. ¿Quieres once? Un golo golo cuesta once. Nada le iban a regalar por el Día del Maestro. De Raquel todo el mundo se rió porque tocó cualquier cosa menos El himno a la alegría. Esa canción debería de llamarse El himno a la tristeza. ¿Qué de alegre tenía? Era una pesadilla. Parecía una película de Freddy Kruger. 10:30: Todavía faltaba media hora para el recreo. Cómo no pasaba un terremoto y el techo se caía sobre el profesor. Con gusto harían una colecta para su cajón. Le comprarían una lápida bien bonita donde pondrían Aquí yace en paz el odioso profesor de flauta dulce que se pasó la vida torturando a las caperucitas del Josefa Carrillo. Con odio, sus alumnas que no lo extrañamos. Ojalá que se esté quemando rico en el infierno. Las chicas siguieron yendo al paredón. El profesor parece que se había olvidado de ella. O quizá su apellido no estaba en su lista. O lo hacía a propósito. Que la Luján sufra por burra. Ya faltaban poquitas y no la llamaban. ¿Está Luján en su lista, profe? Huy, no la tengo anotada. Adelante, señorita. Mejor me quedo callada, pensó Fabiola. Varias habían llorado cuando el profesor las amenazó con mandarlas a recuperación a fin de año. Ella no lloraría. Claro que no. Que se metiera su once, y su flauta, donde no le diera el sol. –A ver, la siguiente en rebuznar –el profesor recorrió el salón con la mirada. 10:45: Faltaban quince minutitos para el recreo. ¡Si la auxiliar tocara la campana! –Fabiola Luján Romero –escuchó su nombre y casi se desmaya. El corazón empezó a latirle de prisa: tictac, tictac, tictactictac. –Presente, profesor. –Adelante, señorita. Empezó a temblar, a transpirar como nunca. Quiso levantarse, pero no pudo, parece que estaba pegada al asiento. Ahora me va a jalar las orejas por no haber estudiado, pensó Fabiola. ¿Qué le diré? ¿Que soy una inútil para la música? ¿Qué puedo hacer para aprobar su curso, profesor? –Adelante, señorita. Su examen. El camino hacia el escritorio del profesor le pareció lleno de espinas. Así debió de haberse sentido Cristo mientras iba hacia el Gólgota con su cruz sobre los hombros. –¿Estudió, señorita? –Un poco nomás, profesor. El profesor hizo una mueca como diciendo otra burra más. A Fabiola las orejas le empezaron a arder. –He tenido un montón de tareas esta semana, profesor. Estamos en exámenes… –Siempre hay tiempo para todo si uno se organiza bien, señorita –dijo el profesor. –Mi mamá estuvo enferma. Y como yo soy la hermana mayor, tuve que cocinar para todos mis hermanitos… –¿Cuántos hermanos tienes? –Cinco –exageró Fabiola. –Ustedes son de la familia de Bugs Bunny. Fabiola sonrió. El profesor también. Esa era una buena señal porque el profesor casi nunca sonreía, parecía una esfinge, el hermano de la momia Juanita. –A ver, Fabiola, te escucho –dijo. –No he estudiado nada, profesor –se sinceró la chica, mordiéndome los labios, pensando ahora me va a hacer un roche bien feo, me va a hacer llorar delante de todo el mundo. –Bueno, bueno, repasaremos un poco –dijo el profesor, con una sonrisa condescendiente–. Mira, Fabiola, tienes que tocar así. Ella lo miró atentamente. Sus dedos, largos, delgados, de uñas recortadas y bien pulidas, parecían estar danzando Cascanueces sobre los agujeros de la flauta dulce. Tenía los ojos semicerrados. Tocaba sin saltarse un compás, marcando los tiempos exactos de las figuras de duración. Fabiola seguía la melodía en la partitura: sii, do, re, re, do, si. Así jamás voy a poder tocar, pensó. Ni aunque practique todas las horas del día y todos los días de la semana y todas las semanas del mes y todos los meses del año y todos los años de mi vida. Yo no he nacido para ser flautista. A mí me gusta dibujar, pintar. –Así jamás voy a poder tocar, profesor, ni aunque practique veinte horas al día –dijo ella. –No es tan difícil, Fabiola. Todo es cuestión de practicar aunque sea diez minutos diarios. Esta canción se toca casi toda con la mano izquierda. En esta re es la única vez que se utiliza la mano derecha, ¿ves? –Ay, profe, soy una burra para la música. –Eso se nota. Risas. –¿Te acuerdas que cuando empezamos no sabías casi nada? –La partitura era chino para mí. –¿Ves? Poco a poco vas a llegar lejos. –Y algún día voy a tocar en la Orquesta Sinfónica de Boston, ¿no? –Claro, nada es imposible en la vida. Risas. –A ver, ahora lo hacemos juntos. Dedos de la mano izquierda en los tres primeros hoyos. –¿Así, profe? –Sí, Fabiola. Así. Sii, do, re, re, do, si, la. Los dedos de Fabiola se perdían buscando los agujeros de la flauta dulce. Sol, sol, la, si, sii, laa, sii. Si me sigo equivocando, me pone cinco. Do, re, re, do, si, la. Está fácil, Sol, sol, la, si, laa, sool. Ahora el coro: laa, si, sol, la, si–do. Un poco más rápido en las corcheas. Repetimos de nuevo: si–do, si, sol, la, si–do, si, la, sol, la, ree. Tapa bien los agujeros para que el sonido salga nítido. Mis dedos no llegan hasta el sexto hueco. Poco a poco lo conseguirás, todo es cuestión de práctica. Al fin el último pentagrama: sii, do, re, re, do, si, la, sol, sol, la, si, laa, sool. Se repite de nuevo. –Ahora tú sola. Fabiola empezó a tocar: Escucha, hermano, la canción de la alegría. Sus dedos se movían con agilidad sobre la flauta dulce. El canto eterno del que espera un nuevo día. Estaba facilito. Ven, canta, sueña cantando, vive soñando el nuevo sol. Por gusto se había preocupado tanto. En que los hombres volverán a ser hermanos. Terminó el primer pentagrama, después el segundo, y luego el tercero y por fin el último. Qué fácil. Si me pone once, lo mato al profe, pensó Fabiola. –¡Veinte! –dijo el profesor–. ¡Felicitaciones, alumna! Todo el salón la aplaudió. Fabiola regresó contenta a su asiento.
© Harol Gastelú Palomino
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Harol Gastelú Palomino: Nació en Huancavelica (Perú) el seis de junio de 1968. Profesor de arte y literatura por la universidad La Cantuta. Ha publicado el libro de cuentos "Historias urbanas" (edición de la Derrama Magisterial). Sus textos han recibido los siguientes galardones: Premio Nacional de Educación Horacio 2004 en cuento, finalista en novela en el Premio Nacional de Educación Horacio 2005, Premio Cuentos Ciudad de Trujillo 2007, mención especial en novela en el Premio Nacional PUCP 2007. Publica en diversas revistas digitales. |
Revista Literaria Remolinos