| I
Ella ha opacado al eclipse
despide constelaciones en cada poro.
Es de un rojo exquisito.
Su luna se viste de mejilla derecha
danza cuano ríe
se menea caderosa si abre la boca
cuando discursa o sólo se acomoda
para hacer ruidos de geiser.
Jadeos que bailan salsa
en una plaza de mercado
en una glorieta de pueblo
en unos ojos esperanza
que por primera vez
se dejan seducir
ante el terremoto de sus versos.
Se vuelve manantial de estrellas
una sobre el tabique
otra en el hombro contrario a la diestra
tres en el valle que se ladea desde el cuello
nuca
monte de inicio de pecho
monte de inicio su belleza
espero primigenia que trae consigo historia
que trae consigo alumbramiento
piensa sortear, girar
darle la vuelta al mundo mientras se disfraza de ente
alma pura con hebras rojas.
Es roja.
Y seguro lame, bebe, pulsa adentro
como una supernova susurrando promesas
es roja
como el invento de mis ojos dormidos
besos en cada parpado
cada pestaña
cada novedad
Porque esto es inicial
es inaugural
mounstruoso
y flota en el lago de una sin igual laguna negra
Es visceralmente etérea.
II
Dame tu espalda
quiero escribirte en ella
yo sí me atrevo.
Dame ese relieve de costilla ladeada
de hueso hendido
esculpido por un dios
adorador de maravillas
delineados por las yemas de sus dedos
mis dedos.
Dame tus cuñas
las cicatrices de ese órgano ausente
hueco
arremolinado en torno a tu cuerpo
en vías de conocerme
arrullarme
y serás mi pimpollo.
La masa que vomitaba
que expelía tu nomenclatura
y que ya no está
no hace falta
Te ha vuelto canela.
Cómo dolía
ahora cómo calma cuando la beso
cuando cincelo sus contrapartes
cuando la escupo con saliva eyaculada
traduce mis uniformes círculos alrededor suyo
con las heridas
que a final de cuentas
van a pertenecerme.
III
El silencio es ese punto que penetro
en las sienes de las paredes
en el seto de tus músculos alertas
y el concreto despierto de mi epidermis
cuando me siento y miro el olvido
y observo la pelambre de las sombras
te han traído a destiempo
te han regado en mi regazo
unos días antes de la desesperanza.
Es ese invento que nace de mis ecos
aderezados de gargantas libres,
suspiros bajos
jadeos adornados de tus decibeles disciplinados
los que no deben derramarse al otro cuarto
en donde echa canas la abuela
en donde va a escucharme la casa,
tu hogar que es cómplice de mis lamentos
conspirador de mis arqueadas de espalda.
Silencio de rotura de manguillos de
trajes blancos,
bajura de temperaturas,
lenguas frías después de los orgasmos
los múltiples
los de colores traslúcidos como vitrales.
Silencio de accesorios que no titilan
de campanitas que no trepidan
de dientes que te recorren en el absoluto insonoro
y en la carencia muda de fuegos
niña de fuego
bruja blanca de fuego
vapores y volcanes sigilosos.
El silencio es ese espacio en donde me
vuelvo monocromática
en donde me duelen las cicatrices y no hay azules
en donde se vuelcan los mantras empeñados en permanecer
en no disasociarse de la cama de pilares
de las venas que pulsan nuestro entorno
del terreno baldío en donde busco la ausencia de ruidos
donde elimino la concentración de la nada
la monotonía del ya no soy.
© Yolanda
Arroyo Pizarro
|