Benito de la Fuente
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Buscando el zumo del azar

 

Habrá una vez
en la que los resortes de la suerte
me pidan compañía, me involucren
en su gestión ritual de hacer fortunas,
de conseguir las cosas necesarias.

Habrá una vez, insisto,
que, hurgando en la hojarasca de este mundo,
encuentre ese revólver de señales,
de señales de fuegos boreales
para fijar mi exacta posición,
para que sepan aquellos a quienes amo tanto
-y aún a los que no tanto-
que pervivo,
que estoy fosforeciendo en este punto de la global aldea
con el alma intacta -porque se regenera cada día-
y el trueno mineral de mil y una preguntas
fragoreando allá adentro.

Para que sepan
que no he sido feliz en lo absoluto
-y ni en lo relativo-
pero sigo aprendiendo a no morir por eso.

Sólo muero lo estrictamente necesario cada día.

Dejo partes de mí que quizá sirvan
de rastro salvador para algún Dédalo
que olvidara dejar sus propias marcas,
cosa de que al salir
nos reunamos y brindemos por tan fausto suceso.

Todo navegador de laberintos es mi hermano;
y es que nos vemos en las trayectorias concurrentes,
nos saludamos ceremoniosamente en cada encuentro,
intercambiamos palabras de aliento
y mutuamente nos damos alguna orientación
-aproximada, claro-.

Habrá una vez en que
fijada firmemente mi posición exacta
podré al fin descansar de tanto absurdo involuntario,
de tanto desamor disperso -cabos sueltos.
¡Me encontraré con todos los que amo...!
Y ¿qué hay con los resortes de la suerte?
¡Vengan a rescatarme!
¡Pónganme donde están las cosas necesarias!

 

Barquisimeto, abril y 2002.

 

 

 

 

 

 

 

 

Tango y noria

 

Con Silvio Arocha, mi hermano en la senda.

 

Hay algo que no sale, no gira, no transpone el presente...
Ganan las inquietudes este combate sordo.

De oreja trasquilada y garra impía
el tiempo es un aliado del desastre;
lo espera, lo estimula, lo produce en potencia y en acto cada día.

La dulce superficie de la vida
muchas veces no parece ser mas que un espejismo,
un engaño al que apostamos,
al que nos aferramos
como si los escombros no contaran,
como si la evidencia no valiera.

Bebemos y comemos,
cantamos, persistimos,
simulando ignorar que al fondo está la muerte
-quizá no tan al fondo, nadie sabe-
esperándote a dos metros del home, pelota en mano,
con pertinaz sonrisa y actitud de ineludible, enorme, catcher.

Uno corre las bases como si la gran vaina
y el público te aclama, te abuchea ó te ignora
¿no es que será lo mismo?. Dilo tú...

Tanta gente ha dejado piel y carne en la vuelta
-ó linfa y sangre, depende del estilo-
ingentes sufrimientos,
frustraciones sin tope,
urgencias infructuosas,
alguno que otro logro supracondicionado,
sentido del amor descoyuntado,
principio del placer alicaído...

Menos mal que el cerebro mecanizó el olvido,
cauterizó segmentos de conciencia,
desperdigó emociones en algoritmos vagamente accesibles
para el presente estado de la ciencia egológica.

Menos mal que una canción te brinda, eventualmente,
una fuga, un refugio, un recurso de amparo.
Que una mujer a veces trastoca tu soledad
en esa media hora de relativa entrega.

Aún estos versos hirsutos, desmañados,
trazan bordes entre uno y la imbecilidad ambiente,
dejan los nervios habilitados por preciados momentos;
los justos para departir -sin demasiada inercia- con la gente.
Para socializarte, disolverte, confundirte en un rito gregario,
poco justificable, oscuro, terco,
con esa gente que está ahí, por suerte ó por destino,
cargada de autoestima porosa, de empinada chatez,
de episódica grandilocuencia
y un mal disimulado afán de intrascender,
envasada al vacío en la trampa-rutina
de la que rara vez toman conciencia.

Pero también por esos rumbos transita la amistad,
vínculo ciego, no discriminatorio a su manera,
un tanto reticente a intereses creados,
compulsivo-obsesivo como cualquier otro hábito vital
de intrincado pelaje...

Se comparten sólitas opiniones,
se intercambian noticias -casi siempre las mismas, indexadas-
se proyectan revueltas, más o menos incruentas,
contra el aburrimiento y la desidia,
se fundan esperanzas de cercano horizonte, levemente brumosas en know how,
de apariencia aprehendible, estimulante
como un dulce licor de numerosa gradación onírica
y efecto momentáneo.

No te dejes caer, dice una voz deadentro.
al fin y al cabo no hallas a quién rendirte
ni un buen motivo para capitular,
para entregar tus armas,
por demás inservibles contra la inmensidad que te rodea.

¿Armas?, más ilusión que rudo efecto,
armas más de suicidio que de ataque;
lamentables misiles-boomerang que nunca vas a usar
por gris prudencia
ó por pura piedad hacia ti mismo.

Revienta un albañal en algún lado
cada pocos minutos
pero nadie es culpable - sólo somos causantes.
Ya nuestro olfato se acomodó al aroma
(nada como la usualidad para domar olfatos).
Y que vuele una vaca o que nade una piedra
resulta ser, al menos, verosímil
en este mundo opuesto por el vértice a principios confiables,
al valor razonable.

Cada uno se contagia, a su manera, de esta insania que orbita,
como ente colectivo multipropositado
alrededor de un sol tan generoso.

Quizá un Mercedes rojo,
diez millones de dólares,
una existencia VIP -Jet-set incorporado-
me restañe esta herida,
este mal desangrarme sabiendo que mi sangre
no lavará pecados ni evitará masacres.

Quizá ese paquete me disuelva las dudas
que han tendido en la nada una maroma de la que cuelga
el tipo cuerdo que hay en mí
sobre el abismo de la locura de remate.

Convoco, pues, a todos los mecenas a intentarlo,
a donarme ese kit para ver si resisto,
para ver si funciona;
aunque no les arriendo las ganancias
ni concedo siquiera adulación a cambio.

Pero ensayo y error es método científico
y va y vale la pena.

Barquisimeto, abril y 2002.

 

© Benito de la Fuente

 

Benito de la Fuente. Me licencié en Psicología en la Universidad de La Habana en 1974, aunque actualmente me dedico a la música. Soy cantautor. Vivo en Venezuela desde el '94, trabajando como músico. No he publicado poesía -quizá nunca me lo propuse- aunque sí he grabado cuatro discos con algunas canciones mías.

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