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Nos duele, más allá, la
carne
más acá la sombra y en medio
nosotros mismos…
Alberto Martínez Márquez
I
Hay una parte triste,
nos describe,
una intención cruje a diario
por derrocar el silencio perturbado
que no alienta sueño
y congela esperanzas.
Hay caminos demasiados dañados entre nosotros,
silencios que espantan,
y vacían el alma.
Tu nombre frío, como el
mármol,
libera mis intenciones,
me lleva al umbral del cuello,
abre la piel,
asfixia en vano
la renovación de espíritu
jubilado de gozo.
Busco tu olor.
Extiendes mi equilibrio;
llegas,
fortaleces mis demonios,
instinto que te sentencia a mi universo liso;
crueldad fresca,
despertando signo de bondades,
parodia culpa
que se empeña en devorarte exilio.
II
Tú, que escuchas
palabras borrosas,
y con infinita lentitud intentas resolverme,
me das en ofrenda tu dolor,
maraña de promesas
que fatigan mi conciencia
y me dejan inerte al miedo;
farsa que flota entre nosotros
y nos convierte
en estandarte negado de victoria.
Un remanso sacude,
el tumulto sagrado que nos delata y habita,
dándonos linaje de ángeles heridos.
Ya nada profanará
nuestro extravío gastado por el sol;
ellos se apiadarán de nuestros huesos
corroídos por las ansias,
convertidos en andamios,
precipicios del infierno,
dibujarán rasgos
parecidos a la felicidad,
hostiles con los que no entiendan nuestro linaje.
III
Ellos, quienes irritan a
Dios,
envejecerán con hojas
atoradas en la garganta,
serán los que unten su espesa bruma
sobre el perdón;
nosotros, mientras tanto,
sobre las dunas del fuego
buscaremos andrómedas,
e inventare la historia que nos es tan parecida,
y doblaremos juntos en pliegues
salvados del cansancio,
cuando sea tarde.
La
muerte y yo, tan íntimas,
escuchamos a los dioses,
campanadas de mi tumba,
sin más quejido que tu nombre:
grito decadencia,
témpano duda,
ruido del adiós tan anunciado.
La sangre escala mi cuerpo,
mide la estatura a tus demonios
que prudente escribo cada noche,
despido el aire,
y con voz ajena
dialogamos en una lengua moribunda.
Recelosa escalo la fisura,
risco con fragancia funeraria,
rasgos semejantes a tu rostro.
Puedo escuchar el disgusto,
oler el incienso
que expira insinuaciones.
II
Siento la vida que me borra,
y aún espero a Dios;
con terquedad infinita
le siembro jardines de arrecifes,
precipicio sueño,
trampa que conjura
tu paz buscada tanto tiempo.
Los minutos bostezan impacientes,
la vida se me fuga,
y desvelo con criaturas
que se arriesgan
a limpiar con lágrimas
el desafío irreverente.
El vacío corrompe
letanías,
viento aniquilante,
fatalidad de vicio que me hace recorrerte
con la punta de la lengua.
Te quiere igual mi vientre,
y el lamer de tus dedos
hacen de la muerte algo hermoso.
Un siniestro vaivén
interrumpe la partida;
los rezos no sirven,
son estampas del Mesías
que entumen voluntades,
y cuentan a los muertos
nuestra historia,
atroz remordimiento
escuchar su coraje,
atroz remordimiento
que estruja espeso muro en ruinas,
invitándonos a su fiesta funeral.
III
Llego, ropaje adecuado,
memoria untada en la cortina de humo.
Ya no hay dolor,
sólo residuos de existencia,
y enormes tumbas sordas.
Yo te hubiera regalado
mi mundo…
Prural
ha sido la celeste historia de mi corazón…
Rubén
Darío
Resultaste
derrumbe,
jirón sueño que llora viento,
con la muerte bordada en la boca,
cediendo dolor a mi cuerpo
que ya pierde su límite.
Tu eco ruge memoria;
punzada febril
guía a tu residencia en el abismo,
en donde el lirio es garfio
y tu lengua serpiente.
Un llanto estéril moja la
historia
trazada en mis palmas,
y me sentencia nostalgia.
Camino siempre a tu lado,
platico contigo y me contesto mezclada sombra,
rezo frío quemado tu risa,
desde un lugar deshabitado donde moras.
II
Mi amor nervioso
delata tu estadía,
confusa como rehén del cielo
siente mi reencarnación en una puesta de sol;
aullidos de seres desconocidos
me aseguran mi inequívoco lugar;
es el ruido del viento enojado con mi dolor,
que me vacía los ojos,
busca en mis regiones secretas,
delatándote lenguaje de cuerpo,
multiplicándome,
cortejando malicia,
esparcida en gritos
que mastican palabras.
Después, en silencio,
añoro la muerte:
elegía a tientas,
encantamiento de sus emisarios
que albergan sin preguntas;
tal vez no fuiste tú,
y son las llagas de mi estigma,
leyenda de música antigua,
tortuosa provocación
que aniquila el desafío,
consigna de pertenecer
a esta raza condenada,
lamento que se esfuma
en un puñado de polvo.
Wish you were here…
Blackmore´s Nigth
Hoy
mi piel despertó lisa
reclamando un silencio que debió
alguna vez ser mi reposo;
desmoronada, espero,
y un frío ausente
acentúa tu expresión,
te dibuja fugacidad sigilosa,
fascinación de hielo.
En tu espacio,
un vacío languidece y reta;
mi cuerpo se defiende,
traduce gestos;
mis manos bailan inquietas,
fabrican imágenes,
palpan humedad, ajena muerte,
cuando las sabanas que me cubren
buscan tus brazos, su fuerza,
sabor que empieza a resecar mi boca,
ritual solitario
pecho inerte,
montañas sin cielo,
vientre lumbre,
que te repasa imaginario,
lengua de rosa textura,
retrato enlutado.
II
Los dedos bajan por mi
pierna,
fantasmas perdidos en tus colinas,
tormenta eléctrica
aplaudida por mis muslos,
ventana abierta
que advierte un viento gélido,
embestida ojo de ombligo,
único presente,
severidad ausencia,
posesión sombría,
sonrisa lastimosa ansia.
Un sonido llega lejanía,
confundiendo almas,
distrayendo cuerpos,
caja vacía, lúgubre espacio de apariciones
que desfilan por mi piel
en una procesión sin santo que la guíe
Tu rastro, deja un olor
parecido a las acacias,
me llena de voces,
seres orgullosos
burlándose de la realidad,
intentando hacer un trato:
alejarme de tu magia,
desbaratar el milagro,
pinceladas tuyas
que salen montón de letras.
III
Rechazo la imposición
el mensaje en los callejones de mi cuerpo
que siguen llenos de ti,
preocupados de una irrealidad
cada vez más complicada,
libro al que no le importa el texto,
y afuera ignora la escena del dolor,
y no entiende las voces que persiguen.
Y así, tibiamente, con
furia,
vuelvo a sentir el choque
tu cuerpo y el mío,
volviéndose batalla imaginaria.
© Mara
Romero
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