| RENACIMIENTO
Este renacer al instante de agua,
levantarse del lecho vertical de la memoria
y ser el principio de pasillos andados
y rumor de cascada a pleno mediodía,
presentir la escritura del aire
cómo rodea y pasa el latido
que flota entre el silencio de la carne
y la llama boquiabierta del vacío.
RASTROS DE LA TARDE
Bajo los párpados adormecidos
en la hora de tributos ahogados.
Cuando brota la ausencia de tu sonrisa
en las líneas dormidas de la tarde,
entre los respiros guardados en tus hombros
y la espera de mármol de los días
se ahoga el canto de los llantos,
la esquina trazada de instantes inocentes,
la primera llamarada del bostezo
para perder el ancho andar bebido
y ser pieza de un museo telaraña.
No hay nadie en este trazo de vida,
nadie dibujado en los ojos solitarios,
de nuevo
un andar de ciegos entre las manos,
un horizonte apagado de luna,
extravío de lejanos ecos de presencias,
y tu mirada,
la caricia lejana de un presentimiento
confundida entre grises pavimentos
y bebidas de oro,
hallazgos al filo de la tarde que se duerme.
Desconozco el sendero del aullido del
aire,
el rastro leve de los sueños de agua,
la llave que cierra la hora herida
y el principio de la silueta que me arrulla.
LLEGADA
Después de la espera,
el suave ronroneo de pasos,
el punto cruz urdido de horizontes,
la vereda doblada por las manos,
y del molde áureo
del viento al cuerpo
llega la calle silenciosa
dibujada al pecho.
Un alud de códigos escritos
en la frente,
entre la inercia del músculo
y la orden de fuego
se adivina una silueta pegada
al cuerpo de las horas.
Estas calles
lumbre
es mejor no pisarlas
no buscarlas
no beberlas
este olor a hojas adoloridas
y concreto de ecos sollozantes
desgarra su propia imagen
fija de recuerdo.
ROSTROS
I
Todo aquí se envuelve en un olor
a eslabón alcoholado,
de centinelas fabricados de polvo
de hospitales,
de soles ambulantes sobre
sillas de espera haciendo arder
su desvelo,
en el trae y lleva de los pies
ahogados de la fiebre de concreto.
II
No entiendo tus palabras,
la suavidad de tu sonrisa o la
ardiente faz de tus tardes.
No entiendo.
El hombre se asoma a tus paredes
y nada halla,
abre la ventana de su propio yelmo,
y nada escucha
se busca en su letargo
y más soledad se postra
ante la imágen.
III
La materia se corona
de lienzos de tiempo y pensamientos,
con ese olor a madera y ese murmullo
a pájaro herido,
envueltas en gasas alcoholadas
de miradas nacidas del desierto.
Simón F.
Herrera Herrera
|