"¡Hitomi, el baño está listo!" La voz de Sachiko
resonó por el hueco de la escalera.
"¡Ya voy! ¡Ahora mismo vo oh, no!"
"¿Hitomi? ¿Qué pasa?" preguntó Sachiko, asomándose
a la escalera.
"No es nada. He derramado el té encima de mis deberes sin
querer." explicó Hitomi, mientras se afanaba en dejar lo
más presentables posibles sus problemas de matemáticas.
Resopló, malhumorada; las hojas habían quedado arrugadas, y la
tinta se había corrido en algunos puntos. "Vaya,
estupendo" gruñó, "humm ¿repito la hoja? Bueno,
lo decidiré más tarde". Dejó el cuaderno sobre el
alféizar de la ventana, y cogió ropa interior limpia y el
pijama, para dirigirse al baño. <Hoy me lo he ganado. Estoy
hecha polvo> pensó satisfecha, mientras entraba y cerraba la
puerta.
Hitomi Kanzaki no había perdido su buen humor. Aunque ya habían
pasado dos años desde su regreso de Gaea, había momentos en los
que se le antojaban un par de semanas. La vida sigue, se había
dicho, y no puedo quedarme estancada en el pasado.
Los días que siguieron a su vuelta a la Tierra fueron tristes y
grises; estaba apática, sin ganas de hacer nada que no fuese
mirar al cielo y pensar en él. Al principio había sido duro, lo
echaba muchísimo de menos. Claro que seguían comunicándose en
espíritu, puesto que el lazo que había entre ellos no se
rompería ni en una ni en mil vidas. Todo estaba vacío, hueco,
carecía de sentido si no estaba él. Pero, poco a poco, fue
superando el bache. No pudo, ni intentó, llenar el vacío que
había quedado en ella tras su separación; era simplemente que
había aprendido a vivir con él. A veces incluso se olvidaba de
que ese hueco estaba ahí; cuando estaba con sus amigos y su
familia, cuando tenía la mente ocupada, no había ningún
problema. Pero cuando anochecía, y estaba sola, los recuerdos
acudían a su mente, y entonces los ojos se le llenaban de
lágrimas.
El baño estaba lleno de vapor blanquecino y húmedo. Hitomi
metió la mano en el agua de la bañera para comprobar su
temperatura. <Perfecta>
El invierno prometía ser muy frío y duro. Aunque todavía
quedaba una semana para las vacaciones de diciembre, y las
estación no estaba muy avanzada, las previsiones del tiempo ya
aconsejaban a los habitantes de Tokyo que se empezasen a abrigar.
<Me pregunto qué debe estar haciendo...> se dijo la chica
mientras se desnudaba rápidamente y se metía en el agua
caliente. Movida por su curiosidad, cerró los ojos e intentó
establecer contacto mental con Van. Al segundo la voz del
muchacho resonó en su cabeza.
<¿Hitomi? ¿Estás bien?>
<Sí, solamente me preguntaba bueno, me preguntaba qué
estarías haciendo.> Hitomi pudo sentir la sonrisa relajada de
Van.
<Estoy pensando en ti>
La chica se sonrojó. La imagen de Van se dibujó lentamente en
su mente. Estaba en un jardín, bañado por los rayos del sol, y
con una sonrisa dulce en los labios. Poco a poco la luz fue
desapareciendo, hasta que quedó solamente un llano cubierto de
nubes. De pronto Hitomi notó que Van no estaba. Abrió los ojos,
inquieta. Pero despertó a la misma imagen: un llano gris y
cubierto de nubes. <¿Pero qué ?> empezó a decir.
Una especie de mareo la invadió; bajó la vista, y encontró
algo en sus manos. Era una carta de tarot: La Torre.
<¿Voy voy a volver?>. Entonces, de la niebla
empezaron a salir figuras oscuras. Entornando los ojos, Hitomi
consiguió distinguir claramente sus cuerpos. De pronto volvió a
cambiar de escenario, pero no de actores. Se encontraban todos en
un jardín magnífico y luminoso. Las figuras, ahora plenamente
iluminadas, se revelaron como ángeles. Hitomi se llevó
una mano a la boca, sorprendida: sus alas eran oscuras.
<¿ atlantes?>
Pero antes de que tuviese tiempo de reaccionar, apareció una
atlante de alas blancas, seguida de un cortejo de diez personas
ataviadas de púrpura, también de alas blancas. Pero lo que
llamó la atención de Hitomi fue el colgante que llevaba la
mujer: ¡era el suyo! Hitomi intentó acercarse para verle la
cara, pero se vio transportada a Fanelia de nuevo. Allí se
estaba desarrollando un combate, un combate entre dos guymelefs
muy conocidos: Escaflowne y Scherezade. <¿¡Pero qué es
esto!? ¿¡Van y Allen pelean otra vez?!> se preguntó
horrorizada. La bruma envolvió a los dos gigantes, pero no antes
de que Hitomi se diera cuenta de un detalle: Escaflowne era
oscuro. Había perdido el blanco que le caracterizaba, para
adquirir un color opaco. <¿Escaflowne?>
La niebla la envolvió de nuevo. Cuando volvió a aclararse, la
chica vio otro atlante de alas oscuras. Estaba cayendo a gran
velocidad, hasta que se perdió en la oscuridad. Escuchó
sollozos, pero antes de que pudiera volverse una luz muy familiar
la envolvió, una luz azulada que la elevó por los aires. Pero
esta vez no estaba sola: había más gente con ella. Aunque no
pudo ver sus rostros alcanzó a contar cuatro figuras a su lado.
Instintivamente se asió a la mano de la figura que estaba más
cerca de ella; necesitaba algo para sostenerse, para no quedarse
sola de nuevo en su visión. Cuando la cogió, se sintió
invadida por una profunda calidez y sensación de felicidad; se
sintió plena por un momento, protegida. Cerró los ojos,
dispuesta a olvidarse de la visión. Entonces escuchó un eco:
era la voz de Van.
<¿¡Hitomi?! ¡Hitomiii! ¡¡Contesta, por favor!! ¡¿Qué
te ocurre!? ¡¡Hitomi!!>
<Van, estoy bien> lo tranquilizó la muchacha rápidamente.
La chica abrió los ojos de nuevo. Seguía en la bañera, el agua
de la cual ya estaba tíbia.
Hitomi! ¡La cena está lista! ¿Qué haces, que no vienes?"
llamó Sachiko, preocupada.
<Hitomi, ¿qué te ha pasado?> preguntó Van alarmado.
<Eh Van, esta noche te lo explico, ¡ahora no tengo
tiempo!> "¡Ya voy, mamá! Un segundo, ahora bajo!"
Hitomi se secó en un momento y se vistió a la carrera. Tras
haberlo dejado todo en su sitio (o al menos todo lo que pudo),
bajó las escaleras de tres en tres, casi atropellando a su
hermano, que se quejó de su manía de ir corriendo a todas
partes.
Hasta esa noche no tuvo tiempo de pensar en el verdadero
significado de lo que le había pasado. <¿Fue una visión?
No, imposible. Desde que dejé Gaea no he tenido ninguna
¿por qué deberían empezar ahora? Además, Van no me ha dado
ninguna noticia alarmante, todo va bien >
Mientras terminaba de repetir la hoja estropeada, Hitomi no paró
de darle vueltas al asunto. Pronto el eco de la voz de Van
invadió sus pensamientos.
<¿Hitomi? ¿Qué te ha pasado? ¿Estás bien?> preguntó
de nuevo, un poco preocupado.
La muchacha sonrió. Podía imaginar perfectamente su expresión,
llena de preocupación por ella. <La verdad, Van, no sé lo
que me ha pasado. Podría ser una visión, pero no estoy muy
segura >
Van se sobresaltó ligeramente. <¿Qué viste?>
<Bueno es todo muy borroso había mucha niebla. Vi
a gente del pueblo de Atlantis, en un jardín y también vi
a Escaflowne, y el pilar de luz> Hitomi no mencionó la
batalla entre Scherezade y Escaflowne; si había sido una
visión, y ella podía evitarlo, prefería no darle forma con
palabras. <¿Ha pasado algo que pueda indicar problemas en
Gaea, Van?> inquirió la chica a renglón seguido.
<No que yo sepa. Nadie me ha comunicado nada que pueda indicar
una revuelta, ni nada parecido. Bueno hay una cosa> Van
pareció titubear un poco. <No es muy importante, pero me
pareció extraño. Hace uno o dos meses aproximadamente vino una
delegación de un país que yo no conocía, Inacra. Parece ser
que su líder es una mujer perteneciente al pueblo del Dios
Dragón.>
<¡¿Qué?! ¡Un dragón, como tú!> exclamó Hitomi,
sorprendida.
<Sí. La princesa Arien es una atlante. Pero nada me hizo
suponer que sus intenciones fuesen malignas>
<¿Qué querían?> preguntó la muchacha, intrigada.
<Eh querían hacer una alianza con
Fanelia> vaciló Van, con aire dubitativo.
<¿La sellasteis?>
<No>
<¿Por qué?>
<Bueno los términos no eran aceptables, así que la
rechacé. ¿Crees que puede ser ese el peligro?>
<No lo sé. Oye Van, tengo que irme a la cama; mañana tengo
que levantarme temprano, y hoy he dormido poco> le comunicó
Hitomi, bostezando un par de veces.
<Que duermas bien entonces. Felices sueños, Hitomi>
<Felices sueños, Van>
Yukari se calzó los zapatos, se echó la bolsa a la espalda y se
encaminó hacia la estación de tren, a esperar a Hitomi. Como le
caía de paso, y ya que Hitomi tenía que coger el tren para ir
del colegio a su casa, a menudo iba a recogerla allí e iban
juntas al instituto. Al llegar al andén suspiró, comprobando
que su amiga aún no había llegado en ese tren.
<Hitomi> pensó la chica con una sonrisa <nunca
cambiarás. Siempre tarde>
A sus diecisiete años, Yukari pensaba que no podía ser más
feliz. Ya hacía dos años que salía con Susumu, y éste había
regresado por fin a Japón, después de irse a vivir durante un
tiempo al extranjero. Acababa de nacerle una hermanita, Sonoe, e
Hitomi volvía a ser la de siempre.
Yukari recordaba perfectamente los días en que Hitomi estaba tan
deprimida. Aunque hacía todo lo posible por animarla, casi
acabó por desalentarse. Se había llevado una gran sorpresa
cuando no puso ningún reparo en que ella y Amano salieran
juntos, y pese a que sabía que debía aguardar a que su amiga le
abriese el corazón, no podía dejar de hacerse preguntas acerca
de lo que les había contado la madre de Hitomi cuando ésta
desapareció por unas semanas de la Tierra.
Finalmente Hitomi le confió su secreto, al igual que a Amano.
Ahora los tres, junto a la madre de Hitomi, compartían el
conocimiento de la existencia de Gaea, y del extraño viaje de
Hitomi. Pero a Yukari le había contado algo más: la razón por
la que le diese igual que Amano y ella salieran, y también el
motivo de su decaimiento: su amor por un muchacho de aquel
planeta. Aunque no le había dado muchos datos sobre el joven en
cuestión, porque se ponía triste al hablar de sus recuerdos
junto a él, Yukari había podido comprobar la profundidad de los
sentimientos de su amiga por el chico.
Desde entonces había asistido a la frustración de un par de
pretendientes, que habían querido salir con Hitomi; ella los
había rechazado uno tras otro, amablemente. Yukari se sentía en
el deber de apoyar a su amiga, y por ello tras el viaje de
Hitomi, ambas se habían unido todavía más.
Sin embargo, últimamente Yukari estaba algo inquieta. Aveces la
embargaba una sensación que no podía explicar, de malestar, de
alerta. Ahora Yukari estaba empezando a plantearse qué hacer con
su vida. La elección no era fácil; si había una cosa a la que
Yukari temía, era la rutina. En aquellos momentos la chica
repasaba las cosas realmente emocionantes que había hecho a lo
largo de su vida.
<Ir a Hokkaido cuando tenía cuatro años; perderme en la
montaña cuando tenía diez y no se me ocurre nada más>
Definitivamente su vida era aburrida. No se lamentaba por ello,
en cierta forma esa rutina le daba cierta seguridad. Tenerlo todo
previsto, saber en cada momento del día lo que iba a hacer la
hora después. Pero si tenía que vivir toda su vida así,
siguiendo un horario establecido, quería, al menos una vez,
tener una aventura de verdad.
<Quizás le pida a Amano que se venga conmigo a la montaña,
los dos solos> Yukari rió entre dientes, <o irme de viaje
unos días a América, para ver cómo es> sopesó.
"¡Yukari chan! ¡Ay, perdona por hacerte esperar!"
gritó Hitomi al tiempo que salía como una tromba del vagón,
con su bolsa y su maleta colgadas del hombro y masticando aún lo
que debía ser una tostada. "¡Es que he perdido el
tren!" se excusó la muchacha a toda prisa.
"¡Vamos, corre, que llegaremos tarde!" le espetó
Yukari cariñosamente, mientras echaban ambas a correr. Hitomi
cogió de la mano a su amiga y la arrastró literalmente por la
estación hasta salir a la calle, que enfilaron a la carrera en
dirección al instituto.
Van paseó la mirada por la ventana abierta de su estudio. La
ciudad estaba desbordante de actividad; desde su observatorio
podía divisar a panaderos, albañiles, carpinteros, amas de casa
y grupos de niños corriendo de arriba abajo. Una campana sonó,
indicando el inicio del colegio para los niños. Observó con
agrado a las madres que llevaban a sus hijos de la mano hasta la
calle del colegio, y las otras que los despedían desde la
puerta, recordándoles a gritos que se comiesen una manzana para
almorzar.
El rey rememoró su propia infancia; había sido un chico
solitario debido a su condición de príncipe, puesto que siempre
estaba acompañado de sus instructores y de su hermano cuando
aún estaba con ellos. Van sentía no tener amigos de su edad con
quien hablar; el único amigo en quien había podido confiar
había sido Allen, pero en Fanelia sus hombres de confianza
superaban todos la treintena.
"¡Señor Van! ¡Le he buscado por todas partes!"
<Excepto Merle, claro> se sonrió el joven rey, al tiempo
que la cariñosa chica gato entraba como una tromba en la
habitación.
"Señor Van, el embajador de Arden desea verte. Se trata de
un pacto comercial." anunció Merle, mientras Van le
revolvía el pelo afectuosamente. "Tu primer consejero
Effryn también quiere consultar algo contigo, Van. Pero si
quieres le puedo decir que estás ocupado" añadió Merle
guiñándole un ojo a Van. El rey sonrió, divertido.
"No hará falta, Merle. Ahora voy." replicó el joven.
<Vaya, nunca pensé que Merle sería tan buena maestra de
ceremonias> se dijo, divertido. En los dos últimos años la
joven había cambiado bastante. Había crecido considerablemente,
aunque aún no era tan alta como Van, y probablemente nunca
llegaría a serlo. Dado que el cargo que le había dado el rey
era de gran importancia, la chiquilla había tenido que cambiar
su corto vestido por uno un poco más largo, pero eso no impedía
que saltase y se moviese con la agilidad que la caracterizaba. Ya
que su pelo había crecido, podía recogérselo en una cola, pero
por lo general lo llevaba suelto por encima de los hombros.
<Ha crecido> pensó Van. Y era cierto: la Merle infantil de
años atrás había dejado la niñez para tomar un par de
responsabilidades (no muchas ^_-) que la habían hecho madurar.
Aunque todo ello no impedía que siguiese adorando a Van, más
discretamente, y que siguiese teniendo sus momentos de niña
extrovertida, alegre y vital como era. Van pensó entonces que
Merle era un espejo de los cambios que habían sufrido todos
ellos tras la Guerra de Gaea. Él también había cambiado,
aunque no tenía mucho tiempo para tomar conciencia de los
cambios que se habían producido. El muchacho algo enclenque
(todo hay que decirlo) y impulsivo que había conocido Hitomi
había crecido para convertirse en un rey, joven pero amable y
preocupado por su pueblo. Claro que, al igual que Merle, no
había perdido su temperamento: en el fondo seguía siendo, y
siempre sería, un muchacho impulsivo y un poco competitivo. Pero
los años eran los encargados de limar esos aspectos y ocultarlos
bajo el manto de la sensatez que caracteriza a los adultos (o a
la mayoría de ellos ^^).
Se preguntó si Hitomi también habría cambiado. <¡Claro que
sí, tonto! ¿Cómo no va a cambiar?> Aunque cuando pensaba en
ella, no podía impedir que cierto temor se escondiese en el
fondo de su ser. ¿Qué pasaría si aquellos cambios en la mujer
que amaba eran muy grandes? ¿Qué pasaría si esos cambios en la
joven y en él mismo eran un obstáculo entre los dos? ¿Y si
ella no reconocía en él al hombre que quería? O viceversa.
<Déjalo ya> se ordenó a sí mismo, <es una estupidez.
Siempre querré a Hitomi> declaró. "Siempre la querré,
pase lo que pase"
"Ejem, ejem... Señor Van, el embajador de Arden está
aquí."
Van se giró rápidamente, algo ruborizado por el hecho de que lo
hubiesen escuchado. "Está bien, Kien, que pase"
Su mirada se perdió un momento por las calles de su ciudad. Su
amada Fanelia, y su pueblo. Y él era su rey, y como tal tenía
el deber de recibir a embajadores como el de Arden. <Oh, esto
es lo peor de ser rey> pensó con resignación.
Aquella noche Van tuvo un sueño extraño. En él volvía a ser
pequeño, y jugaba con Folken en el jardín. Revivió un viaje
que había hecho hacía tiempo con su familia, cuando aún
estaban los cuatro juntos. Aunque era demasiado pequeño para
acordarse de lo que había visto u oído hacía ya tanto tiempo,
en aquel sueño lo vivió todo con asombrosa nitidez. Viajaba en
un carruaje con su madre, vestida con un precioso vestido blanco.
Lo único que recordaba de aquel vestido era su increíble
suavidad cuando apoyaba la cabeza en el regazo de su madre y se
dormía en los largos trayectos, mientras ella le cantaba su
canción favorita. Era la canción que Folken solía silbar
alegremente cuando estaba de muy buen humor, o lleno de tristeza.
En sus oídos resonó un murmullo, una caricia en forma de brisa
que le sopló al oído suavemente. "Van, sé sincero contigo
mismo. Algún día los dragones despertarán, tomarán conciencia
de que lo son y quizás quieran brillar como antaño. Son tus
hermanos, Van. No debes permitirlo. Yo estaré a tu lado, mi
ángel, pero quizás sólo cuentes con tu corazón. Sé siempre
sincero contigo mismo, y tu luz brillará eternamente."
Van abría los ojos en ese momento, y veía a su madre
sonreírle, mientras le acariciaba el pelo. No llegó a decidir
si la voz había venido de su madre, o si se lo había soplado la
brisa del mediodía.
Entonces su madre lo tomaba en brazos y extendía sus alas. El
carruaje desaparecía, y los dos se elevaban por los aires. Al
mirar abajo veía a Folken que los seguía de cerca. En aquel
momento Varie desaparecía y Folken acababa cayendo, mientras sus
alas se oscurecían vertiginosamente. Pero él seguía en el
aire, y llevaba entre sus brazos a Hitomi, que sonreía con los
ojos llenos de lágrimas.
Van se despertó despacio, sin querer borrar de su mente la cara
sonriente de Hitomi, queriendo secar sus lágrimas. Pero cuál no
fue su sobresalto cuando descubrió que no se encontraba en su
habitación: estaba en el jardín, flotando en una especie de
ingravidez con las alas extendidas. Estaba amaneciendo; el cielo
empezó a cambiar de color, del púrpura al dorado, hasta que la
luz invadió todo el jardín, y toda la ciudad. Aunque el sol ya
calentaba un poco, el invierno aún se dejaba notar en Fanelia.
De pronto se dio cuenta de que sólo llevaba encima su pijama
(supongo que en Fanelia no lo llamarían así, pero bueno ), y se
apresuró a entrar de nuevo en el castillo y acercarse al brasero
de su habitación.
Había decidido tomarse la mañana libre; dejaría a Effryn al
mando para que Merle y él pudiesen ir a pasar la mañana entre
la gente del pueblo. Se vistió con sus pantalones de costumbre,
las botas y una camisa de manga larga de piel marrón. Después
se ajustó una segunda prenda de abrigo, y salió a buscar a su
compañera de juegos.
<Hitomi me dijo que esta mañana estaría muy ocupada, así
que no debo molestarla> se dijo Van, resistiendo la tentación
de establecer contacto con ella. <La vida sigue> se dijo
con un suspiro. Rápidamente desterró de su mente los recuerdos,
puesto que no quería sumirse de nuevo en la tristeza y la
melancolía. <El pueblo nos espera>
Aquel día Van ayudó en la reconstrucción del edificio que
albergaba el mercado de Fanelia, fue al colegio de la ciudad para
saludar a los niños y ayudar un rato, y después colaboró en la
reparación del carro de uno de los ancianos de la ciudad, el
viejo lechero. Después de eso, el agradecido anciano invitó a
Van y a Merle a un tazón de leche, que ambos aceptaron
encantados. Esas invitaciones eran el motor de conversaciones de
las que el joven rey sacaba mucho provecho. En ellas no sólo
aprendía del pueblo, de sus necesidades y sus penas, sino que
también se enteraba de los reinados que había habido
anteriormente en Fanelia. Al hablar con ancianos, éstos le
relataban historias de su padre, que quizás ninguna otra persona
hubiese podido contarle.
Van pudo sentir cómo el anciano se esponjaba de orgullo y de
contento cuando le preguntó si podía enseñarle a ordeñar una
vaca. Merle, como buena gata amante de la leche, también se
apuntó a la actividad, aunque acabó por beberse ella sola toda
la que ordeñó.
Al llegar el mediodía Van enfiló de nuevo el camino de su
castillo, lamentando tener que dejar la compañía de las gentes
de Fanelia. <El deber es el deber> se consoló a sí mismo
mientras escuchaba a Merle canturreando una canción que se
acababa de inventar.
"¿Qué tal os ha ido el examen?" preguntó Hitomi a
sus compañeras de clase al finalizar la prueba y marcharse el
profesor.
"¡¡Mal!!" se quejó Yukari, "¡Y eso que había
estudiado mucho! No me dará más que para un cinco, y
gracias."
"¿Sí? Pues a mí me ha ido bastante bien" comentó la
chica que se sentaba cerca de Yukari.
"Bien" se limitó a decir otra.
Hitomi observó discretamente ésta última; había llegado nueva
aquel curso. Se llamaba Tenshô Nozomi, y era una chica muy
callada. A Hitomi le daba un poco de pena, ya que la veía casi
siempre sola y en silencio. No destacaba en ningún aspecto;
llevaba el pelo negro en una media melena que no llamaba la
atención, y siempre desviaba la mirada, gris como las nubes,
hacia el suelo, con lo que parecía aún más tímida de lo que
era. No muy simpática y más bien seca, no gozaba de gran
popularidad en la clase. <Bueno, tampoco se puede decir que yo
sea popular, y sin embargo soy feliz, pero pero no es lo
mismo> se dijo Hitomi, mirando de nuevo a Nozomi. A veces
Yukari la invitaba a ir con ellas, pero la mayoría de las veces
ella declinaba la invitación. No había entrado en ningún club,
no destacaba en nada; era la definición perfecta de "una
chica del montón". Pero Hitomi sentía que no era así.
Algunas veces la había visto al anochecer en la pista de
atletismo, en las gradas. Desde allí veía cómo la muchacha
miraba al cielo, y a veces incluso cantaba alguna canción; en
aquellos momentos Hitomi sentía que podía conectar con aquella
chica solitaria y melancólica.
Quizás la única cosa atractiva de Nozomi era el anillo que
llevaba. Las chicas de la clase envidiaban el precioso anillo que
la chica lucía en el anular de su mano izquierda. Era una
lástima que nadie estuviese con ella, pero a Hitomi le daba aún
más pena que las chicas estuviesen con ella sólo por su joya.
"Hay que admitir que ese color rojo sangre es bonito"
decía Yukari al tratar el tema, <y cuando le da la luz sus
colores son tan bonitos que no parecen de este mundo. Una
tendría que ser ciega para no apreciar ese anillo, Hitomi, pero
estoy de acuerdo contigo: es ruin usar así a una persona.
Pero también entiendo a las chicas ¡es que es tan
seca!"
Hitomi vio sesgadas sus ensoñaciones cuando Nozomi volvió la
cabeza. Sus ojos grises la traspasaron fríamente; la joven se
sintió como si la chica nueva la estuviese interrogando: ¿qué
mirabas?
Por suerte para Hitomi, Harada sensei entró en el aula en ese
momento, sosteniendo una manzana en una mano. "Y hoy vamos a
estudiar en profundidad el principio de Arquímedes."
anunció Harada con una sonrisa. Hitomi puso cara de
circunstancias. <Una clase más, y se acabó>.
Aquella tarde Hitomi estuvo brillante en el entrenamiento. Desde
que había vuelto de Gaea había puesto todo su empeño en
superarse a sí misma en el campo del atletismo, y por ello
empleaba todas sus energías en conseguir nuevos récords. Por
supuesto, ahora que Amano había vuelto a Japón, a menudo iba a
entrenar con ella, y de paso Yukari se quedaba con ellos para
estar con Susumu.
Hitomi miró al cielo: ya que era invierno, anochecía mucho
antes, y aunque sólo eran las seis el sol ya se estaba empezando
a ocultar tras las colinas. Aunque aún era un poco pronto para
que nevara, la joven casi podía oler la nieve en la brisa de
diciembre.
"¡Vamos, Hitomi! ¡La última serie y lo dejamos!"
vociferó Amano desde el otro lado de la pista.
Yukari se había sentado junto a Nozomi, que en aquellos momentos
estaba en las gradas, leyendo un libro tranquilamente. Yukari y
ella empezaron a comentar el libro mientras Hitomi se concentraba
en dar más potencia a su salida. Aunque por supuesto la chica
tenía talento, (recordemos que "el velocista nace, no se
hace"), sus marcas no eran fruto de la casualidad. No era su
caso el de Amano, que estaba maravillosamente dotado para correr.
Hitomi sabía que ella también lo estaba, pero en su caso sus
progresos habían sido duros y fruto de un severo entrenamiento.
Ya no podían usar el colgante de Hitomi para cronometrar el
tiempo, así que se conformaban con un cronómetro normal y
corriente. Amano gritó un "¡Ya!", e Hitomi salió
disparada hacia la meta, corriendo con toda su alma.
"13'05" anunció Amano al acabar Hitomi la carrera.
"No está mal, Kanzaki. Hoy ya estás un poco cansada"
Hitomi sonrió y cogió la toalla que le tendía el joven. Yukari
se acercó saltando a ellos.
"¿Qué? ¿Habéis terminado?" preguntó.
"Sí. Ahora voy a recoger mis cosas, y nos vamos" dijo
Hitomi, encaminándose a las gradas para coger su bolsa de
deporte.
Después los tres amigos se acercaron a Nozomi. "Eh, Nozomi,
¿quieres venir con nosotros?" preguntó Hitomi con una
sonrisa. Pero la chica no respondió. Tenía la cabeza gacha,
pero el libro estaba cerrado. Sobre las tapas negras de éste
cayeron un par de lágrimas.
"Nozomi..." empezó a decir Yukari mientras se agachaba
y apoyaba su mano en el hombro. Entonces ésta alzó la cara.
Estaba llorando en silencio. Pero de pronto pareció no poder
aguantar más, y la barrera que parecía rodearla se quebró.
"¡¡No...no quiero...!! ¡¡Quiero... irme!! Y no...¡¡no
quiero estar sola!!" sollozó entrecortadamente. Yukari la
abrazó protectoramente.
"No estás sola. Estamos contigo" murmuró a su oído.
En aquel momento Hitomi se empezó a encontrar mal. Amano la
sujetó, alarmado. Una intensa luz azulada empezó a rodearlos a
todos ellos. Hitomi abrió mucho los ojos. <Es es el
pilar de luz que conduce a Gaea> se dijo, no sabía si
contenta, triste o asustada. <Voy a regresar> pensó.
<Voy voy a volver a ver a Van>
Continuará...
Notas de la autora: Hola, soy Ryuu y este es mi primer fic de
Escaflowne [espero q no el último ^^]. Adoro la serie, pero me
costó dos años enteros decidirme a escribir una continuación,
así q solo espero q salga bien. Gracias por estar leyendo esto,
agradecería tb cualquier sugerencia o comentario, así q si se
animan escriban a ryuu_angel@hotmail.com
¿Q les pareció el primer capítulo? De momento ya los tengo en
camino, pero ¿qué hacen Yukari, Amano y esa chica nueva
viajando con Hitomi a Gaea? ¿Y la visión en el baño? Todo se
andará... ^^ ¡porque la magia sólo acaba de comenzar! [parezco
uno de esos magos de fiestas infantiles U...]