La Visión de Escaflowne II:
TENSHI NO YUME


Capítulo 16: El Límite de la Verdad

 

El bosque de columnas estaba en sombras; la luna brillaba con toda su fuerza y esplendor, convirtiendo todo lo que tocaba en plata. Del interior de la construcción circular salía un débil resplandor titilante; la enigmática sede del Oráculo estaba iluminada por más de cincuenta cirios de color miel, cuya luz proyectaba sombras fantasmales en la estancia. Frente al joven, que estaba sentado en su trono de piedra ingrávido, estaba Arien, de rodillas ante el pozo, sobre un mullido cojín de terciopelo.
La habitación estaba en silencio; el muchacho tenía los ojos cerrados y respiraba tranquilamente, mientras que la mujer estaba tensa, esperando una respuesta. De la ciudad llegaba una canción solitaria, que el viento llevaba hasta el cerro donde moraba el Oráculo. Éste empezó a abrir los ojos lentamente.
"Sólo te digo, princesa, que si le revelas más de lo que debes a la muchacha, tus planes nunca se harán realidad" declaró con voz oscura. Arien frunció el ceño, molesta por la enigmática respuesta.
"¿Y qué es lo que no debe ser revelado?"
"Es una chica de buena voluntad. Si descubre tus oscuras intenciones nos dejará, y el destino que deseas para el Pueblo de Inacra nunca se hará realidad"
La princesa lo miró con rencor, furiosa con él por haber calificado sus intenciones como "oscuras". Sin embargo no dijo nada, sino que se limitó a asentir y a callar por unos instantes.
"¿Conseguiré lo que me he propuesto?" inquirió finalmente, un poco temerosa de que la respuesta fuese negativa. No se había atrevido a formular antes la pregunta, puesto que aquel joven resultaba imprevisible, y era uno de los pocos a los que Arien no podía dominar. El silencio acabó por hacerse insoportable a la mujer, que miraba con fuego en los ojos al muchacho, que seguía impávido, con un rostro de mármol.
"Bueno, ¿qué?" insistió, con más orgullo del que hubiese querido dar al tono de su voz. Ante la airada pregunta el Oráculo sonrió.
"Princesa, ¿de qué te servirá saberlo? No todo está escrito en las estrellas; hay cosas que son inevitables, pero ésta depende de ti, de la habilidad con la que desarrolles tu plan. Ya sabes que la joven Kanzaki cambió su destino, al igual que el rey de Fanelia. Algunos destinos están envueltos en bruma, porque aún no hay nada decidido. En esos casos, las decisiones deben ser tomadas por nosotros, Arien"
La princesa refunfuñó; <Era de esperar> pensó con irritación, <nunca responde como debería hacerlo. ¿Acaso no soy su princesa? Debería asegurarme que voy a tener éxito, porque no puede ser de otra forma>

Amano y Yukari estaban intentando chapurrear un par de palabras mientras Allen los corregía con amabilidad. Hitomi se acercó por detrás, bostezando con cansancio. Se acababa de despertar tras una media hora de sueño, a la que había accedido después de localizar por fin el paradero de Nozomi.
Yukari se volvió hacia su amiga con curiosidad. "Escucha, Hitomi, ¿sólo hay una lengua en Gaea? Quiero decir, ¿qué idioma estamos aprendiendo?" inquirió la chica. Hitomi se encogió de hombros con sorpresa.
"Pues… francamente, Yukari, no lo sé. Yo los entiendo a todos igual de bien, pero no sé si hablan en la misma lengua… Un momento, se lo preguntaré a Van y a Allen" declaró mientras se dirigía al joven rey de Fanelia, que estaba enfrente del mapa, aún mirándolo con una cierta suspicacia. "Van…"
El chico se volvió prestamente. "¿Qué quieres, Hitomi?"
"¿Habláis en Gaea todos la misma lengua?"
Van se quedó un poco sorprendido ante la pregunta, pero respondió rápidamente.
"En toda Gaea no, pero hay algunos países que tienen una lengua común, como por ejemplo Astria, Fanelia y los alrededores. A pesar de que en cada lugar el acento varia un poco, nos entendemos perfectamente. Pero para viajes a otros países muy lejanos también existe una lengua que todo habitante del planeta conoce, y que nos permite comunicarnos en esas situaciones."
Hitomi se volvió hacia Yukari para explicarle todo aquello, cuando súbitamente su colgante empezó a brillar; la chica parpadeó un momento y se encontró en una ciudad llena de jardines, bañada por el sol. Las calles, desiertas, de repente se llenaron de personas que reían alegremente. La joven se frotó los ojos con extrañeza, y cuando alzó la vista al cielo, vio a un atlante de alas grises que volaba hacia una montaña cercana, enfrente de la ciudad llena de risas. Al volver la vista atrás, Hitomi pudo ver a una mujer alta y esbelta, de cabello negro brillante y ojos rojizos, muy bella. Sonreía con malicia y contento, mirado al ángel gris volar inseguramente sobre el río que cruzaba el valle. Junto a la mujer había un hombre moreno, pero Hitomi no le prestó atención; sus ojos se vieron atraídos casi magnéticamente hacia la piedra que llevaba la mujer en sus manos: un colgante, rojo y en forma de lágrima. Pero lo que más sorprendió a la chica fue que la bella mujer la vio; sonriendo triunfalmente, balanceó el colgante en su dirección, e Hitomi comprobó con turbación que, al igual que el suyo, también marcaba el tiempo de forma exacta, aunque no de la misma manera: un segundo cada balanceo completo. La piedra empezó a brillar, y la joven tuvo que cerrar los ojos para evitar ser cegada por la brillante luz rojiza; al abrirlos de nuevo, Van la tenía cogida por los hombros con fuerza. "¡Hitomi! ¿Estás bien?" gritaba con preocupación. Allen, Yukari y Amano la habían rodeado con expresión alarmada. La joven parpadeó un par de veces, y miró a Van.
"Sí… estoy bien"
"¿Fue otra visión?" inquirió el chico con prontitud. Hitomi asintió, vacilante.
"Creo que sí… pero ha sido extraño. La… la mujer de mi visión se dio cuenta de que yo estaba allí. Y tenía un colgante… muy parecido al mío"
Yukari apretó la mano de su amiga. "Hitomi, ¿qué ocurre? ¿Estás bien?"
En aquel momento se escuchó una voz de alerta. "¡Una nave de la embajada de Chezario se acerca, capitán!" gritó Gaddes.
Allen suspiró con satisfacción. "Vaya, parece que las cosas van mejor de lo que esperaba"
"¿Por qué dices eso, Allen?" preguntó Hitomi con curiosidad. El caballero se volvió hacia ella sonriendo.
"Hace un año que la princesa Eries se casó con el heredero al trono de Chezario. Dentro de poco la van a coronar reina, puesto que el rey del país ya es viejo. Así que, teniendo en cuenta que las relaciones entre ambos países son casi inmejorables, y que colinda con la Tierra de Nadie, quizás esta nave nos podrá dar un poco de información sobre ese lugar, en la que, según tú misma, se encuentra vuestra compañera"
La joven asintió, comprendiendo. Al cabo de poco tiempo se encontraban cara a cara con diez enviados de Chezario para recabar información sobre el origen de la nave, su estado y las intenciones de sus tripulantes.
El joven que parecía llevar la voz cantante de todo aquello se adelantó unos pasos para hablar con Allen. El resto de la tripulación formaba en triángulo detrás de él, y Van, Yukari, Amano e Hitomi estaban de pie junto a Allen, un poco separados.
"Mi nombre es Kailen Siying, Capitán de la Guardia Real de Beygir, y hablo en nombre del rey de Chezario. ¿Quiénes sois y qué queréis, viajeros de Astria?"
"Soy el Caballero Celeste Allen Schezar, y vengo con permiso del heredero de Astria. Tan solo estamos de paso por Chezario; nos dirigimos a la Tierra de Nadie"
El joven embajador abrió los ojos con asombro. "¿A la Tierra de Nadie?"
Allen asintió con firmeza. "Allí se encuentra retenida una persona que buscamos. ¿Tenemos vuestro permiso para proseguir el viaje?"
Tras unos momentos de deliberar, Kailen se volvió hacia los viajeros con tranquilidad.
"Tenéis permiso para proseguir. Y tomando en consideración vuestro rango, identidad y procedencia, estáis invitado a visitar el país cuando queráis. Seguro que nuestra princesa se alegrará de la visita de astrianos a Chezario"
Poco después el Crusade proseguía su viaje, cuyo destino estaba cada vez más cerca.

Arien y Nozomi estaban sentadas junto a una fuente; estaba anocheciendo, y el cielo estaba teñido de bellas tonalidades púrpuras y doradas. El agua que se deslizaba por la fuente de alabastro refulgía como oro líquido, salpicando ligeramente la túnica de Nozomi.
"¿Por qué necesitáis ayuda?" preguntó de pronto la joven mirando al cielo; "Aún no entiendo por qué me estáis haciendo todo esto"
Arien rió con placer mientras bañaba su mano izquierda en las aguas de la fuente. A un gesto suyo, una niña se acercó con un manto de color marfil y se lo colocó por encima de los hombros. Nozomi tembló un poco a causa de la fría brisa que venía del norte. Aunque allí el invierno fuese muy suave, no por ello dejaba de hacer frío. La chica se arrebujó en su propio manto de color gris brillante, mirando a la mujer con ojos interrogantes. Ésta suspiró, viendo que Nozomi no estaba dispuesta a quedarse sin una respuesta.
"Verás, querida, nuestro Pueblo, que ahora también es el tuyo, es una civilización odiada y temida. Somos el Pueblo del Dios Dragón, los Escogidos, y a causa de nuestro poder también somos temidos. Aunque nosotros fuimos los que dimos forma a Gaea, este bello planeta, sus habitantes se volvieron en contra de nosotros. Nos convertimos en el Pueblo Maldito, los Perseguidos; todos los de nuestra raza se dispersaron, se mezclaron con los humanos y intentamos vivir como ellos, olvidando nuestros orígenes. Tan sólo algunos grupos de nuestra raza sobrevivieron unidos, ocultos, y no han vuelto a tener contacto con los que nos dispersamos"
"¿Malditos? ¿Por qué? ¿Qué hicisteis?" interrogó Nozomi con interés.
"Desear un mundo mejor" suspiró la mujer con tristeza. "Nuestra raza tiene el Don del Deseo; tiempo atrás decidimos moldear la realidad acorde a nuestros sueños, pero el Poder se volvió contra nosotros, y nuestra civilización quedó destruida. Por eso somos temidos, por eso se nos acusa de haber reducido nuestra bella tierra a cenizas"
Nozomi calló, sumida en sus pensamientos; la historia era triste; destrucción total. En aquel momento escuchó algo; era un lamento solitario, un sollozo ahogado entre el crepitar de las llamas. La chica levantó la cabeza, desorientada, intentando averiguar de dónde procedía aquel sonido. "…¿no lo oyes?" preguntó en un susurro a Arien. Ésta la miró, perpleja. En Inacra el único sonido que se podía percibir era el de las fuentes y los trinos de los pájaros; movió la cabeza negativamente, observando con atención y asombro el comportamiento de la chica.
El sollozo se empezó a multiplicar en la cabeza de Nozomi; ya no era una sola voz, sino que había cientos de voces que lloraban, tejiendo con su llanto un cántico afligido y desesperado. La joven se tapó las orejas, intentando no escuchar los lamentos de aquella gente. Las palabras se deslizaban entre sus pensamientos sin que ella pudiese hacer nada para evitarlo. Poco a poco el torbellino de voces y llantos se fue haciendo más y más intenso, más rápido, y Nozomi gimió; ya no oía nada más que no fuesen aquellos sollozos y súplicas. En ese momento sintió cómo Arien le daba la mano; abrió los ojos, y vio que la mujer entrelazaba sus dedos entre los suyos, apretándolos con fuerza. Nozomi pudo sentir los ánimos que le estaba dando en aquellos momentos la princesa, y se sintió agradecida. Fue entonces cuando empezó a entender lo que decían aquellas voces; se lamentaban por una tierra perdida: Atlantis.
Esa palabra inundó los sentidos de la joven. El asfixiante llanto se detuvo, y Nozomi se quedó aturdida, escuchando aún el eco de aquella revelación: Atlantis.
No supo cuánto tiempo había pasado cuando por fin se dio cuenta de que la princesa estaba a su lado, sosteniendo todavía su helada mano. La princesa le sonrió con dulzura, como si quisiese darle a entender que comprendía lo mal que lo había pasado. Después, con voz suave, se atrevió a preguntar qué era lo que había ocurrido. Nozomi se humedeció los labios.
"Eran voces, cientos, miles de voces que lloraban. Al principio no los entendía, pero al final, cuando me has dado la mano, he podido comprender lo qué decían"
"¿Y que era lo que te decían, Nozomi?" preguntó la princesa, que aunque estaba asombrada y sorprendida no quería demostrarlo.
"Atlantis. Lloraban por Atlantis"
Arien soltó la mano de la chica con brusquedad. Nozomi se volvió hacia ella, extrañada. "¿Qué ocurre?"
"Atlantis era el nombre del país del Pueblo del Dios Dragón, la civilización que fue destruida y olvidada, condenada a la maldición. "
Nozomi calló, sin saber cómo reaccionar. Después prosiguió con suavidad.
"Arien, ¿por qué buscabais a Hitomi?
La princesa parpadeó, turbada interiormente; la pregunta la había pillado por sorpresa.
"Bueno, Hitomi Kanzaki tiene un gran poder… que no sabe utilizar. Queríamos enseñarle a desarrollar sus capacidades, así como tú vas a hacerlo, para pedirle que se una a nuestra causa. Sin embargo la chica parece estar poseída por un lado oscuro que la impulsa a predecir destrucción y caos, y por eso queríamos atraerla hacia la rectitud y la bondad"
<Bueno, no me ha quedado nada mal> pensó la mujer con alivio, al tiempo que sonreía encantadora y convincentemente. La mirada suspicaz de Nozomi se volvió un poco más confiada.
"¿Y por qué la queríais capturar durante la noche?" continuó la joven.
"El Oráculo había predicho que era la única forma de conseguir que viniese, puesto que ella no quiere salir de esa espiral de destrucción y oscuridad. Por su culpa, aunque fuese involuntaria, por supuesto, se desencadenó la Gran Guerra en Gaea, que dejó en la ruina a muchos países, y que se cobró miles de víctimas inocentes"
Nozomi la miró con horror, sin acabar de creer lo que le estaba diciendo. ¿Hitomi, culpable de todo aquello?
"No me lo creo. Kanzaki es una buena chica, nunca haría lo que tú estás diciendo"
Arien la miró con una sonrisa; "¿Acaso la conoces muy bien? Es muy buena chica, pero hay que salvarla de sus instintos agresivos y oscuros; sin embargo, ella no quiere salir de allí. Si quieres, te llevaré a la Gran Biblioteca de Inacra, para que veas los anales de la Gran Guerra, que sucedió hace unos dos años. "
La chica bajó la mirada, con los ojos llenos de dudas. "Desearía ver esos anales, y consultarlo con alguien más que no fueses tú" declaró con atrevimiento. Arien la miró con irritación, viendo que la joven dudaba de sus palabras. Sin embargo se reprimió y dio unas palmadas; a los pocos segundos apareció Rigel, el moreno capitán.
"Tráeme los Anales de la Gran Guerra, y deprisa" ordenó Arien con voz autoritaria; tras una pausa sonrió con malicia y añadió: "Trae también al viejo Diyar; a Nozomi le gustará conocerlo…"
El capitán se inclinó sumisamente y, extendiendo sus alas, alzó el vuelo con elegancia y rapidez. Nozomi lo siguió con la mirada, admirando su fluido vuelo. Al ver la admiración que se reflejaba en los ojos de la chica, Arien sonrió.
"Aún no has usado tus alas, ¿verdad? Si te apetece, tras cerciorarte de que mis palabras son ciertas podrías ir a dar un paseo… Tampoco has visitado las Llanuras del Viento, y son un espectáculo muy bonito… si quieres le diré a Rigel que te acompañe"
A Nozomi se le iluminaron los ojos ante la perspectiva de poder volar. Aún no había podido hacerse a la idea de que tenía alas, ya que había perdido el conocimiento en aquella sala extraña, el mero recuerdo de la cual le producía escalofríos. Pero la princesa de aquel pueblo no había ganado aún su confianza, y por eso no expresó su emoción en voz alta, sino que se limitó a asentir con vigor.
Poco después apareció el moreno capitán, pero esta vez llegó de improviso, moviéndose como un gato entre los árboles y arbustos del jardín en el que se encontraban. Sostenía entre sus manos un rollo de material de aspecto translúcido y fibroso, atado con una cinta de color marfil. Ésta llevaba un bordado en caracteres atlantes, que Nozomi leyó sin dificultad: "Historia de Gaea; volumen 4114".
<Vaya, pues sí que tiene historia este lugar…> pensó la chica con asombro, observando cómo Rigel desplegaba el rollo diestramente con una mano, mientras enrollaba el otro extremo con la otra. Sus ojos inquisitivos buscaban una sección en especial; cuando la encontró, miró a Arien con ojos dóciles.
"¿Deseas que lo lea en voz alta, princesa?"
La mujer se limitó a mover la mano con displicencia, ante lo cual la expresión del hombre se tornó ligeramente amarga; no obstante, empezó a leer.
" Amarillo, Vigesimoprimera Luna. El rey de Fanelia Van Slanzar de Fanel emprendió el ritual neChezario para acceder al trono de su país. Siguiendo al dragón, se vio extrañamente transportado hasta la Luna de Las Ilusiones. Allí conoció a Hitomi Kanzaki, junto a otros dos habitantes de aquel lugar. Tras la victoria del joven y la obtención del núcleo enegist, por el poder contenido…" Rigel titubeó unos momentos, para después proseguir con más aplomo; "en dicho material los dos fueron transportados de nuevo a Gaea"
Aprovechando la pausa de Rigel, la mujer matizó algunos detalles.
"Este es, ahorrando detalles que conocemos aunque ahora los hayamos omitido, el primer encuentro de Hitomi con el rey de Fanelia. Puesto que ella estuvo aquí durante más de un mes, y dado que nuestros anales dan una explicación muy detallada de todo lo que ocurrió, no sólo alrededor de tu amiga, sino también en el resto de Gaea, creo que te interesaría que fuésemos directamente a algunos pasajes concretos…"
Rigel enrolló el pergamino, y extrajo otros dos de entre los pliegues de su manto. Pero en estos documentos no tuvo que buscar el punto exacto, puesto que en los rollos cristalinos ya había unas cintas de colores que eran el equivalente a los puntos de libro.
"La niña Hitomi fue reprendida por Merle, la acompañante del rey de Fanelia, por leer y predecir el futuro acorde a sus deseos y emociones. Con el poder de Hitomi, dichas predicciones acababan por hacerse realidad" leyó Rigel con voz aterciopelada. En unos momentos cambió a otro punto del rollo con destreza; "La princesa Millerna de Astria solicitó a la chica Hitomi que le leyese el futuro con el Tarot" el capitán hizo una pausa para explicar algunos hechos anteriores; "Aunque no tenga el punto aquí, Hitomi fue reprendida por haber hecho infelices a los que la rodeaban por egoísmo y falta de conocimiento. Fue también duramente advertida, con una severa prohibición en todo lo referente a usar su poder, puesto que inevitablemente conduciría a la muerte y el sufrimiento. Y, sin embargo, acabó por seguir prediciendo un futuro triste" Tras ese breve apunte, Rigel prosiguió con su lectura.
"Vaticinó un futuro de destrucción y problemas, infortunios y caos" Saltó unos párrafos, y continuó. "Durante la boda de la Princesa con Dryden Fassa, las predicciones de Hitomi se hicieron realidad"
Nozomi calló; las duras palabras de los anales estaban empezando a hacer mella en su ánimo. Tampoco podía decir que conociese mucho a Hitomi, puesto que no se habían tratado demasiado. Sin embargo Yukari no le caía mal, y sabía que era una gran amiga de la joven Kanzaki…
Viendo las dudas en sus ojos, Arien hizo un gesto a Rigel con la mirada. Éste comprendió el mensaje, y desapareció por unos segundos, para reaparecer con un hombre vestido de blanco, maduro sin ser viejo, aunque se lo veía muy desmejorado. Se apoyaba en el fuerte brazo del capitán, que lo observaba comprensiva y benévolamente.
La mujer avanzó hacia él con los brazos abiertos.
“Mi querido Diyar, estoy muy contenta de que hayas venido. Junto a mí tengo a Nozomi, una chica que viene de la Luna de las Ilusiones… querría que nos relatases tu experiencia con la otra chica que vino a Gaea, Hitomi Kanzaki”
El hombre miró a los ojos de Nozomi penetrantemente, como si su mente estuviese poseída por la locura. Pero el fuego que lo abrasaba pareció ceder un poco, y su respiración se hizo más pausada. Con voz cascada, aunque no por ello débil, el hombre empezó su relato.
“Diyar… este es el nombre que me han dado aquí. Quise olvidar el mío, que me traía amargos recuerdos. Yo servía al Gran Emperador de Zaibacher, el Supremo Señor Dornkirk. Mi Señor deseaba encontrar la fórmula para poder crear un mundo nuevo, hermoso, sin guerra ni violencia, sin matanzas ni envidias. Para ello nos encargó a nosotros, sus leales servidores, que capturásemos al único obstáculo que impedía la realización de ese gran y maravilloso sueño: un dragón” las palabras salieron de sus labios en un murmullo ronco, resentido; “Éste dragón era el causante de las desgracias de nuestra bella tierra. Y lo conseguía gracias a una chica terrícola que estaba con él: se llamaba Hitomi Kanzaki.”
El hombre tenía odio en su voz cuando pronunció ese nombre; Nozomi se estremeció involuntariamente.
“Ella fue la causante de la muerte de nuestro Emperador, un gobernante bueno y magnánimo con nuestro pueblo. Por su culpa el sueño de ese mundo perfecto no pudo hacerse realidad”
El jardín quedó en silencio por unos momentos; incluso los numerosos pájaros que revoloteaban entre las ramas parecían haber enmudecido de repente. Nozomi no sabía qué decir, ni cómo reaccionar ante el odio que el hombre parecía emitir. Arien se dio cuenta de la incomodidad de la joven y sonriendo guió al encanecido Diyar y a Rigel fuera del claro del jardín, dejando a Nozomi sola con sus pensamientos.

El timbre de la puerta resonó en las escaleras; Kanzaki Sachiko se apresuró a abrir la puerta, dejando a su marido al cargo de preparar el té. Todos los padres de los muchachos desaparecidos habían aceptado la invitación, sin saber qué otra cosa podían hacer. Al menos encontrarían consuelo en otras personas que se encontraban en su misma situación de desesperanza y tristeza.
Frotándose las manos ateridas entraron en la casa Natsuki y Kojiro Amano, los padres de Susumu.
“Los Uchida llegarán un poco tarde” anunció Natsuki mientras saludaba educadamente a Sachiko. “Me dijeron que antes tenían que acompañar a la niña pequeña para dejarla con la canguro”
La voz del padre de Hitomi sonó desde la cocina. “¡Sachiko, el té está listo! ¿Quieres que prepare algo más?”
La mujer dejó a los invitados en la sala, mientras iba a ayudar a su marido a colocar el té en la tetera, sacar las tazas y colocar un par de dulces de arroz en una bandeja.
El timbre no estuvo ocioso mucho tiempo; al cabo de pocos minutos anunciaba la llegada de los padres de Nozomi, y poco después los Uchida hicieron su aparición. Pronto se encontraban todos reunidos en torno a la mesa, bebiendo su té a sorbitos mientras la madre de Yukari explicaba los últimos intentos para encontrar a la chica. Cuando estaba a punto de romper a llorar, Sachiko tomó la palabra pausadamente.
“No te apures más, Suzumi. Estoy segura de que Yukari está bien” declaró con voz serena. Después le pasó un pañuelo a su amiga, y miró detenidamente a cada uno de los presentes. Tras inspirar profundamente, empezó a hablar.
“Lo cierto es que os he reunido a todos aquí con un propósito concreto…” empezó, algo titubeante. Su esposo la cogió de la mano, sonriendo; Sachiko se sintió reconfortada, y prosiguió. “Quizás Yukari te comentara, ya hace dos años, que Hitomi había desaparecido misteriosamente”
Uchida Suzumi parpadeó con extrañeza, intentando recordar. “Sí… me comentó que no había ido a clase, y que soñaba con ella insistentemente, pero después me dijo que estaba enferma, y no le di mayor relevancia…”
“Hitomi no estaba enferma. Simplemente, no estaba” declaró Sachiko. Exceptuando a su esposo, que ya compartía el secreto, todos los demás se quedaron mirado a la mujer, atónitos, sin acabar de creer lo que les estaba diciendo.
“¿Quieres decir… como ahora?” balbuceó Michiyo, la madre de Nozomi. Sachiko asintió con solemnidad. “¿Y volvió?” se atrevió a preguntar en un susurro, temerosa.
“Sí. Volvió, cambiada, pero regresó. No me llegó a contar todo, exactamente todo lo que le había pasado, pero me contó que había viajado a una dimensión paralela, a un lugar desconocido: Gaea”
El padre de Nozomi se alteró al escuchar esa palabra “¡Gaea!” susurró, sin salir aún de su sorpresa. Michiyo se acercó a él; “¿Qué ocurre, Mamoru? ¿Conoces ese nombre?”
Sachiko no se dio cuenta de lo que pasaba, así que prosiguió.
“Mientras estaba allí, Hitomi se comunicaba conmigo en sueños, aunque al volver ella me dijo que no lo recordaba. Ahora me está pasando lo mismo; sueño con mi hija, y me dice lo mismo que hace dos años: ha vuelto a Gaea”
“¿Eso quiere decir que Susumu también está allí?” preguntó la madre del joven con incredulidad.
“Oh, vamos, Sachiko, no digas tonterías” declaró Kojiro, “mi hijo no se ha ido a ninguna dimensión paralela, que ni siquiera existe. Les ha pasado algo distinto. ¡Los han raptado, los han matado, pero no me intentes decir que han sido abducidos por los alienígenas!” exclamó con enfado. Su mujer rompió a llorar ante las duras y crudas palabras del hombre, y Suzumi, la señora Uchida, se llevó las manos a la boca, negándose a creer que alguien hubiese podido dañar a Yukari.
Sachiko se incorporó para calmar al excitado señor Amano.
“Kojiro, tienes que creerme. Sucedió una vez, y ahora ha vuelto a suceder. No debes preocuparte por Yukari, porque está bien con Hitomi y Amano”
Michiyo Tenshou dirigió una mirada llena de dudas hacia la señora Kanzaki. No les quedaba prácticamente nada más.
“Sachiko…” empezó con un hilo de voz, “¿Nozomi está con ellos?”
“No terminé de entender a Hitomi en lo referente a ese punto; me dijo que sí se había ido con ellos, aunque no comprendí muy bien el resto…”
Mamoru abrazó a su mujer protectoramente. “Hoy mismo llamaré a la abuela. Quizás ella sepa algo de todo esto” le susurró al oído. Michiyo se limitó a asentir, demasiado cansada para buscar otra solución menos descabellada a su juicio.

Hitomi estaba en el puente de mando, prácticamente sola. Ya hacía muchas horas que había oscurecido, y sin embargo no podía conciliar el sueño. Tan solo Kio y Reeden no se habían marchado a dormir, puesto que el primero debía pilotar la nave, y el segundo era el encargado de que su compañero no se durmiese. Por eso se entretenía en tararear canciones conocidas mientras Kio lo coreaba alegremente, intentando vencer el sueño.
La joven sonrió al escucharlos; la luna brillaba con fuerza, y la masa boscosa que discurría bajo el Crusade parecía estar en calma. Dirigiendo los ojos al horizonte, Hitomi entrevió unas llanuras, cuya vegetación se movía y se rizaba rítmicamente con el suave viento de la noche. Se sintió invadida por una profunda paz interior; aún no se había planteado qué tenía que hacer allí. ¿Para qué había venido? ¿Cómo podría volver? Cuando se formuló esa pregunta, la chica abrió sus ojos verdes, que había cerrado poco antes, intranquila. De nuevo volvía a tener ante ella la horrible decisión que la obligaba a escoger entre el planeta que la había visto crecer, la Tierra, y el que la había visto enamorarse, Gaea. <Van…> pensó con amargura; <¿Tendré que separarme de ti otra vez, después de haberte echado tanto de menos…?>
Por supuesto, Hitomi pensaba que las cosas serían sencillas; rescatar a Nozomi, y ya estaría. Gaea estaba tranquila, no había otro imperio de Zaibacher que combatir…no tenía nada que hacer allí. Amar, quizás, pero nada más.
De repente, la chica se sintió transportada, como en sus visiones, a un lugar más allá de los peñascos y las llanuras plateadas; una ciudad que ya había visto antes, que refulgía en la noche con una luz extraña, entre verdosa y dorada. Sintió el palpitar de algo bajo aquella tranquilidad, un sentimiento que se agitaba con inquietud entre la calma.
La voz de Allen la sacó de aquella visión momentánea.
“Puedes descansar un rato, Reeden, yo me encargo de hacer la guardia” anunció el caballero. Reeden se ajustó el pañuelo rojo a la cabeza con soltura, y se echó a dormir en un rincón; cayó en un profundo sueño minutos más tarde.
Al ver que Hitomi estaba también en el puente de mando, Allen se acercó a ella.
“¿Qué haces levantada tan tarde, Hitomi? Deberías estar durmiendo, como los demás”
La chica rió, divertida. El hombre la miró, sin saber a qué atenerse.
“No has cambiado nada, Allen” suspiró con satisfacción; “¿Cómo está Serena? ¿Sabe ya…?”
Allen meneó la cabeza, vacilante. “Le he contado una parte de la verdad… pero aún no la sabe toda. Aunque su aspecto pueda engañar a primera vista, se ha vuelto una mujer con una gran fuerza de voluntad. Al principio tenía miedo de separarme de ella, puesto que seguía teniéndole pánico a la soledad. Poco a poco se fue independizando de mí, pero sigue sin gustarme la idea de dejarla… si le pasase algo, yo…”
“No le ocurrirá nada. Allen. Ya ha crecido, y va superando sus problemas, ¿no?”
El hombre asintió. Después de una pausa, miró al suelo, reflexionando en voz alta; “La verdad es que no sé si tenía esperanzas de encontrarla de nuevo… Y, si así era, nunca me había planteado preguntarme cómo sería ella después de tantos años. El único recuerdo que tenía de ella era el de una chiquilla dulce, un poco traviesa, dócil y complaciente. Ahora… hay algo que ha cambiado. Es muy dulce conmigo, pero también es rebelde. Hay veces en que no la entiendo… Creo que las mujeres son demasiado complicadas."
Hitomi sonrió ante las palabras de su compañero. "Bueno, vosotros tampoco nos lo ponéis nada fácil…" replicó la chica. Allen se encogió de hombros, sin querer darle más vueltas al asunto.
" Sin embargo, aún hay algo que me preocupa sobre ella. Después de ver que me había convertido en un Caballero Celeste, me pidió que empezase a adiestrarla en combate. Dice que quiere saber defenderse sola, y que yo esté orgulloso de ella. No obstante…”
“No obstante temes que así pueda volver a convertirse en Dilandau, ¿no es eso?” declaró Hitomi. El joven asintió en silencio. “Allen, creo… creo que debes confiar en ella. Sé que no deseas que viva anclada en su pasado, sino en el futuro, y la mejor manera de hacerlo es tratarla como lo que es, sin miedo a que recuerde lo que fue”
Allen miró los claros ojos de Hitomi, con su firme confianza en los demás. De nuevo la chica estaba allí en el momento necesario, con las palabras necesarias.
“¿Sabes, Hitomi? Tú también sigues siendo la misma…”

Continuará...



Alegría, hoy no hay notas ;p




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