Rigel plegó las
alas ligeramente para avanzar a más velocidad. El aire le
azotaba la cara con dureza, obligándolo a entrecerrar los ojos
un poco. La silueta de la morada de la Princesa era lo único que
tenía sentido para él en aquellos momentos, y su objetivo era
llegar a ella cuanto antes. Aterrizando grácilmente, ocultó sus
alas y entró en la casa con ímpetu.
"¡Princesa! Una nave se acerca por el sur. El Oráculo dice
que en su interior viaja Hitomi Kanzaki, y también el Rey Van
Fanel" gritó apresuradamente. El eco de sus palabras
reverberó unos segundos para luego desaparecer en el silencio.
Éste no duró mucho; los pasos rápidos y precisos de Arien se
dejaron escuchar con presteza.
"Hay que reunir una embajada, deprisa. No pueden saber
dónde estamos " declaró con determinación mientras
se acercaba al capitán, de pie en el centro de la estancia. Él
la contemplaba con fascinación, admirando su capacidad de
aparecer siempre y en cualquier momento lista para resolver
cualquier posible eventualidad. Arien se acercó al hombre y se
puso de puntillas, hasta que su cálido aliento rozó el cuello
de Rigel.
"Nozomi tiene que seguir aquí, y sin embargo la chica del
rey de Fanelia sabe dónde estamos. La única forma de salir de
esto es que ella escoja quedarse con nosotros
voluntariamente Me atrevería a afirmar que el terreno ya
está preparado; ahora lo único que falta es el acto final, y
creo que ya conozco la manera... y tú vas a jugar un papel muy
importante. Ya sabes lo que tienes que decir, ¿verdad?
preguntó la mujer; pero mientras el hombre asentía con firmeza
ella prosiguió; En ese caso vamos allá. Confío en ti, no
me falles esta vez" murmuró al oído de Rigel. Éste
asintió con voz ronca.
"No te fallaré, lo prometo"
Arien le sonrió por unos momentos antes de dejar otra vez la
sala principal para buscar a Nozomi, que se hallaba en los
jardines.
Un viento frío provenía del fondo del precipicio, cortado casi
a pico. El farallón de roca tenía unos diez metros de
profundidad, para después acabar suavizando su abrupta pendiente
hasta llegar al Río Kandia, que era el que separaba la ciudad
del Pico del Dragón. Así era como Nozomi había oído que se
llamaba aquel extraño lugar en el que vivía el Oráculo.
La chica se asomó cautelosamente al barranco, mientras el viento
revolvía rítmicamente su pelo negro. Los árboles de allí
abajo crecían con un vigor que parecía nutrirse de las mismas
entrañas de la tierra, puesto que sus ramas se extendían sobre
la vertiente como un manto verde tachonado de plata. Nozomi no
alcanzaba a ver qué eran exactamente aquellos diminutos puntitos
plateados que salpicaban la fronda, y relucían como estrellas;
resolvió por ello que otra de las cosas que haría en Inacra
cuando se decidiese a usar sus alas sería ir a averiguar qué
eran. A los ojos de la muchacha parecían pedacitos de cristal
esparcidos sin ton ni son entre las hojas de la espesura.
"¡Nozomi!"
El grito la sobresaltó tanto que estuvo a punto de caerse por el
acantilado. Aún temblando, se arrodilló lentamente y se encaró
con la recién llegada. Era Arien, por supuesto. <¿Y a quién
más podía esperar? Nadie me conoce aquí Sólo soy una
atracción de circo> pensó con sarcasmo, y con un poco de
despecho que no quería reconocer.
"¿Podrías ser un poco más suave? ¡He estado a
punto de despeñarme!" exclamó la chica con irritación. La
mujer sonrió.
"Ya no recuerdas que el caer barranco abajo no sería
ningún problema para ti, querida " replicó
suavemente. Nozomi se obligó a abandonar la expresión de enfado
que había adoptado, percatándose de que lo que la princesa
decía era verdad. Ante la resignada mirada de la chica, aún en
el suelo, Arien no pudo por menos que sentirse divertida.
"Nozomi, tengo grandes noticias. Hitomi Kanzaki se acerca a
la ciudad"
La chica abrió los ojos como platos; aún no había decidido
qué pensar acerca de su compañera de clase.
"¿Buenas noticias?" repitió, insegura.
La mujer la observó con benevolencia; en sus ojos púrpuras
brillaba una luz emocionada. "Por supuesto. Estoy segura de
que ha recapacitado, y viene a unirse a nosotros para que la
ayudemos a entrar en la Luz. ¿Te das cuenta? Es maravilloso,
después de pensar y lamentarnos porque no quería acompañarnos,
ha decidido acudir a nosotros por propia iniciativa "
el tono de su voz se hacía cada vez más alegre. Nozomi la
observó por unos instantes con suspicacia; le era imposible
determinar si Arien era sincera en su actitud; mas aquella luz
que parecía despedir, la bondad que irradiaba no podían ser
fingidas.
"No quisiera ser pesimista, pero no creo que la señorita
Kanzaki haya venido a eso" intervino una tercera persona.
Era el capitán de Inacra; la joven terrícola se volvió hacia
él, un poco sorprendida; nunca había visto que nadie replicase
a la princesa, y menos al sumiso hombre que la había cargado
durante toda una noche.
Arien se volvió hacia él, confusa. De repente parecía un
perrillo apaleado, un niño de tres años a quien habían
destrozado su castillo en la arena. "¿Qué quieres
decir?" inquirió, vacilante.
Rigel la observó con un nudo en la garganta; no le gustaba nada
todo aquello, aunque poder contemplar la hermosa expresión de la
princesa, sumida en el desconcierto, era para él la mayor
recompensa que podía obtener. Carraspeó y se humedeció los
labios.
"Con su permiso, princesa, creo que Hitomi Kanzaki viene con
otro propósito; sin duda no le agradó que consiguiésemos a la
señorita Nozomi, y por eso me atrevería a afirmar que lo que
quiere es llevársela con ella"
Los ojos de Arien se abrieron en una mueca de horror. "¡No
puede querer eso! Nozomi ya es una de los Nuestros ya sabe
que no puede devolverla a la Oscuridad. ¡No quiero escuchar tus
necias palabras, Rigel! ¡Me avergüenzo de ti! ¡Tenemos que
confiar en las buenas intenciones de Hitomi!" exclamó con
vehemencia. Rigel se encogió de hombros. Definitivamente, no le
gustaba todo aquello.
Nozomi se sentía la espectadora de un partido de tenis. Sin
embargo, no se quedó indiferente ante las dos posturas; no pudo
por menos que decantarse hacia la de la princesa. Si bien no
podía confiar plenamente en ella, simpatizaba con la mujer a
causa del apoyo que había dado a Hitomi. Sonrió y posó su mano
en el hombro de la trastornada mujer, queriendo ofrecerle su
respaldo.
"Estoy segura de que así será, Arien. Hitomi viene con
buenas intenciones" afirmó con convencimiento. La mujer se
giró y la miró, confusa y agradecida.
"Tenemos que ir a recibirlos como es debido. Sería un honor
que nos acompañases, Nozomi" explicó Arien con fluidez. La
chica asintió con júbilo. Por fin podría volver a ver a sus
compañeros. No podía decir amigos, puesto que no los conocía
demasiado, pero eran la única cosa conocida, lo único que
tenía de la Tierra en aquel lugar extraño, que no podía llamar
patria, aunque perteneciese a su Pueblo.
Van entornó los ojos, protegiéndose la cara del sol con su mano
derecha a modo de visera. Las llanuras que estaban sobrevolando
ondeaban y se movían al compás de la fresca brisa matutina, y
en sus vertientes ya se podía apreciar la promesa de las
montañas ante ellos. El joven frunció el ceño, intentando
memorizar los rasgos de aquella tierra de aspecto silvestre,
descuidadamente hermoso, que nunca antes había visitado. Se
decía que, en el alba de la creación de Gaea, en las montañas
de la Tierra de Nadie se alzaba el mayor santuario a los dragones
de todo el planeta. Era un poco exagerado, Van admitió para sí
mismo, aunque quizás en aquella leyenda, como en muchas otras,
hubiese un fondo de verdad.
<Dragones había dragones en mi sueño> reflexionó
el muchacho, forzando la vista para discernir con mayor claridad
el terreno bañado en la cegadora luz del sol. En aquel momento
sus ojos captaron un brillo extraño; algo se acercaba a la nave,
algo blanco y brillante. Poco a poco las formas de aquellos
grandes objetos, que parecían suspendidos en el aire por hilos
invisibles, surcando los aires sin el mayor esfuerzo, fueron
perfilándose con mayor nitidez, y el joven tuvo que contener una
exclamación de sorpresa.
"¡Van, se acercan!"
Hitomi llegó corriendo por el pasillo desde su habitación, y
tras ella aparecieron Yukari y Amano, ambos sin terminar de
entender lo que estaba pasando. Yukari miró a su amiga con
extrañeza.
"Hitomi, ¿te encuentras bien? ¿Qué te ocurre?"
inquirió la joven, mientras avanzaba hasta donde estaba Van y
echaba un vistazo a las llanuras. "¡Vaya, esto es precioso!
Pero " Yukari alzó la vista al cielo, aprovechando
una nube que cubría el sol; "¡Mirad esos pájaros! ¡Son
enormes! ¿Cómo los llamáis?" preguntó la chica
sonriendo, mientras señalaba con el dedo cinco figuras de alas
blancas que se acercaban sin aparente esfuerzo a la nave.
Un silencio tenso siguió al comentario de la joven, que se
quedó mirándolos con una sonrisa, esperando la contestación.
Al ver la tensa línea que formaban los apretados labios de
Allen, sus ojos reducidos a simples rendijas mientras clavaba la
mirada en el horizonte, y a Van crispando los puños
intermitentemente, Yukari se percató de que había algo que no
estaba bien. Hitomi posó su mano en el hombro de su amiga con
tranquilidad, pero con una expresión firme en su rostro.
No son pájaros, Yukari puntualizó, moviendo la
cabeza suavemente.
No. Son atlantes dijo Van con voz tensa. Las siluetas
ya eran claramente visibles; cinco personas vestidas con túnicas
blancas y vaporosas, y majestuosas alas blancas que relucían con
un matiz dorado a la luz del sol. Amano abrió la boca,
asombrado.
Tienen... alas murmuró, extasiado ante la
extraordinaria visión que se ofrecía a sus ojos.
Tras unos segundos en los que nadie se movió, sus miradas
atraídas magnéticamente por aquellos seres de leyenda, Allen
rompió el hechizo, ordenando a Gaddes y a Reeden que preparasen
la llegada de los visitantes.
Hitomi miró a Van, que tenía la mandíbula apretada y la vista
fija en el grupo de atlantes; ¿serían aquellos seres miembros
del país cuya líder había querido desposar a Van? La chica
rozó la mano del joven, colocándose junto a él.
¿Son ellos, Hitomi? ¿Tienen ellos a vuestra
compañera? preguntó el joven entre dientes. La muchacha
suspiró, y se encogió de hombros.
No lo se, podría ser. ¿Los conoces?
¿Ves esa joven de cabello castaño? interrogó Van,
señalando a la mujer con un leve movimiento de cabeza. La
recuerdo; estaba en el séquito personal de la princesa
Arien.
La joven a su lado frunció el ceño al oír el nombre de su
rival, crispándose involuntariamente. Van se percató del cambio
operado en la chica, y sonrió tranquilizadoramente, mientras
apretaba suavemente la mano de Hitomi. Vamos. Ya están
llegando, y quizás tengan que decir algo que nos interesa
dijo el joven en voz baja, mientras empezaba a andar hacia la
cubierta de la nave. Hitomi lo siguió con presteza, intrigada
por la espectacular aparición de los atlantes y ansiosa por
saber el motivo de su repentina aparición.
Receloso de los recién llegados, Allen había decidido
recibirlos en la cubierta, para poder escuchar lo que tenían que
decir con rapidez y terminar lo antes posible. Desde pequeño
había escuchado las leyendas que le contaba su madre acerca del
Pueblo del Dios Dragón, y aunque ya había perdonado a su padre
por haberlos abandonado, no había olvidado la causa: el poder de
Atlantis. Y allí estaba él, el caballero celeste Allen Schezar,
recibiendo a unos extraños de los que no podía adivinar las
intenciones o, lo que era aún peor, la magnitud de sus
capacidades. Apretó la empuñadura de su espada, intentando
serenarse; los personajes alados estaban a punto de llegar a la
nave, y desde allí podía apreciar la blancura de sus alas, la
perfecta elegancia con que se movían una vez en el aire.
Involuntariamente el deseo de poder navegar por el aire como
ellos se encendió en el joven caballero. Observó con
admiración el impecable aterrizaje de los cinco atlantes, la
forma en que las alas desaparecieron como por arte de magia,
dejando tras de ellas una delicada cascada de plumas que
empezaron a mecerse en el viento, yendo y viniendo al compás de
las ráfagas creadas por el avance del Crusade.
La delegación de Inacra estaba encabezada por Rigel, quien, tras
haberse posado sobre la cubierta de la nave, y viendo las miradas
expectantes e impacientes de los tripulantes, había comprendido
perfectamente que las formalidades no excederían los mínimos.
Con un casi imperceptible movimiento de su mano izquierda, los
cuatro atlantes que lo acompañaban formaron detrás suyo, en
posición de cuña, con el moreno capitán al frente.
Sintiéndose un poco nervioso al tener que llevar todos los
trámites, Rigel observó a todos los presentes de manera rápida
antes de empezar; ya que conocía al rey de Fanelia gracias a la
visita realizada con Arien, el capitán supuso que la joven que
estaba a su lado en actitud confiada sería Hitomi Kanzaki. La
chica, Rigel tuvo que admitir, era diferente a cómo la había
imaginado; menos espectacular de lo esperado, no daba la
sensación de ser una gran líder, de poseer un gran poder o ser
alguien especial. Sin embargo, algo en ella hizo que el hombre se
sintiese intranquilo; quizás eran sus ojos, en los que se podía
leer la determinación que la animaba, la resolución de
encontrar la verdad de los hechos.
<Así que ella es la poseedora del poder que Arien teme...>
se dijo el hombre para sí; <La joven que ama el rey
Fanel...>
Pero no tuvo tiempo de seguir analizando mucho más a los
presentes, puesto que el joven que estaba a la cabeza de todos
ellos, un hombre alto y de melena rubia que lucía el uniforme de
caballero de la guardia de Astria, empezó a hablar.
Soy el Caballero Celeste Allen Schezar de Astria, y venimos
con el permiso de la futura reina de Chezario, Eries Aria Aston.
¿En qué podemos ayudaros, caballeros?
Rigel tragó saliva. <Bueno, allá vamos>
Soy el capitán de la guardia real de Inacra, Rigel Boreis,
y vengo como embajador de mi país, en el que estáis entrando en
estos momentos empezó el hombre, sintiendo que su voz se
hacía más firme a medida que hablaba. Venimos a daros la
bienvenida a nuestra tierras, y ofreceros nuestra ayuda en
cualquier asunto que podáis necesitar
Allen se quedó un poco sorprendido ante aquella respuesta; si
había algo que no se esperaba de aquella gente era una
delegación de bienvenida. Sin embargo no dejó que la sorpresa
lo dominase.
Muchas gracias, Capitán Boreis. En realidad sí que nos
podríais ayudar; hemos acudido a vuestras tierras buscando a una
persona... Allen miró a Hitomi, invitándola a proseguir
su petición, dado que la joven conocía los datos necesarios
para encontrar a la joven.
La chica lo miró, aturdida, por un instante, para después
entender lo que se le pedía. Avanzó unos pasos para encararse
con el embajador de Inacra.
Buscamos a una chica llamada Tenshô Nozomi. Hace dos
noches desapareció en el Bosque de las Leyendas, en territorio
de Astria. Fue secuestrada por unas figuras aladas
añadió, esperando la reacción de los atlantes al mencionar el
detalle que los señalaba casi a ciencia cierta como los
secuestradores. Sin embargo, el hombre ante ella no reaccionó
con sorpresa o intranquilidad.
Ah, sí, la señorita Nozomi. Es una invitada de la
princesa Arien se limitó a decir en un tono casi casual.
Hitomi frunció el ceño, sin terminar de creer lo que le estaban
diciendo. Pero fue Van el que expresó lo que estaba pensando.
Acaso la identidad de los secuestradores está relacionada
con Inacra? inquirió el rey, avanzando unos pasos hasta
situarse junto a Hitomi. El capitán no respondió
inmediatamente, sorprendido por unos momentos; no se había
esperado una pregunta tan directa de un rey, los cuales en
general solían ser amantes de las artes diplomáticas y las
sutilezas de la sugerencia.
Nadie de nuestro país ha pensado siquiera en secuestrar a
la señorita Nozomi, si eso es lo que nos pregunta
intervino Messara, una de las atlantes designadas como parte de
la embajada; Llegó a nuestra capital gracias a la
intervención de una patrulla que vigilaba la frontera oeste de
nuestro país, y que la acogieron viéndola dormida y sola en uno
de nuestros bosques
Rigel no se atrevió a mirar directamente a Messara para
agradecerle el haberlos sacado del apuro. Sin embargo, lo que
más había apreciado el hombre era la sinceridad de las palabras
de la joven, puesto que, sin decir toda la verdad, tampoco había
mentido. En verdad habían hecho un alto en el camino la noche en
que se llevaron a Nozomi, y la chica se había quedado dormida
durante el viaje, así que tampoco podría desmentir en forma
alguna las declaraciones de la delegación de Inacra.
Van clavó una mirada penetrante en los ojos oscuros de la joven
que había hablado, como si intentase asegurarse de que lo que le
había dicho era verdad. Pero para Hitomi lo más importante en
aquellos momentos era ver a su compañera, y asegurarse de que
estaba bien.
Si eso es cierto, me imagino que no sería un inconveniente
permitirnos ver a Nozomi. Estoy segura de que deseará vernos y
reunirse con nosotros. De todas formas, os agradecemos el haberla
acogido durante estos días declaró Hitomi, sintiéndose
liberada del peso de la culpabilidad, puesto que en el fondo
seguía sintiéndose responsable de lo que le había ocurrido a
su compañera de clase.
Puesto que afirmáis conocer a la señorita Nozomi, y me
imagino que deseáis verla lo antes posible, os hago una
propuesta empezó Rigel, esperando sonar convincente,
Hay un templo no muy lejos de aquí, a medio camino entre
la capital y el lugar en el que nos encontramos. Yuria irá a
avisar a la princesa Arien de que deseáis ver a Nozomi, y nos
recibirá en el templo con ella.
Durante toda la propuesta había hablado más como si se tratara
de un hecho ya confirmado, y al terminar de hablar una joven
atlante desplegó sus alas majestuosamente y, saludando a Rigel y
a los presentes con un grácil movimiento de su mano derecha, se
elevó por los aires, para perderse entre las nubes y las
montañas.
Por unos momentos nadie dijo nada; cuando Yukari estornudó
ruidosamente y murmuró un apresurado perdón, el
tiempo pareció volver a ponerse en marcha.
¿Cómo llegaremos al templo, Capitán Boreis?
inquirió Allen con la serenidad que lo caracterizaba. Sin
embargo, no acababa de gustarle la idea de tener en la cabina del
Crusade a la delegación de Inacra, de los que se podía
sospechar de secuestro aunque ellos lo hubiesen desmentido.
Si os parece bien, nosotros volaremos delante de la nave
para marcar el camino manifestó Rigel, contento por fin de
dejar aquel suelo que lo obligaba a convertirse en diplomático,
y de volver de nuevo a la libertad de los cielos y del viento.
Allen asintió con mirada aprobadora, y mientras la tripulación
del Crusade se preparaba para seguir a los atlantes, que ya
habían empezado a moverse hacia sus posiciones frente a la nave,
Messara se acercó a Hitomi y a Van.
Señorita Hitomi, rey de Fanelia, os rogaría que
designaseis una delegación reducida de personas para ver a la
princesa Arien. El templo es un lugar sagrado para nosotros,
puesto que es uno de los lugares escogidos por los dragones, y
por ello os pido que sean cuantas menos personas mejor las que
penetren en el lugar. Nadie que no pertenezca al Clan Escogido es
admitido en su interior, pero por la importancia de vuestra
causa, la princesa permite que se transgreda la norma. Os
agradeceríamos de todo corazón que accedieseis a nuestra
petición
La voz de Messara era dulce y suave, casi un murmullo tenue que
se podía llegar a confundir con la brisa. Hitomi sonrió a la
joven.
Por supuesto, no tenéis de qué preocuparos. En unos
momentos os lo comunicaremos
La joven atlantes se inclinó respetuosamente, y sin decir otra
palabra se elevó grácilmente para reunirse con los otros
miembros de su grupo, ya a la cabeza de la nave, dejando a
Hitomi, Van, Yukari y Amano solos en la cubierta.
Eh... ¿qué ha estado pasando, Hitomi? preguntó
Amano, viendo que por fin se había marchado todo el mundo. La
joven explicó las palabras de los atlantes con presteza,
mientras Van dejaba vagar su mirada por los cielos. Aunque no
quisiese admitirlo, reencontrarse con más gente de su especie lo
había impactado. Por primera vez sentía la llamada de los
cielos, por primera vez en mucho tiempo...
Durante su corta juventud había estado demasiado ocupado como
para pararse a pensar otra vez en el legado de su madre. Siempre
había podido sentir la hostilidad de los grandes de la corte de
Fanelia cuando Varie se quedó sola, los fragmentos de
conversaciones entre los consejeros cuando Vargas no estaba
presente. Al perder a su padre y a su hermano, y por lo tanto
convertirse en heredero al trono, los juegos habían terminado
para él. Tenía que crecer para ser rey, para proteger a su
gente y velar por el bienestar de su pueblo. No había sitio para
deseos infantiles.
Ahora era diferente. Su país era próspero, los proyectos que
había empezado, y que en un principio habían mantenido su mente
ocupada, estaban en marcha y casi se desarrollaban sin ayuda por
su parte. Su mayor deseo hasta el momento, tener a Hitomi de
nuevo junto a él, ahora, ni que fuese por un tiempo indefinido e
inconcreto, era realidad. Y de repente su amarga convicción de
ser el último de los dragones era desmentida al encontrarse con
un país de atlantes. Un país en el que no era considerado una
maldición tener alas y querer usarlas para surcar los aires, un
lugar donde la tradición del pasado era aceptada con alegría y
orgullo.
Yukari estornudó de nuevo, interrumpiendo el curso de los
pensamientos de Van.
Hitomi, ¿por casualidad no tendrás un pañuelo,
verdad? inquirió la chica con voz nasal. La aludida se
encogió de hombros.
Lo siento, Yukari, pero no tengo nada. ¿Y tú,
Amano?
El joven sacudió la cabeza negativamente, tras hurgar en los
bolsillos de su chaqueta. Hitomi se paró a pensar unos
instantes.
Espera... vi un trozo de tela viejo en el camarote, debajo
de la vela. Voy a preguntarle a Allen si podemos usarlo
Los tres amigos se volvieron hacia el pasillo que comunicaba con
la cubierta superior y el puente de mando. Hitomi, sintiéndose
alegre de nuevo, se volvió hacia Van, que seguía de pie en la
cubierta, mirando las nubes que cubrían el sol de la tarde. El
joven parecía abstraído en sus pensamientos. La joven corrió
en un momento hasta él.
Van, ¿vienes a comprobar la ruta que vamos a seguir?
inquirió la chica con una sonrisa. Pero el joven meneó la
cabeza negativamente.
No, ve tú. Yo me quedaré aquí
Hitomi leyó en sus ojos que necesitaba estar solo por unos
momentos; por eso asintió quedamente y dejó la cubierta con
Yukari y Amano (¡a la busca del pañuelo -_-U).
Nozomi revisó una vez más su vestido; tenía que admitir que
era agradable de llevar, y no se podía decir que fuese feo, pero
se sentía un poco incómoda. <Pues menos mal que no me han
quitado la ropa interior...> pensó con ironía, mientras se
colocaba un manto por encima de los hombros y lo prendía con un
bonito alfiler que le había prestado Arien. Sabía que la
estaban esperando para irse, por lo que se calzó las sandalias y
ató las largas cintas que servían de sujeción lo más rápido
que pudo (con lo que se le formaron más nudos de los que
debían). Sin pararse a recogerse el pelo, salió de la
habitación que era usada como estancia de aseo, que a la joven
le pareció enorme en comparación con los reducidos baños que
conocía en las casas de Japón.
Estaba impaciente por volver a ver a Hitomi, Yukari y Amano;
Arien le había dicho que, dado que el lugar de la cita estaba un
poco lejos, y no debía intentar forzar sus alas desde la primera
vez, acudiría al templo a caballo. La chica no había visto un
caballo de verdad en su vida, y estaba francamente nerviosa.
Aunque le había dicho a la princesa que nunca había montado, no
estaba muy segura de si la mujer la había tomado en serio.
Nozomi salió de la residencia de la princesa corriendo, los ojos
brillantes y su túnica ondeando al viento. Ante la fuente
exterior esperanba Arien y otros cinco atlantes. Sin embargo, tan
sólo había tres caballos; uno de ellos era un precioso tordo
(para los no enterados, un caballo blanco ^^), y los otros dos
eran de un matiz dorado, con las crines rubias y los ojos oscuros
e inteligentes (es decir, eran palominos -es q me encantan los
caballos ^^-). La chica se detuvo junto a los demás. Arien
sonrió a la joven condescendientemente, y montó sobre el
caballo tordo con fluida elegancia. La mujer no llevaba riendas,
y un grueso manto por toda silla de montar. Nozomi comprobó,
aterrada, que los demás alazanes no eran distintos.
<Ay, mi madre.... Esta no la cuento...> pensó, aterrada.
Sin embargo, se acercó a uno de los dorados equinos, y palmeó
su cuello con cierto nerviosismo. Al ver los inseguros
movimientos de la joven, Arien suspiró con exasperación.
Nozomi, no me digas que no sabes montar a caballo...
dijo la princesa en voz baja. La chica la miró, sin saber qué
decirle.
Pues... no replicó Nozomi, intentando sonreír
mientras miraba la reacción de Arien. Ésta suspiró de nuevo,
pero no dio otras muestras de enfado. En cambio, se aplicó a
poner solución al pequeño problema que había surgido.
Bueno, menos mal que no tendrás que montar nunca más,
querida... Arod, monta con ella y guíala. No podemos perder más
tiempo
Así que Nozomi fue colocada por un atlante alto y de mediana
edad, de cabello plateado y complexión vigorosa, sobre el
hermoso caballo, y a continuación el atlante mismo se encaramó
de un calculado salto sobre la grupa de su dorada montura.
Agárrate a la crin, y no te caerás le murmuró el
hombre montado detrás suyo en voz baja y ronca. A continuación
el atlante (bueno, Arod, que el pobre tiene un nombre -_-) se
inclinó un poco hacia delante le murmuró unas palabras al
caballo, que a Nozomi le resultaron incomprensibles, pero que
hicieron que el caballo se pusiese en marcha tras la montura de
Arien.
Nozomi recordaría toda su vida aquel viaje a caballo;
ascendieron primero a la zona más elevada de la ciudad, y al
llegar a sus afueras urgieron a sus monturas al galope, siguiendo
la curva del Río Kandia. Atravesaron bosques y llanuras de
salvaje belleza, cascadas de aguas transparentes y musicales,
vadearon sin problemas arroyos cantarines. Sin embargo, no sería
ese aspecto del viaje lo que recordaría la muchacha; Nozomi
pasó todo el camino concentrada en conservar el equilibrio para
no caerse del caballo, rebotando a causa del movimiento del
animal y sintiendo pánico a cada momento que las rubias crines
se escurrían de entre sus dedos. La verdad es que una vez
llegaron a hacerlo, y la chica acabó en el suelo, aunque
afortunadamente fue en un arroyo y por ello no sufrió ningún
daño. No así sus ropas , que quedaron empapadas y un poco
sucias de lodo. La chica tiritó durante el resto del viaje,
respondiendo con gruñidos malhumorados y ohs' irónicos a
los comentarios de su acompañante, que ensalzaba la belleza de
su tierra.
La chica se sintió feliz cuando sintió que por fin aminoraban
la marcha a un incómodo trote, y finalmente a un relajado paso,
señal de que ya estaban a punto de llegar. Por primera vez en
todo el viaje prestó verdadera atención al lugar en el que
estaban. El sol empezaba a emprender el camino que lo ocultaría
tras las montañas, y el ambiente era fresco, animado por un
agradable viento. Se encontraban en un enorme valle, de tendencia
casi circular u ovalada, por el que discurría el río Kandia.
Sin embargo, Nozomi no alcanzó a adivinar por dónde proseguía
su curso, puesto que la entrada al valle por tierra era única, y
era la que habían empleado. Pero poco después la joven
encontró respuesta a su pregunta: el río había horadado un
túnel subterráneo, y el sonido de las frescas aguas resonaba
como un eco lejano y tenue. Junto a un grupo de sauces llorones,
inclinados hasta que sus ramas rozaban las aguas del río en una
muda reverencia, se alzaba el templo al que se dirigían. Se
trataba de una construcción extraña, sin poder terminar de
concretar dónde empezaba la piedra y dónde terminaba la
vegetación. Sus finos muros estaban cubiertos de hiedra y
flores, que extrañamente, según Nozomi apreció, florecían en
pleno invierno. Aunque también era cierto que el hecho de
encontrarse protegidos por las montañas los dotaba de un clima
más benigno, ya que estaban fuera del alcance de los
destructores vientos que traían las heladas a ambos lados de los
montes.
Tan abstraída estaba en la contemplación del paisaje a su
alrededor, que no se percató de la sombra que despuntaba, como
un enorme pájaro, por encima de uno de los picos que rodeaban el
lugar. Sin embargo sus acompañantes sí que la vieron, y los
tres atlantes que habían volado durante todo el camino se
apresuraron a llegar al templo, que parecía por su apariencia
estar medio en ruinas. Arien y los otros dos jinetes espolearon a
sus caballos con una orden brusca, y Nozomi se vio catapultada
hacia atrás, cogida por sorpresa e intentando agarrarse con
firmeza a las crines que habían salvado su integridad física
durante todo el trayecto.
Cuando llegaron junto a la extraña construcción y Nozomi por
fin pudo respirar con tranquilidad, vio la nave que descendía
majestuosa y suavemente sobre un claro en el valle, reluciendo al
sol de la tarde.
Se vio alzada del caballo, escuchó algún comentario del atlante
que la acompañaba, sobre su peso, pero no le dio importancia en
aquel momento y siguió a Arien al interior de la construcción.
Allí la luz se filtraba creando magia a su paso, y jugaba entre
las flores y la piedra, otorgando matices y brillos increíbles y
de tonos caprichosos. Nozomi observó a Arien, quien directamente
se dirigió a una tupida enredadera de largas ramas lloronas, que
formaban un fragante cortinaje. Apartó con delicadeza las ramas,
y sacando un lazo de seda blanca de entre los pliegues de la
abrigada capa que llevaba, las ató con delicadeza, dejando al
descubierto un pequeño y sencillo trono de piedra tapizado de
musgo. Arien sonrió al verlo, y ocupó el mullido asiento con
placer. Nozomi escuchó el débil sonido de una flauta y una voz
suave que provenía del exterior. Sin embargo no prestó
atención a las palabras, y obedeciendo a un gesto de la
princesa, se sentó en un cojín de musgo. No estuvo ociosa
durante mucho tiempo; en pocos minutos, pasos apresurados se
escucharon en el templo. En aquel momento ante sus ojos
aparecieron sus tres compañeros de colegio, además de un joven
alto y de melena rubia, otro joven de pelo negro, y un tercer
hombre, alto y de aspecto un poco descuidado. Los tres últimos
llevaban sendas espadas colgando del cinto, y junto a ellos
venían los ya conocidos Rigel y Messara, y otros tres atlantes
de quien no conocía los nombres. Nozomi se puso en pie al ver a
sus compañeras, que al percatarse de su presencia corrieron
hacia ella, sonriendo con alivio y alegría.
¡Nozomi! gritó Yukari, contenta. No sabes lo
preocupadas que hemos estado por ti. ¿Te encuentras bien, te han
hecho daño? Después, al ver el desastroso aspecto que
presentaba la chica, frunció el ceño ligeramente; Pero
bueno, ¿en dónde te has metido? ¡Si estás hecha una
sopa...!
Nozomi sonrió con algo de vergüenza. Sí, es que de
camino me he caído... del caballo, en un arroyo. Pero no ha sido
nada, solo estoy un poco mojada... aunque seguro que debo tener
un aspecto horrible.
Hitomi y Yukari negaron con la cabeza vehementemente, aunque en
la misma energía que ponían en negarlo se adivinaba que
pensaban lo contrario [^^U].
¿Cómo llegaste aquí Nozomi? inquirió Hitomi.
Sí, ¿y cómo te han tratado? intervino Yukari con
preocupación, feliz por fin de poder hablar con alguien
diferente de Amano e Hitomi en japonés. Aunque podía saludar en
el idioma de Gaea, decir adiós, y algunas cosas simples, por
supuesto se perdía en todas las conversaciones.
Arien carraspeó sonoramente, como para indicar a las tres
jóvenes que no estaban solas.
Bueno, me alegro de que hayas encontrado de nuevo a tus
compañeros, Nozomi declaró Arien con una sonrisa. Rigel
se arrodilló a la derecha del trono de piedra, y le murmuró
unas pocas palabras en voz baja, que tan sólo la mujer pudo
escuchar.
Al ver que los atlantes se arrodillaban ante la mujer sentada en
el trono de piedra, Allen, Amano, Van y Gaddes los imitaron, y al
ver que eran las únicas que quedaban de pie, Hitomi, Yukari y
Nozomi se arrodillaron también.
Princesa, sentimos haberte obligado a desplazarte hasta
aquí para recibirnos empezó Allen con educación, mirando
de reojo a la bella mujer sentada en el trono. Ésta rió ante
las palabras del joven.
No es ninguna molestia, Caballero Allen. Es un placer tener
como invitados a tantas personalidades a la vez... dijo la
princesa con voz suave. Y, ¿a qué debo tan grata visita,
si se puede saber? preguntó seguidamente.
Buscábamos a la compañera de Hitomi, que fue secuestrada
hace unas noches dijo Van con firmeza. A pesar de su
educación como rey, seguía sin gustarle el juego de la
diplomacia, por lo que no solía andarse con rodeos en esos
temas. Hitomi lo miró con una sonrisa condescendiente, a la vez
que un poco preocupada, por si su comentario habría ofendido a
la joven princesa. Sin embargo ésta siguió sonriendo.
Bueno, creo que ya os han informado sobre ella. Es más, la
tenéis ante vuestros ojos. Es mi invitada, y ahora, también
parte de nuestro Pueblo, pero libre de elegir entre irse o
quedarse dijo la princesa, mientras se levantaba y,
colocándose detrás de ella, ponía ambas manos en los hombros
de Nozomi.
Hitomi las miró, extrañada. La situación no estaba siendo en
absoluto como ella había esperado. La verdad era que se
imaginaba un rescate, una lucha, una Nozomi ansiosa de volver con
ellos, y por tanto de volver a la Tierra de nuevo.
Nozomi, ¿no quieres volver con nosotros? preguntó
Hitomi, mirando a la joven. En los ojos de ésta apareció una
sombra de duda, pero en aquellos momentos miró la cara sonriente
de Arien, sin exigir nada, sin esperar nada de ella. Tan sólo
ofreciendo. Ofreciéndole la posibilidad de elegir, sabiendo que
la joven estaba, al menos relativamente, en su poder, y que
tenía un don que le era muy precioso. Estaba confiando en ella;
y Nozomi no se sentía capaz de traicionar aquella confianza.
No. Mi lugar está, al menos de momento, entre las gentes
de Inacra dijo la joven, meneando negativamente la cabeza y
asombrándose ella misma ante su repuesta. Yukari la miró de
hito en hito, atónita.
¡Pero si te han secuestrado! ¿Te están obligando,
Nozomi? empezó a decir la chica, mirando a los atlantes
con mala cara. Por suerte o por desgracia, éstos no podían
entender una palabra de lo que estaba diciendo la joven, así que
se quedaron impasibles ante las acusaciones de Yukari.
Me han tratado muy bien, y no me han obligado en ningún
momento a hacer nada que yo no quisiera replicó la joven.
Nozomi, ¿qué pensarán tus padres? Deben de estar muy
alarmados buscándote. ¿No crees que es cruel tenerlos
mortalmente preocupados, sin saber si estás viva o muerta?
intervino Hitomi, posando su mano en la espalda de Yukari para
tranquilizarla.
Bueno, vosotros mismos podríais encargaros de
tranquilizarlos al volver a la Tierra, ¿no? planteó
Nozomi con sentido práctico.
Yukari cada vez estaba más sorprendida. <¿¡Pero cómo es
posible que después de unos pocos días aquí ya quiera dejarlo
todo?!> se preguntaba con incredulidad. ¡¿Pero tú
estás loca?! Todos estábamos terriblemente inquietos por ti, y
ahora nos dices que quieres quedarte con ellos. ¿Sabes lo que
estás diciendo? ¿Quién te ha convencido de semejante
idea? empezó la chica de cabellos castaños con
vehemencia. Hitomi posó la otra mano encima del hombro de su
amiga, porque sabía que, así como Yukari era de temperamento
muy extrovertido y alegre, también era demasiado impulsiva al
expresar sus opiniones, y a veces pecaba por ser excesivamente
directa. ¿Has pensado acaso en todos los que te esperan en
casa? dijo, bajando un poco el tono gracias a la influencia
de Hitomi. Después ésta tomó la palabra.
En eso Yukari tiene razón, ¿has pensado en los demás al
tomar esa decisión.? ¿No te parece un poco unilateral?
dijo Hitomi en tono conciliador, esperando calmar los ánimos.
Sin embargo su comentario tuvo precisamente el efecto contrario.
<Había imaginado que lo entenderían; que Arien tendría
razón, que venían a ayudarla a crear su sueño. Pero no; me
equivoqué otra vez. Y encima diciéndome lo que tengo que
hacer> pensó, enfureciéndose cada vez más.
¡¿Y qué les importo yo, a los demás!? ¡Estoy más que
harta de que siempre se piense en los otros; es mi vida y no
tengo por qué vivirla como los demás lo harían, ¿me oís?!
Además, ya soy mayorcita para saber cuidarme sola, Kanzaki. Y
que quede claro que nadie me ha metido ninguna idea en la cabeza,
Yukari, aún sé tomar mis propias decisiones. Aquí me han dado
muchas más cosas de las que nadie me había dado antes. ¿Por
qué habéis venido? ¿Por mí, o porque os remordería la
conciencia si no lo hiciéseis? replicó con mordacidad.
Quizás todo lo que había escuchado en contra de Hitomi
contribuyó a su mal humor, quizás tenía un mal día, pero la
cuestión es que, una vez prendida la chispa, el enfado creció
con prontitud en el interior de Nozomi. Y los momentos de
silencio antes de que las chicas contestasen no ayudó
precisamente.
En el fondo, Hitomi no podía negar que, más que por aprecio
personal a Nozomi, había sentido el deber de encargarse de
encontrarla.
Bueno, ¿es acaso tan importante el motivo de estar
aquí? preguntó la joven entre dientes.
Sí replicó la joven inmediatamente en un siseo
furioso; Estoy harta de que la gente se porte bien conmigo
porque tiene que hacerlo. Yo no le he pedido a nadie
su compasión, no he ido a mendigar amigos en ninguna parte,
Kanzaki. Si temes sentirte culpable por lo que le pase a la
pobre y desvalida Nozomi no tienes de qué preocuparte, sé
cuidar de mí misma
¡Pero te equivocas en eso! intentó protestar
Hitomi, sintiéndose miserable al ver la clara exposición de los
hechos por parte de la chica. Aunque cuando lo pensaba ella
parecía lo correcto, en boca de la otra chica sonaba cruel.
Ah, ¿ahora me equivoco? ¿Tienes tú siempre la razón,
Hitomi? ¿La verdad absoluta? A veces las cosas no son como tú
las ves, tu también cometes errores, y por lo que me han
contado, algunos bastante desastrosos replicó Nozomi,
sabiendo en el mismo momento en que se le escaparon las hirientes
palabras de los labios que la discusión se le estaba yendo de
las manos.
Arien, mientrastanto, miraba a las dos chicas mientras sostenían
aquel combate verbal. Sonrió para sus adentros, satisfecha con
el giro que estaban tomando los acontecimientos... al final ella
no había tenido más que empezar la conversación, porque Hitomi
y Nozomi habían empezado a discutir ellas solitas. Sin embargo,
cuando Nozomi mencionó los errores de Hitomi, se puso en
tensión. Tan sólo esperaba que la joven no hablase más de la
cuenta, y todo el camino andado no sirviese de nada.
Hitomi se había quedado muda por unos momentos.
¿....Errores? ¿Qué quieres decir?
Nozomi sonrió sesgadamente; lo que podía haber sido una sonrisa
de triunfo se convirtió en un gesto cansado. Tú puedes
adivinar el futuro, ¿no es cierto? Y por culpa de tus
predicciones hubo una guerra en Gaea, ¿verdad? Nozomi hizo
una pequeña pausa, y Hitomi abrió los ojos, sorprendida,
recordando los peores momentos de la guerra de Gaea, dos años
atrás. Pero la otra chica prosiguió; A pesar de repetidas
advertencias, seguiste pensando que tú eras la que tenías
razón y que todos los demás estaban equivocados. Y parece ser
que no siempre es así acabó la joven con un tono amargo.
En las afueras del templo la flauta había dejado de sonar, y el
murmullo del río se dejaba escuchar suavemente, rompiendo la
monotonía del silencio que venía antes del crepúsculo.
Hitomi bajó la cabeza, sintiendo cómo las lágrimas acudían a
sus ojos una vez más. De nuevo el peso de la culpa, un peso que
no había sentido en dos años, volvió a ella con fuerza
demoledora.
Pero Nozomi prosiguió aún más, con la voz quebrada. Así
que no intentes darme consejos morales, cuando tú eres la
primera que debería dárselos a sí misma. Esta gente me
necesita, y yo puedo ayudar. Cuando quiera volver a casa, ya me
las arreglaré de alguna forma
La joven se puso en pie silenciosamente, y se volvió hacia todos
los presentes. Disculpadme, por favor, pero debo irme. Ha
sido un placer conoceros, caballeros añadió, mirando en
dirección a Allen, Van y Gaddes. Éstos, mudos aún, se
limitaron a asentir con la cabeza y apartarse del camino de la
joven, que decididamente salió del templo, dejándolos solos.
Una vez fuera, Nozomi dejó que las lágrimas inundasen por fin
sus ojos; sin saber exactamente a dónde iba, empezó a correr.
Quizás era para librarse de toda la furia que llevaba dentro, o
para intentar liberarse de todas sus preocupaciones. Pero en el
fondo Nozomi sabía porqué corría; quizás era cobarde, y lo
sabía, pero tampoco le importaba, En aquel momento quería
escapar de todo y de todos, incluso de sí misma. No quería
atormentarse más pensando en cuál era la decisión correcta y
cuál la equivocada, y tampoco le importaba saberlo.
Sin tenerlo planeado, acabó en la explanada a la orilla de río
en la que los caballos y el atlante que había montado con ella,
Arod, estaban esperando. Al verla aparecer súbitamente entre los
sauces, respirando agitadamente y con el cabello revuelto, Arod
no dijo ni una palabra. En cambio le señaló a la joven el
alazán dorado que habían montado. Conoce el camino a
casa. Le pediré que no te deje caer dijo el hombre, con su
característica voz ronca y agradablemente profunda. Nozomi
cerró los ojos por un momento, y asintió, sintiéndose vacía y
consumida por dentro. Ayudada por el atlante montó sobre el
caballo, y escuchó las pocas indicaciones que éste le daba.
Agárrate a la crin y siéntate, intentando absorber el
movimiento. Esta vez no iréis a tanta velocidad, por lo que
notarás que es muy cómodo. Si necesitas algo, que vaya más
despacio o más deprisa, tan sólo tienes que decírselo
Nozomi asintió. En aquellos momentos la tristeza que sentía le
impedía estar aterrorizada al montar sola a caballo.
¿Cómo se llama?
Imbar
El viento en los sauces agitaba las ramas suavemente, mientras
los colores del crepúsculo empezaban a teñir de púrpura, rosa
y dorado el cielo. Nozomi se inclinó sobre el cuello del caballo
con firmeza.
Pues entonces, vámonos a casa, Imbar
El animal partió con suavidad, mientras Nozomi recordaba lo
incómodos y saltarines que resultaban los viajes a caballo, y
sintiéndose por un momento arrepentida de su decisión. Sin
embargo no volvió atrás, y pronto perdió de vista el extraño
templo de dosel vegetal y el hermoso valle.
Continuará...
Últimamente estoy muy callada pero que nadie se confíen,
cuando menos lo esperen volveré con mis notas ^^U