La Visión de Escaflowne II:
TENSHI NO YUME


Capítulo 7: Cristales Rotos

 

Rigel plegó las alas ligeramente para avanzar a más velocidad. El aire le azotaba la cara con dureza, obligándolo a entrecerrar los ojos un poco. La silueta de la morada de la Princesa era lo único que tenía sentido para él en aquellos momentos, y su objetivo era llegar a ella cuanto antes. Aterrizando grácilmente, ocultó sus alas y entró en la casa con ímpetu.
"¡Princesa! Una nave se acerca por el sur. El Oráculo dice que en su interior viaja Hitomi Kanzaki, y también el Rey Van Fanel" gritó apresuradamente. El eco de sus palabras reverberó unos segundos para luego desaparecer en el silencio. Éste no duró mucho; los pasos rápidos y precisos de Arien se dejaron escuchar con presteza.
"Hay que reunir una embajada, deprisa. No pueden saber dónde estamos…" declaró con determinación mientras se acercaba al capitán, de pie en el centro de la estancia. Él la contemplaba con fascinación, admirando su capacidad de aparecer siempre y en cualquier momento lista para resolver cualquier posible eventualidad. Arien se acercó al hombre y se puso de puntillas, hasta que su cálido aliento rozó el cuello de Rigel.
"Nozomi tiene que seguir aquí, y sin embargo la chica del rey de Fanelia sabe dónde estamos. La única forma de salir de esto es que ella escoja quedarse con nosotros voluntariamente… Me atrevería a afirmar que el terreno ya está preparado; ahora lo único que falta es el acto final, y creo que ya conozco la manera... y tú vas a jugar un papel muy importante. Ya sabes lo que tienes que decir, ¿verdad?” preguntó la mujer; pero mientras el hombre asentía con firmeza ella prosiguió; “En ese caso vamos allá. Confío en ti, no me falles esta vez" murmuró al oído de Rigel. Éste asintió con voz ronca.
"No te fallaré, lo prometo"
Arien le sonrió por unos momentos antes de dejar otra vez la sala principal para buscar a Nozomi, que se hallaba en los jardines.

Un viento frío provenía del fondo del precipicio, cortado casi a pico. El farallón de roca tenía unos diez metros de profundidad, para después acabar suavizando su abrupta pendiente hasta llegar al Río Kandia, que era el que separaba la ciudad del Pico del Dragón. Así era como Nozomi había oído que se llamaba aquel extraño lugar en el que vivía el Oráculo.
La chica se asomó cautelosamente al barranco, mientras el viento revolvía rítmicamente su pelo negro. Los árboles de allí abajo crecían con un vigor que parecía nutrirse de las mismas entrañas de la tierra, puesto que sus ramas se extendían sobre la vertiente como un manto verde tachonado de plata. Nozomi no alcanzaba a ver qué eran exactamente aquellos diminutos puntitos plateados que salpicaban la fronda, y relucían como estrellas; resolvió por ello que otra de las cosas que haría en Inacra cuando se decidiese a usar sus alas sería ir a averiguar qué eran. A los ojos de la muchacha parecían pedacitos de cristal esparcidos sin ton ni son entre las hojas de la espesura.
"¡Nozomi!"
El grito la sobresaltó tanto que estuvo a punto de caerse por el acantilado. Aún temblando, se arrodilló lentamente y se encaró con la recién llegada. Era Arien, por supuesto. <¿Y a quién más podía esperar? Nadie me conoce aquí… Sólo soy una atracción de circo> pensó con sarcasmo, y con un poco de despecho que no quería reconocer.
"¿Podrías ser un poco más… suave? ¡He estado a punto de despeñarme!" exclamó la chica con irritación. La mujer sonrió.
"Ya no recuerdas que el caer barranco abajo no sería ningún problema para ti, querida…" replicó suavemente. Nozomi se obligó a abandonar la expresión de enfado que había adoptado, percatándose de que lo que la princesa decía era verdad. Ante la resignada mirada de la chica, aún en el suelo, Arien no pudo por menos que sentirse divertida.
"Nozomi, tengo grandes noticias. Hitomi Kanzaki se acerca a la ciudad"
La chica abrió los ojos como platos; aún no había decidido qué pensar acerca de su compañera de clase. "¿Buenas… noticias?" repitió, insegura.
La mujer la observó con benevolencia; en sus ojos púrpuras brillaba una luz emocionada. "Por supuesto. Estoy segura de que ha recapacitado, y viene a unirse a nosotros para que la ayudemos a entrar en la Luz. ¿Te das cuenta? Es maravilloso, después de pensar y lamentarnos porque no quería acompañarnos, ha decidido acudir a nosotros por propia iniciativa…" el tono de su voz se hacía cada vez más alegre. Nozomi la observó por unos instantes con suspicacia; le era imposible determinar si Arien era sincera en su actitud; mas aquella luz que parecía despedir, la bondad que irradiaba no podían ser fingidas.
"No quisiera ser pesimista, pero no creo que la señorita Kanzaki haya venido a eso" intervino una tercera persona. Era el capitán de Inacra; la joven terrícola se volvió hacia él, un poco sorprendida; nunca había visto que nadie replicase a la princesa, y menos al sumiso hombre que la había cargado durante toda una noche.
Arien se volvió hacia él, confusa. De repente parecía un perrillo apaleado, un niño de tres años a quien habían destrozado su castillo en la arena. "¿Qué quieres decir?" inquirió, vacilante.
Rigel la observó con un nudo en la garganta; no le gustaba nada todo aquello, aunque poder contemplar la hermosa expresión de la princesa, sumida en el desconcierto, era para él la mayor recompensa que podía obtener. Carraspeó y se humedeció los labios.
"Con su permiso, princesa, creo que Hitomi Kanzaki viene con otro propósito; sin duda no le agradó que consiguiésemos a la señorita Nozomi, y por eso me atrevería a afirmar que lo que quiere es llevársela con ella"
Los ojos de Arien se abrieron en una mueca de horror. "¡No puede querer eso! Nozomi ya es una de los Nuestros… ya sabe que no puede devolverla a la Oscuridad. ¡No quiero escuchar tus necias palabras, Rigel! ¡Me avergüenzo de ti! ¡Tenemos que confiar en las buenas intenciones de Hitomi!" exclamó con vehemencia. Rigel se encogió de hombros. Definitivamente, no le gustaba todo aquello.
Nozomi se sentía la espectadora de un partido de tenis. Sin embargo, no se quedó indiferente ante las dos posturas; no pudo por menos que decantarse hacia la de la princesa. Si bien no podía confiar plenamente en ella, simpatizaba con la mujer a causa del apoyo que había dado a Hitomi. Sonrió y posó su mano en el hombro de la trastornada mujer, queriendo ofrecerle su respaldo.
"Estoy segura de que así será, Arien. Hitomi viene con buenas intenciones" afirmó con convencimiento. La mujer se giró y la miró, confusa y agradecida.
"Tenemos que ir a recibirlos como es debido. Sería un honor que nos acompañases, Nozomi" explicó Arien con fluidez. La chica asintió con júbilo. Por fin podría volver a ver a sus compañeros. No podía decir amigos, puesto que no los conocía demasiado, pero eran la única cosa conocida, lo único que tenía de la Tierra en aquel lugar extraño, que no podía llamar patria, aunque perteneciese a su Pueblo.

Van entornó los ojos, protegiéndose la cara del sol con su mano derecha a modo de visera. Las llanuras que estaban sobrevolando ondeaban y se movían al compás de la fresca brisa matutina, y en sus vertientes ya se podía apreciar la promesa de las montañas ante ellos. El joven frunció el ceño, intentando memorizar los rasgos de aquella tierra de aspecto silvestre, descuidadamente hermoso, que nunca antes había visitado. Se decía que, en el alba de la creación de Gaea, en las montañas de la Tierra de Nadie se alzaba el mayor santuario a los dragones de todo el planeta. Era un poco exagerado, Van admitió para sí mismo, aunque quizás en aquella leyenda, como en muchas otras, hubiese un fondo de verdad.
<Dragones… había dragones en mi sueño> reflexionó el muchacho, forzando la vista para discernir con mayor claridad el terreno bañado en la cegadora luz del sol. En aquel momento sus ojos captaron un brillo extraño; algo se acercaba a la nave, algo blanco y brillante. Poco a poco las formas de aquellos grandes objetos, que parecían suspendidos en el aire por hilos invisibles, surcando los aires sin el mayor esfuerzo, fueron perfilándose con mayor nitidez, y el joven tuvo que contener una exclamación de sorpresa.
"¡Van, se acercan!"
Hitomi llegó corriendo por el pasillo desde su habitación, y tras ella aparecieron Yukari y Amano, ambos sin terminar de entender lo que estaba pasando. Yukari miró a su amiga con extrañeza.
"Hitomi, ¿te encuentras bien? ¿Qué te ocurre?" inquirió la joven, mientras avanzaba hasta donde estaba Van y echaba un vistazo a las llanuras. "¡Vaya, esto es precioso! Pero… " Yukari alzó la vista al cielo, aprovechando una nube que cubría el sol; "¡Mirad esos pájaros! ¡Son enormes! ¿Cómo los llamáis?" preguntó la chica sonriendo, mientras señalaba con el dedo cinco figuras de alas blancas que se acercaban sin aparente esfuerzo a la nave.
Un silencio tenso siguió al comentario de la joven, que se quedó mirándolos con una sonrisa, esperando la contestación. Al ver la tensa línea que formaban los apretados labios de Allen, sus ojos reducidos a simples rendijas mientras clavaba la mirada en el horizonte, y a Van crispando los puños intermitentemente, Yukari se percató de que había algo que no estaba bien. Hitomi posó su mano en el hombro de su amiga con tranquilidad, pero con una expresión firme en su rostro.
“No son pájaros, Yukari” puntualizó, moviendo la cabeza suavemente.
“No. Son atlantes” dijo Van con voz tensa. Las siluetas ya eran claramente visibles; cinco personas vestidas con túnicas blancas y vaporosas, y majestuosas alas blancas que relucían con un matiz dorado a la luz del sol. Amano abrió la boca, asombrado.
“Tienen... alas” murmuró, extasiado ante la extraordinaria visión que se ofrecía a sus ojos.
Tras unos segundos en los que nadie se movió, sus miradas atraídas magnéticamente por aquellos seres de leyenda, Allen rompió el hechizo, ordenando a Gaddes y a Reeden que preparasen la llegada de los visitantes.
Hitomi miró a Van, que tenía la mandíbula apretada y la vista fija en el grupo de atlantes; ¿serían aquellos seres miembros del país cuya líder había querido desposar a Van? La chica rozó la mano del joven, colocándose junto a él.
“¿Son ellos, Hitomi? ¿Tienen ellos a vuestra compañera?” preguntó el joven entre dientes. La muchacha suspiró, y se encogió de hombros.
“No lo se, podría ser. ¿Los conoces?”
“¿Ves esa joven de cabello castaño?” interrogó Van, señalando a la mujer con un leve movimiento de cabeza. “La recuerdo; estaba en el séquito personal de la princesa Arien.”
La joven a su lado frunció el ceño al oír el nombre de su rival, crispándose involuntariamente. Van se percató del cambio operado en la chica, y sonrió tranquilizadoramente, mientras apretaba suavemente la mano de Hitomi. “Vamos. Ya están llegando, y quizás tengan que decir algo que nos interesa” dijo el joven en voz baja, mientras empezaba a andar hacia la cubierta de la nave. Hitomi lo siguió con presteza, intrigada por la espectacular aparición de los atlantes y ansiosa por saber el motivo de su repentina aparición.
Receloso de los recién llegados, Allen había decidido recibirlos en la cubierta, para poder escuchar lo que tenían que decir con rapidez y terminar lo antes posible. Desde pequeño había escuchado las leyendas que le contaba su madre acerca del Pueblo del Dios Dragón, y aunque ya había perdonado a su padre por haberlos abandonado, no había olvidado la causa: el poder de Atlantis. Y allí estaba él, el caballero celeste Allen Schezar, recibiendo a unos extraños de los que no podía adivinar las intenciones o, lo que era aún peor, la magnitud de sus capacidades. Apretó la empuñadura de su espada, intentando serenarse; los personajes alados estaban a punto de llegar a la nave, y desde allí podía apreciar la blancura de sus alas, la perfecta elegancia con que se movían una vez en el aire. Involuntariamente el deseo de poder navegar por el aire como ellos se encendió en el joven caballero. Observó con admiración el impecable aterrizaje de los cinco atlantes, la forma en que las alas desaparecieron como por arte de magia, dejando tras de ellas una delicada cascada de plumas que empezaron a mecerse en el viento, yendo y viniendo al compás de las ráfagas creadas por el avance del Crusade.
La delegación de Inacra estaba encabezada por Rigel, quien, tras haberse posado sobre la cubierta de la nave, y viendo las miradas expectantes e impacientes de los tripulantes, había comprendido perfectamente que las formalidades no excederían los mínimos. Con un casi imperceptible movimiento de su mano izquierda, los cuatro atlantes que lo acompañaban formaron detrás suyo, en posición de cuña, con el moreno capitán al frente. Sintiéndose un poco nervioso al tener que llevar todos los trámites, Rigel observó a todos los presentes de manera rápida antes de empezar; ya que conocía al rey de Fanelia gracias a la visita realizada con Arien, el capitán supuso que la joven que estaba a su lado en actitud confiada sería Hitomi Kanzaki. La chica, Rigel tuvo que admitir, era diferente a cómo la había imaginado; menos espectacular de lo esperado, no daba la sensación de ser una gran líder, de poseer un gran poder o ser alguien especial. Sin embargo, algo en ella hizo que el hombre se sintiese intranquilo; quizás eran sus ojos, en los que se podía leer la determinación que la animaba, la resolución de encontrar la verdad de los hechos.
<Así que ella es la poseedora del poder que Arien teme...> se dijo el hombre para sí; <La joven que ama el rey Fanel...>
Pero no tuvo tiempo de seguir analizando mucho más a los presentes, puesto que el joven que estaba a la cabeza de todos ellos, un hombre alto y de melena rubia que lucía el uniforme de caballero de la guardia de Astria, empezó a hablar.
“Soy el Caballero Celeste Allen Schezar de Astria, y venimos con el permiso de la futura reina de Chezario, Eries Aria Aston. ¿En qué podemos ayudaros, caballeros?”
Rigel tragó saliva. <Bueno, allá vamos>
“Soy el capitán de la guardia real de Inacra, Rigel Boreis, y vengo como embajador de mi país, en el que estáis entrando en estos momentos” empezó el hombre, sintiendo que su voz se hacía más firme a medida que hablaba. “Venimos a daros la bienvenida a nuestra tierras, y ofreceros nuestra ayuda en cualquier asunto que podáis necesitar”
Allen se quedó un poco sorprendido ante aquella respuesta; si había algo que no se esperaba de aquella gente era una delegación de bienvenida. Sin embargo no dejó que la sorpresa lo dominase.
“Muchas gracias, Capitán Boreis. En realidad sí que nos podríais ayudar; hemos acudido a vuestras tierras buscando a una persona...” Allen miró a Hitomi, invitándola a proseguir su petición, dado que la joven conocía los datos necesarios para encontrar a la joven.
La chica lo miró, aturdida, por un instante, para después entender lo que se le pedía. Avanzó unos pasos para encararse con el embajador de Inacra.
“Buscamos a una chica llamada Tenshô Nozomi. Hace dos noches desapareció en el Bosque de las Leyendas, en territorio de Astria. Fue secuestrada por unas figuras aladas” añadió, esperando la reacción de los atlantes al mencionar el detalle que los señalaba casi a ciencia cierta como los secuestradores. Sin embargo, el hombre ante ella no reaccionó con sorpresa o intranquilidad.
“Ah, sí, la señorita Nozomi. Es una invitada de la princesa Arien” se limitó a decir en un tono casi casual. Hitomi frunció el ceño, sin terminar de creer lo que le estaban diciendo. Pero fue Van el que expresó lo que estaba pensando.
“Acaso la identidad de los secuestradores está relacionada con Inacra?” inquirió el rey, avanzando unos pasos hasta situarse junto a Hitomi. El capitán no respondió inmediatamente, sorprendido por unos momentos; no se había esperado una pregunta tan directa de un rey, los cuales en general solían ser amantes de las artes diplomáticas y las sutilezas de la sugerencia.
“Nadie de nuestro país ha pensado siquiera en secuestrar a la señorita Nozomi, si eso es lo que nos pregunta” intervino Messara, una de las atlantes designadas como parte de la embajada; “Llegó a nuestra capital gracias a la intervención de una patrulla que vigilaba la frontera oeste de nuestro país, y que la acogieron viéndola dormida y sola en uno de nuestros bosques”
Rigel no se atrevió a mirar directamente a Messara para agradecerle el haberlos sacado del apuro. Sin embargo, lo que más había apreciado el hombre era la sinceridad de las palabras de la joven, puesto que, sin decir toda la verdad, tampoco había mentido. En verdad habían hecho un alto en el camino la noche en que se llevaron a Nozomi, y la chica se había quedado dormida durante el viaje, así que tampoco podría desmentir en forma alguna las declaraciones de la delegación de Inacra.
Van clavó una mirada penetrante en los ojos oscuros de la joven que había hablado, como si intentase asegurarse de que lo que le había dicho era verdad. Pero para Hitomi lo más importante en aquellos momentos era ver a su compañera, y asegurarse de que estaba bien.
“Si eso es cierto, me imagino que no sería un inconveniente permitirnos ver a Nozomi. Estoy segura de que deseará vernos y reunirse con nosotros. De todas formas, os agradecemos el haberla acogido durante estos días” declaró Hitomi, sintiéndose liberada del peso de la culpabilidad, puesto que en el fondo seguía sintiéndose responsable de lo que le había ocurrido a su compañera de clase.
“Puesto que afirmáis conocer a la señorita Nozomi, y me imagino que deseáis verla lo antes posible, os hago una propuesta” empezó Rigel, esperando sonar convincente, “Hay un templo no muy lejos de aquí, a medio camino entre la capital y el lugar en el que nos encontramos. Yuria irá a avisar a la princesa Arien de que deseáis ver a Nozomi, y nos recibirá en el templo con ella.”
Durante toda la propuesta había hablado más como si se tratara de un hecho ya confirmado, y al terminar de hablar una joven atlante desplegó sus alas majestuosamente y, saludando a Rigel y a los presentes con un grácil movimiento de su mano derecha, se elevó por los aires, para perderse entre las nubes y las montañas.
Por unos momentos nadie dijo nada; cuando Yukari estornudó ruidosamente y murmuró un apresurado ‘perdón’, el tiempo pareció volver a ponerse en marcha.
“¿Cómo llegaremos al templo, Capitán Boreis?” inquirió Allen con la serenidad que lo caracterizaba. Sin embargo, no acababa de gustarle la idea de tener en la cabina del Crusade a la delegación de Inacra, de los que se podía sospechar de secuestro aunque ellos lo hubiesen desmentido.
“Si os parece bien, nosotros volaremos delante de la nave para marcar el camino” manifestó Rigel, contento por fin de dejar aquel suelo que lo obligaba a convertirse en diplomático, y de volver de nuevo a la libertad de los cielos y del viento.
Allen asintió con mirada aprobadora, y mientras la tripulación del Crusade se preparaba para seguir a los atlantes, que ya habían empezado a moverse hacia sus posiciones frente a la nave, Messara se acercó a Hitomi y a Van.
“Señorita Hitomi, rey de Fanelia, os rogaría que designaseis una delegación reducida de personas para ver a la princesa Arien. El templo es un lugar sagrado para nosotros, puesto que es uno de los lugares escogidos por los dragones, y por ello os pido que sean cuantas menos personas mejor las que penetren en el lugar. Nadie que no pertenezca al Clan Escogido es admitido en su interior, pero por la importancia de vuestra causa, la princesa permite que se transgreda la norma. Os agradeceríamos de todo corazón que accedieseis a nuestra petición”
La voz de Messara era dulce y suave, casi un murmullo tenue que se podía llegar a confundir con la brisa. Hitomi sonrió a la joven.
“Por supuesto, no tenéis de qué preocuparos. En unos momentos os lo comunicaremos”
La joven atlantes se inclinó respetuosamente, y sin decir otra palabra se elevó grácilmente para reunirse con los otros miembros de su grupo, ya a la cabeza de la nave, dejando a Hitomi, Van, Yukari y Amano solos en la cubierta.
“Eh... ¿qué ha estado pasando, Hitomi?” preguntó Amano, viendo que por fin se había marchado todo el mundo. La joven explicó las palabras de los atlantes con presteza, mientras Van dejaba vagar su mirada por los cielos. Aunque no quisiese admitirlo, reencontrarse con más gente de su especie lo había impactado. Por primera vez sentía la llamada de los cielos, por primera vez en mucho tiempo...
Durante su corta juventud había estado demasiado ocupado como para pararse a pensar otra vez en el legado de su madre. Siempre había podido sentir la hostilidad de los grandes de la corte de Fanelia cuando Varie se quedó sola, los fragmentos de conversaciones entre los consejeros cuando Vargas no estaba presente. Al perder a su padre y a su hermano, y por lo tanto convertirse en heredero al trono, los juegos habían terminado para él. Tenía que crecer para ser rey, para proteger a su gente y velar por el bienestar de su pueblo. No había sitio para deseos infantiles.
Ahora era diferente. Su país era próspero, los proyectos que había empezado, y que en un principio habían mantenido su mente ocupada, estaban en marcha y casi se desarrollaban sin ayuda por su parte. Su mayor deseo hasta el momento, tener a Hitomi de nuevo junto a él, ahora, ni que fuese por un tiempo indefinido e inconcreto, era realidad. Y de repente su amarga convicción de ser el último de los dragones era desmentida al encontrarse con un país de atlantes. Un país en el que no era considerado una maldición tener alas y querer usarlas para surcar los aires, un lugar donde la tradición del pasado era aceptada con alegría y orgullo.
Yukari estornudó de nuevo, interrumpiendo el curso de los pensamientos de Van.
“Hitomi, ¿por casualidad no tendrás un pañuelo, verdad?” inquirió la chica con voz nasal. La aludida se encogió de hombros.
“Lo siento, Yukari, pero no tengo nada. ¿Y tú, Amano?”
El joven sacudió la cabeza negativamente, tras hurgar en los bolsillos de su chaqueta. Hitomi se paró a pensar unos instantes.
“Espera... vi un trozo de tela viejo en el camarote, debajo de la vela. Voy a preguntarle a Allen si podemos usarlo”
Los tres amigos se volvieron hacia el pasillo que comunicaba con la cubierta superior y el puente de mando. Hitomi, sintiéndose alegre de nuevo, se volvió hacia Van, que seguía de pie en la cubierta, mirando las nubes que cubrían el sol de la tarde. El joven parecía abstraído en sus pensamientos. La joven corrió en un momento hasta él.
“Van, ¿vienes a comprobar la ruta que vamos a seguir?” inquirió la chica con una sonrisa. Pero el joven meneó la cabeza negativamente.
“No, ve tú. Yo me quedaré aquí”
Hitomi leyó en sus ojos que necesitaba estar solo por unos momentos; por eso asintió quedamente y dejó la cubierta con Yukari y Amano (¡a la busca del pañuelo -_-U).

Nozomi revisó una vez más su vestido; tenía que admitir que era agradable de llevar, y no se podía decir que fuese feo, pero se sentía un poco incómoda. <Pues menos mal que no me han quitado la ropa interior...> pensó con ironía, mientras se colocaba un manto por encima de los hombros y lo prendía con un bonito alfiler que le había prestado Arien. Sabía que la estaban esperando para irse, por lo que se calzó las sandalias y ató las largas cintas que servían de sujeción lo más rápido que pudo (con lo que se le formaron más nudos de los que debían). Sin pararse a recogerse el pelo, salió de la habitación que era usada como estancia de aseo, que a la joven le pareció enorme en comparación con los reducidos baños que conocía en las casas de Japón.
Estaba impaciente por volver a ver a Hitomi, Yukari y Amano; Arien le había dicho que, dado que el lugar de la cita estaba un poco lejos, y no debía intentar forzar sus alas desde la primera vez, acudiría al templo a caballo. La chica no había visto un caballo de verdad en su vida, y estaba francamente nerviosa. Aunque le había dicho a la princesa que nunca había montado, no estaba muy segura de si la mujer la había tomado en serio.
Nozomi salió de la residencia de la princesa corriendo, los ojos brillantes y su túnica ondeando al viento. Ante la fuente exterior esperanba Arien y otros cinco atlantes. Sin embargo, tan sólo había tres caballos; uno de ellos era un precioso tordo (para los no enterados, un caballo blanco ^^), y los otros dos eran de un matiz dorado, con las crines rubias y los ojos oscuros e inteligentes (es decir, eran palominos -es q me encantan los caballos ^^-). La chica se detuvo junto a los demás. Arien sonrió a la joven condescendientemente, y montó sobre el caballo tordo con fluida elegancia. La mujer no llevaba riendas, y un grueso manto por toda silla de montar. Nozomi comprobó, aterrada, que los demás alazanes no eran distintos.
<Ay, mi madre.... Esta no la cuento...> pensó, aterrada. Sin embargo, se acercó a uno de los dorados equinos, y palmeó su cuello con cierto nerviosismo. Al ver los inseguros movimientos de la joven, Arien suspiró con exasperación.
“Nozomi, no me digas que no sabes montar a caballo...” dijo la princesa en voz baja. La chica la miró, sin saber qué decirle.
“Pues... no” replicó Nozomi, intentando sonreír mientras miraba la reacción de Arien. Ésta suspiró de nuevo, pero no dio otras muestras de enfado. En cambio, se aplicó a poner solución al pequeño problema que había surgido.
“Bueno, menos mal que no tendrás que montar nunca más, querida... Arod, monta con ella y guíala. No podemos perder más tiempo”
Así que Nozomi fue colocada por un atlante alto y de mediana edad, de cabello plateado y complexión vigorosa, sobre el hermoso caballo, y a continuación el atlante mismo se encaramó de un calculado salto sobre la grupa de su dorada montura.
“Agárrate a la crin, y no te caerás” le murmuró el hombre montado detrás suyo en voz baja y ronca. A continuación el atlante (bueno, Arod, que el pobre tiene un nombre -_-) se inclinó un poco hacia delante le murmuró unas palabras al caballo, que a Nozomi le resultaron incomprensibles, pero que hicieron que el caballo se pusiese en marcha tras la montura de Arien.
Nozomi recordaría toda su vida aquel viaje a caballo; ascendieron primero a la zona más elevada de la ciudad, y al llegar a sus afueras urgieron a sus monturas al galope, siguiendo la curva del Río Kandia. Atravesaron bosques y llanuras de salvaje belleza, cascadas de aguas transparentes y musicales, vadearon sin problemas arroyos cantarines. Sin embargo, no sería ese aspecto del viaje lo que recordaría la muchacha; Nozomi pasó todo el camino concentrada en conservar el equilibrio para no caerse del caballo, rebotando a causa del movimiento del animal y sintiendo pánico a cada momento que las rubias crines se escurrían de entre sus dedos. La verdad es que una vez llegaron a hacerlo, y la chica acabó en el suelo, aunque afortunadamente fue en un arroyo y por ello no sufrió ningún daño. No así sus ropas , que quedaron empapadas y un poco sucias de lodo. La chica tiritó durante el resto del viaje, respondiendo con gruñidos malhumorados y ‘ohs' irónicos a los comentarios de su acompañante, que ensalzaba la belleza de su tierra.
La chica se sintió feliz cuando sintió que por fin aminoraban la marcha a un incómodo trote, y finalmente a un relajado paso, señal de que ya estaban a punto de llegar. Por primera vez en todo el viaje prestó verdadera atención al lugar en el que estaban. El sol empezaba a emprender el camino que lo ocultaría tras las montañas, y el ambiente era fresco, animado por un agradable viento. Se encontraban en un enorme valle, de tendencia casi circular u ovalada, por el que discurría el río Kandia. Sin embargo, Nozomi no alcanzó a adivinar por dónde proseguía su curso, puesto que la entrada al valle por tierra era única, y era la que habían empleado. Pero poco después la joven encontró respuesta a su pregunta: el río había horadado un túnel subterráneo, y el sonido de las frescas aguas resonaba como un eco lejano y tenue. Junto a un grupo de sauces llorones, inclinados hasta que sus ramas rozaban las aguas del río en una muda reverencia, se alzaba el templo al que se dirigían. Se trataba de una construcción extraña, sin poder terminar de concretar dónde empezaba la piedra y dónde terminaba la vegetación. Sus finos muros estaban cubiertos de hiedra y flores, que extrañamente, según Nozomi apreció, florecían en pleno invierno. Aunque también era cierto que el hecho de encontrarse protegidos por las montañas los dotaba de un clima más benigno, ya que estaban fuera del alcance de los destructores vientos que traían las heladas a ambos lados de los montes.
Tan abstraída estaba en la contemplación del paisaje a su alrededor, que no se percató de la sombra que despuntaba, como un enorme pájaro, por encima de uno de los picos que rodeaban el lugar. Sin embargo sus acompañantes sí que la vieron, y los tres atlantes que habían volado durante todo el camino se apresuraron a llegar al templo, que parecía por su apariencia estar medio en ruinas. Arien y los otros dos jinetes espolearon a sus caballos con una orden brusca, y Nozomi se vio catapultada hacia atrás, cogida por sorpresa e intentando agarrarse con firmeza a las crines que habían salvado su integridad física durante todo el trayecto.
Cuando llegaron junto a la extraña construcción y Nozomi por fin pudo respirar con tranquilidad, vio la nave que descendía majestuosa y suavemente sobre un claro en el valle, reluciendo al sol de la tarde.
Se vio alzada del caballo, escuchó algún comentario del atlante que la acompañaba, sobre su peso, pero no le dio importancia en aquel momento y siguió a Arien al interior de la construcción. Allí la luz se filtraba creando magia a su paso, y jugaba entre las flores y la piedra, otorgando matices y brillos increíbles y de tonos caprichosos. Nozomi observó a Arien, quien directamente se dirigió a una tupida enredadera de largas ramas lloronas, que formaban un fragante cortinaje. Apartó con delicadeza las ramas, y sacando un lazo de seda blanca de entre los pliegues de la abrigada capa que llevaba, las ató con delicadeza, dejando al descubierto un pequeño y sencillo trono de piedra tapizado de musgo. Arien sonrió al verlo, y ocupó el mullido asiento con placer. Nozomi escuchó el débil sonido de una flauta y una voz suave que provenía del exterior. Sin embargo no prestó atención a las palabras, y obedeciendo a un gesto de la princesa, se sentó en un cojín de musgo. No estuvo ociosa durante mucho tiempo; en pocos minutos, pasos apresurados se escucharon en el templo. En aquel momento ante sus ojos aparecieron sus tres compañeros de colegio, además de un joven alto y de melena rubia, otro joven de pelo negro, y un tercer hombre, alto y de aspecto un poco descuidado. Los tres últimos llevaban sendas espadas colgando del cinto, y junto a ellos venían los ya conocidos Rigel y Messara, y otros tres atlantes de quien no conocía los nombres. Nozomi se puso en pie al ver a sus compañeras, que al percatarse de su presencia corrieron hacia ella, sonriendo con alivio y alegría.
“¡Nozomi!” gritó Yukari, contenta. “No sabes lo preocupadas que hemos estado por ti. ¿Te encuentras bien, te han hecho daño?” Después, al ver el desastroso aspecto que presentaba la chica, frunció el ceño ligeramente; “Pero bueno, ¿en dónde te has metido? ¡Si estás hecha una sopa...!”
Nozomi sonrió con algo de vergüenza. “Sí, es que de camino me he caído... del caballo, en un arroyo. Pero no ha sido nada, solo estoy un poco mojada... aunque seguro que debo tener un aspecto horrible.”
Hitomi y Yukari negaron con la cabeza vehementemente, aunque en la misma energía que ponían en negarlo se adivinaba que pensaban lo contrario [^^U].
“¿Cómo llegaste aquí Nozomi?” inquirió Hitomi.
“Sí, ¿y cómo te han tratado?” intervino Yukari con preocupación, feliz por fin de poder hablar con alguien diferente de Amano e Hitomi en japonés. Aunque podía saludar en el idioma de Gaea, decir adiós, y algunas cosas simples, por supuesto se perdía en todas las conversaciones.
Arien carraspeó sonoramente, como para indicar a las tres jóvenes que no estaban solas.
“Bueno, me alegro de que hayas encontrado de nuevo a tus compañeros, Nozomi” declaró Arien con una sonrisa. Rigel se arrodilló a la derecha del trono de piedra, y le murmuró unas pocas palabras en voz baja, que tan sólo la mujer pudo escuchar.
Al ver que los atlantes se arrodillaban ante la mujer sentada en el trono de piedra, Allen, Amano, Van y Gaddes los imitaron, y al ver que eran las únicas que quedaban de pie, Hitomi, Yukari y Nozomi se arrodillaron también.
“Princesa, sentimos haberte obligado a desplazarte hasta aquí para recibirnos” empezó Allen con educación, mirando de reojo a la bella mujer sentada en el trono. Ésta rió ante las palabras del joven.
“No es ninguna molestia, Caballero Allen. Es un placer tener como invitados a tantas personalidades a la vez...” dijo la princesa con voz suave. “Y, ¿a qué debo tan grata visita, si se puede saber?” preguntó seguidamente.
“Buscábamos a la compañera de Hitomi, que fue secuestrada hace unas noches” dijo Van con firmeza. A pesar de su educación como rey, seguía sin gustarle el juego de la diplomacia, por lo que no solía andarse con rodeos en esos temas. Hitomi lo miró con una sonrisa condescendiente, a la vez que un poco preocupada, por si su comentario habría ofendido a la joven princesa. Sin embargo ésta siguió sonriendo.
“Bueno, creo que ya os han informado sobre ella. Es más, la tenéis ante vuestros ojos. Es mi invitada, y ahora, también parte de nuestro Pueblo, pero libre de elegir entre irse o quedarse” dijo la princesa, mientras se levantaba y, colocándose detrás de ella, ponía ambas manos en los hombros de Nozomi.
Hitomi las miró, extrañada. La situación no estaba siendo en absoluto como ella había esperado. La verdad era que se imaginaba un rescate, una lucha, una Nozomi ansiosa de volver con ellos, y por tanto de volver a la Tierra de nuevo.
“Nozomi, ¿no quieres volver con nosotros?” preguntó Hitomi, mirando a la joven. En los ojos de ésta apareció una sombra de duda, pero en aquellos momentos miró la cara sonriente de Arien, sin exigir nada, sin esperar nada de ella. Tan sólo ofreciendo. Ofreciéndole la posibilidad de elegir, sabiendo que la joven estaba, al menos relativamente, en su poder, y que tenía un don que le era muy precioso. Estaba confiando en ella; y Nozomi no se sentía capaz de traicionar aquella confianza.
“No. Mi lugar está, al menos de momento, entre las gentes de Inacra” dijo la joven, meneando negativamente la cabeza y asombrándose ella misma ante su repuesta. Yukari la miró de hito en hito, atónita.
“¡Pero si te han secuestrado! ¿Te están obligando, Nozomi?” empezó a decir la chica, mirando a los atlantes con mala cara. Por suerte o por desgracia, éstos no podían entender una palabra de lo que estaba diciendo la joven, así que se quedaron impasibles ante las acusaciones de Yukari.
“Me han tratado muy bien, y no me han obligado en ningún momento a hacer nada que yo no quisiera” replicó la joven.
“Nozomi, ¿qué pensarán tus padres? Deben de estar muy alarmados buscándote. ¿No crees que es cruel tenerlos mortalmente preocupados, sin saber si estás viva o muerta?” intervino Hitomi, posando su mano en la espalda de Yukari para tranquilizarla.
“Bueno, vosotros mismos podríais encargaros de tranquilizarlos al volver a la Tierra, ¿no?” planteó Nozomi con sentido práctico.
Yukari cada vez estaba más sorprendida. <¿¡Pero cómo es posible que después de unos pocos días aquí ya quiera dejarlo todo?!> se preguntaba con incredulidad. “¡¿Pero tú estás loca?! Todos estábamos terriblemente inquietos por ti, y ahora nos dices que quieres quedarte con ellos. ¿Sabes lo que estás diciendo? ¿Quién te ha convencido de semejante idea?” empezó la chica de cabellos castaños con vehemencia. Hitomi posó la otra mano encima del hombro de su amiga, porque sabía que, así como Yukari era de temperamento muy extrovertido y alegre, también era demasiado impulsiva al expresar sus opiniones, y a veces pecaba por ser excesivamente directa. “¿Has pensado acaso en todos los que te esperan en casa?” dijo, bajando un poco el tono gracias a la influencia de Hitomi. Después ésta tomó la palabra.
“En eso Yukari tiene razón, ¿has pensado en los demás al tomar esa decisión.? ¿No te parece un poco unilateral?” dijo Hitomi en tono conciliador, esperando calmar los ánimos. Sin embargo su comentario tuvo precisamente el efecto contrario.
<Había imaginado que lo entenderían; que Arien tendría razón, que venían a ayudarla a crear su sueño. Pero no; me equivoqué otra vez. Y encima diciéndome lo que tengo que hacer> pensó, enfureciéndose cada vez más.
“¡¿Y qué les importo yo, a los demás!? ¡Estoy más que harta de que siempre se piense en los otros; es mi vida y no tengo por qué vivirla como los demás lo harían, ¿me oís?! Además, ya soy mayorcita para saber cuidarme sola, Kanzaki. Y que quede claro que nadie me ha metido ninguna idea en la cabeza, Yukari, aún sé tomar mis propias decisiones. Aquí me han dado muchas más cosas de las que nadie me había dado antes. ¿Por qué habéis venido? ¿Por mí, o porque os remordería la conciencia si no lo hiciéseis?” replicó con mordacidad. Quizás todo lo que había escuchado en contra de Hitomi contribuyó a su mal humor, quizás tenía un mal día, pero la cuestión es que, una vez prendida la chispa, el enfado creció con prontitud en el interior de Nozomi. Y los momentos de silencio antes de que las chicas contestasen no ayudó precisamente.
En el fondo, Hitomi no podía negar que, más que por aprecio personal a Nozomi, había sentido el deber de encargarse de encontrarla.
“Bueno, ¿es acaso tan importante el motivo de estar aquí?” preguntó la joven entre dientes.
“Sí” replicó la joven inmediatamente en un siseo furioso; “Estoy harta de que la gente se porte bien conmigo ‘porque tiene que hacerlo’. Yo no le he pedido a nadie su compasión, no he ido a mendigar amigos en ninguna parte, Kanzaki. Si temes sentirte culpable por lo que le pase ‘a la pobre y desvalida Nozomi’ no tienes de qué preocuparte, sé cuidar de mí misma”
“¡Pero te equivocas en eso!” intentó protestar Hitomi, sintiéndose miserable al ver la clara exposición de los hechos por parte de la chica. Aunque cuando lo pensaba ella parecía lo correcto, en boca de la otra chica sonaba cruel.
“Ah, ¿ahora me equivoco? ¿Tienes tú siempre la razón, Hitomi? ¿La verdad absoluta? A veces las cosas no son como tú las ves, tu también cometes errores, y por lo que me han contado, algunos bastante desastrosos” replicó Nozomi, sabiendo en el mismo momento en que se le escaparon las hirientes palabras de los labios que la discusión se le estaba yendo de las manos.
Arien, mientrastanto, miraba a las dos chicas mientras sostenían aquel combate verbal. Sonrió para sus adentros, satisfecha con el giro que estaban tomando los acontecimientos... al final ella no había tenido más que empezar la conversación, porque Hitomi y Nozomi habían empezado a discutir ellas solitas. Sin embargo, cuando Nozomi mencionó los errores de Hitomi, se puso en tensión. Tan sólo esperaba que la joven no hablase más de la cuenta, y todo el camino andado no sirviese de nada.
Hitomi se había quedado muda por unos momentos. “¿....Errores? ¿Qué quieres decir?”
Nozomi sonrió sesgadamente; lo que podía haber sido una sonrisa de triunfo se convirtió en un gesto cansado. “Tú puedes adivinar el futuro, ¿no es cierto? Y por culpa de tus predicciones hubo una guerra en Gaea, ¿verdad?” Nozomi hizo una pequeña pausa, y Hitomi abrió los ojos, sorprendida, recordando los peores momentos de la guerra de Gaea, dos años atrás. Pero la otra chica prosiguió; “A pesar de repetidas advertencias, seguiste pensando que tú eras la que tenías razón y que todos los demás estaban equivocados. Y parece ser que no siempre es así” acabó la joven con un tono amargo. En las afueras del templo la flauta había dejado de sonar, y el murmullo del río se dejaba escuchar suavemente, rompiendo la monotonía del silencio que venía antes del crepúsculo.
Hitomi bajó la cabeza, sintiendo cómo las lágrimas acudían a sus ojos una vez más. De nuevo el peso de la culpa, un peso que no había sentido en dos años, volvió a ella con fuerza demoledora.
Pero Nozomi prosiguió aún más, con la voz quebrada. “Así que no intentes darme consejos morales, cuando tú eres la primera que debería dárselos a sí misma. Esta gente me necesita, y yo puedo ayudar. Cuando quiera volver a casa, ya me las arreglaré de alguna forma”
La joven se puso en pie silenciosamente, y se volvió hacia todos los presentes. “Disculpadme, por favor, pero debo irme. Ha sido un placer conoceros, caballeros” añadió, mirando en dirección a Allen, Van y Gaddes. Éstos, mudos aún, se limitaron a asentir con la cabeza y apartarse del camino de la joven, que decididamente salió del templo, dejándolos solos. Una vez fuera, Nozomi dejó que las lágrimas inundasen por fin sus ojos; sin saber exactamente a dónde iba, empezó a correr. Quizás era para librarse de toda la furia que llevaba dentro, o para intentar liberarse de todas sus preocupaciones. Pero en el fondo Nozomi sabía porqué corría; quizás era cobarde, y lo sabía, pero tampoco le importaba, En aquel momento quería escapar de todo y de todos, incluso de sí misma. No quería atormentarse más pensando en cuál era la decisión correcta y cuál la equivocada, y tampoco le importaba saberlo.
Sin tenerlo planeado, acabó en la explanada a la orilla de río en la que los caballos y el atlante que había montado con ella, Arod, estaban esperando. Al verla aparecer súbitamente entre los sauces, respirando agitadamente y con el cabello revuelto, Arod no dijo ni una palabra. En cambio le señaló a la joven el alazán dorado que habían montado. “Conoce el camino a casa. Le pediré que no te deje caer” dijo el hombre, con su característica voz ronca y agradablemente profunda. Nozomi cerró los ojos por un momento, y asintió, sintiéndose vacía y consumida por dentro. Ayudada por el atlante montó sobre el caballo, y escuchó las pocas indicaciones que éste le daba.
“Agárrate a la crin y siéntate, intentando absorber el movimiento. Esta vez no iréis a tanta velocidad, por lo que notarás que es muy cómodo. Si necesitas algo, que vaya más despacio o más deprisa, tan sólo tienes que decírselo”
Nozomi asintió. En aquellos momentos la tristeza que sentía le impedía estar aterrorizada al montar sola a caballo. “¿Cómo se llama?”
“Imbar”
El viento en los sauces agitaba las ramas suavemente, mientras los colores del crepúsculo empezaban a teñir de púrpura, rosa y dorado el cielo. Nozomi se inclinó sobre el cuello del caballo con firmeza.
“Pues entonces, vámonos a casa, Imbar”
El animal partió con suavidad, mientras Nozomi recordaba lo incómodos y saltarines que resultaban los viajes a caballo, y sintiéndose por un momento arrepentida de su decisión. Sin embargo no volvió atrás, y pronto perdió de vista el extraño templo de dosel vegetal y el hermoso valle.

Continuará...



Últimamente estoy muy callada… pero que nadie se confíen, cuando menos lo esperen volveré con mis notas ^^U




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