La sala estaba
en silencio; nadie se atrevió a moverse después de la
precipitada salida de Nozomi. Van se removió, inquieto, mirando
en dirección a Hitomi, quien había caído de rodillas
silenciosamente, y presentaba un aspecto derrotado y hundido.
Pasados unos segundos, Arien se levantó tranquilamente de su
trono, y Rigel se incorporó tras la princesa.
"Bueno, está claro que la chica quiere quedarse con
nosotros, así que, si nos disculpan, señores, nos vamos.
Tenemos que llegar a la ciudad antes de que se haga noche
cerrada" dijo como si nada hubiese pasado. Los atlantes que
estaban arrodillados en la sala la imitaron, y pronto todos
estuvieron preparados para dejar el templo.
"Espera" dijo de repente Hitomi entrecortadamente.
Arien la miró, sorprendida.
"Vaya, señorita Hitomi, ¿qué quiere ahora?" dijo la
mujer en tono apresurado, como dando a entender que no tenía
mucho tiempo que perder con las preguntas de la joven. Hitomi
hizo caso omiso del comentario de la princesa, y prosiguió.
"Quiero ir a hablar con Nozomi de todo esto. Creo que puedo
arreglar las cosas" dijo la joven, secándose los ojos
enrojecidos. Arien la miró de hito en hito, asombrada. ¿De qué
estaba hecha esa chica? Era persistente como la que más. Pero no
podía permitir que Hitomi arruinase todos sus planes. Sin
embargo, ¿cómo decirlo de forma no demasiado evidente?
Seguramente había una, pero la princesa no tenía tiempo de
pararse a pensar. Estaba cansada y con ganas de volver a Arkan lo
antes posible.
"No servirá de nada. La chica no quiere volver con
vosotros, eso es todo. Mejor abandonar, porque Nozomi se quedará
en Inacra hasta que sea necesario" declaró bruscamente,
dejando entrever que su hospitalidad con la joven obedecía a
algún secreto interés; "Y ahora, os ruego que nos
disculpéis, debemos apresurarnos y no podemos perder ni un
momento más"
El tono había sido agrio y un poco cortante. Después hizo una
pequeña reverencia, y salió de la estancia, mientras Van,
Allen, Gaddes y Amano se incorporaban del suelo para dejar el
camino libre.
Cuando todos ellos hubieron desaparecido, Van fue al lado de
Hitomi y apoyó su mano en el hombro de la joven.
"¿Estás bien?" preguntó en voz baja. La joven
asintió con aire ausente. Se había quedado desconcertada ante
la insistencia de la mujer; parecía que era muy importante para
ella que Nozomi no volviese a la Tierra. De pronto Hitomi se dio
cuenta de que había algo en ella que le era familiar... muy
familiar...
"¡Es la mujer de mi visión!" exclamó de repente.
"¡Por supuesto! Ella era la mujer que me vio, aunque yo
estaba en una visión. Ella tenía el colgante... Arien de
Inacra..." dijo Hitomi, bajando la voz en tono pensativo.
<Sé que no fue totalmente sincera con nosotros... pero me
pregunto cuáles serán sus verdaderas intenciones, y cómo
encaja Nozomi en todo esto>
Yukari no había dicho ni una palabra en todo el rato. Seguía
pensando en lo que su compañera había dicho de Hitomi. Errores
fatales... Una guerra, causada por su mejor amiga. ¿Qué era
todo aquello? Se volvió hacia la joven junto a Van para
preguntarle su versión de los hechos, pero cuando vio la palidez
de su amiga y sus ojos enrojecidos por las lágrimas, decidió
que era mejor dejar el tema, o al menos por el momento. Amano se
acercó a ella.
"Yukari, ¿qué crees que está pasando? ¿Qué vamos a
hacer ahora, si Nozomi no quiere volver a la Tierra?"
preguntó el joven en voz baja.
La chica a su lado movió la cabeza lentamente.
"No lo sé, Amano... no lo sé..."
La joven cabalgó sin descanso durante más de una hora. Pasó
sin detenerse a mirar con tranquilidad los espectaculares bosques
en sombras, tenuemente iluminados por la luz que emitía el
cielo, ya puesto el sol, de una bella tonalidad lavanda. Tampoco
pudo ver cómo la incompleta redondez de la luna aparecía
tímidamente sobre los riscos de las montañas, tiñéndolo todo
de plata. La joven quería perderse en el rítmico galope del
caballo, concentrarse únicamente en no caerse y romperse algo.
El viento le azotaba la cara y le revolvía el pelo salvajemente,
pero la chica no lo notaba. Las manos se le estaban entumeciendo
a causa del frío, y sus nudillos estaban prácticamente blancos
de tanto apretar las crines rubias de Imbar.
<Soy idiota. ¿Por qué he tenido que ponerme tan borde?
¿Qué tengo que hacer? ¿A quién debo escuchar?> pensó
desesperadamente, sintiendo un insoportable martilleo en sus
sienes. Pero cuando la mandíbula apretada empezó a dolerle
decidió intentar cambiar de pensamientos. Se concentró en lo
primero que tenía a mano: Imbar, el dorado caballo que montaba.
"Debes estar cansado..." murmuró la chica,
decidiéndose a soltar una mano y a palmear el cuello del
caballo. Éste pareció reaccionar al roce de su palma abierta
casi de forma eléctrica. Por fortuna Nozomi se asió
rápidamente a las crines con ambas manos, centrada en permanecer
encima del caballo, y no encima de la tierra del camino. Poco a
poco empezó a sentirse cansada; las piernas le dolían mucho, y
también los brazos. Sintió un pequeño dolor en su mano
izquierda, pero no le dio importancia. La chica emitió un gemido
ahogado; ahora también le dolía un poco la cabeza.
<Dios mío, quiero que esto pare. Quiero llegar a la ciudad y
dormir. Quiero olvidarme de todo esto, es absurdo> pensó,
exhausta.
En aquellos momentos percibió que el avance del caballo se
hacía más lento, hasta llegar a pararse. Nozomi alzó la
cabeza, esperanzada; en efecto, las luces verdosas de la ciudad
brillaban no muy lejos de donde se encontraban. La chica sonrió,
y se frotó los ojos para despejarse un poco hasta llegar a su
destino. <Bueno, ya queda menos... cuanto antes lleguemos,
mejor> se dijo. Enredó de nuevo sus aturdidos dedos entre las
crines, y el hermoso caballo partió hacia la ciudad, esta vez a
un relajado paso, que la chica realmente agradeció. Pero aunque
estaba cansada y la cabeza le pesaba, no pudo por menos que notar
que el pobre animal cojeaba ligeramente.
No habían pasado ni diez minutos cuando Imbar penetró en el
fragante jardín de la residencia de Arien. Habían atravesado la
ciudad iluminada por incontables luces de una tonalidad verdosa,
cuyo origen había intrigado a Nozomi desde la primera noche que
los había visto. Había podido comprobar que en algunos hogares
sus habitantes aún no se habían retirado a dormir, y sus
ventanas brillaban con diferentes tonalidades de luz.
La joven se deslizó [o más bien casi se dejó caer al suelo] de
la grupa de Imbar, sintiéndose completamente exhausta. Palmeó
de nuevo el cuello del animal con agradecimiento.
"Gracias por traerme entera, Imbar. Ahora ya no te necesito
más, puedes irte a descansar" murmuró la chica,
sintiéndose un poco estúpida por estar hablándole a un
caballo. Sin embargo el inteligente animal sacudió la cabeza, y
con un suave relincho desapareció entre los arbustos y árboles
de los jardines. La joven sonrió y se volvió hacia la casa de
Arien. De repente sintió la palma de su mano derecha húmeda,
cuando la observó de cerca, comprobó que un pequeño hilillo de
sangre corría por su mano. <Bueno, me lo habré hecho
agarrándome como una condenada al pobre caballo. Ahora lo único
que quiero es descansar y...>
Pero comprobó con extrañeza que ya no estaba cansada. Era como
si le hubiesen quitado un peso de encima, y se sentía, si no
fresca y en plena forma, al menos demasiado excitada y activa
como para irse a dormir. <Qué raro... ¡si estaba hecha polvo
por el camino!> pensó, desconcertada. <Bueno, pues
pasearé un rato, a ver si me entra el sueño... así quizás
también le de tiempo para llegar a la princesa... supongo que
vendrán todos detrás de mí> decidió, aspirando el aroma de
los jazmines de invierno que florecían a su alrededor.
Se arrebujó en la cálida capa que seguía en sus hombros, un
poco fuera de sitio a causa de la cabalgada; el aire de la noche
era frío, y Nozomi estornudó sonoramente. Caminando lentamente
entre el murmullo de las fuentes y las sombras de los árboles,
llegó a un pequeño balcón iluminado por la luz de la luna.
Construido al pie del cañón del río Kandia, el recogido
mirador daba al Pico del Dragón, sumido en sombras. Nozomi
suspiró, apoyándose en la barandilla de mármol con suavidad.
<Me pregunto si todo esto es un sueño> se dijo a sí
misma, sintiendo una gran tranquilidad interior. La brisa agitó
sus vestidos, aún sucios del barro del camino. En aquellos
momentos la joven escuchó algo en el viento; se irguió con
presteza, intentando identificar de dónde venían aquellos
sonidos. Era una melodía, una flauta de pastor, por lo visto en
Inacra se apreciaba mucho aquel instrumento. Sin embargo, aquella
canción no se parecía a ninguna que la chica hubiese escuchado
antes. Vibraba, estaba henchida de sentimiento. Nozomi escuchó
atentamente; había melancolía, si no dolor, en aquellas notas
solitarias. Era como una llamada. La joven miró a su alrededor,
intentando identificar la procedencia de la melodía. Con
sorpresa se dio cuenta de que el viento la traía desde el Pico
del Dragón. La estaba llamando. Nozomi sopesó la idea que
estaba empezando a tomar forma en su mente.
<¿Debería intentarlo?> se preguntó, dirigiendo su mirada
a lo alto del risco.
La luna se ocultó tras las nubes por unos momentos. La sombra de
Nozomi se vio alterada por un mar de plumas que se esparcieron
por el suelo, y después empezaron a danzar alrededor de la
joven, que las veía sin mirarlas realmente. Sus ojos estaban
llenos de duda, pero sin embargo tomó una de las plumas con
delicadeza. Cuando la luna volvió a salir de detrás de la nube,
comprobó que el brillo que emitían no era el que ella se
esperaba.
<Pero... ¿qué es esto? ¿Son... son grises?>
Intentó mirar fijamente el par de alas que habían aparecido en
su espalda. Un poco sorprendida de que aquello hubiese
funcionado, se cercioró una vez más del color de sus alas. En
efecto, eran grises. De un gris pálido, casi de un tono
plateado, pero grises al fin y al cabo. Sin embargo, la joven
decidió no darle mayor importancia, y se concentró en seguir
las instrucciones que le había dado Messara, la joven que la
había atendido al recuperarse, para utilizar sus alas. 'La clave
está en el deseo. Si deseas con todas tus fuerzas, todo lo que
pidas sucederá' le había asegurado la joven.
<Muy bien, vamos a probar este invento> se dijo la joven,
intentando tranquilizarse. Escuchó de nuevo la melodía, y
empezó a elevarse por los aires. La chica miró hacia abajo,
extasiada y jubilosa. Soltó una carcajada de placer.
"¡Uau, esto funciona de verdad!" exclamó con
alegría, sintiéndose un poco ridícula por estar hablando sola.
Pero no era nada comparado con la sensación de poder volar. Se
sentía como un ciego al que de repente le habían devuelto la
vista, un sordo a quien se le había otorgado de nuevo el mundo
de los sonidos. <Ligera como una pluma> pensó en tono
bromista. Flotaba, había dejado el mundo que conocía para
internarse en los misterios de los cielos, que ahora se abrían
ante ella como un reto, una tentadora invitación que la joven no
quería, ni podía, resistir.
<Bueno, y ahora, hacia el Pico del Dragón> se dijo a sí
misma, sintiendo en ese mismo momento que se ponía en marcha.
Como si conociese el camino de toda la vida, la joven se perdió
entre las sombras, rumbo al lugar de origen de aquella melodía
que seguía sonando en medio de la noche.
Ascendió sin esfuerzo por los aires, observando las formas
oscuras de los árboles, que se agitaban entre susurros a causa
del viento. Nozomi aspiró una profunda bocanada de aire, y miró
a su alrededor, las luces de la ciudad empequeñeciendo por
momentos bajo sus pies. Pero al mirar a su izquierda se encontró
con una verdadera columna de niebla que desdibujaba por completo
lo que yacía más allá de la ciudad, remontando el curso de
río Kandia. La joven recordó haber visto esa neblina desde
Inacra, extrañada, puesto que se comportaba de forma insólita:
era como si aquella nube permanente no se atreviese a extenderse
sobre la ciudad, y se conformare con ocultar celosamente lo que
había más allá. Nozomi se detuvo un momento en su ascensión,
intentando penetrar en la columna de niebla sin éxito. <Me
pregunto qué habrá detrás... ¿Lucirá allí el sol?> se
dijo la joven, olvidándose por unos instantes de la causa de su
viaje nocturno. Pero pronto la melancólica canción volvió a
ocupar sus pensamientos, así que remontó el vuelo de nuevo,
sintiéndose por unos momentos como un kami [los kamis son las
deidades de Japón, a menudo asociadas con los fenómenos de la
Naturaleza ^_^]
La melodía se iba haciendo cada vez más nítida y fácil de
escuchar. Cuando pensaba que ya no llegaría a ninguna parte,
ante los ojos de la joven apareció por fin una construcción.
Nozomi se posó suavemente en el suelo, y decidió recoger sus
alas. No había ninguna luz en la explanada a parte de los
círculos de luciérnagas que revoloteaban entre los árboles y
las columnas cercanas. La joven reconoció perfectamente en el
lugar en que se hallaba al Omphalos, la morada del Oráculo. El
recuerdo del joven serio volvió a su mente, así como lo
nerviosa que había estado la primera vez que estuvo allí.
Ahora, si tenía que ser sincera consigo misma, también lo
estaba.
<¿En qué estaría pensando? Vaya idiotez, seguir la música
como si fuese una colegiala...> pensó, arrepentida de haber
volado hasta allí. Casi decidida a volver por donde había
venido, se giró para emprender el regreso, pero en aquel momento
la melodía volvió a sonar, más cercana que nunca. Volvió la
cabeza con curiosidad, avanzó unos pasos, intentando al menos
determinar de dónde venía.
Sus pisadas no hicieron ruido en el hermoso pavimento de la
avenida de columnas. Se internó por ésta, manteniéndose cerca
de los extremos, y siguiendo el curso del pequeño riachuelo que
cruzaba el camino. Llegada a un grupo de árboles, se intentó
ocultar un poco y miró tímidamente desde detrás del tronco de
un árbol. Junto al nacimiento del riachuelo, que brotaba de una
roca, se encontraba alguien sentado, tocando la flauta. Nozomi se
sobresaltó cuando comprobó, gracias al débil resplandor de la
luna, que era el joven al que llamaban Oráculo.
De pronto se sintió tímida de nuevo. <Ahora no puedo
interrumpirlo... sería como decirle que lo he estado
espiando...> pensó, mordiéndose el labio. El joven seguía
absorto en su canción; parecía estar ajeno a cualquier otra
cosa que no fuese su flauta. Nozomi suspiró silenciosamente, y
puesto que no se atrevía ni a dejar el lugar, ni a avanzar más,
se dejó caer suavemente al suelo, cerrando los ojos. Ese era un
buen momento para pensar.
<Quizás he sido un poco brusca con Hitomi... Me he portado
como una niña pequeña haciendo una rabieta. Al fin y al cabo,
es cierto que mis padres estarán preocupados... Tal vez tengan
razón; ¿debería volver con ellos? Pero ahora soy una
atlante... y ellos pueden curarme y ayudarme a controlar mi
problema...Mmm... un momento....> se dijo pensativamente,
<Tal vez pueda hacer las dos cosas a la vez. Si primero vuelvo
y les digo que estoy bien, y después regreso aquí, ¿no sería
bueno así para todo el mundo? También podría disculparme con
Hitomi... esta tarde me he pasado un poco, parecía muy
dolida...>
"¿Te encuentras bien?"
Nozomi abrió los ojos bruscamente, sobresaltada por la voz que
acababa de sonar a su lado. Intentó incorporarse, pero resbaló
y terminó en el suelo otra vez. Alzó los ojos lentamente, para
encontrarse con el joven, de pie frente a ella. Sostenía la
flauta con su mano izquierda, y tenía la derecha tendida hacia
la muchacha, para ayudarla a levantarse. La joven la tomó
lentamente, avergonzada de que la hubiese descubierto después de
todo. Intentó justificarse apresuradamente.
"Yo... lo siento, es que escuché música sin saber de
dónde venía, y tuve curiosidad... No quería interrumpirte, lo
siento. Ahora me iré..." empezó Nozomi, soltando la mano
del joven. Se sacudió el polvo de encima, y se disponía a dar
la vuelta cuando la mano del muchacho se posó sobre su espalda.
La chica se quedó helada. <Bueno, ¿y ahora qué quiere?>
pensó, insegura.
"¿Has venido volando?" se limitó a preguntar. Nozomi
se lo quedó mirando, extrañada.
"Pues... sí. ¿Por qué lo preguntas, es que no
puedo?" inquirió, sin saber muy bien si había normas que
no se podían quebrantar en Inacra.
"No es que no puedas, es que nadie suele venir a solas aquí
después de la puesta de sol" explicó el joven.
"Entonces, ¿qué haces tú aquí?" preguntó Nozomi
con curiosidad. El aire de seriedad que envolvía a aquel
muchacho la intrigaba. Éste sonrió, casi tristemente.
"Yo vivo aquí"
"¿Solo?" interrogó la chica, incrédula. <Pues
vaya una vida triste...>
El joven asintió quedamente, pero no dijo ni una palabra. Nozomi
esperó unos segundos, sin saber qué decir para romper aquel
silencio.
"Y ¿nunca te aburres? Quiero decir, estar siempre aquí
arriba..." empezó, insegura. El joven se encogió de
hombros.
"Ser el Oráculo de Inacra es un honor muy grande..."
replicó, desviando la mirada hacia abajo. "La gente acude a
mí para resolver sus problemas, y no tengo tiempo para
aburrirme"
La muchacha lo miró, extrañada, pero no dijo nada. El joven se
volvió hacia ella.
"Pareces desorientada. ¿También tienes problemas que
quieras consultar con el Oráculo?" preguntó con voz seria
de nuevo, la voz que Nozomi había escuchado la primera vez que
fue allí. Pero ella negó con la cabeza apresuradamente.
"No, gracias... no tengo problemas.... bueno, sí, pero no
quiero el consejo de ningún Oráculo" declaró, nerviosa.
Después miró al joven; "No es por ti, es que no creo en el
destino"
El atlante sonrió cansadamente, y cerró los ojos por un
momento. Temerosa de haberlo ofendido, Nozomi se excusó de
nuevo.
"Siempre me ha gustado resolver mis problemas sola... ya
estoy acostumbrada"
"¿Y ya lo has resuelto?" preguntó el joven con
interés. La chica titubeó.
"Bueno... no exactamente... pero creo que al menos ya he
encontrado la forma de hacerlo. Siempre y cuando me den la
ocasión de disculparme..." dijo Nozomi en tono pensativo.
"¿Sabes tú lo que va a pasar?" preguntó la chica a
renglón seguido.
"¿De verdad lo quieres saber?"
La joven suspiró. "No, supongo que no... gracias de todas
formas. Parece que tu música me ha ayudado a aclararme las
ideas" dijo con una sonrisa. "Pero también me ha dado
sueño, así que creo que tendría que volver... al fin y al
cabo, nadie sabe dónde estoy"
El joven no dijo nada, pero sonrió a su vez.
"La princesa está preocupada por ti" declaró, mirando
al cielo. Nozomi empezó a alejarse unos pasos.
"Entonces gracias de nuevo..." dejó la frase
incompleta, mirándolo con gesto interrogador.
"Todos me llaman El Oráculo" especificó él, pero la
chica sacudió la cabeza.
"No, eso no es un nombre. Es como si a Arien la llamaran
solamente 'La princesa'. Sería estúpido"
El joven sonrió, divertido. "Si lo prefieres, puedes
llamarme Anshar"
Nozomi asintió, se despidió con un gesto de su mano. Después
volvió corriendo al principio de la avenida, y deseando con
todas sus fuerzas la aparición de sus alas, emprendió el camino
de regreso muy apresuradamente, sintiéndose helada de frío,
pero contenta de tener al menos algo para solucionar sus
problemas más inmediatos.
El sol del mediodía brillaba sin calentar el invierno en las
montañas. Pronto dejarían atrás la extraña franja de la
Tierra de Nadie, que según aquellos atlantes era su país, para
entrar en el territorio de Chezario. Allen, Van, Hitomi, Yukari y
Amano estaban reunidos en torno a una mesa rectangular,
ponderando la situación e intentando decidir qué hacer.
"¿Vamos a dejar a Nozomi en manos de esos seres?"
preguntó Yukari a Hitomi, en tono preocupado. Ésta se encogió
de hombros. Seguía un poco chafada a causa de las acusaciones de
su compañera, pero por fortuna cuando se lo había explicado a
Yukari, ésta lo había entendido perfectamente, y no la había
culpado de lo sucedido.
"¿Y qué otra cosa podemos hacer? Si eso es lo que
quiere..." dijo con resignación; "Sin embargo, lo que
me preocupa no es que no quiera volver con nosotros, sino que no
quiera regresar a la Tierra. ¿Y si se arrepiente y para entonces
ya nos hemos ido? ¿Cómo volverá?"
"Lo primero que tendríamos que decidir ahora es a dónde
vamos" terció Allen, que aún no había puesto rumbo a
ningún lugar en concreto. "¿Cuánto tiempo vais a quedaros
esperándola?"
Hitomi tradujo para Amano y Yukari, y después se quedó pensando
por unos momentos. Después se encaró con sus dos amigos.
"Escuchad; la primera vez que desaparecí de la Tierra para
venir a Gaea, ¿cómo lo llevó mi madre? ¿Estaba
preocupada?" les preguntó con interés.
"No, ella no... ¡nosotros éramos los que estábamos
preocupados!" exclamó Yukari con el ceño fruncido. Hitomi
sonrió, instando a sus amigos a seguir.
"Ella fue la que nos tranquilizó... al parecer te veía en
sueños aquí, en este planeta, y sabía que estabas bien"
dijo Amano; "Nos dijo algo más, algo sobre tu abuela, pero
no lo recuerdo muy bien..."
Hitomi sonrió, aliviada; ahora ya podía estar más tranquila.
Recordó que al volver a casa le había llegado a contar un par
de cosas sobre Gaea a su madre, pero estaba tan absorta en sus
recuerdos que nunca le preguntó si se había preocupado o no;
ahora al menos ya sabía que no había sido así.
"Bien, en ese caso podemos esperar un poco aquí, por si
Nozomi cambia de opinión. Un par de semanas, quizás... ¿os
parece bien a los dos? Porque estoy segura de que, si mi madre os
explicó lo que ocurría a vosotros, también tranquilizará a
vuestros padres" propuso la joven, buscando la confirmación
de sus dos compañeros. Ambos se miraron dubitativamente, pero
tras unos segundos de vacilación, los dos asintieron.
"Comandante, una nave de Chezario se acerca a nosotros"
anunció la voz de Gaddes desde el exterior de la habitación.
Allen se puso en pie y se dirigió hacia el puente de mando. En
efecto, una hermosa nave que ostentaba la bandera blanca y roja
de Chezario se acercaba a ellos. El caballero observó con
concentración las señales luminosas que estaban mandando desde
la nave. Tras unos instantes, Allen se volvió hacia su
tripulación, atenta a lo que tenía que decir.
"Quieren hablar con nosotros. Preparad la nave" ordenó
con voz autoritaria, mientras Hitomi, Van y los demás entraban
en el puente de mando. Van se acercó para ver lo que estaba
pasando; estaba a punto de hacer algún comentario acerca de
estar preparados para cualquier cosa, pero se mordió la lengua a
tiempo y no dijo nada.
Esta vez fueron ellos los que acudieron a la otra nave para
conocer sus intenciones. Allen, Van y Gaddes dejaron a todos los
demás en el Crusade, a la espera de noticias. Después de
escasos minutos regresaron con aire satisfecho. Hitomi avanzó
hacia ellos impacientemente.
"¿Qué querían?" preguntó con curiosidad. Allen
sonrió serenamente.
"Estamos invitados por su majestad la princesa Eries de
Chezario a visitarla en su palacio, no muy lejos de aquí, y
pasar unos días con ella en el país. Parece ser que sería una
falta de educación no corresponder a la invitación"
explicó el caballero mientras enrollaba un par de mapas que
había desparramados encima de la mesa.
"¿Qué está pasando, Hitomi?" murmuró Yukari con
curiosidad.
"Nos vamos a visitar a una princesa" replicó la joven
sencillamente, sin saber si alegrarse o impacientarse. No había
tenido nunca la oportunidad de conocer a Eries a fondo, tan solo
la había visto un par de veces durante su estancia en Astria.
Por lo que le había contado Millerna, se había opuesto a que la
joven fuese médico, y anteponía las necesidades del pueblo
antes que las suyas propias. <En eso se debe parecer un poco a
Van... también considera prioritario al pueblo> se dijo
Hitomi, sonriendo para sí mientras observaba al joven, que
miraba el horizonte con la mirada perdida.
La capital de Chezario parecía sacada de uno de los libros de
historia medieval [europea, claro] de Amano; las callejuelas
estrechas y las fuentes en las plazas, el rudimentario pero
bonito empedrado hacían que los tres jóvenes terrícolas se
sintiesen transportados en el tiempo. Alzando la vista, más
allá de las casas de madera oscura y piedra recubiertas de
hiedra, se alzaba el magnífico castillo real de la ciudad,
Ogham. Aunque por la piedra empleada podía parecer un poco tosco
al principio, cuando se prestaba atención a los magníficos
torreones o al delicado labrado en la madera de los marcos de las
ventanas, se podía llegar a apreciar todo el trabajo y el
refinamiento que ocultaba en su interior.
Habían dejado el Crusade en el puerto de la ciudad, al cuidado
de Gaddes y del resto de la tripulación, mientras que el grupo
de cinco personas restantes se adentraba en el complejo pero
hermoso trazado de la capital.
Yukari se echó a un lado para no ser arrollada por un hombre
montado a caballo, ostentando una pesada espada colgando del
cinto y una lanza corta en la silla de montar, lista para ser
usada. Sin embargo pasó a tanta velocidad que unos segundos
después del que hubiese podido ser un accidente, tan solo se
podía escuchar el repiqueteo de los cascos del corcel en el
suelo.
"¡Vaya unos modales! ¡Podría haberme matado!"
protestó Yukari, tosiendo a causa del polvo que el hombre había
levantado, y disculpándose por casi haber tirado a Van al suelo.
"¿Habéis visto esa espada y esa lanza? Y, por la pinta que
tenía, me parece que no las usará precisamente para cortar
leña o hacer pollos al ast" comentó, involuntariamente
impresionada. Hitomi rió, divertida, explicando a Van y a Allen
lo que su amiga había dicho. Poniéndose fuera del camino de
otro carruaje [parece ser que en Chezario no hay guardias de
circulación -_-U], tomaron una callejuela empinada, cuyas casas
parecían más grandes y elegantes que las que habían visto en
la zona anterior.
"Esta es la zona donde vive la nobleza" explicó Allen,
señalando las hermosas tallas de monstruos mitológicos [bueno,
eso sería en la Tierra, porque vete tú a saber qué es
mitológico y qué real en Gaea ^^U]; "Chezario es una de
las monarquías más antiguas de toda Gaea, y desde tiempos
inmemoriales ha sido cuna de los mejores caballeros de Gaea"
puntualizó el caballero.
A su lado pasó un muchachito de unos diez años escasos con un
halcón posado en su puño izquierdo y un puñal largo en su
cinturón. Allen lo detuvo un momento con un gesto autoritario
pero amable.
"¿Es este el camino para llegar al castillo,
muchacho?" preguntó el caballero. El chiquillo miró
primero la reluciente espada de Allen y después la cara del
hombre; por su expresión parecía estar profundamente
impresionado, como si un chiquillo de la Tierra hubiese conocido
cara a cara en la calle a su ídolo del deporte, o al actor de
moda de la temporada.
"Claro, señor caballero. Se llega al castillo desde todas
partes" dijo, su voz teñida de admiración. Saltaba a la
vista que estaba feliz de haber podido dar consejo a un caballero
de verdad. Riendo alegremente, se marchó corriendo calle abajo
después de que Allen le diese las gracias y una pequeña moneda
de cobre.
Aunque la realeza había mandado una escolta a puerto para
recoger a los recién llegados, Allen les había dado
instrucciones de dejarlos solos; el joven rubio prefería tomarse
su tiempo para dejar a punto el Crusade y buscar una buena posada
para sus hombres, que preferían el pueblo al castillo. El
Caballero Celeste sabía manejarse solo, y en general prefería
eludir las escoltas de cualquier tipo. Era él quien encabezaba
la marcha, seguido por Van e Hitomi; apretando el paso tras la
pareja andaban Yukari y Amano, con los ojos abiertos como platos
a cada sorpresa que se encontraban.
"Oye Van, ¿tú habías estado aquí antes alguna vez?"
preguntó Hitomi al joven que caminaba con vigor a su lado. Cada
vez que lo miraba no podía por menos que sentirse fascinada por
los cambios operados en Van. Por primera vez se fijó en la
sombra que oscurecía su mandíbula, dándose cuenta de que era
el inicio de una barba. Se rió, divertida al imaginar cómo se
vería al joven con bigote y barba. Éste la miró, extrañado
ante su súbita sonrisa.
"Sí, había tenido que acudir a Ogham poco después del
inicio de la reconstrucción de Fanelia... teníamos que sellar
un pacto para que nos suministrasen metales con los que forjar
herramientas... Hitomi, ¿me estás escuchando?"
La joven se había quedado absorta contemplando al joven. Se
sonrojó, avergonzada. <Me estoy portando como una completa
idiota> pensó, aunque no podía sentirse furiosa consigo
misma porque estaba demasiado feliz para eso. Seguía sin poder
convencerse de que no se encontraba dentro de un sueño, una
visión, una mera fantasía que desaparecería sin dejar rastro.
"Pe...perdón" tartamudeó, desviando la mirada hacia
otra parte. Sus ojos se posaron sobre Amano y Yukari, que
comentaban alegremente el lugar y las gentes de Ogham.
"¿Has visto ese rebaño de ovejas en el abrevadero? Me
pregunto cómo deben llevar el agua hasta aquí... ¿será con un
conducto subterráneo?" decía Amano, sin perder detalle del
complejo de la ciudad. Hitomi sonrió; se notaba a una legua de
distancia que Susumu estaba estudiando arquitectura en la
universidad, y que disfrutaba con lo que hacía. Yukari, sin
embargo, se fijaba en detalles de otro tipo.
"¿Te has fijado en las diferencias de clima desde las
montañas hasta aquí? En esta ciudad hace frío... el frío que
es común en invierno, pero en cambio en aquel valle hacia un
tiempo casi primaveral... ¿por qué será?" se preguntaba
la joven mientras tironeaba de la manga de Amano para que no se
retrasase. Le guiñó un ojo a Hitomi cuando se dio cuenta de que
los estaba mirando. Parecía estar disfrutando de lo lindo con la
visita.
"Entonces vais a tener tiempo para pasearos por la ciudad...
creo que vamos a quedarnos un par de días" anunció Hitomi
lo suficientemente alto como para hacerse oír por los dos
jóvenes detrás de ella sin que su voz fuese engullida o apagada
por la multitud.
Amano sonrió con alegría, pensando que quizás podría coger
apuntes después de todo. Seguía un poco preocupado por el hecho
de poder llegar a perder curso si se quedaban mucho tiempo...
además ya había faltado por lo menos a dos exámenes
importantes que tenía que hacer antes de Navidad... Por suerte
Yukari había prometido ayudarlo a ponerse al día cuando
volviesen, aunque bien sabía él que la chica ya tendría
suficientes problemas con sus propios exámenes y notas.
Poco después llegaron a un sombreado sendero bordeado a tramos
de densidad irregular por grupos de árboles, caprichosamente
diseminados aquí y allá.
"La última vez que vine a Chezario el rey Halcyon Glass
estaba a punto de casar a su hijo con la princesa Eries"
dijo Van mientras empezaban a caminar entre los árboles. A la
sombra el frío parecía aún más intenso, y se arrebujaron en
sus prendas de abrigo, que variaban de unos a otros: desde el
anorak de Yukari hasta la pesada chaqueta de Allen. "Sin
embargo, parece ser que el viejo rey aún no ha querido abdicar a
favor de su hijo..." añadió el joven. Acada paso que daban
una nueva torre o puerta del castillo aparecía ante sus ojos.
Una guardia formada por cuatro soldados a caballo, armados con
pesadas lanzas, les salió al paso con aire, si no claramente
amenazador, sí desconfiado. "Identificaos, viajantes.
¿Qué buscáis en el Castillo de Feoras?" preguntó uno de
los hombres rudamente. Era todavía un joven de escasos
diecisiete años, evidente inexperiencia y que llevaba
relativamente poco tiempo en el castillo, por lo que se le había
asignado la tarea de vigilar la entrada, un cometido aburrido que
tan solo los jóvenes inexpertos tomaban con ferviente energía,
llegando a pasarse en la rigurosidad del control.
Van se limitó a mirar al jovencito con seriedad, y dejó a Allen
tomar el papel de portavoz.
"Somos los invitados de vuestra Princesa y anterior princesa
mía, Eries Aria Aston de la casa real de Astria. Yo soy el
Caballero Celeste Allen Crusade Schezar, y me acompañan el rey
Van Fanel de Fanelia, Hitomi Kanzaki de la Luna de las Ilusiones
y dos amigos suyos. ¿Tendrás la amabilidad de dejarnos pasar y
de anunciarnos ante la princesa?" concluyó, mirando al
chico, que parecía un poco temeroso e impresionado después de
la cantidad de títulos importantes que había dicho Allen.
"Por supuesto, ahora mismo enviaré a uno de mis hombres a
avisar a la princesa... Si quieren seguirme..." indicó,
mientras asumía el papel de guía y los llevaba hasta las
puertas principales. El color de la madera era cálido, e
invitaba a entrar. Tras atravesar el primer foso por encima de un
puente levadizo de tablas que crujían a cada paso que daban, se
internaron en un segundo recinto, y finalmente en el patio
interior del castillo. Aunque se podía apreciar el lujo que
correspondía a un castillo real, no por eso se dejaba de sentir
el olor de los caballos, agitándose impacientes en sus cuadras,
o se dejaban de escuchar las voces de todos los que estaban
atareados en el patio, bien fuese herrando a los caballos,
apilando paja o recortando los setos del jardín junto al
castillo.
Hitomi miró a su alrededor, fascinada por aquel microcosmos que
se abría ante sus ojos. Aunque había estado en los palacios de
tres reinos en Gaea, en ninguno había podido respirar tanto el
ambiente de trabajo que allí reinaba.
El joven que los había guiado desmontó apresuradamente,
despidió a su caballo con una palmada en los cuartos traseros y
se dispuso a guiarlos dentro del castillo. Yukari observó,
fascinada, cómo el caballo iba obedientemente a su establo
después de haber hecho una parada obligada en el abrevadero.
Hitomi la tuvo que arrastrar literalmente detrás de los hombres,
que ya habían empezado a entrar en el impresionante edificio.
Cruzaron interminables salones de piedra decorados con tapices y
alfombras, magníficas lámparas de cristal translúcido y
numerosas armaduras que relucían en un estupendo estado de
conservación.
Finalmente llegaron a la sala del trono; tras tener que
arrodillarse antes de entrar, y penetrar en la habitación con la
cabeza inclinada [ya se sabe, las excéntricas tradiciones de la
nobleza -_-U...], se abrió ante ellos una hermosa sala de
paredes cubiertas completamente por tapices ilustrando las más
exóticas escenas, desde cacerías de animales extraños hasta
conmemoraciones de batallas. Las alfombras en el suelo eran de un
color verde oscuro profundo y aterciopelado, y tan limpio que a
Yukari casi le dio pena tener que pisarlo. Una impresionante
lámpara de cristal ponía el toque de sofisticación en la
estancia, que aparte de eso estaba iluminada por antorchas en la
pared. Van y Allen,, conocedores del protocolo del país, se
inclinaron en una exagerada reverencia, para después quedarse de
pie frente al trono. Las chicas y Amano intentaron imitar a los
dos hombres delante de ellos, y al incorporarse de nuevo
comprobaron que la sala estaba llena de gente: la corte, supuso
Hitomi. Pero lo que no le gustó demasiado fue que las mujeres
que rodeaban el trono los miraban riéndose detrás de sus
abanicos y señalándolos, a Amano, Yukari y a ella, sin la menor
discreción. <Pues vaya una mala educación> pensó Hitomi,
molesta. Pero su mirada se vio atraída inmediatamente por el
trono real del país. Encima de éste, adornado con relieves de
caballos y con las efigies de dos leones a sus pies, se hallaba
el rey de Chezario. Era el rey más anciano que hubiese visto
nunca [bueno, vale, solo ha visto a tres y no es muy difícil ser
más viejo que Van, pero ya se entiende, ¿no? ^^U...]. Su cara
parecía un mapa de pergamino antiguo, arrugado y amarillento; su
barba y su pelo eran blancos como la nieve, y en lugar de corona,
en su frente ostentaba una delicada cinta de plata labrada. Un
halo de majestuosidad parecía envolver al monarca; a su derecha
el sillón de la reina estaba vacío, pero a ambos lados de los
dos tronos estaban el heredero a la corona, y su mujer, Eries de
Astria.
La princesa no parecía haber cambiado nada; su rostro serio y
elegante seguía velado, quizás a causa de la tristeza o la
melancolía [o quizás porque aquella noche no había dormido muy
bien]. Parecía ausente, con la mirada perdida en sus propios
pensamientos; sin embargo, cuando los vio se incorporó con una
brillante sonrisa en su rostro. Su esposo, también la imitó,
para colocarse rápidamente a su lado.
"Nos alegra sobremanera vuestra visita, caballeros"
anunció con voz pastosa el joven junto a Eries. Ésta dejó que
Allen le besara galantemente la mano enguantada. La princesa,
ataviada acorde a la tradición de Chezario, llevaba tan solo un
sencillo vestido marfil y guantes; no necesitaba más prendas de
abrigo, puesto que en la sala crepitaba un hermoso fuego en las
tres lumbres del lugar, y las alfombras y tapices contribuían a
la creación de un clima cálido y acogedor allí dentro.
"Vaya, vaya, así que este es el Caballero Schezar, el
capitán de la Guardia de Astria..." dijo el anciano sentado
en el trono. Su voz parecía agradable, con una nota áspera de
ronquera, seguramente fruto de un resfriado o una pulmonía que
no había curado bien.
El hombre que era el heredero, un joven de unos veintisiete
años, pelo y ojos oscuros, perilla y bigote, se volvió hacia su
padre.
"No debería cansarse hablando, padre... Ya me puedo ocupar
yo de nuestros huéspedes..."
"¡Paparruchas! Estaré viejo, pero aún tengo muchas cosas
que hacer y que decir en este país, hijo" replicó el
anciano con energía. La visión que Hitomi se había formado de
rey débil e indefenso se esfumó en un instante; se veía que
era un anciano con mucho carácter... por lo visto, más del que
su hijo quisiera...
"Pero padre..." intentó replicar, sin saber dónde
meterse. No le gustaba nada que el viejo lo humillase delante de
la corte de aquella forma.
"Nada de peros. Tengo entendido que el rey de Fanelia
también está aquí..." empezó, intentando incorporarse
para poder ver mejor las caras de las personas ante él. Van se
adelantó con presteza.
"Sí, majestad, soy yo"
El rey lo miró de arriba abajo, y rió con satisfacción.
"Ah, sí, ya te recuerdo. Te pareces mucho a tu padre... el
bueno de Goau.... ¡la de partidas de dados que le gané cuando
éramos jóvenes!" recordó el rey, sonriendo al hacerlo.
"Aquellos viejos tiempos... ¡esos sí eran buenos!"
dijo, colocándose mejor en el cojín del trono; "éramos
luchadores, gente sencilla que nos preocupábamos por nuestra
gente, nuestros guy melefs y nuestras espadas... Por cierto, Goau
manejaba el melef más fascinante que jamás haya visto...
espera, ¿cómo se llamaba? ¿Escalane?"
"Escaflowne" aclaró Van, divertido ante el intento de
rebautizar a su melef. "Todavía sigue en pie, y combatí
con él durante la Guerra de Gaea" añadió el joven.
"Ah, claro. Hace dos años yo estaba un poco enfermo... nada
importante" empezó el rey.
"¡Padre! ¡Estuviste a punto de morir con aquella
pulmonía!" protestó el joven heredero.
"¡Tonterías! Un rey no se muere de una pulmonía... sería
absurdo" replicó el rey, que al parecer disfrutaba
contradiciendo a su hijo. Después su expresión se suavizó un
poco; "Bueno, puesto que son tus invitados, querida Eries,
supongo que querrás hablar con ellos a solas, pero después de
la comida, si no te importa, ¿verdad?" dijo, mirando con
cariño a su nuera. La mujer sonrió al anciano.
"Por supuesto, padre. Ya tendremos tiempo para
hablar..." dijo, mirando a Allen por unos instantes.
Después acudió junto al anciano para ayudarlo a levantarse con
la colaboración de su esposo, mientras los cinco visitantes eran
casi arrastrados por la nobleza de la corte, que acudía en un
desordenado tropel hacia el comedor, intentando salir con los
pies libres de pisotones y los vestidos enteros y sin
desgarrones. Hitomi se asió a la mano de Van intentando no
perderse entre aquella jungla de plumas, vestidos y abanicos.
Verdaderamente aquello no era para ella...
Horas más tarde Eries se paseaba por uno de los pasillos
acristalados del castillo, cerca de la torre en la que se
alojaban todos los visitantes. El pasillo estaba tenuemente
iluminado por antorchas, cuya luz transformaba las vestiduras de
color marfil de la princesa en ropajes de color dorado y
anaranjado. Llevaba recogido el largo pelo rubio en un complicado
peinado, dejando algunos mechones libres, que caían suavemente
en forma de cascada por su espalda. [Aunque parezca increíble],
la joven ya no llevaba aquellos adornos en las orejas, para lucir
unos delicados pendientes de cristal, que brillaban cada vez que
la luz del fuego se posaba en ellos.
Allen permaneció en las sombras, contemplando en silencio a la
joven princesa. Eries los había citado a todos allí para hablar
con ellos, pero había solicitado al caballero celeste que
viniese primero. La princesa se volvió hacia él.
"Me alegra saber que decidiste aceptar mi invitación,
Allen. ¿Cómo están todos en casa?" preguntó Eries con su
voz frágil y delicada.
"Todos perfectamente, princesa. ¿Acaso debo pensar que no
sois debidamente informada de lo que pasa en vuestro país
natal?"
La joven movió la cabeza negativamente con gesto cansado.
"No se trata de eso. Deseaba información de primera
mano" explicó, mientras se volvía hacia el ventanal;
después, bajando la voz hasta convertirse en un susurro,
prosiguió: "¿Se han reconciliado ya Millerna y Dryden?
Cuando yo me fui la situación prometía una mejora..."
"Y en efecto, la hay. Millerna parece cada vez más feliz
cuando... un momento, ¿no estaba Millerna de visita aquí hace
unos días?" preguntó el caballero, recordando la causa por
la que no habían encontrado a Millerna en Palas hacía un par de
días. Eries suspiró.
"Sí, se marchó ayer por la mañana, pero cuando se lo
pregunté no quiso decirme nada... dijo que las cosas aún
podían cambiar mucho, y que no quería dar esperanzas que
podían ser falsas..." dijo la princesa, mirando la luna
junto a la Luna de las Ilusiones, brillando como una joya azul;
"Millerna aún tiene mucho que aprender... sigue dándole
prioridad al amor en una relación así, y eso es algo que una
princesa no se puede dar el lujo de escoger"
"¿Quiere eso decir que no sois feliz en vuestro
matrimonio?" preguntó Allen, mirando con compasión a la
cabizbaja princesa. Ésta movió la cabeza, sin que quedase
demasiado claro si le estaba contestando, o si le indicaba que
dejara el tema.
"¿Ha habido alguna princesa feliz en su matrimonio? Si la
hay, en verdad la envidio" dijo en voz baja y un poco
áspera; se volvió al caballero, sus ojos brillantes.
"Allen, las princesas no deberían preocuparse por su propia
felicidad... es un acto egoísta ponernos a nosotras mismas antes
que al pueblo, de quien somos defensoras y representantes.
Millerna... para ella nunca ha sido fácil renunciar a sus
propios deseos, al amor..."
"Nunca es fácil renunciar al amor" añadió el
caballero, pensando por primera vez en dos años en Marlene.
"Lo sé" se limitó a decir Eries, mirando a Allen con
tristeza. El caballero alzó la mirada y se cruzó con la de la
princesa, que permanecía de pie, su piel bronceada por efecto de
las antorchas. Por unos momentos no dijeron nada.
"¿Princesa Eries? ¿Está aquí?" se escuchó decir a
una voz por el pasillo, a la izquierda de donde se encontraban
los dos jóvenes.
"Hitomi, estás segura de que era por aquí?" preguntó
una voz masculina en japonés [por lo q nadie la pudo entender a
parte de Hitomi], "Porque me parece que llevamos un rato
dando vueltas..."
"Sería más práctico si pusiesen indicaciones en las
esquinas" comentó una tercera voz, que parecía un poco
acatarrada.
"Oh, venga, Yukari. No creo que este castillo esté abierto
a las visitas de turistas" replicó la primera chica,
divertida.
Allen se volvió hacia la izquierda. "Hitomi, estamos
aquí"
En pocos momentos aparecieron los tres amigos y Van, que cerraba
la marcha en silencio.
"Perdón por retrasarnos... es que nos hemos perdido"
se excusó Hitomi. Después se quedó en silencio, sin saber qué
decir. Eries sonrió.
"Me alegro de volver a veros. ¿Estáis cómodos en vuestras
habitaciones?" preguntó cortésmente. Después de la
obligada traducción, los tres jóvenes de la Tierra asintieron
con vehemencia.
"Os agradezco vuestra hospitalidad, princesa Eries"
contestó Van. "Vuestro país es muy hermoso"
"Estáis invitados a permanecer en él cuantos días
queráis" invitó la joven con un suave ademán.
"Princesa, sería un gran placer pero no puedo demorarme
mucho tiempo aquí. He dejado a mi país a causa de una urgencia,
y debo regresar a él para retomar mis responsabilidades de
nuevo" explicó Van rápidamente. Eries movió la cabeza.
"Lo entiendo... Sin embargo, al menos os quedaréis como mis
invitados unos días, ¿verdad? Así podréis explicarme que os
ha traído tan cerca de Chezario" dijo la princesa.
"Mañana será un buen día para explicar todo lo que ha
ocurrido" declaró Allen, mientras se movía junto a Hitomi
y colocaba sus manos sobre sus hombros en un gesto protector. La
joven miró a Van, incómoda, pero éste miraba por la ventana.
"Por supuesto" corroboró Eries, sin que se le pasara
por alto el gesto del caballero. "Por cierto, ¿por qué no
ha venido tu hermana, Allen? Sé que le hubiese gustado"
"Serena se quedó en Palas" dijo el joven, un poco
bruscamente. "No le gusta demasiado el protocolo de la
corte..."
Al ver a Amano bostezar discretamente, la expresión de la
princesa se suavizó. "Estáis cansados... será mejor que
no os entretenga más y vayáis a vuestras habitaciones... Buenas
noches" dijo, mientras ella misma se volvía con lentitud
para abandonar el amplio ventanal, pero en dirección opuesta a
la que ellos tenían que tomar.
Yukari se quedó pensativa unos momentos después de escuchar por
boca de su amiga la traducción de lo que se estaba diciendo.
"Hitomi, ¿podrías preguntarle algo a la princesa?"
preguntó en un susurro; "¿Por qué se rieron de nosotros
cuando llegamos a la sala del trono?"
La joven de ojos verdes se apresuró a detener a Eries unos
momentos para traducirle la pregunta de Yukari, y ésta no pudo
por menos que esbozar una sonrisa.
"Porque, al imitar a Allen y a Van... hicisteis la
reverencia que hacen los hombres"
Continuará...
Notas de la autora: ¡Hola! Ya lo siento, este capítulo me
salió muy largo... espero q no se haya hecho pesado, me sigue
costando mucho lo de saltarme las descripciones ^^U. ¿Qué os ha
parecido? Vaya carácter, el de Nozomi... Me lo estoy pasando
bomba para escribir todo esto, pero la verdad es q me da pena no
ser muy buena para relatar momentos cómicos... aparte de q la
historia no se presta mucho -_-U...