La Visión de Escaflowne II:
TENSHI NO YUME


Capítulo 8: La Fuerza del Compromiso

 

La sala estaba en silencio; nadie se atrevió a moverse después de la precipitada salida de Nozomi. Van se removió, inquieto, mirando en dirección a Hitomi, quien había caído de rodillas silenciosamente, y presentaba un aspecto derrotado y hundido. Pasados unos segundos, Arien se levantó tranquilamente de su trono, y Rigel se incorporó tras la princesa.
"Bueno, está claro que la chica quiere quedarse con nosotros, así que, si nos disculpan, señores, nos vamos. Tenemos que llegar a la ciudad antes de que se haga noche cerrada" dijo como si nada hubiese pasado. Los atlantes que estaban arrodillados en la sala la imitaron, y pronto todos estuvieron preparados para dejar el templo.
"Espera" dijo de repente Hitomi entrecortadamente. Arien la miró, sorprendida.
"Vaya, señorita Hitomi, ¿qué quiere ahora?" dijo la mujer en tono apresurado, como dando a entender que no tenía mucho tiempo que perder con las preguntas de la joven. Hitomi hizo caso omiso del comentario de la princesa, y prosiguió.
"Quiero ir a hablar con Nozomi de todo esto. Creo que puedo arreglar las cosas" dijo la joven, secándose los ojos enrojecidos. Arien la miró de hito en hito, asombrada. ¿De qué estaba hecha esa chica? Era persistente como la que más. Pero no podía permitir que Hitomi arruinase todos sus planes. Sin embargo, ¿cómo decirlo de forma no demasiado evidente? Seguramente había una, pero la princesa no tenía tiempo de pararse a pensar. Estaba cansada y con ganas de volver a Arkan lo antes posible.
"No servirá de nada. La chica no quiere volver con vosotros, eso es todo. Mejor abandonar, porque Nozomi se quedará en Inacra hasta que sea necesario" declaró bruscamente, dejando entrever que su hospitalidad con la joven obedecía a algún secreto interés; "Y ahora, os ruego que nos disculpéis, debemos apresurarnos y no podemos perder ni un momento más"
El tono había sido agrio y un poco cortante. Después hizo una pequeña reverencia, y salió de la estancia, mientras Van, Allen, Gaddes y Amano se incorporaban del suelo para dejar el camino libre.
Cuando todos ellos hubieron desaparecido, Van fue al lado de Hitomi y apoyó su mano en el hombro de la joven.
"¿Estás bien?" preguntó en voz baja. La joven asintió con aire ausente. Se había quedado desconcertada ante la insistencia de la mujer; parecía que era muy importante para ella que Nozomi no volviese a la Tierra. De pronto Hitomi se dio cuenta de que había algo en ella que le era familiar... muy familiar...
"¡Es la mujer de mi visión!" exclamó de repente. "¡Por supuesto! Ella era la mujer que me vio, aunque yo estaba en una visión. Ella tenía el colgante... Arien de Inacra..." dijo Hitomi, bajando la voz en tono pensativo. <Sé que no fue totalmente sincera con nosotros... pero me pregunto cuáles serán sus verdaderas intenciones, y cómo encaja Nozomi en todo esto>
Yukari no había dicho ni una palabra en todo el rato. Seguía pensando en lo que su compañera había dicho de Hitomi. Errores fatales... Una guerra, causada por su mejor amiga. ¿Qué era todo aquello? Se volvió hacia la joven junto a Van para preguntarle su versión de los hechos, pero cuando vio la palidez de su amiga y sus ojos enrojecidos por las lágrimas, decidió que era mejor dejar el tema, o al menos por el momento. Amano se acercó a ella.
"Yukari, ¿qué crees que está pasando? ¿Qué vamos a hacer ahora, si Nozomi no quiere volver a la Tierra?" preguntó el joven en voz baja.
La chica a su lado movió la cabeza lentamente.
"No lo sé, Amano... no lo sé..."

La joven cabalgó sin descanso durante más de una hora. Pasó sin detenerse a mirar con tranquilidad los espectaculares bosques en sombras, tenuemente iluminados por la luz que emitía el cielo, ya puesto el sol, de una bella tonalidad lavanda. Tampoco pudo ver cómo la incompleta redondez de la luna aparecía tímidamente sobre los riscos de las montañas, tiñéndolo todo de plata. La joven quería perderse en el rítmico galope del caballo, concentrarse únicamente en no caerse y romperse algo. El viento le azotaba la cara y le revolvía el pelo salvajemente, pero la chica no lo notaba. Las manos se le estaban entumeciendo a causa del frío, y sus nudillos estaban prácticamente blancos de tanto apretar las crines rubias de Imbar.
<Soy idiota. ¿Por qué he tenido que ponerme tan borde? ¿Qué tengo que hacer? ¿A quién debo escuchar?> pensó desesperadamente, sintiendo un insoportable martilleo en sus sienes. Pero cuando la mandíbula apretada empezó a dolerle decidió intentar cambiar de pensamientos. Se concentró en lo primero que tenía a mano: Imbar, el dorado caballo que montaba.
"Debes estar cansado..." murmuró la chica, decidiéndose a soltar una mano y a palmear el cuello del caballo. Éste pareció reaccionar al roce de su palma abierta casi de forma eléctrica. Por fortuna Nozomi se asió rápidamente a las crines con ambas manos, centrada en permanecer encima del caballo, y no encima de la tierra del camino. Poco a poco empezó a sentirse cansada; las piernas le dolían mucho, y también los brazos. Sintió un pequeño dolor en su mano izquierda, pero no le dio importancia. La chica emitió un gemido ahogado; ahora también le dolía un poco la cabeza.
<Dios mío, quiero que esto pare. Quiero llegar a la ciudad y dormir. Quiero olvidarme de todo esto, es absurdo> pensó, exhausta.
En aquellos momentos percibió que el avance del caballo se hacía más lento, hasta llegar a pararse. Nozomi alzó la cabeza, esperanzada; en efecto, las luces verdosas de la ciudad brillaban no muy lejos de donde se encontraban. La chica sonrió, y se frotó los ojos para despejarse un poco hasta llegar a su destino. <Bueno, ya queda menos... cuanto antes lleguemos, mejor> se dijo. Enredó de nuevo sus aturdidos dedos entre las crines, y el hermoso caballo partió hacia la ciudad, esta vez a un relajado paso, que la chica realmente agradeció. Pero aunque estaba cansada y la cabeza le pesaba, no pudo por menos que notar que el pobre animal cojeaba ligeramente.
No habían pasado ni diez minutos cuando Imbar penetró en el fragante jardín de la residencia de Arien. Habían atravesado la ciudad iluminada por incontables luces de una tonalidad verdosa, cuyo origen había intrigado a Nozomi desde la primera noche que los había visto. Había podido comprobar que en algunos hogares sus habitantes aún no se habían retirado a dormir, y sus ventanas brillaban con diferentes tonalidades de luz.
La joven se deslizó [o más bien casi se dejó caer al suelo] de la grupa de Imbar, sintiéndose completamente exhausta. Palmeó de nuevo el cuello del animal con agradecimiento.
"Gracias por traerme entera, Imbar. Ahora ya no te necesito más, puedes irte a descansar" murmuró la chica, sintiéndose un poco estúpida por estar hablándole a un caballo. Sin embargo el inteligente animal sacudió la cabeza, y con un suave relincho desapareció entre los arbustos y árboles de los jardines. La joven sonrió y se volvió hacia la casa de Arien. De repente sintió la palma de su mano derecha húmeda, cuando la observó de cerca, comprobó que un pequeño hilillo de sangre corría por su mano. <Bueno, me lo habré hecho agarrándome como una condenada al pobre caballo. Ahora lo único que quiero es descansar y...>
Pero comprobó con extrañeza que ya no estaba cansada. Era como si le hubiesen quitado un peso de encima, y se sentía, si no fresca y en plena forma, al menos demasiado excitada y activa como para irse a dormir. <Qué raro... ¡si estaba hecha polvo por el camino!> pensó, desconcertada. <Bueno, pues pasearé un rato, a ver si me entra el sueño... así quizás también le de tiempo para llegar a la princesa... supongo que vendrán todos detrás de mí> decidió, aspirando el aroma de los jazmines de invierno que florecían a su alrededor.
Se arrebujó en la cálida capa que seguía en sus hombros, un poco fuera de sitio a causa de la cabalgada; el aire de la noche era frío, y Nozomi estornudó sonoramente. Caminando lentamente entre el murmullo de las fuentes y las sombras de los árboles, llegó a un pequeño balcón iluminado por la luz de la luna. Construido al pie del cañón del río Kandia, el recogido mirador daba al Pico del Dragón, sumido en sombras. Nozomi suspiró, apoyándose en la barandilla de mármol con suavidad.
<Me pregunto si todo esto es un sueño> se dijo a sí misma, sintiendo una gran tranquilidad interior. La brisa agitó sus vestidos, aún sucios del barro del camino. En aquellos momentos la joven escuchó algo en el viento; se irguió con presteza, intentando identificar de dónde venían aquellos sonidos. Era una melodía, una flauta de pastor, por lo visto en Inacra se apreciaba mucho aquel instrumento. Sin embargo, aquella canción no se parecía a ninguna que la chica hubiese escuchado antes. Vibraba, estaba henchida de sentimiento. Nozomi escuchó atentamente; había melancolía, si no dolor, en aquellas notas solitarias. Era como una llamada. La joven miró a su alrededor, intentando identificar la procedencia de la melodía. Con sorpresa se dio cuenta de que el viento la traía desde el Pico del Dragón. La estaba llamando. Nozomi sopesó la idea que estaba empezando a tomar forma en su mente.
<¿Debería intentarlo?> se preguntó, dirigiendo su mirada a lo alto del risco.
La luna se ocultó tras las nubes por unos momentos. La sombra de Nozomi se vio alterada por un mar de plumas que se esparcieron por el suelo, y después empezaron a danzar alrededor de la joven, que las veía sin mirarlas realmente. Sus ojos estaban llenos de duda, pero sin embargo tomó una de las plumas con delicadeza. Cuando la luna volvió a salir de detrás de la nube, comprobó que el brillo que emitían no era el que ella se esperaba.
<Pero... ¿qué es esto? ¿Son... son grises?>
Intentó mirar fijamente el par de alas que habían aparecido en su espalda. Un poco sorprendida de que aquello hubiese funcionado, se cercioró una vez más del color de sus alas. En efecto, eran grises. De un gris pálido, casi de un tono plateado, pero grises al fin y al cabo. Sin embargo, la joven decidió no darle mayor importancia, y se concentró en seguir las instrucciones que le había dado Messara, la joven que la había atendido al recuperarse, para utilizar sus alas. 'La clave está en el deseo. Si deseas con todas tus fuerzas, todo lo que pidas sucederá' le había asegurado la joven.
<Muy bien, vamos a probar este invento> se dijo la joven, intentando tranquilizarse. Escuchó de nuevo la melodía, y empezó a elevarse por los aires. La chica miró hacia abajo, extasiada y jubilosa. Soltó una carcajada de placer. "¡Uau, esto funciona de verdad!" exclamó con alegría, sintiéndose un poco ridícula por estar hablando sola. Pero no era nada comparado con la sensación de poder volar. Se sentía como un ciego al que de repente le habían devuelto la vista, un sordo a quien se le había otorgado de nuevo el mundo de los sonidos. <Ligera como una pluma> pensó en tono bromista. Flotaba, había dejado el mundo que conocía para internarse en los misterios de los cielos, que ahora se abrían ante ella como un reto, una tentadora invitación que la joven no quería, ni podía, resistir.
<Bueno, y ahora, hacia el Pico del Dragón> se dijo a sí misma, sintiendo en ese mismo momento que se ponía en marcha. Como si conociese el camino de toda la vida, la joven se perdió entre las sombras, rumbo al lugar de origen de aquella melodía que seguía sonando en medio de la noche.
Ascendió sin esfuerzo por los aires, observando las formas oscuras de los árboles, que se agitaban entre susurros a causa del viento. Nozomi aspiró una profunda bocanada de aire, y miró a su alrededor, las luces de la ciudad empequeñeciendo por momentos bajo sus pies. Pero al mirar a su izquierda se encontró con una verdadera columna de niebla que desdibujaba por completo lo que yacía más allá de la ciudad, remontando el curso de río Kandia. La joven recordó haber visto esa neblina desde Inacra, extrañada, puesto que se comportaba de forma insólita: era como si aquella nube permanente no se atreviese a extenderse sobre la ciudad, y se conformare con ocultar celosamente lo que había más allá. Nozomi se detuvo un momento en su ascensión, intentando penetrar en la columna de niebla sin éxito. <Me pregunto qué habrá detrás... ¿Lucirá allí el sol?> se dijo la joven, olvidándose por unos instantes de la causa de su viaje nocturno. Pero pronto la melancólica canción volvió a ocupar sus pensamientos, así que remontó el vuelo de nuevo, sintiéndose por unos momentos como un kami [los kamis son las deidades de Japón, a menudo asociadas con los fenómenos de la Naturaleza ^_^]
La melodía se iba haciendo cada vez más nítida y fácil de escuchar. Cuando pensaba que ya no llegaría a ninguna parte, ante los ojos de la joven apareció por fin una construcción. Nozomi se posó suavemente en el suelo, y decidió recoger sus alas. No había ninguna luz en la explanada a parte de los círculos de luciérnagas que revoloteaban entre los árboles y las columnas cercanas. La joven reconoció perfectamente en el lugar en que se hallaba al Omphalos, la morada del Oráculo. El recuerdo del joven serio volvió a su mente, así como lo nerviosa que había estado la primera vez que estuvo allí. Ahora, si tenía que ser sincera consigo misma, también lo estaba.
<¿En qué estaría pensando? Vaya idiotez, seguir la música como si fuese una colegiala...> pensó, arrepentida de haber volado hasta allí. Casi decidida a volver por donde había venido, se giró para emprender el regreso, pero en aquel momento la melodía volvió a sonar, más cercana que nunca. Volvió la cabeza con curiosidad, avanzó unos pasos, intentando al menos determinar de dónde venía.
Sus pisadas no hicieron ruido en el hermoso pavimento de la avenida de columnas. Se internó por ésta, manteniéndose cerca de los extremos, y siguiendo el curso del pequeño riachuelo que cruzaba el camino. Llegada a un grupo de árboles, se intentó ocultar un poco y miró tímidamente desde detrás del tronco de un árbol. Junto al nacimiento del riachuelo, que brotaba de una roca, se encontraba alguien sentado, tocando la flauta. Nozomi se sobresaltó cuando comprobó, gracias al débil resplandor de la luna, que era el joven al que llamaban Oráculo.
De pronto se sintió tímida de nuevo. <Ahora no puedo interrumpirlo... sería como decirle que lo he estado espiando...> pensó, mordiéndose el labio. El joven seguía absorto en su canción; parecía estar ajeno a cualquier otra cosa que no fuese su flauta. Nozomi suspiró silenciosamente, y puesto que no se atrevía ni a dejar el lugar, ni a avanzar más, se dejó caer suavemente al suelo, cerrando los ojos. Ese era un buen momento para pensar.
<Quizás he sido un poco brusca con Hitomi... Me he portado como una niña pequeña haciendo una rabieta. Al fin y al cabo, es cierto que mis padres estarán preocupados... Tal vez tengan razón; ¿debería volver con ellos? Pero ahora soy una atlante... y ellos pueden curarme y ayudarme a controlar mi problema...Mmm... un momento....> se dijo pensativamente, <Tal vez pueda hacer las dos cosas a la vez. Si primero vuelvo y les digo que estoy bien, y después regreso aquí, ¿no sería bueno así para todo el mundo? También podría disculparme con Hitomi... esta tarde me he pasado un poco, parecía muy dolida...>
"¿Te encuentras bien?"
Nozomi abrió los ojos bruscamente, sobresaltada por la voz que acababa de sonar a su lado. Intentó incorporarse, pero resbaló y terminó en el suelo otra vez. Alzó los ojos lentamente, para encontrarse con el joven, de pie frente a ella. Sostenía la flauta con su mano izquierda, y tenía la derecha tendida hacia la muchacha, para ayudarla a levantarse. La joven la tomó lentamente, avergonzada de que la hubiese descubierto después de todo. Intentó justificarse apresuradamente.
"Yo... lo siento, es que escuché música sin saber de dónde venía, y tuve curiosidad... No quería interrumpirte, lo siento. Ahora me iré..." empezó Nozomi, soltando la mano del joven. Se sacudió el polvo de encima, y se disponía a dar la vuelta cuando la mano del muchacho se posó sobre su espalda. La chica se quedó helada. <Bueno, ¿y ahora qué quiere?> pensó, insegura.
"¿Has venido volando?" se limitó a preguntar. Nozomi se lo quedó mirando, extrañada.
"Pues... sí. ¿Por qué lo preguntas, es que no puedo?" inquirió, sin saber muy bien si había normas que no se podían quebrantar en Inacra.
"No es que no puedas, es que nadie suele venir a solas aquí después de la puesta de sol" explicó el joven.
"Entonces, ¿qué haces tú aquí?" preguntó Nozomi con curiosidad. El aire de seriedad que envolvía a aquel muchacho la intrigaba. Éste sonrió, casi tristemente.
"Yo vivo aquí"
"¿Solo?" interrogó la chica, incrédula. <Pues vaya una vida triste...>
El joven asintió quedamente, pero no dijo ni una palabra. Nozomi esperó unos segundos, sin saber qué decir para romper aquel silencio.
"Y ¿nunca te aburres? Quiero decir, estar siempre aquí arriba..." empezó, insegura. El joven se encogió de hombros.
"Ser el Oráculo de Inacra es un honor muy grande..." replicó, desviando la mirada hacia abajo. "La gente acude a mí para resolver sus problemas, y no tengo tiempo para aburrirme"
La muchacha lo miró, extrañada, pero no dijo nada. El joven se volvió hacia ella.
"Pareces desorientada. ¿También tienes problemas que quieras consultar con el Oráculo?" preguntó con voz seria de nuevo, la voz que Nozomi había escuchado la primera vez que fue allí. Pero ella negó con la cabeza apresuradamente.
"No, gracias... no tengo problemas.... bueno, sí, pero no quiero el consejo de ningún Oráculo" declaró, nerviosa. Después miró al joven; "No es por ti, es que no creo en el destino"
El atlante sonrió cansadamente, y cerró los ojos por un momento. Temerosa de haberlo ofendido, Nozomi se excusó de nuevo.
"Siempre me ha gustado resolver mis problemas sola... ya estoy acostumbrada"
"¿Y ya lo has resuelto?" preguntó el joven con interés. La chica titubeó.
"Bueno... no exactamente... pero creo que al menos ya he encontrado la forma de hacerlo. Siempre y cuando me den la ocasión de disculparme..." dijo Nozomi en tono pensativo. "¿Sabes tú lo que va a pasar?" preguntó la chica a renglón seguido.
"¿De verdad lo quieres saber?"
La joven suspiró. "No, supongo que no... gracias de todas formas. Parece que tu música me ha ayudado a aclararme las ideas" dijo con una sonrisa. "Pero también me ha dado sueño, así que creo que tendría que volver... al fin y al cabo, nadie sabe dónde estoy"
El joven no dijo nada, pero sonrió a su vez.
"La princesa está preocupada por ti" declaró, mirando al cielo. Nozomi empezó a alejarse unos pasos.
"Entonces gracias de nuevo..." dejó la frase incompleta, mirándolo con gesto interrogador.
"Todos me llaman El Oráculo" especificó él, pero la chica sacudió la cabeza.
"No, eso no es un nombre. Es como si a Arien la llamaran solamente 'La princesa'. Sería estúpido"
El joven sonrió, divertido. "Si lo prefieres, puedes llamarme Anshar"
Nozomi asintió, se despidió con un gesto de su mano. Después volvió corriendo al principio de la avenida, y deseando con todas sus fuerzas la aparición de sus alas, emprendió el camino de regreso muy apresuradamente, sintiéndose helada de frío, pero contenta de tener al menos algo para solucionar sus problemas más inmediatos.

El sol del mediodía brillaba sin calentar el invierno en las montañas. Pronto dejarían atrás la extraña franja de la Tierra de Nadie, que según aquellos atlantes era su país, para entrar en el territorio de Chezario. Allen, Van, Hitomi, Yukari y Amano estaban reunidos en torno a una mesa rectangular, ponderando la situación e intentando decidir qué hacer.
"¿Vamos a dejar a Nozomi en manos de esos seres?" preguntó Yukari a Hitomi, en tono preocupado. Ésta se encogió de hombros. Seguía un poco chafada a causa de las acusaciones de su compañera, pero por fortuna cuando se lo había explicado a Yukari, ésta lo había entendido perfectamente, y no la había culpado de lo sucedido.
"¿Y qué otra cosa podemos hacer? Si eso es lo que quiere..." dijo con resignación; "Sin embargo, lo que me preocupa no es que no quiera volver con nosotros, sino que no quiera regresar a la Tierra. ¿Y si se arrepiente y para entonces ya nos hemos ido? ¿Cómo volverá?"
"Lo primero que tendríamos que decidir ahora es a dónde vamos" terció Allen, que aún no había puesto rumbo a ningún lugar en concreto. "¿Cuánto tiempo vais a quedaros esperándola?"
Hitomi tradujo para Amano y Yukari, y después se quedó pensando por unos momentos. Después se encaró con sus dos amigos.
"Escuchad; la primera vez que desaparecí de la Tierra para venir a Gaea, ¿cómo lo llevó mi madre? ¿Estaba preocupada?" les preguntó con interés.
"No, ella no... ¡nosotros éramos los que estábamos preocupados!" exclamó Yukari con el ceño fruncido. Hitomi sonrió, instando a sus amigos a seguir.
"Ella fue la que nos tranquilizó... al parecer te veía en sueños aquí, en este planeta, y sabía que estabas bien" dijo Amano; "Nos dijo algo más, algo sobre tu abuela, pero no lo recuerdo muy bien..."
Hitomi sonrió, aliviada; ahora ya podía estar más tranquila. Recordó que al volver a casa le había llegado a contar un par de cosas sobre Gaea a su madre, pero estaba tan absorta en sus recuerdos que nunca le preguntó si se había preocupado o no; ahora al menos ya sabía que no había sido así.
"Bien, en ese caso podemos esperar un poco aquí, por si Nozomi cambia de opinión. Un par de semanas, quizás... ¿os parece bien a los dos? Porque estoy segura de que, si mi madre os explicó lo que ocurría a vosotros, también tranquilizará a vuestros padres" propuso la joven, buscando la confirmación de sus dos compañeros. Ambos se miraron dubitativamente, pero tras unos segundos de vacilación, los dos asintieron.
"Comandante, una nave de Chezario se acerca a nosotros" anunció la voz de Gaddes desde el exterior de la habitación. Allen se puso en pie y se dirigió hacia el puente de mando. En efecto, una hermosa nave que ostentaba la bandera blanca y roja de Chezario se acercaba a ellos. El caballero observó con concentración las señales luminosas que estaban mandando desde la nave. Tras unos instantes, Allen se volvió hacia su tripulación, atenta a lo que tenía que decir.
"Quieren hablar con nosotros. Preparad la nave" ordenó con voz autoritaria, mientras Hitomi, Van y los demás entraban en el puente de mando. Van se acercó para ver lo que estaba pasando; estaba a punto de hacer algún comentario acerca de estar preparados para cualquier cosa, pero se mordió la lengua a tiempo y no dijo nada.
Esta vez fueron ellos los que acudieron a la otra nave para conocer sus intenciones. Allen, Van y Gaddes dejaron a todos los demás en el Crusade, a la espera de noticias. Después de escasos minutos regresaron con aire satisfecho. Hitomi avanzó hacia ellos impacientemente.
"¿Qué querían?" preguntó con curiosidad. Allen sonrió serenamente.
"Estamos invitados por su majestad la princesa Eries de Chezario a visitarla en su palacio, no muy lejos de aquí, y pasar unos días con ella en el país. Parece ser que sería una falta de educación no corresponder a la invitación" explicó el caballero mientras enrollaba un par de mapas que había desparramados encima de la mesa.
"¿Qué está pasando, Hitomi?" murmuró Yukari con curiosidad.
"Nos vamos a visitar a una princesa" replicó la joven sencillamente, sin saber si alegrarse o impacientarse. No había tenido nunca la oportunidad de conocer a Eries a fondo, tan solo la había visto un par de veces durante su estancia en Astria. Por lo que le había contado Millerna, se había opuesto a que la joven fuese médico, y anteponía las necesidades del pueblo antes que las suyas propias. <En eso se debe parecer un poco a Van... también considera prioritario al pueblo> se dijo Hitomi, sonriendo para sí mientras observaba al joven, que miraba el horizonte con la mirada perdida.

La capital de Chezario parecía sacada de uno de los libros de historia medieval [europea, claro] de Amano; las callejuelas estrechas y las fuentes en las plazas, el rudimentario pero bonito empedrado hacían que los tres jóvenes terrícolas se sintiesen transportados en el tiempo. Alzando la vista, más allá de las casas de madera oscura y piedra recubiertas de hiedra, se alzaba el magnífico castillo real de la ciudad, Ogham. Aunque por la piedra empleada podía parecer un poco tosco al principio, cuando se prestaba atención a los magníficos torreones o al delicado labrado en la madera de los marcos de las ventanas, se podía llegar a apreciar todo el trabajo y el refinamiento que ocultaba en su interior.
Habían dejado el Crusade en el puerto de la ciudad, al cuidado de Gaddes y del resto de la tripulación, mientras que el grupo de cinco personas restantes se adentraba en el complejo pero hermoso trazado de la capital.
Yukari se echó a un lado para no ser arrollada por un hombre montado a caballo, ostentando una pesada espada colgando del cinto y una lanza corta en la silla de montar, lista para ser usada. Sin embargo pasó a tanta velocidad que unos segundos después del que hubiese podido ser un accidente, tan solo se podía escuchar el repiqueteo de los cascos del corcel en el suelo.
"¡Vaya unos modales! ¡Podría haberme matado!" protestó Yukari, tosiendo a causa del polvo que el hombre había levantado, y disculpándose por casi haber tirado a Van al suelo. "¿Habéis visto esa espada y esa lanza? Y, por la pinta que tenía, me parece que no las usará precisamente para cortar leña o hacer pollos al ast" comentó, involuntariamente impresionada. Hitomi rió, divertida, explicando a Van y a Allen lo que su amiga había dicho. Poniéndose fuera del camino de otro carruaje [parece ser que en Chezario no hay guardias de circulación -_-U], tomaron una callejuela empinada, cuyas casas parecían más grandes y elegantes que las que habían visto en la zona anterior.
"Esta es la zona donde vive la nobleza" explicó Allen, señalando las hermosas tallas de monstruos mitológicos [bueno, eso sería en la Tierra, porque vete tú a saber qué es mitológico y qué real en Gaea ^^U]; "Chezario es una de las monarquías más antiguas de toda Gaea, y desde tiempos inmemoriales ha sido cuna de los mejores caballeros de Gaea" puntualizó el caballero.
A su lado pasó un muchachito de unos diez años escasos con un halcón posado en su puño izquierdo y un puñal largo en su cinturón. Allen lo detuvo un momento con un gesto autoritario pero amable.
"¿Es este el camino para llegar al castillo, muchacho?" preguntó el caballero. El chiquillo miró primero la reluciente espada de Allen y después la cara del hombre; por su expresión parecía estar profundamente impresionado, como si un chiquillo de la Tierra hubiese conocido cara a cara en la calle a su ídolo del deporte, o al actor de moda de la temporada.
"Claro, señor caballero. Se llega al castillo desde todas partes" dijo, su voz teñida de admiración. Saltaba a la vista que estaba feliz de haber podido dar consejo a un caballero de verdad. Riendo alegremente, se marchó corriendo calle abajo después de que Allen le diese las gracias y una pequeña moneda de cobre.
Aunque la realeza había mandado una escolta a puerto para recoger a los recién llegados, Allen les había dado instrucciones de dejarlos solos; el joven rubio prefería tomarse su tiempo para dejar a punto el Crusade y buscar una buena posada para sus hombres, que preferían el pueblo al castillo. El Caballero Celeste sabía manejarse solo, y en general prefería eludir las escoltas de cualquier tipo. Era él quien encabezaba la marcha, seguido por Van e Hitomi; apretando el paso tras la pareja andaban Yukari y Amano, con los ojos abiertos como platos a cada sorpresa que se encontraban.
"Oye Van, ¿tú habías estado aquí antes alguna vez?" preguntó Hitomi al joven que caminaba con vigor a su lado. Cada vez que lo miraba no podía por menos que sentirse fascinada por los cambios operados en Van. Por primera vez se fijó en la sombra que oscurecía su mandíbula, dándose cuenta de que era el inicio de una barba. Se rió, divertida al imaginar cómo se vería al joven con bigote y barba. Éste la miró, extrañado ante su súbita sonrisa.
"Sí, había tenido que acudir a Ogham poco después del inicio de la reconstrucción de Fanelia... teníamos que sellar un pacto para que nos suministrasen metales con los que forjar herramientas... Hitomi, ¿me estás escuchando?"
La joven se había quedado absorta contemplando al joven. Se sonrojó, avergonzada. <Me estoy portando como una completa idiota> pensó, aunque no podía sentirse furiosa consigo misma porque estaba demasiado feliz para eso. Seguía sin poder convencerse de que no se encontraba dentro de un sueño, una visión, una mera fantasía que desaparecería sin dejar rastro.
"Pe...perdón" tartamudeó, desviando la mirada hacia otra parte. Sus ojos se posaron sobre Amano y Yukari, que comentaban alegremente el lugar y las gentes de Ogham.
"¿Has visto ese rebaño de ovejas en el abrevadero? Me pregunto cómo deben llevar el agua hasta aquí... ¿será con un conducto subterráneo?" decía Amano, sin perder detalle del complejo de la ciudad. Hitomi sonrió; se notaba a una legua de distancia que Susumu estaba estudiando arquitectura en la universidad, y que disfrutaba con lo que hacía. Yukari, sin embargo, se fijaba en detalles de otro tipo.
"¿Te has fijado en las diferencias de clima desde las montañas hasta aquí? En esta ciudad hace frío... el frío que es común en invierno, pero en cambio en aquel valle hacia un tiempo casi primaveral... ¿por qué será?" se preguntaba la joven mientras tironeaba de la manga de Amano para que no se retrasase. Le guiñó un ojo a Hitomi cuando se dio cuenta de que los estaba mirando. Parecía estar disfrutando de lo lindo con la visita.
"Entonces vais a tener tiempo para pasearos por la ciudad... creo que vamos a quedarnos un par de días" anunció Hitomi lo suficientemente alto como para hacerse oír por los dos jóvenes detrás de ella sin que su voz fuese engullida o apagada por la multitud.
Amano sonrió con alegría, pensando que quizás podría coger apuntes después de todo. Seguía un poco preocupado por el hecho de poder llegar a perder curso si se quedaban mucho tiempo... además ya había faltado por lo menos a dos exámenes importantes que tenía que hacer antes de Navidad... Por suerte Yukari había prometido ayudarlo a ponerse al día cuando volviesen, aunque bien sabía él que la chica ya tendría suficientes problemas con sus propios exámenes y notas.
Poco después llegaron a un sombreado sendero bordeado a tramos de densidad irregular por grupos de árboles, caprichosamente diseminados aquí y allá.
"La última vez que vine a Chezario el rey Halcyon Glass estaba a punto de casar a su hijo con la princesa Eries" dijo Van mientras empezaban a caminar entre los árboles. A la sombra el frío parecía aún más intenso, y se arrebujaron en sus prendas de abrigo, que variaban de unos a otros: desde el anorak de Yukari hasta la pesada chaqueta de Allen. "Sin embargo, parece ser que el viejo rey aún no ha querido abdicar a favor de su hijo..." añadió el joven. Acada paso que daban una nueva torre o puerta del castillo aparecía ante sus ojos.
Una guardia formada por cuatro soldados a caballo, armados con pesadas lanzas, les salió al paso con aire, si no claramente amenazador, sí desconfiado. "Identificaos, viajantes. ¿Qué buscáis en el Castillo de Feoras?" preguntó uno de los hombres rudamente. Era todavía un joven de escasos diecisiete años, evidente inexperiencia y que llevaba relativamente poco tiempo en el castillo, por lo que se le había asignado la tarea de vigilar la entrada, un cometido aburrido que tan solo los jóvenes inexpertos tomaban con ferviente energía, llegando a pasarse en la rigurosidad del control.
Van se limitó a mirar al jovencito con seriedad, y dejó a Allen tomar el papel de portavoz.
"Somos los invitados de vuestra Princesa y anterior princesa mía, Eries Aria Aston de la casa real de Astria. Yo soy el Caballero Celeste Allen Crusade Schezar, y me acompañan el rey Van Fanel de Fanelia, Hitomi Kanzaki de la Luna de las Ilusiones y dos amigos suyos. ¿Tendrás la amabilidad de dejarnos pasar y de anunciarnos ante la princesa?" concluyó, mirando al chico, que parecía un poco temeroso e impresionado después de la cantidad de títulos importantes que había dicho Allen.
"Por supuesto, ahora mismo enviaré a uno de mis hombres a avisar a la princesa... Si quieren seguirme..." indicó, mientras asumía el papel de guía y los llevaba hasta las puertas principales. El color de la madera era cálido, e invitaba a entrar. Tras atravesar el primer foso por encima de un puente levadizo de tablas que crujían a cada paso que daban, se internaron en un segundo recinto, y finalmente en el patio interior del castillo. Aunque se podía apreciar el lujo que correspondía a un castillo real, no por eso se dejaba de sentir el olor de los caballos, agitándose impacientes en sus cuadras, o se dejaban de escuchar las voces de todos los que estaban atareados en el patio, bien fuese herrando a los caballos, apilando paja o recortando los setos del jardín junto al castillo.
Hitomi miró a su alrededor, fascinada por aquel microcosmos que se abría ante sus ojos. Aunque había estado en los palacios de tres reinos en Gaea, en ninguno había podido respirar tanto el ambiente de trabajo que allí reinaba.
El joven que los había guiado desmontó apresuradamente, despidió a su caballo con una palmada en los cuartos traseros y se dispuso a guiarlos dentro del castillo. Yukari observó, fascinada, cómo el caballo iba obedientemente a su establo después de haber hecho una parada obligada en el abrevadero. Hitomi la tuvo que arrastrar literalmente detrás de los hombres, que ya habían empezado a entrar en el impresionante edificio. Cruzaron interminables salones de piedra decorados con tapices y alfombras, magníficas lámparas de cristal translúcido y numerosas armaduras que relucían en un estupendo estado de conservación.
Finalmente llegaron a la sala del trono; tras tener que arrodillarse antes de entrar, y penetrar en la habitación con la cabeza inclinada [ya se sabe, las excéntricas tradiciones de la nobleza -_-U...], se abrió ante ellos una hermosa sala de paredes cubiertas completamente por tapices ilustrando las más exóticas escenas, desde cacerías de animales extraños hasta conmemoraciones de batallas. Las alfombras en el suelo eran de un color verde oscuro profundo y aterciopelado, y tan limpio que a Yukari casi le dio pena tener que pisarlo. Una impresionante lámpara de cristal ponía el toque de sofisticación en la estancia, que aparte de eso estaba iluminada por antorchas en la pared. Van y Allen,, conocedores del protocolo del país, se inclinaron en una exagerada reverencia, para después quedarse de pie frente al trono. Las chicas y Amano intentaron imitar a los dos hombres delante de ellos, y al incorporarse de nuevo comprobaron que la sala estaba llena de gente: la corte, supuso Hitomi. Pero lo que no le gustó demasiado fue que las mujeres que rodeaban el trono los miraban riéndose detrás de sus abanicos y señalándolos, a Amano, Yukari y a ella, sin la menor discreción. <Pues vaya una mala educación> pensó Hitomi, molesta. Pero su mirada se vio atraída inmediatamente por el trono real del país. Encima de éste, adornado con relieves de caballos y con las efigies de dos leones a sus pies, se hallaba el rey de Chezario. Era el rey más anciano que hubiese visto nunca [bueno, vale, solo ha visto a tres y no es muy difícil ser más viejo que Van, pero ya se entiende, ¿no? ^^U...]. Su cara parecía un mapa de pergamino antiguo, arrugado y amarillento; su barba y su pelo eran blancos como la nieve, y en lugar de corona, en su frente ostentaba una delicada cinta de plata labrada. Un halo de majestuosidad parecía envolver al monarca; a su derecha el sillón de la reina estaba vacío, pero a ambos lados de los dos tronos estaban el heredero a la corona, y su mujer, Eries de Astria.
La princesa no parecía haber cambiado nada; su rostro serio y elegante seguía velado, quizás a causa de la tristeza o la melancolía [o quizás porque aquella noche no había dormido muy bien]. Parecía ausente, con la mirada perdida en sus propios pensamientos; sin embargo, cuando los vio se incorporó con una brillante sonrisa en su rostro. Su esposo, también la imitó, para colocarse rápidamente a su lado.
"Nos alegra sobremanera vuestra visita, caballeros" anunció con voz pastosa el joven junto a Eries. Ésta dejó que Allen le besara galantemente la mano enguantada. La princesa, ataviada acorde a la tradición de Chezario, llevaba tan solo un sencillo vestido marfil y guantes; no necesitaba más prendas de abrigo, puesto que en la sala crepitaba un hermoso fuego en las tres lumbres del lugar, y las alfombras y tapices contribuían a la creación de un clima cálido y acogedor allí dentro.
"Vaya, vaya, así que este es el Caballero Schezar, el capitán de la Guardia de Astria..." dijo el anciano sentado en el trono. Su voz parecía agradable, con una nota áspera de ronquera, seguramente fruto de un resfriado o una pulmonía que no había curado bien.
El hombre que era el heredero, un joven de unos veintisiete años, pelo y ojos oscuros, perilla y bigote, se volvió hacia su padre.
"No debería cansarse hablando, padre... Ya me puedo ocupar yo de nuestros huéspedes..."
"¡Paparruchas! Estaré viejo, pero aún tengo muchas cosas que hacer y que decir en este país, hijo" replicó el anciano con energía. La visión que Hitomi se había formado de rey débil e indefenso se esfumó en un instante; se veía que era un anciano con mucho carácter... por lo visto, más del que su hijo quisiera...
"Pero padre..." intentó replicar, sin saber dónde meterse. No le gustaba nada que el viejo lo humillase delante de la corte de aquella forma.
"Nada de peros. Tengo entendido que el rey de Fanelia también está aquí..." empezó, intentando incorporarse para poder ver mejor las caras de las personas ante él. Van se adelantó con presteza.
"Sí, majestad, soy yo"
El rey lo miró de arriba abajo, y rió con satisfacción.
"Ah, sí, ya te recuerdo. Te pareces mucho a tu padre... el bueno de Goau.... ¡la de partidas de dados que le gané cuando éramos jóvenes!" recordó el rey, sonriendo al hacerlo. "Aquellos viejos tiempos... ¡esos sí eran buenos!" dijo, colocándose mejor en el cojín del trono; "éramos luchadores, gente sencilla que nos preocupábamos por nuestra gente, nuestros guy melefs y nuestras espadas... Por cierto, Goau manejaba el melef más fascinante que jamás haya visto... espera, ¿cómo se llamaba? ¿Escalane?"
"Escaflowne" aclaró Van, divertido ante el intento de rebautizar a su melef. "Todavía sigue en pie, y combatí con él durante la Guerra de Gaea" añadió el joven.
"Ah, claro. Hace dos años yo estaba un poco enfermo... nada importante" empezó el rey.
"¡Padre! ¡Estuviste a punto de morir con aquella pulmonía!" protestó el joven heredero.
"¡Tonterías! Un rey no se muere de una pulmonía... sería absurdo" replicó el rey, que al parecer disfrutaba contradiciendo a su hijo. Después su expresión se suavizó un poco; "Bueno, puesto que son tus invitados, querida Eries, supongo que querrás hablar con ellos a solas, pero después de la comida, si no te importa, ¿verdad?" dijo, mirando con cariño a su nuera. La mujer sonrió al anciano.
"Por supuesto, padre. Ya tendremos tiempo para hablar..." dijo, mirando a Allen por unos instantes. Después acudió junto al anciano para ayudarlo a levantarse con la colaboración de su esposo, mientras los cinco visitantes eran casi arrastrados por la nobleza de la corte, que acudía en un desordenado tropel hacia el comedor, intentando salir con los pies libres de pisotones y los vestidos enteros y sin desgarrones. Hitomi se asió a la mano de Van intentando no perderse entre aquella jungla de plumas, vestidos y abanicos. Verdaderamente aquello no era para ella...

Horas más tarde Eries se paseaba por uno de los pasillos acristalados del castillo, cerca de la torre en la que se alojaban todos los visitantes. El pasillo estaba tenuemente iluminado por antorchas, cuya luz transformaba las vestiduras de color marfil de la princesa en ropajes de color dorado y anaranjado. Llevaba recogido el largo pelo rubio en un complicado peinado, dejando algunos mechones libres, que caían suavemente en forma de cascada por su espalda. [Aunque parezca increíble], la joven ya no llevaba aquellos adornos en las orejas, para lucir unos delicados pendientes de cristal, que brillaban cada vez que la luz del fuego se posaba en ellos.
Allen permaneció en las sombras, contemplando en silencio a la joven princesa. Eries los había citado a todos allí para hablar con ellos, pero había solicitado al caballero celeste que viniese primero. La princesa se volvió hacia él.
"Me alegra saber que decidiste aceptar mi invitación, Allen. ¿Cómo están todos en casa?" preguntó Eries con su voz frágil y delicada.
"Todos perfectamente, princesa. ¿Acaso debo pensar que no sois debidamente informada de lo que pasa en vuestro país natal?"
La joven movió la cabeza negativamente con gesto cansado. "No se trata de eso. Deseaba información de primera mano" explicó, mientras se volvía hacia el ventanal; después, bajando la voz hasta convertirse en un susurro, prosiguió: "¿Se han reconciliado ya Millerna y Dryden? Cuando yo me fui la situación prometía una mejora..."
"Y en efecto, la hay. Millerna parece cada vez más feliz cuando... un momento, ¿no estaba Millerna de visita aquí hace unos días?" preguntó el caballero, recordando la causa por la que no habían encontrado a Millerna en Palas hacía un par de días. Eries suspiró.
"Sí, se marchó ayer por la mañana, pero cuando se lo pregunté no quiso decirme nada... dijo que las cosas aún podían cambiar mucho, y que no quería dar esperanzas que podían ser falsas..." dijo la princesa, mirando la luna junto a la Luna de las Ilusiones, brillando como una joya azul; "Millerna aún tiene mucho que aprender... sigue dándole prioridad al amor en una relación así, y eso es algo que una princesa no se puede dar el lujo de escoger"
"¿Quiere eso decir que no sois feliz en vuestro matrimonio?" preguntó Allen, mirando con compasión a la cabizbaja princesa. Ésta movió la cabeza, sin que quedase demasiado claro si le estaba contestando, o si le indicaba que dejara el tema.
"¿Ha habido alguna princesa feliz en su matrimonio? Si la hay, en verdad la envidio" dijo en voz baja y un poco áspera; se volvió al caballero, sus ojos brillantes. "Allen, las princesas no deberían preocuparse por su propia felicidad... es un acto egoísta ponernos a nosotras mismas antes que al pueblo, de quien somos defensoras y representantes. Millerna... para ella nunca ha sido fácil renunciar a sus propios deseos, al amor..."
"Nunca es fácil renunciar al amor" añadió el caballero, pensando por primera vez en dos años en Marlene.
"Lo sé" se limitó a decir Eries, mirando a Allen con tristeza. El caballero alzó la mirada y se cruzó con la de la princesa, que permanecía de pie, su piel bronceada por efecto de las antorchas. Por unos momentos no dijeron nada.
"¿Princesa Eries? ¿Está aquí?" se escuchó decir a una voz por el pasillo, a la izquierda de donde se encontraban los dos jóvenes.
"Hitomi, estás segura de que era por aquí?" preguntó una voz masculina en japonés [por lo q nadie la pudo entender a parte de Hitomi], "Porque me parece que llevamos un rato dando vueltas..."
"Sería más práctico si pusiesen indicaciones en las esquinas" comentó una tercera voz, que parecía un poco acatarrada.
"Oh, venga, Yukari. No creo que este castillo esté abierto a las visitas de turistas" replicó la primera chica, divertida.
Allen se volvió hacia la izquierda. "Hitomi, estamos aquí"
En pocos momentos aparecieron los tres amigos y Van, que cerraba la marcha en silencio.
"Perdón por retrasarnos... es que nos hemos perdido" se excusó Hitomi. Después se quedó en silencio, sin saber qué decir. Eries sonrió.
"Me alegro de volver a veros. ¿Estáis cómodos en vuestras habitaciones?" preguntó cortésmente. Después de la obligada traducción, los tres jóvenes de la Tierra asintieron con vehemencia.
"Os agradezco vuestra hospitalidad, princesa Eries" contestó Van. "Vuestro país es muy hermoso"
"Estáis invitados a permanecer en él cuantos días queráis" invitó la joven con un suave ademán.
"Princesa, sería un gran placer pero no puedo demorarme mucho tiempo aquí. He dejado a mi país a causa de una urgencia, y debo regresar a él para retomar mis responsabilidades de nuevo" explicó Van rápidamente. Eries movió la cabeza.
"Lo entiendo... Sin embargo, al menos os quedaréis como mis invitados unos días, ¿verdad? Así podréis explicarme que os ha traído tan cerca de Chezario" dijo la princesa.
"Mañana será un buen día para explicar todo lo que ha ocurrido" declaró Allen, mientras se movía junto a Hitomi y colocaba sus manos sobre sus hombros en un gesto protector. La joven miró a Van, incómoda, pero éste miraba por la ventana.
"Por supuesto" corroboró Eries, sin que se le pasara por alto el gesto del caballero. "Por cierto, ¿por qué no ha venido tu hermana, Allen? Sé que le hubiese gustado"
"Serena se quedó en Palas" dijo el joven, un poco bruscamente. "No le gusta demasiado el protocolo de la corte..."
Al ver a Amano bostezar discretamente, la expresión de la princesa se suavizó. "Estáis cansados... será mejor que no os entretenga más y vayáis a vuestras habitaciones... Buenas noches" dijo, mientras ella misma se volvía con lentitud para abandonar el amplio ventanal, pero en dirección opuesta a la que ellos tenían que tomar.
Yukari se quedó pensativa unos momentos después de escuchar por boca de su amiga la traducción de lo que se estaba diciendo.
"Hitomi, ¿podrías preguntarle algo a la princesa?" preguntó en un susurro; "¿Por qué se rieron de nosotros cuando llegamos a la sala del trono?"
La joven de ojos verdes se apresuró a detener a Eries unos momentos para traducirle la pregunta de Yukari, y ésta no pudo por menos que esbozar una sonrisa.
"Porque, al imitar a Allen y a Van... hicisteis la reverencia que hacen los hombres"

Continuará...




Notas de la autora: ¡Hola! Ya lo siento, este capítulo me salió muy largo... espero q no se haya hecho pesado, me sigue costando mucho lo de saltarme las descripciones ^^U. ¿Qué os ha parecido? Vaya carácter, el de Nozomi... Me lo estoy pasando bomba para escribir todo esto, pero la verdad es q me da pena no ser muy buena para relatar momentos cómicos... aparte de q la historia no se presta mucho -_-U...




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