Crónica cinematográfica por Luis Flim.
ERIN BROKOVICH
CALIFICACIÓN: ***
Nada es previsible, por mucho que pueda predecirse que algo va a ser de una determinada manera, siempre ha de dejarse una ventana abierta a la sorpresa. De antemano, existían dos cosas en Erin Brokovich para esperarla con recelo: el argumento, como se anuncia en la publicidad, "basado en hechos reales", directamente emparentado con las películas televisivas de sobremesa, y Julia Roberts, especializada, como Sandra Bullock ó Meg Ryan, en un determinado papel hecho a su medida, que deja poca salida a la sorpresa. Y afortunadamente, si no no estaría escribiendo estas líneas, no se han cumplido ninguna de estas dos previsiones.
La historia de una mujer divorciada, con dos hijos, en paro, y sin estudios que, al entrar a trabajar en un modesto despacho de abogados, descubrirá un fraude sanitario e inmobiliario, daba juego a un lacrimógeno film con todos los ingredientes de lo que los americanos denominan en televisión "la enfermedad de la semana": hechos reales, madre que intenta sacar a sus hijos adelante, la lucha del débil contra el poderoso, juicios, niños... La fórmula para no caer en el tópico ha sido evitar todos aquellos momentos de lágrima fácil y lugares comunes, y centrando todo el peso de la acción en el personaje real de Erin Brokovich. Al frente de este melodrama se encuentra Steven Soderbergh, de excelente debut en 1989 con "Sexo, mentiras y cintas de vídeo", irregular continuación en películas como "Kafka", y de gran actividad hoy con títulos como éste que nos ocupa ó "Un romance peligroso" que permiten mostrar su buen hacer aunque todavía estemos esperando que regrese a trabajos más comprometidos y relacionados con aquel que le dio la fama. A él se debe el mérito de convertir un material de derribo en una película entretenida, creíble, divertida, emotiva y, encima, de denuncia social sobre la ambición de las compañías grandes y el desprecio sobre el ciudadano medio, que aparece como un sacrificio menor frente a intereses económicos más importantes.
Porque el encanto, la fuerza y la indefensión que desprende esta mujer ha sido plasmado por Julia Roberts en la pantalla; con una imagen de mujer despampanante y una lengua afilada, mordaz y de una sinceridad aplastante, la Roberts conduce la trama con total protagonismo, representando el que es sin duda el mejor papel de su carrera, logrando que el público crea que ella es una mujer luchadora dentro de su azarosa vida, simpática sin caer en el dramatismo de las situaciones por las que pasa, lo que demuestra que el humor es el mejor modo de conectar con la audiencia. Solo se encuentra apoyada, y en papeles secundarias, por el magnífico actor británico Albert Finney, y por el relativamente desconocido Aaron Eckhart. De este modo, mientras compañeras suyas como las citadas Meg Ryan ó, sobre todo, Sandra Bulock, nos aburren al escenificar siempre los mismos roles en películas cortadas con el mismo patrón, Julia Roberts se permite el lujo de barrer en la taquilla con películas comerciales como esta o "Notting Hill" (y algunos bodrios como "Quédate a mi lado") y trabajar con directores menos taquilleros como Woody Allen ó Robert Altman.
Si esta película se hubiera estrenado hace tres meses, Julia Roberts estría incluida entre las cinco finalistas al oscar; esperemos que, el año que viene, los académicos se acuerden de ella.
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