Francisco Labastida Ochoa

Francisco Labastida Ochoa

(1987-1992)

 

Fue en la madrugada del 17 de abril de 1986 cuando se congestionaron las líneas telefónicas de larga distancia y posteriormente se saturaron las locales en todo el Estado. Un nombre brotó y brincó de los audífonos instalados en miles de hogares sinaloenses: ¡Francisco Labastida Ochoa!

 

La noticia procedente de la ciudad de México de que el ahomense era el bueno para Sinaloa, corrió y se propagó como lumbre incontenible por toda nuestra geografía. Fue primero una flama, luego una llamarada y arrasó el ambiente político del terruño.

 

En la misma mañana de ese día quedaron debidamente confirmadas las llamadas telefónicas con las que se develó a media entidad: el alto mando priísta destapó a Labastida Ochoa como su precandidato al gobierno de Sinaloa.

 

Por dondequiera se vieron caras alegres y semblantes descompuestos. El grito de júbilo y el gesto acongojante. La victoria y la derrota. Los que se subirían al tren de la Revolución y los que se quedarían en la estación rumiando su desencanto al no alcanzar boleto en el viaje sexenal.

 

Terminaba así la tensión nerviosa que trajo por espacios de varios meses inquietos y desesperados a los demás aspirantes y a sus simpatizantes, que no hallaban a quién rezarle para que su gallo cantara triunfante en el palenque sinaloense.

 

Francisco Labastida Ochoa nunca dejó de puntear en los pronósticos de quienes entienden y conocen de estas cosas, pues siempre figuró a la cabeza de la famosa lista, en la que se encontraban anotados también distinguidos paisanos bien ubicados en los altos círculos de la política nacional.

 

Aunque nadie discutía que el economista mochitense era el más viable para ser seleccionado candidato del PRI a la gubernatura, dada su privilegiada posición jerárquica como secretario de Energía, Minas e Industria Paraestatal del gabinete del presidente Miguel de la Madrid, se especulaba insistentemente que a lo mejor no sería el elegido porque su carácter de “cardenal” lo avocaba a estar presente en el juego sucesorio del colimense.

 

Pero el destino lo quiso así, y el hombre que doblemente palomeaba en México, le ratificó su vieja amistad y confianza para el puesto más honroso a que puede aspirar un sinaloense: gobernar a su tierra natal.

 

En esta singular contienda se quedaron a la zaga: el senador Ernesto Millán Escalante con múltiples simpatías en Sinaloa y quien finalmente fue designado por el PRI candidato a la alcaldía de Culiacán; el también senador y licenciado Juan S. Millán Lizárraga, otro excelente prospecto por su trayectoria obrera y política, y su vinculación de siempre a la entidad; el diputado federal y licenciado Salvador Robles Quintero, que varias veces la buscó y no la encontró; y el también diputado federal y licenciado Diego Valadés, quien había hecho un brillante papel en el Congreso de la Unión.

 

El licenciado Francisco Labastida Ochoa, originario de Los Mochis, Ahome, donde nació el 14 de agosto de 1942, no estuvo solo en la disputa por el gobierno de Sinaloa, pues los partidos de oposición, todos, presentaron sus gallos en la concurrida pelea.

 

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